Amethyst
Asher acaba en mi boca y me hace tragarlo todo.
Su líquido aún resbala por mis labios y me mira con una perversión que, lejos de incomodarme, me enciende más.
Me limpio despacio y me pongo de pie. Sigo ardiendo, pero él simplemente se acomoda el pantalón como si nada y se dispone a volver a la fiesta.
Antes de salir guardo la copia del contrato en mi cartera. Tengo que leerlo con calma en casa. También me entrega los papeles de la evidencia y recalca que tiene copias de todo. Eso no me sorprende.
Salgo rápido. Necesito un cigarrillo, aire, distancia.
Mientras lo enciendo, veo a Caín junto a la laguna y camino hacia él, pero una mano me detiene, haciéndome girar bruscamente. Alzo la mirada.
El Cuervo.
—Lo que me faltaba… —digo por lo bajo. Me suelto de su agarre, algo intimidada.
—¿Recuerdas lo que me debes, cariño?
—Yo no te debo nada —intento alejarme, pero me sujeta más fuerte, su aliento casi roza mi rostro. Me duele.
Un golpe en sus piernas lo hace caer de rodillas frente a mí. Me aparto, temblorosa. El agresor sostiene un bate dorado y luce una sonrisa que mezcla diversión y crueldad.
En segundos, Caín llega y me envuelve en sus brazos.
—¿Estás bien, Engel? —pregunta, tomando mi rostro.
Sólo asiento.
—Así que ella es la famosa Engel de la que me hablabas —dice el hombre del bate acercándose —Un gusto, soy Fenrir Petriev.
Toma mi mano y la besa.
—Amethyst.
—¿Qué demonios pasó aquí? —aparece Asher, y mis mejillas se enrojecen involuntariamente.
—Me debe una bolsa de cocaína —gruñe el Cuervo aún en el suelo.
Fenrir se coloca frente a él y apoya el bate bajo su mentón. —La próxima vez que quieras regalar mi mercancía voy a arrancarte la piel para que te la comas, ¿entendido?
Empuja su rostro con el bate.
Intento no mirar. Caín sigue abrazándome. Está por lanzarse contra él, pero lo sujeto. No quiero que me suelte.
Asher saca unos billetes y los arroja directo al rostro del Cuervo. —No vuelvas a tocarla o seré yo quien haga que me supliques que te mate.
Lo toma del cuello y le asesta un golpe. —Considera su deuda pagada. Y recoge esos billetes con la boca.
Fenrir ríe y nos guía de regreso a la barra. Aún siento la mirada del Cuervo clavada en mí. No quiero volver a verlo jamás.
Un mesero trae shots de tequila. Bebemos.
No sé cuál de los tres hombres frente a mí me pone más nerviosa. Sus miradas pesan. El tequila arde. Mi rostro también.
Bebo uno tras otro mientras mi mente divaga en fantasías peligrosas.
Un grito me arranca del trance.
En el pequeño puente de la laguna veo a Óscar, Juls y Alejandra corriendo en ropa interior con un enorme jarrón en las manos. Detrás de ellos viene Logan con varios tipos. Más atrás, Alastor, Isabella y Kaya.
—¿Qué demonios…?
Alejandra me lanza el jarrón. Lo atrapo por reflejo.
—Dámelo, hija de puta —gruñe Logan.
La sangre me hierve.
—Ven y quítamelo, cabrón.
Antes de que se acerque, mis tres nuevos “defensores” se colocan delante de mí.
—No necesito que nadie me defienda.
Dejo el jarrón en el suelo, fingiendo calma. Tomo el bate de Fenrir y lo oculto bajo mi vestido.
—Logan, perdóname… —pongo mi mejor expresión inocente —Pero tú, tus jarrones y tu fiesta se pueden ir mucho a la mierda.
El bate desciende una y otra vez hasta que el jarrón estalla en pedazos.
Es liberador.
Luego toca correr.
Caín me toma en brazos. Sigo sosteniendo el bate mientras le levanto el dedo medio a Logan.
—¡A ver si nos alcanzas, come mierda! —grita Alejandra.
En mi mente todo va en cámara lenta y suena The Thieving Magpie mientras me río a carcajadas. Parece que nunca llegaremos al Jeep de Alastor.
—¡Son unos malditos mala clase! —grita Logan—. ¡MALA CLAS