K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Los colmillos del bebé aparecieron como un destello rosa bajo la luz tenue de la sala. Estaban ahí, marcando una herencia que ninguno de los tres sabía cómo interpretar todavía.

Yaz, con los ojos muy abiertos, apenas pudo hablar. Karlo sintió un vacío sorpresivo en el pecho. Daniela se acercó, tomó al bebé con la suavidad que siempre la caracterizaba y dijo, con una certeza tranquila que parecía recién nacida dentro de ella:

—No se adelanten. Ya lo habíamos visto venir... de alguna forma. Vamos a hacer estudios, vamos a entenderlo. No es algo malo. Solo es nuevo.

Karlo respiró, pero no se calmó. Yaz, en cambio, apoyó la cabeza en su hombro, buscando un punto fijo en medio del desconcierto. Daniela solo los miró.

Horas más tarde, cuando la noche envolvió el hospital, Karlo salió del banco de sangre.

No había tomado nada; de hecho, llevaba semanas sin hacerlo.

Pero entrar ahí seguía siendo como entrar a una memoria que se resistía a morir.

Intentar dejar la sangre era como intentar dejar un vicio antiguo: a veces ganaba, a veces perdía. Esa noche había ganado.

Caminó por el pasillo, sintiendo la mezcla incómoda de orgullo y vergüenza que lo acompañaba desde que había decidido recuperar su humanidad por completo.

Necesitaba paz y trabajo. Algo simple. Entró a su oficina.

Cerró la ventana —recordó haberlo hecho, sintió el clic del seguro— y se dispuso a revisar los informes sobre el bebé.

El silencio era perfecto. Hasta que dejó de serlo. Un crujido seco, inesperado, rasgó la quietud de la pared. Karlo levantó la mirada, esperando que nada más ocurriera. Pero volvió a sonar. Un crujir leve, como si algo se acomodara detrás del concreto.

Se levantó con un impulso nervioso y fue hacia la puerta.

Tomó la manija. No abrió. No cedió ni un milímetro.

Frunció el ceño, giró otra vez. Nada. La puerta estaba cerrada; no había otra forma de salir.

El aire se volvió más frío, las luces parpadearon una vez.

Luego otra. Karlo volteó a ver la ventana: estaba abierta.

Sintió como si la habitación se hubiera encogido detrás de él.

Y entonces supo que no estaba solo. Kavira salió de la sombra sin hacer ruido.

Se desplazaba con una suavidad que no era humana.

Su piel era tan pálida que la luz la hacía brillar.

Los ojos azules, fijos, impenetrables, lo miraban como si lo hubieran estado mirando toda la vida.

El cabello negro caía alrededor de su rostro como un velo de tinta viva.

No sonreía, pero su belleza tenía una sensualidad mortal que no hacía más que intensificar la amenaza.

—Doctor K... —su voz lo pronunció con una familiaridad que dolía.

Karlo retrocedió un paso y empujó la puerta con fuerza. No se movió. Ella avanzó un poco más. No se escuchaba nada. Ni su ropa, ni sus pasos, ni siquiera su respiración. El aire se volvió más denso.

—He estado siguiéndote todos estos años, mucho más de los años que has vivido —continuó ella—. Has creído que tus sueños te confundían, pero era yo.

Karlo sintió una opresión en el pecho.

—Conozco a Daniela —dijo Kavira con una voz casi contemplativa—. He estado junto a ella en sus noches de soledad. La he escuchado llorar... llorar hasta quedarse dormida.

Karlo dio un paso hacia ella, instintivo, aterrado. Ella siguió:

—Conozco a Yazmín. He pasado tan cerca de ella que podría decirte cuántas veces trata de esconder sus dudas detrás de esa valentía aparente. Sé que la inquieta... y sé que la rompe.

Él sintió un escalofrío subirle por la espalda.

—Y al bebé... —sus ojos azules parecieron suavizarse en algo similar a la nostalgia—. Tiene un llanto hermoso, ¿sabes? Y esos pequeños colmillos... le quedan tan bien.

