CAPÍTULO 2
Karlo Karyón creció en una familia desbordantemente adinerada.
La casa era grande; parecía la extensión de un museo privado.
No había excesos, pero había buen gusto.
Todo lo que pedía —libros difíciles de conseguir, tutores especializados, equipo científico que otros niños solo veían en revistas— simplemente lo tenía.
Era un niño inquieto, no de los que corren o rompen cosas, sino de los que se quedan demasiado tiempo observando cómo respiraba un insecto dentro de un frasco.
Sus preguntas eran tan profundas que sus propios padres se quedaban pensando antes de responder.
Su madre solía observarlo sumergido en sus libros.
—¿Nunca te cansas de leer, hijo? —preguntaba con ese tono dulce y cansado de quien teme que la inteligencia sea una carga.
Él levantaba la mirada apenas lo suficiente para no perder el hilo de sus ideas.
—A veces sí, mamá. Pero no puedo evitarlo.
Su padre, un médico reconocido, era de pocas palabras; solo lo observaba, pero el orgullo le iluminaba las comisuras de los ojos.
—Tú vas a hacer algo grande —le repetía—. Solo asegúrate de que valga la pena.
Con los años, Karlo fue formando su personalidad.
Era alto como su padre, el pelo siempre un poco desordenado —como si nunca lograra domarlo del todo— y unos ojos negros, profundos, que rara vez mostraban de inmediato lo que pensaba.
Caminaba con pasos tranquilos y tenía el gesto habitual de acomodarse el cuello de la camisa cuando estaba nervioso.
Ingresó a la facultad de medicina sin ningún problema, con la intención de especializarse en genética médica.
Más allá de ser millonario, nunca fue arrogante; todo lo contrario: era exageradamente sencillo, no le gustaba presumir y siempre estaba dispuesto a apoyar las buenas causas.
El dinero era un recurso que aprovechaba cuando hacía falta.
Se graduó con honores y sus padres, descendientes de una familia de abolengo, le habían cedido parte del patrimonio mientras aún vivían: fideicomisos antiguos, inversiones sólidas y propiedades que se mantenían estables a través de las décadas.
Karlo administró esos recursos de manera impecable, multiplicándolos hasta convertirlos en la base económica que después usaría para construir un hospital con los avances tecnológicos de la época, laboratorios modernos y centros de investigación...
proyectos que parecían demasiado ambiciosos para una sola persona, pero que él sostenía sin aspavientos.
El cáncer se llevó a sus padres. Los acompañó en cada último aliento.
Y por más recursos, tecnología y conocimiento que tuviera...
no pudo salvarlos. Aún no comprendía la muerte como un ciclo natural; como profesional de la medicina, quería luchar contra ella.
Con los años, y no de la mejor manera, entendería la importancia de nacer y morir, no solo desde un punto de vista científico, sino por experiencia propia.
Pasaron meses antes de que Karlo volviera a pisar el hospital que llevaba su apellido.
No por cobardía, sino porque cada pasillo le recordaba lo que no pudo hacer.
Pero una mañana regresó. La construcción del ala de oncología estaba a la mitad.
Los planos extendidos sobre su escritorio mostraban equipos que aún no existían en el país, protocolos que tendría que diseñar desde cero.
El arquitecto lo esperaba con una lista de pendientes.
—Doctor Karyón, necesito que apruebe los acabados del área de quimioterapia.
Karlo apenas levantó la vista.
—Quiero ventanas grandes. Que entre luz natural. Los pacientes no deberían sentir que están encerrados mientras luchan por vivir.
El arquitecto anotó.
—¿Y los pisos?
—Madera. No azulejo frío. Algo que se sienta como en casa; también quiero una zona en el sótano donde puedan alojarse los familiares de pacientes que no tengan recursos para pagar un hotel, con todas las comodidades básicas.
Cada decisión la tomaba pensando en sus padres. En lo que les hubiera gustado tener. En lo que merecían y nunca llegó a tiempo.
Trabajó así durante dos años. Sin descanso.
Sin vida fuera del hospital. Las noches eran largas y el silencio del sótano se había vuelto demasiado familiar.
Había logrado mucho, sí, pero algo en él empezaba a pesar diferente — no tristeza exactamente, sino una fatiga más profunda, la de quien lleva tiempo cargando solo.
Una noche, sin pensarlo demasiado, dejó el expediente a medias y salió.
Entró a un bar de luces bajas. No sabía que esa noche su vida cambiaría para siempre.
Olía a madera húmeda y whisky. Los murmullos se mezclaban con una música suave. Y entonces la vio.
Una mujer de piel extremadamente pálida, casi luminosa.
El cabello negro le caía como la noche sobre los hombros.
Karlo se quedó quieto un instante — no supo si era la belleza o algo más oscuro lo que lo detuvo.
