Isabella
Estamos en una pequeña sala esperando que traigan al tipo.
Por alguna razón me siento nerviosa; preferiría estar en cualquier lugar que no fuera una cárcel.
Miro el suelo cuando la puerta se abre. Entonces lo veo entrar: viste de naranjo, lleva esposas en las manos y grilletes en los pies.
Evito mirarle el rostro. Me produce asco.
No puedo dejar de observar el sonido metálico de las cadenas arrastrándose.
—Vaya, qué bien acompañado vienes, Reynolds —comenta él.
Mantengo la cabeza casi oculta tras mi cabello mientras Alejandra parece mucho más relajada.
—Si estoy aquí es porque ya sé la verdad —dice Caín con absoluta calma—. ¿Cuánto te pagó mi padre para que no dijeras que la orden de matar a Gerard la dio él?
El hombre se limita a reír antes de responder con otra pregunta.
—¿Qué buscas con esto?
Caín se acerca un poco más. Yo no dejo de caminar de un lado a otro por la sala.
—Quiero que declares. Que digas la verdad. No tiene sentido que sigas encerrado mientras Saúl queda impune.
El hombre vuelve a reír. Alejandra se acerca a mí y se recarga contra la pared; el ambiente se vuelve espeso, casi irrespirable.
—No voy a declarar nada, Caín. ¿Y podrías decirle a tu amiga que se quede quieta? Me está poniendo nervioso.
Suelto un suspiro pesado y camino hacia ellos con más seguridad que antes.
—Será mejor que nos vayamos. Es inútil seguir aquí.
Levanto el rostro y lo miro directamente a los ojos. Mi estómago se contrae al verlo. No entiendo por qué.
—No puede ser…
El tipo se pone de pie y comienza a caminar hacia mí, intentando tocarme.
Uno de los gendarmes entra de inmediato y lo aparta con brusquedad.
—Cometes cualquier falta y te llevamos de vuelta a tu celda.
—¿En serio no me reconoces, mi pequeña RunRun?
Un escalofrío me recorre entera. Ese apodo solo lo usaba una persona.
—No tienes idea cuánto anhelaba verte.
—¿Qué clase de juego macabro es este? —pregunto, sintiendo los ojos llenarse de lágrimas.
—Isabella, ¿qué pasa? —Caín se acerca y apoya sus manos con suavidad sobre mis brazos.
—Isabella… —repite el hombre —Definitivamente eres tú.
—Déjame en paz. ¡No sé quién eres!
—Mírame a los ojos, RunRun. Soy yo… tu hermano.
—Basta… déjame tranquila —lloro sin poder detenerme—. Mi hermano está muerto…
—Lo sé… yo lo maté.
—Maldito infeliz, ¿por qué dices eso? —intento abalanzarme sobre él, pero Caín y Ale me sujetan.
—Tu hermano dejó de existir la primera vez que le quité la vida a alguien, mi querida RunRun —responde con frialdad—. Nuestros padres tuvieron que decirte que morí… que un psicópata me mató. —se ríe. —Pero el psicópata soy yo.
—No sigas… cállate —murmuro, cubriéndome el rostro. No puede ser verdad. No quiero escucharlo.
Alejandra sale de la sala para buscar agua, intentando ayudar a calmarme.
—Será mejor que empieces a decirnos toda la verdad, Ramsen —dice Caín con dureza.
—¿Ramsen…?
Levanto la vista y encuentro sus ojos. Solo basta ese cruce de miradas para entenderlo. Muy detrás de esa oscuridad todavía está él. Mi hermano. Mi héroe.
Empiezo a llorar sin control y me pongo de pie para abrazarlo. Es un acto completamente inconsciente, algo que nace antes que el pensamiento, antes que la razón… antes incluso que el dolor.