K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El trabajo en el hospital, las responsabilidades y la necesidad de personal calificado —sobre todo de confianza— crecieron.

Daniela se dio a la tarea de buscar estas piezas faltantes.

Yazmín Mère envió su solicitud con el miedo de quien busca una oportunidad, pero con la ilusión de conseguirla.

Su ambición y su deseo iban de la mano desde el inicio.

Entró al hospital con esa mezcla de disciplina y hambre silenciosa; cada gesto suyo estaba calculado para abrir un espacio donde pudiera crecer.

La entrevista no se realizó en una oficina común, sino en una sala pequeña que funcionaba como antesala al departamento más reservado del hospital. Estaban buscando a una jefa de enfermeras discreta, profesional y con vocación.

Daniela estaba sentada frente a la ventana, leyendo un expediente con la concentración que la caracterizaba.

Yazmín aguardaba de pie, intentando disimular que le sudaban las manos.

Era bajita, de rostro muy expresivo y dulce, con gafas que deslizaba por el puente de la nariz cuando estaba nerviosa.

Venía de una familia trabajadora donde todos aportaban y ella era el alma de su casa.

Había pasado años preparándose; una oportunidad así no se repetía.

La puerta se abrió con suavidad. Karlo Karyón entró sin aspavientos. Era un hombre reservado, con una elegancia natural. Al verlo, Yaz sintió un temblor interno. Sabía perfectamente quién era: el dueño del hospital, un médico reconocido.

—Mucho gusto, Karlo —dijo ella con una sonrisa nerviosa.

Daniela levantó la ceja sin voltear a verla.

—Doctor Karyón —corrigió con un tono neutro, pero lleno de intención.

Karlo se quedó inmóvil un segundo. Luego le estrechó la mano con cuidado.

—Mucho gusto, Yazmín.

A lo largo de la entrevista, Yaz habló con propiedad, aunque mantenía sus brazos cruzados, algo que hacía cada vez que se ponía tensa.

Sus ojos recorrían la sala de un lado a otro, intentando absorberlo todo.

Daniela escuchó con atención, midiendo cada palabra y cada silencio.

Al final, se levantó, cerró la carpeta y dijo:

—Tienes el perfil, pero hay más candidatas. Tomaremos una decisión y te llamaremos mañana.

Al otro día le llamaron: se había quedado con el puesto. En cuanto colgó el teléfono, se sentó en el sillón de la sala y brotaron las lágrimas; era una emoción contenida, un sueño de la infancia. Su esfuerzo no había sido en vano.

Su primera noche de entrenamiento, Karlo la llevó por pasillos silenciosos, lejos del movimiento de las guardias nocturnas, hasta llegar a la zona restringida. Se detuvieron ante unos cristales reforzados que daban a un laboratorio iluminado con una luz blanca.

​ Karlo no dijo nada durante un momento. Solo miraba hacia adentro, como si revisara algo que solo él podía ver.

—Aquí es oncología  —dijo al fin—. Pero no es todo lo que hay.

Yazmín se acercó al vidrio. Vio las incubadoras, los microscopios, equipos que nunca había visto en ningún hospital donde había trabajado.

—¿Y Daniela? ¿Ella también trabaja aquí?

—Daniela lleva el área reproductiva, ella logra que la vida comience donde la biología falla.  —Hizo una pausa—. Yo me encargo de lo otro.

Yaz esperó que dijera más. No dijo más.

—Firmaste un acuerdo de confidencialidad —agregó, como si eso cerrara algo—. Por algo fue.

Daniela miró por encima del monitor, observando cómo Yaz lo seguía con una mezcla de respeto y curiosidad. La química entre ellos era evidente.

—Tu labor principal será en el hospital, con enfermeras y pacientes. Pero necesito que estés involucrada en todo lo que suceda en el laboratorio también.

—¿Me va a decir para qué soy buena? —preguntó ella, intentando aligerar el ambiente.

—Eres buena para muchas cosas —respondió Karlo con esa sonrisa mínima que no sabía controlar.

Daniela giró apenas la cabeza, captando el gesto. No dijo nada. No tenía por qué. Pero lo vio.

Las semanas avanzaron con naturalidad. Yaz aprendía rápido; Karlo explicaba con una paciencia que sorprendía incluso a Daniela.

Y entre indicaciones y protocolos, aparecían risas pequeñas, comentarios que solo entendían entre ellos, silencios que parecían cargados de significado.

Yazmín era una excelente enfermera: tenía un trato cálido y amable con los pacientes y cumplía al pie de la letra las indicaciones que se le daban. Amaba lo que hacía.

Con el paso de los meses, Yaz empezó a entender algo con claridad: estar cerca de Karlo no solo era una cuestión laboral.

Él representaba una posibilidad real de crecimiento, un acceso a un lugar que no se ofrecía a cualquiera.

Pero también le resultaba atractivo de una forma que no podía manejar; le provocaba una inquietud difícil de ignorar.

No sabía si lo que sentía por Karlo era ambición o deseo. Tal vez ambas cosas.

Un día, ella tomó la iniciativa: él no lo haría.

—Vamos. Necesitas aire —dijo Yaz—. No todo es trabajo.

Karlo aceptó. No sabía por qué.

Tras recibir aquel "sí" de Karlo que tanto había ensayado en su mente. ​Mientras se retocaba el uniforme frente al espejo, pensó en su madre. En lo que su madre nunca tuvo. En las noches que la vio llegar cansada, sin nadie que la esperara, sin nada que fuera solo suyo.

Yaz siempre había querido eso: un hijo. Lo había querido desde antes de saber bien qué significaba querer algo y tenía un plan.

