Amethyst
Aún quedan unas dos horas para la cena de Año Nuevo, pero salgo de la casa de Hansen para ir a comprar algo que mi nariz me pide desde temprano. Como no me gusta comprar cerca de mi casa, voy hasta el centro del pueblo para buscar a los dealers que suelen rondar la plaza principal.
Me siento en una de las bancas y, luego de inhalar el polvito, enciendo un cigarrillo. De pronto, una voz me hace sobresaltarme; es Caín.
—Se te va a congelar el trasero —exclama, sentándose a mi lado mientras ríe.
—Ya tengo todo congelado —bromeo, devolviéndole una sonrisa—. ¿Qué haces por aquí?
—Salí a caminar. Estaba en mi departamento y quería algo de aire fresco —responde mientras frota sus manos por el frío.
—¿No irás a casa de tu mamá?
Él solo niega con la cabeza. Suspiro mientras pienso que no debe ser grato para alguien pasar una fecha importante solo.
—¿Quieres venir conmigo a casa de Hansen?
Se queda mirándome con un pequeño brillo en los ojos y sonríe.
—Bien, vamos —exclama.
Ambos nos ponemos de pie, con el trasero más que congelado, y caminamos para tomar algún taxi hacia la casa.
Durante la cena todo está bien. Caín se nota bastante feliz a pesar de no estar con su familia y, al momento de festejar la medianoche, también logramos un grato momento dándole la bienvenida a un nuevo año.
—Oigan, vamos a la azotea a beber —dice Kaya mientras sostiene una botella de whisky que le ha sacado a Hansen.
Tomamos unas mantas y los tres subimos, mientras mi madre y Hansen se quedan charlando en la sala.
No nos damos ni cuenta de cómo pasan las horas. Cuando el frío aumenta aún más, Kaya se va a acostar y nuevamente Caín y yo nos quedamos solos. Lejos de ser un momento incómodo, resulta más bien extraño; supongo que el conjunto de cosas que hemos pasado es lo que vuelve la situación así.
Un silencio escalofriante se instala entre ambos hasta que Caín habla.
—¿Por qué cada vez que te veo lo único que noto en ti es un vacío?
Lo miro confundida.
No sé muy bien qué decir al escuchar sus palabras.
Es cierto: hay un vacío en mí y, aunque no sea algo que demuestre o converse, sé que siempre está ahí.
Siempre fui una persona rota, pero desde lo que ocurrió con el cuervo el sentimiento de haber sido destruida fue superior a cualquier otra cosa.
Me arrancaron lo poco bueno que quedaba en mí y es difícil aceptar que jamás volveré a sentirme como antes.
—No voy a discutir lo que dices porque sé que tienes razón. Hasta yo lo noto —respondo luego de un largo silencio.
Juego con mis dedos en la boquilla de la botella de whisky y después bebo un sorbo.
—Es curioso, porque en el momento en que te vi, el brillo de tus ojos fue precisamente lo que me llamó la atención, aparte de tu belleza y tus pies descalzos —sonríe—. Me encantaba ese brillo que aún en tu oscuridad estaba presente.
Quiero responder algo, pero no me gusta el rumbo que toma la conversación.
—A pesar de lo que has pasado, tenías una inocencia muy genuina en tu mirada. Tenías optimismo, energía, ganas de superación, y realmente eso me cautivó. Tenías todo eso que mis ojos jamás tuvieron —continúa, logrando que se forme un nudo en mi garganta.
—¿Qué pretendes diciéndome todo esto?
—Entender qué pasó.
—Si no me equivoco, jamás te importó si me había pasado algo o no. Más bien recuerdo solo reclamos por lo que hice con Asher y Fenrir —comento, un poco a la defensiva.
Lamentablemente, si ambos hablamos estando algo ebrios, es muy poco probable que la conversación tome un buen rumbo. Los dos sabemos que hay muchas cosas que jamás se hablaron, pero quizá hacerlo sea una buena forma de comenzar un nuevo año dejando ciertos temas atrás.
—Noto algo de rencor en tus palabras y déjame decirte que si es por lo de Alejandra...
—¡Que no es por ella, maldición! —grito sin dejarlo terminar.
Sí tengo mucho rencor acumulado, pero no hacia él: hacia la vida, hacia el maldito cuervo, hacia mí por haber salido esa noche.
—Entonces dime qué es eso que no has sido capaz de decirme. ¿Qué fue lo que sucedió que te hirió tanto? Si fui yo, déjame decirte que...
—Déjalo ya —lo interrumpo, bajando la mirada.
—No lo dejaré porque me importa. Si estás dolida por lo de Daylenia o lo que sea, dímelo.
—Basta, Caín. Esto no se trata de ti ni de con quién te revuelcas.
—¡Entonces dime qué es!
—Caín, por favor, déjame en paz —exclamo en tono de súplica. No es algo para lo que esté preparada.
—Amethyst, solo quiero comprender qué fue lo que te rompió tanto.
¿Cómo encontrar las palabras indicadas? Si pensara en cada cosa que me rompió, no acabaría nunca, pero solo hubo una que realmente me destruyó. Suspiro y cierro los ojos.
—El cuervo me violó, ¿vale?
No puedo creer que lo haya dicho. Mi cuerpo tiembla y, casi por inercia, comienzo a llorar.
Caín tarda un poco en reaccionar, pero luego se voltea a verme con los ojos llenos de lágrimas.
—Voy a matarlo.
Una sonrisa turbia se forma en mi rostro, dejándolo totalmente desconcertado.
—Eso no es necesario… ya está muerto.
—¿Qué hiciste, Engel?
Me quedo mirándolo con la mirada perdida.
—Todo lo que te acabo de decir es todo lo que sabrás, Caín. Nadie más lo sabe y espero que esto no salga de aquí.
Él asiente y permanece pensativo durante un largo rato.
—Perdóname…
Frunzo el ceño al oírlo y lo miro sin decir nada.
—Pude ayudarte y no lo hice. Fue mi culpa —exclama, llevándose las manos a la cabeza.
Caín cree que todo ocurrió aquel día en que no me ayudó, y yo tampoco hago mucho por desmentir lo que piensa.
—Mejor volvamos al interior de la casa.
Me pongo de pie y camino hacia la ventana que usamos para subir a la azotea.