Amethyst
Entro a la propiedad que me indicó Cyhan. Todo está oscuro y en silencio. Camino por el lugar llamándolo con la mirada, pero no lo encuentro. Subo las escaleras hacia el segundo piso y avanzo por el pasillo hasta que, al fondo, distingo una silueta tendida en el suelo.
Sin pensarlo, corro hacia allí.
La escena me hiela la sangre.
Cyhan tiene el rostro, las manos y la ropa cubiertos de sangre. El suelo también está manchado de un rojo intenso.
—¿Qué te pasó? —me arrodillo a su lado—. ¿Estás bien?
Reviso su cuerpo con rapidez buscando heridas, pero no encuentro ninguna.
—Está muerto… no volverá a hacerte daño. Nunca más…
—Cyhan, ¿de qué hablas? —tomo su rostro obligándolo a mirarme.
—El cuervo. Ya me deshice de él. No volverá a ponerte un dedo encima —dice con la voz temblorosa mientras se aferra a mí —Prometí que siempre te protegería, mi pequeña Güzelim… perdón por haber tardado tanto.
La palabra cae sobre mí como un golpe, fué diferente a leerla o escucharla muy por encima. Una ola de recuerdos me invade. Imágenes antiguas, fragmentos olvidados: un chico defendiéndome en la escuela, una presencia constante a mi lado. Todo regresa de golpe.
¿Cómo es posible?
Toma mis manos con las suyas empapadas en sangre. No me importa. Estoy demasiado atrapada intentando comprender lo que acaba de despertar dentro de mí.
—Pensé que nunca descubrirías quién soy —sonríe—. Desde que te vi supe que eras mi niña consentida… la pequeña a la que juré proteger. Esperaba que me recordaras.
—Siempre lo hice… —susurro—. No recordaba tu nombre ni tu rostro, pero sabía que eras real. Nunca solté ese recuerdo… aunque me hayas dejado.
—Tuve que hacerlo. Mi padre murió y tuve que hacerme cargo de las mujeres de mi familia. Volví a Estambul y me dediqué a ganar dinero, como él hizo toda su vida.
Me acerco más. El olor metálico de la sangre invade el aire, pero su cercanía resulta más fuerte.
—Siempre te gustó el dinero —digo con una leve sonrisa.
—¿Recuerdas cuando te llevaba a ayudarme con la contabilidad en la escuela?
Acaricia mi mejilla. Asiento.
Un impulso extraño me atraviesa. Un deseo inesperado, intenso, casi irracional. Sacudo la cabeza intentando despejarme.
—¿Dónde está el cuerpo?
—Mis hombres ya se lo llevaron.
—¿Qué pasó?
—Lo secuestré cuando volvimos de Paradis. Lo mantuve encerrado… lo torturé. Pensé que moriría antes de que regresara de Estambul —suspira—, pero seguía aferrado a la vida, intentó escapar pero ya terminó todo. Será mejor que me dé un baño.
Se pone de pie y tira suavemente de mi mano para ayudarme a levantarme.
No debería hacerlo. Sé que no debería.
Aun así, tomo su rostro entre mis manos y lo beso, ignorando la sangre que lo cubre. Él responde de inmediato. Su beso sabe a desesperación y a la vez a alivio, a algo peligrosamente adictivo.
—Yo también necesito un baño —susurro cerca de su oído, sintiendo cómo su piel se eriza —Llévame a la ducha…