K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 1
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K: Génesis de una raza oculta

K: Génesis de una raza oculta

Por Juan Marroquin

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CAPÍTULO 1

Daniela Vita había aprendido a convivir con huecos. No los que dejan los objetos ni la pobreza —porque a ella nunca le faltó nada—, sino los huecos emocionales: ese espacio que se abre cuando un padre nunca existió.

Su madre la crió sola. Trabajaba en el hospital; nadie como ella entendía la fragilidad del mundo.

Regresaba a casa cansada, pero siempre con una sonrisa.

Daniela heredó eso de su madre y también la herida que, sin quererlo, moldeó su carácter: una mezcla de sensibilidad profunda y una necesidad de cuidar a otros.

Quizá por eso sus ojos —grandes, color miel— siempre parecían observarlo todo con una ternura que reconocía incluso los dolores ajenos.

Tenía las cejas pobladas y una elegancia natural que no venía de la ropa, sino de los gestos.

Olía a durazno; un aroma cálido, casi íntimo.

Y cuando la vida la superaba un poco, buscaba unas golosinas de coco, un pequeño ritual contra la ansiedad.

Su voz cargaba un ligero acento norteño, suave, que hacía sus palabras más francas y cercanas.

La medicina no fue un sueño infantil, sino un destino lógico. Creció entre pasillos de hospital, viendo a su madre dar lo mejor de sí para salvar a otros.

Daniela llegó a la facultad como siempre: pedaleando su vieja bicicleta roja con el cabello aún húmedo por la ducha apresurada y el cansancio del desvelo pegado a los hombros.

Dejó la bici encadenada frente a la cafetería —la famosa cafetería «La Capilla»— y entró buscando un café que la sostuviera viva las próximas horas.

La Capilla era el único lugar del campus donde Daniela se sentía invisible de la forma correcta. Olía a café quemado. Las mesas tenían años de rayones encima, nombres y fechas que ya nadie recordaba. Era, en ese sentido, perfectamente humana.

Tomó una charola con un café recién servido y un sándwich. Cuando intentó pagar, se percató de que había olvidado la cartera. Ofreció disculpas y devolvió la charola.

—Espera, yo te ayudo —dijo alguien, acercándose a la caja antes de que ella pudiera reaccionar—. Yo invito.

Él sacó su cartera. Daniela quiso protestar, pero él ya había pagado. Todavía ardiendo de vergüenza, se llevó el cabello detrás de la oreja en ese gesto involuntario que la delataba siempre.

—Perdón... siempre soy así de torpe por las mañanas —murmuró.

Él negó con una sonrisa.

—Todos somos un poco así por las mañanas. Ven. —Se levantó y señaló una mesa libre—. Siéntate. Te traigo tu café.

Llevó la taza humeante y la colocó frente a ella.

—Soy Karlo, por cierto.

—Daniela... gracias —dijo ella, sinceramente apenada.

Él se sentó frente a ella, dejando su cuaderno cerrado a un lado.

—¿También tienes fisiología? —preguntó Daniela, intentando recomponerse.

—Sí. Y anatomía. Y a veces no le entiendo nada al profesor —dijo Karlo, casi riéndose de sí mismo.

Daniela sonrió, ahora más relajada.

—Eso sí lo compartimos.

Tenía las manos de alguien que trabaja con precisión: uñas cortas, ningún anillo, un rasguño viejo en el dorso de la mano derecha que ya no dolía pero que todavía se veía.

Por un instante, mientras ella soplaba el café recién servido, Karlo sintió que había algo distinto en Daniela: una serenidad que no se veía en casi nadie.

En cambio, Daniela, al mirarlo de reojo, pensó que aquel extraño tenía una calma misteriosa que la hacía querer observarlo un poco más.

Para Daniela no fue atracción inmediata ni enamoramiento.

Fue como si él también llevara un hueco invisible y, por un segundo, ambos lo vieran reflejado en el otro.

Karlo entró en su vida como esa brisa inesperada que te golpea la cara cuando bajas la ventanilla del auto en carretera: un aire nuevo que te obliga a respirar hondo y te devuelve la paz de golpe.

Con el tiempo se hicieron amigos. Buenos amigos. Una complicidad que creció sin que nadie la buscara. Daniela le transmitía paz; él le daba esa seguridad que ella tanto necesitaba. Pero entre los dos había algo más: una atracción física que ya no se podía ocultar.

Había algo en la forma en que Karlo escuchaba que Daniela no encontraba en nadie más: sin interrumpir ni aconsejar, sin hacer nada salvo estar ahí. En esos meses aprendió que su silencio era una forma de cuidado.

Una de esas noches, en una fiesta improvisada entre compañeros.

Era un cumpleaños; había música demasiado alta, luces de colores y vasos rojos de plástico.

