K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El quirófano tenía esa vibraba que solo existe en los hospitales: el pitido de los monitores marcando los latidos, el zumbido constante de las máquinas, las luces blancas sobre cada superficie esterilizada.

Había un aroma a desinfectante en el aire.

Para cualquier médico presente, era un parto más. Karlo no podía verlo así.

Su sensibilidad, agudizada por años, captaba detalles que nadie alrededor percibía: cada fluctuación del monitor, cada cambio en el ritmo sanguíneo de Yazmín, cada temblor en la respiración.

Yazmín había gestado a ese bebé gracias a la ciencia imposible que Karlo había construido junto con Daniela a lo largo de este tiempo: investigaciones secretas, mutaciones controladas e intentos fallidos por desatar su propia mortalidad.

Las mutaciones corregidas en la sangre de Karlo habían abierto una puerta que antes permanecía cerrada.

Yazmín jadeó, apretando los dientes.

—Karlo... —susurró, buscándolo con la mirada.

El pitido del monitor marcaba cada latido.

Karlo no apartaba la vista de los números.

Cada cifra que fluctuaba en la pantalla parecía resonar en algún lugar profundo dentro de él.

Observaba el cuerpo de Yaz tensarse, aflojar, volver a tensarse.

Cada contracción le recordaba la fragilidad de ese momento, esa frontera invisible entre la vida y la pérdida.

Yaz respiraba con dificultad, pero había una fuerza en ella que él siempre había respetado, incluso temido un poco. Era una mujer que había decidido enfrentar lo imposible.

—Karlo... —volvió a susurrar ella.

Él acercó su frente a la de ella, apenas rozándola. No era un gesto romántico; era un intento desesperado por sentirse útil.

—Estoy aquí, Yaz —dijo Daniela con firmeza, acomodándola con manos seguras—. Ya falta poco.

La labor de parto avanzó rápido, como si el bebé tuviera prisa por reclamar su lugar en el mundo. No hubo complicaciones. Un último esfuerzo. Un grito breve. Y entonces, el llanto del bebé. El sonido llenó la sala como un estallido de luz.

Karlo lo escuchó con una mezcla de incredulidad y alivio. Daniela cortó el cordón con precisión. Él, casi sin pensarlo, recibió al bebé. Lo sostuvo como si fuera de cristal. Yazmín extendió los brazos, temblorosa, y él lo colocó sobre su pecho.

Era un varón... normal. Humano.

Su piel tenía un rosa vivo, tibio. Su llanto era fuerte, saludable.

Sus ojos estaban apenas entreabiertos; el iris mostraba un color púrpura eléctrico.

No era un color característico humano; era simplemente una huella silenciosa de su origen.

Yazmín sollozaba en silencio, acariciando la diminuta espalda.

Karlo lo contempló como si el mundo se hubiera detenido.

Un movimiento mínimo en la ventanilla del quirófano hizo que Karlo alzara la vista. La figura estaba ahí, quieta, mirando hacia adentro con una serenidad que helaba el aire. La reconoció de inmediato.

Kavira.

Su silueta afilada, la postura impecable, esa inmovilidad que no pertenecía a ningún ser humano. Solo observó. Un testigo silencioso del nacimiento. Y entonces, como si nunca hubiera estado allí, desapareció del vidrio, dejando tras de sí un rastro sutil de inquietud que solo Karlo percibió.

Karlo sintió un escalofrío. No quiso pensar en eso ahora. Tomó la mano de Yaz con fuerza y volvió a mirar al bebé.

Daniela, al ver ese cuadro —Karlo, Yazmín y el bebé entrelazados en una calma repentina—, se detuvo.

No quiso intervenir. Dio unos pasos atrás, como quien sabe que está presenciando algo sagrado y ajeno.

Sonrió, ladeando el rostro... y, aun así, las lágrimas escaparon sin que pudiera detenerlas.

Se las secó con la parte interna de la muñeca, rápido, intentando que nadie la viera.

Y en silencio, desde ese rincón del quirófano, pensó: ¿Por qué no puedo ser yo la madre de ese bebé?

. No había rabia en ese pensamiento ni malicia.

Era nostalgia mezclada con una alegría inmensa porque el niño estaba vivo, porque Yaz y Karlo lo habían logrado.

Respiró hondo, recuperando la compostura, y volvió a acercarse con la serenidad de siempre.

Karlo rozó la cabeza del niño con los nudillos, casi temblando.

—Bienvenido —susurró.

Una mañana tranquila, Yaz lo levantó del moisés para alimentarlo. Notó que la encía inferior se veía ligeramente inflamada. El bebé abrió la boca para acomodarse mejor y un destello blanco llamó su atención.

—Karlo… —lo llamó en un susurro que no supo si nacía de la sorpresa o de la ternura.

Él llegó de inmediato desde el laboratorio. Yaz acarició la mejilla del bebé y la pequeña boca volvió a abrirse. Entonces lo vieron. Dos diminutos dientes nacían en la encía superior. Blancos. Brillantes. Perfectos. Y más puntiagudos de lo habitual. No eran afilados ni desagradables.

Daniela, que acababa de entrar por la puerta interna para revisar unos resultados, se detuvo al ver la expresión de ambos.

—¿Pasa algo? —preguntó acercándose.

Yaz no apartó la mirada del bebé. Karlo tampoco. Y entonces Yaz murmuró, con una voz que temblaba de asombro:

—Son colmillos…

Karlo levantó la mirada hacia Daniela. Ella sostuvo ese intercambio silencioso, profundo, cargado de comprensión y gravedad. Y entonces Daniela confirmó en un murmullo firme, sin apartar la vista del niño:

—Sí, Karlo… son colmillos.