Miró sus manos —manos de enfermera— y después miró, a través del cristal del baño, el pasillo de mármol, las puertas que se abrían solas, la luz blanca.

Karlo. El apellido que aparecía en cada pared.

Sintió algo que no era exactamente deseo ni exactamente ambición.

Era las dos cosas al mismo tiempo, revueltas, y no quiso separarlo.

Días después, cuando finalmente llegó la noche y pasó por ella a su casa, quedó deslumbrado por su belleza.

No era la enfermera pequeñita, siempre vestida de un blanco impecable.

Yaz vestía un vestido negro, escotado y corto, el pelo suelto y unos tacones altos.

Tenía tatuajes en ambas piernas que la hacían lucir aún más sexy.

—¿Me veo bonita, doctor Karyón?

Karlo acomodó el cuello de su camisa y solo pudo decir:

—Muy... —carraspeó—. Bonita, perdón.

Ella sonrió.

—¿Qué tanto mira, doctor?

—La tinta en tus piernas.

Yaz volvió a reír fuerte, como solo ella podía.

El bar era pequeño, acogedor. Ella se movía con gracia; él la seguía sin esfuerzo.

Yaz rió al verlo bailar, sorprendida de que tuviera ritmo.

Karlo sintió algo abrirse por dentro, algo que llevaba años dormido.

El beso llegó sin buscarlo. Terminaron yendo con urgencia al departamento.

Él puso sus manos en la curva de su espalda, sorprendido por lo tibia que era su piel; ella lo atrajo por la cintura apoyándose en el cinturón, con una seguridad que contrastaba con la fragilidad que mostraba en el hospital.

Se desvistieron sin prisa; cada capa revelaba algo más que piel.

Yaz lo besó en el pecho, lenta, deliberadamente, y Karlo sintió ese punto exacto donde la razón dejó de sostenerlo.

Él recorrió con la yema de los dedos las líneas de tinta en sus piernas, siguiendo los trazos hasta perderse en el borde de su ropa interior, que cayó al piso.

Ella sonrió contra su boca cuando él la levantó por las caderas, ligera, como si siempre hubiera estado hecha para encajar en sus brazos.

Yaz arqueó la espalda cuando él la tocó con una delicadeza inesperada; el pecho de ella subía y bajaba contra el de él.

Karlo fue intenso sin ser violento.  Solo se escuchaba su respiración agitada y gemidos contenidos.

Daniela despertó sola esa noche. Recordó que, cuando estaba con ella, Karlo era cada vez más distante; que se metía al baño a responder el teléfono. Aun así no dijo nada. No podía; entre ellos nunca hubo nada formal. Pero dolía.

Semanas después, todo cambió.

Yaz dejó caer un frasco con torundas. Karlo la vio pálida, distinta.

—¿Te sientes bien?

—Necesito hablar contigo.

Se sentaron en la sala pequeña. Yaz respiró hondo, cruzó los brazos y miró al piso... luego a Karlo.

—Estoy embarazada.

A Karlo se le detuvo el corazón. Se quedó mudo, mirando a Yazmín sin poder procesar la noticia.

Llamó a Daniela impulsado por el miedo, por ese riesgo y ese secreto que solo ellos dos sabían. Daniela apretó la mandíbula y le preguntó los detalles técnicos, escondiendo lo que realmente sentía.

—¿Estás segura?

—Se hicieron tres pruebas, todas fueron positivas.

Daniela no dijo nada. Continuó trabajando con la misma profesionalidad de siempre, pero algo en su manera de estar cambió apenas: una distancia mínima. Karlo no lo notó; seguía hablando de resultados y protocolos como si nada hubiera pasado. Yaz, en cambio, sí lo percibió.

Yaz comenzó a sentir síntomas extraños: mareos intensos, dolores erráticos, sangrados que no correspondían a un embarazo saludable. Karlo se hundía en la culpa. Daniela intentaba sostener lo que podía.

Una mañana, Yaz colapsó. El ultrasonido confirmó lo inevitable: el embrión no estaba desarrollándose bien.

Mutaciones imposibles. Incompatibilidad absoluta.

La biología alterada de Karlo —residuo del ataque de aquella vampira— hacía que un embarazo humano no pudiera continuar. El dolor fue inmediato, físico.

Entonces tuvieron que decir la verdad.

Kavira. La mordida. La alteración genética.

La parte de Karlo Karyón que aún no era completamente humana.

Yaz lo miró sin entender. Después, entendió todo.

No pudo evitar llorar.  Negó con la cabeza una y otra vez, como si así pudiera desarmar lo que acababa de escuchar.

Sintió que el techo le caía encima. Después se mareó; se llevó las manos a la cara, aterrada.

—No... no... —murmuró. Después, el murmullo se convirtió en un grito.

Avanzó hacia Karlo y empezó a golpearle el pecho con los puños cerrados. Karlo no se movió. No levantó los brazos. No dijo nada. Recibió cada golpe con la mandíbula tensa y los ojos clavados en el suelo.

—¡Por qué no me dijiste! —gritó Yaz.

Cuando se quedó sin aire, retrocedió tambaleándose. Se secó el rostro con el dorso de la mano y buscó a su alrededor sin ver realmente nada. Tomó lo primero que encontró: su abrigo.

—Yaz... —dijo Karlo al fin, dando un paso hacia ella.

Daniela se interpuso de inmediato. Le sostuvo el brazo con firmeza.

—Déjala ir —dijo en voz baja—. Déjala pensar.

Yaz ya estaba abriendo la puerta. Lloraba sin intentar ocultarlo. No miró atrás. La puerta se cerró con un golpe seco.