Daniela no solía beber, pero ese día llegó con el ánimo revuelto por una jornada difícil y aceptó la copa que alguien le ofreció. Luego otra. Y una más.

Karlo la observó desde lejos al principio, sonriendo al verla bailar un poco fuera de ritmo, con el cabello suelto y las mejillas encendidas. Cuando ella lo vio, levantó la mano con una sonrisa amplia, una de esas que le salían solo cuando estaba muy feliz.

Terminaron sentados en las escaleras del edificio, riéndose de algo que ninguno recordaría después. Ella tenía la cabeza recargada en su hombro, oliendo a un dulce rastro de alcohol. Él hablaba poco, pero cada frase suya la hacía reír.

—No deberías dejarme beber así —dijo ella, arrastrando un poco las palabras, pero con la mirada llena de luz.

—No puedo controlar todo —respondió Karlo con esa calma tan suya—, aunque a veces me gustaría.

Daniela le pegó en el brazo, un golpe torpe y cariñoso.

—No me cuides tanto —susurró.

Pero en realidad quería decir: cuídame un poco más.

El hombro de Karlo era más cálido de lo que esperaba. Olía a  pasto mojado, una mezcla que ya le resultaba familiar sin haberlo decidido. Cerró los ojos un segundo. Solo uno.

Terminaron en la casa de Karlo porque ella olvidó sus llaves y porque él, con su disciplina, jamás olvidaba las suyas... salvo esa noche. Él revisó mil veces los bolsillos de su abrigo. Nada. Daniela se rio tanto que tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

—¿El doctor perfecto también olvidó las llaves? —preguntó entre carcajadas.

—No soy perfecto —respondió él, acercándose para sostenerla por la cintura—. Nunca lo fui.

Entraron por la ventana de la cocina, una entrada secreta que Karlo le mostró y que por seguridad nadie más sabía; un recuerdo más de esa intimidad que no necesitaba nombre.

Ya dentro, Daniela tropezó con sus propios zapatos.

Karlo la atrapó antes de que cayera. Sus rostros quedaron cerca. Demasiado cerca.

Ella no lo besó. Él tampoco. Simplemente se quedaron así, respirando sus alientos, sabiendo exactamente lo que iba a pasar sin necesidad de pedirlo. Ella se alejó un poco, acomodando su pelo.

—¿El baño? —preguntó.

Karlo señaló al fondo del apartamento.

En el baño, Daniela se miró al espejo y sonrió.

Tenía los ojos brillantes, cargados de una excitación nerviosa que no recordaba haber sentido antes.

Respiró profundo, se olió ambas axilas, buscó en su bolso hasta encontrar una golosina de coco, se la llevó a la boca de prisa y, tras un último vistazo para comprobar que todo estaba en orden, salió.

Él la esperaba en el sillón. Cuando la vio salir, se levantó como si lo hubiera impulsado un resorte. Levantó una de sus manos y la apoyó en la mejilla de Daniela con delicadeza. Daniela cerró los ojos un instante, dejándose tocar. La piel de ambos estaba cálida por el nervio contenido.

Karlo se inclinó y rozó sus labios primero, apenas.

Un toque breve, casi temeroso. Daniela respondió con otro más firme, como si hubiera estado esperando ese momento.

El beso se volvió lento y profundo. Ella llevó las manos al cuello de Karlo, sintiendo la tensión de sus músculos, sintiendo cómo él la atraía hacia sí con una necesidad que no parecía solo física.

Karlo deslizó sus labios hacia el cuello de Daniela y ella dejó escapar un suspiro que no alcanzó a contener.

Él la sostuvo por la cintura y avanzó con ella unos pasos hacia la habitación.

Daniela retrocedió guiada por su cuerpo; los dos caminaban casi sin pensarlo, torpes de deseo, con una respiración cada vez más acelerada.

La penumbra los envolvía mientras cruzaban el pequeño pasillo, sin prisa pero sin detenerse.

Se dejaron caer en la cama sin perderse de vista.

Daniela pasó los dedos por la camisa de Karlo, desabrochándola con torpeza, como si cada botón le quemara un poco las manos.

Él apoyó la frente contra la de ella mientras la ayudaba, respirando su olor dulce —ese rastro tenue de coco que aún quedaba— que terminó de desordenarlo.

El inicio fue torpe, de manos y labios. El resto lo dijeron los cuerpos.

El cuarto olía a durazno. Karlo lo notó antes de que ella se durmiera.

Más tarde, ella se quedó dormida sobre su pecho. Y él la observó largo rato. La escuchó respirar con esa inmensa calma.

Esa noche definió algo entre ellos. No eran pareja. No hablaron de amor romántico. Pero había noches... noches en que esa amistad era más íntima y la piel más cercana.

Se querían, sí. Pero de un modo distinto. Complicado.