CAPÍTULO 4
Los días siguientes fueron difíciles. Yaz no volvió al hospital. No contestó el teléfono. Se convirtieron en semanas. Daniela veía a Karlo caminar por los pasillos con un peso nuevo en los hombros; Yazmín era otra grieta dentro de él.
Yaz pasó noches pensando, dándole vueltas.
Tenía miedo. Se había enamorado, tal vez...
pero también sentía un terror tan profundo que parecía ajeno a su cuerpo.
Necesitó tiempo para entender si podía convivir con la verdad de Karlo, con la posibilidad de que su vida se entrelazara con algo que no alcanzaba a comprender por completo.
Por otra parte, comprendió que perder a Karlo era perder el futuro que había empezado a construir dentro del hospital: el sueño que había tenido desde niña, la promesa que se había hecho.
Y había algo más: la pérdida de ese hijo.
Ella siempre pensó en ser madre y no sabía cómo curar esa herida.
Decidió enfrentar su miedo: quedarse, mirar la verdad de frente y elegir desde ahí.
Entonces volvió, con los ojos hinchados.
—No sé si me da más miedo estar lejos de ti o cerca de ti —dijo ella con la voz quebrada—. Pero he decidido confrontar este miedo estando a tu lado. No quiero que esto termine aquí.
Karlo sintió que recuperaba el aire, pero antes de que pudiera responder, Yazmín lo miró con una determinación que él no esperaba.
—Aquella vez... cuando me enseñaste los laboratorios de Daniela —continuó Yazmín, limpiándose las lágrimas—.
Dijiste que ella logra que la vida comience donde la biología falla.
Si ustedes pueden manipular el código genético para combatir el cáncer o para crear vida en vientres estériles...
¿no pueden hacer algo por nosotros, por mí?
¿No se puede aplicar eso en una vida nueva?
Karlo, perdí un hijo tuyo. Tienen que ayudarme, me lo deben.
Karlo se quedó frio. La propuesta era tan radical que el silencio se prolongó durante minutos.
—Tengo que hablar con Daniela —fue lo único que pudo articular.
Karlo y Daniela se retiraron a la oficina privada del laboratorio.
El silencio era pesado, solo interrumpido por el zumbido constante de los refrigeradores de muestras biológicas.
Karlo caminaba de un lado a otro, con las manos hundidas en los bolsillos de su bata blanca, mientras Daniela permanecía sentada frente al monitor que mostraba secuencias incompletas.
—Es una locura, Daniela —dijo Karlo, deteniéndose frente a la ventana que daba a la ciudad dormida—.
Ella no sabe lo que está pidiendo. Mi sangre no es...
no es compatible con la vida de esa manera.
El riesgo de que el feto sea una aberración o que simplemente no sobreviva es del noventa por ciento.
Daniela giró su silla para enfrentarlo. Sus ojos color miel estaban fijos en él, analizando no solo al científico, sino al hombre que conocía mejor que nadie.
—Lo sé —respondió ella con voz suave—. Una parte de mi corazón no quiere hacerlo, Karlo. Me dice que esto solo traerá complicaciones que no estamos listos para manejar.
Se puso de pie y se acercó a él, señalando las incubadoras del laboratorio de fertilidad que se veían a través del cristal.
—Pero otra parte de mi instinto científico me dice que debemos hacerlo.
Llevamos años teorizando sobre tu genética, buscando una forma de estabilizarla.
Yazmín nos está ofreciendo el laboratorio vivo perfecto que podríamos encontrar.
Si logramos que ese embrión prospere, no solo le darás un hijo...
nos darás las respuestas que hemos buscado por décadas.
Karlo la miró intensamente. La lógica de Daniela era implacable, pero la sombra de la duda seguía ahí.
—¿Y si la mato en el proceso? —preguntó él en un susurro.
—No lo harás. Para eso estoy yo. Este hospital nació para esto, para desafiar lo que todos dicen que es imposible. Si hemos ayudado a tantos desconocidos a formar familias, ¿por qué no podemos intentarlo contigo? Es tu sangre, Karlo. Es tu oportunidad.
Karlo cerró los ojos y asintió lentamente. La decisión estaba tomada. No era solo un favor para Yazmín; era el experimento más ambicioso de sus vidas.
Salieron de la oficina. Yazmín los esperaba en el pasillo, con la espalda pegada a la pared y las manos temblorosas. Karlo se detuvo frente a ella.
—Yasmín, escucha —dijo Karlo, manteniendo la calma—. Lo que hemos estado haciendo Daniela y yo en el laboratorio no ha sido solo por curiosidad. Hemos desarrollado un sistema al que llamamos KD-RPR.
Daniela asintió, tomando el relevo:
—Es nuestro sistema más avanzado. Lo hemos usado para tratar de limpiar los rastros de mi condición vampírica y estabilizar mis células —explicó Karlo—.