Ella tenía los ojos azules, de un brillo frío.
Una presencia escultural. Una mirada que obligaba a detenerse.
Karlo se quedó quieto, sorprendido de sentir algo magnético e inexplicable.
Ella lo invitó con los ojos. Él dudó un momento pero terminó cediendo.
—Nunca te había visto por aquí. ¿Vienes con frecuencia? —le preguntó cuando se sentó frente a ella.
—Más de lo que te imaginas —respondió ella, inclinando la cabeza.
Kavira lo miró profundamente.
—¿Cómo te llamas?
Karlo dudó un instante. No quería decirlo. Algo dentro le decía que no debía revelar su nombre aún.
—Llámame... Doctor K.
Ella sonrió, como si el apodo le encajara perfecto.
—Doctor K, entonces. Yo soy Kavira y seremos eternos.
Volvieron a verse al día siguiente. Y al siguiente. Tres noches exactas que se sintieron como meses comprimidos. La tercera noche, Kavira lo miró largo rato con una curiosidad tranquila.
—Doctor K... Nunca dices nada de ti. ¿Eres tímido o eres un misterio?
Él rió apenas.
—Un poco de ambos.
—Dime algo. Una sola cosa. Algo que nadie más sepa, por ejemplo, de tu familia.
Karlo sintió un nudo en el pecho.
—No sería prudente.
—Tampoco te pedí prudencia. Mejor llévame a tu casa.
Ese fue el primer momento en que Karlo sintió miedo. No de ella: de sí mismo.
Al llegar al apartamento, Karlo abrió la puerta con un gesto casi automático.
No esperaba que la noche fuera a cambiar de forma tan abrupta.
Ella no dijo nada al entrar. Caminó unos pasos, observando el espacio como si ya lo conociera.
Karlo apenas logró cerrar la puerta cuando sintió su presencia delante de él.
Kavira lo tomó por la camisa y lo jaló hacia ella.
Lo besó de inmediato, un beso profundo e intenso que lo desarmó desde el primer contacto.
Karlo sintió el sabor de ella, diferente a todo pero adictivo, empujándolo a un estado donde pensar era imposible.
Sus manos se aferraron a su cintura sin que él lo decidiera; fue instinto.
Ella respondió acercándose más, presionando su cuerpo contra el de él.
No buscaba sutilezas. El beso se volvió más profundo; lo dejaba sin aire y lo llevaba a un trance suave.
Kavira lo guió hacia atrás sin romper el contacto.
Su espalda chocó contra la pared. Ella levantó una pierna, rozándole la pelvis con un movimiento que le hizo perder la estabilidad.
Karlo deslizó sus dedos por sus caderas y luego por la curva firme de sus senos.
Había un olor tenue a humo ligero, a noche.
Kavira apoyó las manos en su pecho, deslizándolas hacia abajo, hacia su abdomen.
Acercó la pelvis a la suya, marcando un vaivén suave.
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
La respiración de Kavira se volvió más animal, jadeante, mientras lo guiaba con el movimiento de sus caderas, una culminación inminente que vibraba en la base del estómago, contenida apenas por la voluntad de ella.
Karlo abrió los ojos por un instante, atrapado en el trance que ella había tejido alrededor de él. Y antes de que ese límite se rompiera, antes de que ese instante se transformara en algo irreversible... Kavira cambió el ritmo, tomó su rostro entre las manos y lo volvió a besar, profundo.
Karlo sintió un cambio en ella, en su sabor, en su olor: la piel enfriándose, la mirada brillando con un fulgor no humano.
Kavira le besó el cuello con lentitud; sus pupilas se dilataron cubriendo en su totalidad los ojos.
En un instante cambiaron de color a un blanco sepulcral, los colmillos se asomaron y los clavó suavemente, rompiendo cada capa de la piel. Inhaló profundo.
Un dolor afilado. Un beso de muerte.
El mundo se rompió. El dolor era insoportable. Su sangre ardió. Su cuerpo tembló. La oscuridad cayó sobre él como un manto; todo se desconectó y no supo nada más.
Despertó solo. Con sabor metálico en la boca, el cuerpo temblando como si hubiera corrido horas. Intentó convencerse de que todo había sido exceso, pasión, sueño. Pero luego vino la fiebre. La luz le hirió los ojos. Los sonidos lo atravesaban como vidrios. Y la sed... la sed dolía.
El primer día se encerró. Corrió las cortinas, desconectó el teléfono, se acostó esperando que pasara.
No pasó. El segundo día, la sed se volvió un latido constante.
Escuchaba cualquier ruido insignificante.
Cada persona que pasaba cerca del edificio era un tambor que le retumbaba en la cabeza.
Se metió a la regadera con agua helada. Salió temblando, pero el hambre seguía ahí.