CAPÍTULO 2 #2
El tercer día casi sale a la calle. Estaba en la puerta, con la mano en la manija, cuando escuchó a dos mujeres conversando en el pasillo.
Sus voces eran normales, tranquilas. Pero Karlo solo escuchaba una cosa: el latido de sus corazones.
Sintió cómo los colmillos se asomaban, cómo su cuerpo se tensaba listo para atacar.
Se alejó de la puerta de un empujón. Se encerró en el baño.
Se miró al espejo. Sus ojos ya no eran completamente negros. Tenían un brillo extraño, animal.
Abrió el refrigerador. Tenía carne que había comprado días atrás.
La sacó, la desenvolvió. La sangre se había acumulado en el fondo del empaque.
Se la tomó directo del plástico. El sabor era horrible.
Frío, muerto. Pero su cuerpo reaccionó igual.
El temblor disminuyó. No era suficiente, pero era algo.
Pasó otra noche así, tomando lo que quedaba de sangre en la carne cruda, masticando pedazos que su estómago rechazaba pero que su cuerpo necesitaba.
Se sentía como un animal carroñero. Al cuarto día, la carne se acabó.
Y el hambre regresó peor que antes. Esa noche estuvo en la puerta de su departamento durante horas.
Con la mano en la manija. Escuchando los pasos en el pasillo. Los latidos y las voces.
Casi sale. Casi lo hace.
Tocaron a la puerta. Karlo no pensó en abrir. Pero los golpes insistieron. Era Daniela. Habían pasado varios días sin saber de él; no era normal. Ella tenía la sensación de que algo no estaba bien y tomó la decisión de buscarlo. Llevaba jeans oscuros, camiseta beige, una chaqueta ligera.
—Karlo... abre, por favor —pidió.
No contestó. Daniela se hizo una coleta, se acomodó el cabello que sobró detrás de la oreja y entonces decidió entrar. Lo hizo por la ventana que ambos conocían.
—¿Karlo?
Lo encontró pálido, demasiado pálido.
—¿Qué te está pasando? Estás tan...
—Vete, Daniela. Por favor.
—No hasta que me digas qué ocurre.
Karlo cerró los puños. El pulso de Daniela retumbaba en su cabeza. Su olor, su calor y su sangre. Ella se acercó más, ignorando su súplica, y lo abrazó. Ese gesto tan humano lo quebró. El latido. El cuello. La fragilidad. Karlo luchó. Luchó de verdad. Pero algo oscuro ganó por un instante.
Y entonces... la mordió.
No con toda su fuerza. No como lo haría con cualquiera. Fue una mordida contenida, frenada por el amor y el horror simultáneos. Aun así, la lastimó. Daniela se desvaneció entre sus brazos.
—Perdóname... Dany... perdóname... —susurró, temblando.
Apretó una toalla contra la herida; siguió luchando contra la sed.
Pero era más fuerte lo que sentía por Daniela.
La tomó en sus brazos y la llevó al hospital, que estaba muy cerca de su casa.
Trabajó sin detenerse. El cuerpo de Daniela se enfriaba, sus latidos disminuían y, al mismo tiempo, el equipo se movía con velocidad.
Ella estaba entre la vida y la muerte, sí, pero también mostró una voluntad feroz.
Cuando finalmente la llevaron a la sala de reanimación, la vida ganó esta batalla.
Como consecuencia de la mordida, Daniela perdió mucha sangre. Afortunadamente para ella, Por alguna razón ella no fue contagiada. Aun así, fue necesaria una transfusión de sangre y de plaquetas. Cuando despertó, lo miró directo, con miedo y claridad.
—Karlo... ¿por qué? ¿En qué te has convertido?
Él bajó la mirada.
—Algo que no pedí ser.
—Cuéntame.
Y él lo hizo. Le contó con detalles lo que sucedió esa noche con Kavira. Karlo no volvió a atacar a nadie después de Daniela. Pero tampoco sabía cómo seguir viviendo. Se encerró en el sótano, en el área que había mandado construir para familiares de pacientes.
La respuesta llegó dos semanas después, cuando Daniela regresó al hospital. Aún tenía marcas en el cuello. Aún caminaba con cuidado. Pero había vuelto.
Nadie en el hospital supo lo que había pasado. Ella se encargó de eso: llevaba el cabello suelto para cubrir la cicatriz, postura correcta, voz de siempre. Por las noches se quedaba frente al espejo tocando la marca con la yema del dedo. Se preguntaba qué clase de mujer vuelve después de algo así.
Había vuelto porque cuando cerró los ojos en la cama del hospital, lo primero que vio no fue la herida sino su cara cuando se arrodilló a detener la sangre. Y después, cuando despertó, vio algo en la mirada de Karlo. ¿Vergüenza? ¿Arrepentimiento? ¿Amor, tal vez? Quería averiguarlo.
Apagó la luz y siguió.
Comenzó un protocolo. Sangre donada, almacenada y controlada. Daniela le conseguía las bolsas. Karlo las tomaba en su refugio, lejos de todos, intentando no sentirse como el monstruo que sabía que era.
Pero no era suficiente. Seguía siendo una amenaza. Para Daniela. Para cualquiera que se le acercara. La luz del sol todavía lo quemaba. El impulso de cazar seguía ahí, esperando un descuido. Mandó construir una sala aislada en el sótano del hospital. Cristal blindado. Un laboratorio completo.
—¿Cuánto tiempo vas a estar ahí?
—El que haga falta.
—¿Y si no encuentras la cura?
Karlo no respondió. Daniela dejó las llaves sobre la mesa y se fue sin despedirse.
Los primeros meses fueron un infierno. Karlo pasaba las noches estudiando su propia sangre, buscando el patrón que Kavira había alterado. Daniela le traía muestras, equipo, resultados de pruebas. Trabajaban separados por el vidrio, comunicándose con señas y notas.
Un año después, logró tolerar la luz indirecta. Dos años después, su temperatura subió medio grado. Tres años después, pudo pasar una semana sin sangre. Por fin pudo salir.
Daniela permaneció todo este tiempo a su lado. Hay mujeres que permanecen, a pesar del daño, porque ven algo más. Daniela sabía que él la había lastimado. Lo sabía, y se quedó igual. Trabajaron juntos durante años. Ella comenzó a tener pequeños cambios físicos. Él no; él no envejecía.
Una mañana, después de dormir juntos —como tantas veces, sin etiquetas pero con una cercanía que no necesitaba explicarse—, Daniela abrió los ojos y lo observó. Su piel tibia tenía ese aroma que Karlo adoraba.
—Hueles a durazno —murmuró, rozando su hombro con los dedos.
Daniela rió, cansada. Se levantó y se miró al espejo. Tocó sus nuevas arrugas con aceptación.
—Estoy cambiando... ¿lo notas?
Karlo la miró desde la cama.
—Sí.
—Y tú no —dijo ella, con una sonrisa tranquila.
—Lo sé.
Ella se sentó a su lado y tomó su mano.
—Solo quiero que no lo ignores.
Karlo deslizó los dedos por su mejilla.
—Me regalas tu cansancio.
—Lo sé.
Algunas noches soñaba con Kavira. Pesadillas que lo despertaban helado. En esos sueños, lo admitía en silencio, sentía que ella lo llamaba.