Piensa en el KD-RPR como un editor de texto súper preciso para el ADN.
El sistema usa una guía para localizar las partes del código que están dañadas o alteradas por mi genética, las corta y las sustituye por parches de información humana saludable.
—Es una herramienta de edición genética de última generación —añadió Daniela, mirando a Yasmín con seriedad—.
Hemos avanzado mucho con él, pero siendo totalmente honestos, aplicar esto para concebir una vida nueva es un experimento.
Sabemos cómo funciona, pero nunca hemos llevado la edición a este nivel de complejidad.
Tiene sus riesgos, Yasmín, no podemos mentirte, pero es la única vía para que el bebé sea viable después de lo que hemos pasado.
Yasmín asintió, absorbiendo cada palabra.
La decisión estaba tomada. Empezaron los protocolos de compatibilidad esa misma tarde.
Yazmín había atravesado un periodo de recuperación física y emocional, hasta finalmente estar lista para intentarlo de nuevo.
En el laboratorio de ese hospital había avances científicos sobre fertilidad y genética, y estudios realizados en su propio cuerpo para luchar contra los genes vampiros, con resultados positivos que Karlo había conseguido en años de investigación junto a Daniela.
Era una vía muy arriesgada, pero viable.
Fecundación in vitro. Crear el embrión en el laboratorio, bajo un control absoluto. Fue el principio de todo.
Esa noche, mientras Karlo y Yaz hablaban sobre el procedimiento, los riesgos y el plan a seguir, Daniela se quedó atrás, apoyada con las dos palmas de la mano en el escritorio.
Los vio juntos: esperanzados, unidos por algo que ella jamás podría ofrecerle a él.
Se obligó a sonreír, aunque por dentro se le hacía un nudo en la garganta.
—Que todo salga bien —murmuró apenas.
Nadie la escuchó.
En los días siguientes, Yaz llamó a su madre.
No le dijo todo, solo lo suficiente para que no se preocupara.
Su padre escuchó desde el fondo de la cocina sin preguntar.
Yaz les pidió discreción. Su madre prometió.
Su padre asintió en silencio. Era un hombre de pocas palabras, pero de pocas reservas cuando el alcohol le aflojaba la lengua.
Esa noche Karlo durmió mal. No era la primera vez.
En el sueño estaba de nuevo en el bar. La música, las luces bajas, el olor a madera húmeda. Y ella al fondo, inmóvil entre la gente que se movía, mirándolo como si supiera exactamente cuándo iba a voltear.
Kavira.
No dijo nada en el sueño. No necesitaba hacerlo. Solo lo miraba con esos ojos azules que no parpadeaban, con una paciencia que no era humana. Karlo intentó moverse. No pudo. Intentó hablar. Tampoco.
Despertó con el corazón desbocado y la habitación fría.
Se quedó mirando el techo un momento. Luego se levantó, fue al laboratorio y no volvió a dormir esa noche.
Los meses que siguieron fueron extraños. Una vez que el procedimiento se completó y la certeza del nuevo embarazo, el cuerpo de Yazmín aceptaba el embarazo, pero su mente seguía rechazando al padre.
El embarazo se manifestó con normalidad.
Llegaron los mareos matutinos que la obligaban a aferrarse al borde del lavabo, el rechazo repentino al olor del café que tanto amaba y esos antojos absurdos a medianoche que Karlo intentaba satisfacer.
A ratos, viendo cómo su vientre crecía, lograba convencerse de que todo era normal.
Sin embargo, la confianza con Karlo no regresó de golpe; se filtraba a cuentagotas.
Al principio, Yazmín no podía evitar tensar los hombros cuando él entraba en la habitación, o seguir con la mirada cada uno de sus movimientos, buscando un rastro de la bestia en el hombre que le traía un vaso de agua.
Su instinto le recordaba que la sangre de Karlo guardaba un secreto oscuro.
Karlo, consciente de ese abismo, aprendió a esperar.
Dejó de intentar acercarse demasiado pronto y se limitó a ser una presencia protectora.
Poco a poco, entre las ecografías donde el corazón del bebé latía con fuerza, el muro comenzó a ceder.
Yazmín empezó a permitir que él pusiera una mano sobre su vientre, aunque al principio cerrara los ojos con fuerza.
Para cuando el tercer trimestre llegó, la ambición y el instinto maternal habían tejido una tregua con el terror.
Se permitieron creer que la biología alterada había sido domesticada por el amor y la medicina.
Daniela, siempre observando desde la barrera profesional, monitoreaba cada detalle, guardando para sí misma cualquier duda y permitiéndoles disfrutar de esa paz engañosa.
Estaban listos, o eso creían. Daniela los vio caminar hacia el quirófano bajo las luces blancas y apretó el expediente contra el pecho un segundo más de lo necesario. Luego lo soltó y los siguió.