Karlo tembló. La ira y el miedo se mezclaron dentro de él hasta volverse indistinguibles.

—Si... si vienes por mi familia —dijo con voz rota pero firme—... no lo voy a permitir.

Un gruñido profundo hizo vibrar los vidrios de la oficina. Los colmillos le brotaron con una violencia antigua, como algo que llevaba años dormido. Kavira inclinó apenas la cabeza.

—Qué ternura, Karlo... sigo viviendo en ti.

La frase, pronunciada con la calma de quien no necesita apremiar, llenó el cuarto de un frío nuevo.

—Si hubiera querido tocarlos... habría sucedido hace rato. Te dije que he estado cerca. Demasiado cerca.

Un silencio que parecía vivo se extendió entre ellos. Kavira dio un paso más.

—No estoy aquí por ellos, Doctor K. Estoy aquí por ti. Siempre he estado aquí por ti.

Karlo no supo si retrocedió por miedo o por instinto, pero sus pasos buscaron distancia. Un paso. Otro. Su espalda rozó el borde de la silla. Kavira inclinó ligeramente la cabeza, como si observara un temblor invisible.

—Tenemos cosas pendientes —dijo con una suavidad que era más amenaza que invitación—. Así que siéntate.

Karlo negó, casi sin darse cuenta. Su respiración era irregular, pero no bajó la mirada.

—No —alcanzó a decir—. No voy a...

Ella se movió. Simplemente desapareció de donde estaba. Y en la siguiente exhalación, ya estaba frente a él. La mano fría de Kavira se cerró alrededor de su cuello. No apretaba; era una advertencia contenida en un toque. Sus colmillos rozaron la piel sin perforarla.

—Una mordida más y esto será irreversible —susurró contra su oído.

Karlo jaló aire y levantó las manos en señal de rendición. Con movimientos tensos, se dejó caer sobre la silla detrás de él. Sus rodillas lo traicionaron; casi cayó antes de tiempo. Kavira dijo con una calma helada:

—Eso pensé.

Kavira se enderezó. Caminó hacia el escritorio sin perderlo de vista. Sus uñas largas, negras como obsidiana pulida, comenzaron a golpear el borde de la madera.

Tic. Tic. Tic.

Las luces temblaron apenas, como si la habitación entendiera lo que venía.

—Yo lo he visto todo. Tus intentos desesperados por volver a ser humano. Tus noches enteras estudiando tu propia sangre... tu propia maldición. La culpa.

Karlo interrumpió:

—¿Qué quieres? ¿Quién eres?

Kavira levantó la mirada y sus ojos brillaron en un azul imposible, profundo como un océano muerto. Y entonces sonrió.

—¿Quieres saber quién soy, Doctor K? De verdad... ¿quieres saberlo? —preguntó, sosteniéndole la mirada—.

Karlo tragó saliva, pero no respondió. Ella lo tomó como un sí.

—Tu pasado —dijo con suavidad—. Tus miedos. Los que niegas frente a Daniela. Los que escondes detrás de tu ciencia.

Su sombra se extendió sobre él.

—La violencia que viviste... y la que hiciste. La sangre que tomaste cuando ya no era hambre. El filo de tus decisiones.

Karlo cerró los ojos un instante. Kavira lo miró como si pudiera ver cada pensamiento atravesándolo.

—La maldad que no quieres admitir que existe en ti. La que no proviene de mi mordida... sino de tu humanidad. Porque antes de mí, Karlo... ya tenías grietas.

Las luces volvieron a parpadear. Ella no las miró.

La incapacidad de amar sin destruir.

Karlo abrió los ojos y ella estaba demasiado cerca, demasiado presente, demasiado real.

El tic, tic leve de sus uñas se detuvo. No porque hubiera terminado lo que quería decir, sino porque estaba a punto de decir algo que no solía concederse.

Kavira se quedó mirando el borde del escritorio, como si allí estuviera grabado un fragmento de su propia historia.

—Hace muchos años —dijo finalmente—, alguien me robó lo que tú intentas recuperar.

Karlo parpadeó, confundido. No esperaba eso. No de ella.

—Mi humanidad —continuó, clavando sus ojos en los suyos—. Me la arrancaron con la misma crueldad. Sin compasión. Sin piedad.

Su voz no tembló. No sabía temblar. Pero algo en ella se quebró sin romperse.

—Terminaron con mi vida —siguió—. Con mi nombre. Con mi amor.

Hizo una pausa que no parecía calculada. Sus ojos recorrieron el rostro de Karlo de una forma distinta, más lenta, como si buscara algo que no era él.

—Había un hombre —dijo finalmente, casi para sí misma—. Uno solo. Y lo perdí de una forma que no merezco recordar cada noche.

Volvió a mirarlo directo.

—Pero lo recuerdo."

—Con todo lo que yo fui antes de convertirme en esto.

Karlo sintió cómo se le cerraba la garganta. Kavira respiró apenas; un gesto tan humano que dolía.

—Yo no tuve la fuerza que tú tienes, Doctor K. No tuve nada que defender... después de perderlo todo.

Caminó alrededor del escritorio con pasos lentos.

—Por eso vine. Para que supieras quién soy de verdad. No la criatura que te persigue en sueños. No la sombra que crees tu enemiga. Sino la mujer que fue destruida antes de aprender a destruir.

Karlo la miró, sin saber si sentir compasión era seguro... o suicida. Kavira esbozó una sonrisa triste. Humana... pero rota.

—Si estoy aquí —dijo al fin—... es porque estoy cansada. Cansada de cargar con esto —añadió, llevando una mano a su propio pecho, como si tocara una herida que nadie más podía ver—. Cansada de la noche, de la sangre, de la violencia... de mí misma.

Alzó la vista hacia él.

—Aunque quisiera regresar a mi humanidad... —sus labios trazaron una mueca— ya es demasiado tarde. Demasiados años. Demasiada muerte. Ya es imposible.

Kavira dio un paso, muy lento, como si cada movimiento pesara.

A Karlo le faltó aire. Ella se acercó un paso más.

Karlo apretó los puños. La entendía, aun cuando no quería entenderla.

Kavira se acercó otro paso. Sus ojos tenían esa claridad helada que aparece cuando la verdad es demasiado grande para esconderla.

—Solo tienes dos opciones —dijo con una calma que dolía—. Si reparas lo que el pasado te dejó, tú decides si lo sigues intentando y posiblemente pierdas. O si regresas conmigo y seremos eternos.

Entonces habló, con una claridad que no admitía duda:

—Yo soy tu origen. Pero tú eliges si también soy tu final.

Lo miró con esa mezcla imposible de crueldad y tristeza que solo existía en ella. Caminó hacia él, quedando lo suficientemente cerca, como para que Karlo sintiera la sombra fría de su presencia envolverle la piel.

—Tienes los mismos ojos.

Su mano tocó apenas su mejilla. Y antes de que él lograra entenderlo, de que pudiera respirar siquiera, Kavira inclinó el rostro y... lo besó.

Un beso lento, helado, lleno de algo que no debía existir: ni amor, ni deseo, ni odio...

sino ese vínculo oscuro e inexplicable que los unía desde el primer día.

En el instante en que sus labios tocaron los de Karlo, todas las luces del hospital se apagaron.

De golpe.  Como si el mundo hubiera cerrado los ojos.

El silencio se volvió absoluto. El aire dejó de moverse. Karlo sintió que el tiempo se apretaba alrededor de su pecho. Un segundo después, las luces parpadearon... una vez, dos, tres...

Y cuando finalmente volvieron a encenderse, Kavira ya no estaba.

Solo quedó un frío insoportable, un frío tan intenso y tan profundo que dolía dentro de los huesos, como si ella hubiera dejado parte de su ausencia impregnada en cada molécula del aire.

Karlo, aún sentado, tocó sus propios labios, sin saber si temblaba por miedo...

o por otra cosa que no estaba listo para nombrar.