Capítulo Dieciséis — George
CAPÍTULO DIECISÉIS
GEORGE
O liver me llamó Darcy frente al refrigerador de la oficina, donde yo elegía entre dos botellas de agua idénticas.
Tomé la más cercana a la puerta.
—Ese ya lo usaste.
—Tiene recorrido.
—Le queda una aparición.
Me siguió al estudio con un plato de queso de la pequeña celebración que había autorizado Nora.
El equipo de Marketing de Hush Harbor nos había recomendado formalmente para la siguiente fase remunerada.
Teníamos trabajo y honorarios comprometidos hasta la presentación de noviembre.
La contratación a largo plazo aún dependía del plan completo, pero aquello justificaba queso a las cuatro y media.
—¿Esta noche? —preguntó Oliver.
—Sí.
—Te irá bien.
—No he preguntado.
—No. Llevas un rato mirando la hora sin mover la muñeca. Todo un talento.
Dejé de mirar la hora mientras estuvo allí, lo que resolvió la parte visible del problema.
Lessie salió a las cinco y cuarto. Había llevado ropa para cambiarse, pero decidió irse a casa: dijo que quería empezar la noche en un lugar que no fuera el baño de la oficina.
Lo aprobé por principio. A las seis y cincuenta, frente al restaurante, lamenté el tiempo adicional que me había dado para pensar.
Sabía que quería estar allí. Lo había dicho directamente. Nos habíamos besado. Ambos éramos capaces de cenar. Había muy poca incertidumbre que justificara tanta atención.
Llegó con un vestido azul oscuro bajo la chaqueta del puño reparado. Llevaba el pelo suelto. Al verme se detuvo un instante, sonriendo antes de llegar a mí, y olvidé la primera frase que había preparado.
—Hola —dijo.
—Hola.
Le besé la mejilla. Me atrapó la mano antes de que pudiera apartarme.
—Un comienzo cauteloso.
—Puedo corregirlo.
Levantó el rostro. Esta vez la besé de verdad, con suavidad, y después retrocedí para no bloquear la puerta.
—Mejor —dijo.
Dentro nos llevaron a una mesa pequeña junto al ventanal. Había pedido un lugar donde pudiéramos oírnos, después me había preocupado que hacer una petición especial fuera excesivo y luego recordado que lo hacía en cenas con clientes sin dificultad moral alguna.
El menú era breve. Lessie lo leyó con atención, cosa que me gustó. A veces la gente suponía que, como hablaba deprisa, lo hacía todo deprisa. Se concentró en aquello con el mismo cuidado que dedicaba a una frase importante.
—¿Qué pides normalmente?
—El pollo.
—¿Porque está bueno o porque ya lo has verificado?
—Las dos cosas.
—Una posición sólida.
Pidió pescado. Compartimos un plato de pimientos asados. Cuando se fue el camarero, Lessie tomó un trozo de pan y dijo:
—No vamos a hablar de la campaña antes de que llegue la comida.
—De acuerdo.
—Eso fue demasiado fácil. ¿Qué has preparado?
—Un cuestionario.
Su risa volvió menos formal la mesa.
Le pregunté por la lámpara. Me contó que había quitado la ropa y descubierto que, en efecto, tenía una silla para leer.
Pregunté qué había leído allí. Nombró una novela y explicó qué decisión de un personaje llevaba tres días irritándola.
La escuché considerar si la decisión estaba mal escrita o era simplemente una que ella no habría tomado.
—Quizá ambas cosas —dijo al fin—. Tengo derecho a que me irrite una persona completamente verosímil.
—Eso espero.
Me tomó la mano por encima de la mesa. El contacto fue breve; me rozó el costado del pulgar con el suyo antes de tomar la copa. Quise que lo repitiera y resistí el impulso de colocar mi mano de la forma más conveniente para ella.
—¿Qué te irrita a ti? —preguntó.
—La urgencia innecesaria.
—Elegiste una profesión interesante.
—Lo sé.
—¿Qué más?
Pensé en las respuestas seguras. Gente que pone videos sin auriculares. Archivos mal identificados. Después elegí una menos favorecedora.
—Que me ayuden antes de que admita que lo necesito.
Se recostó en la silla.
—Qué inconveniente.
—Para todos.
—¿Sabes cuándo lo necesitas?
—Por lo general, después.
El camarero trajo la comida. Lessie esperó a que se fuera para preguntar si siempre había sido así.
—Mi madre trabajaba de noche —dije—. Había cosas que hacer, y hacerlas facilitaba la vida en casa.
—¿Cuántos años tenías?
—Los suficientes para saber dónde iba cada cosa. Menos de los que yo creía.
No lo convirtió en una tragedia. Preguntó si mi madre seguía trabajando en el mismo hospital, y respondí. Le conté la llamada del radiador. Se rio en la parte apropiada, cuando yo había estado planeando un rescate que nadie pedía, y después preguntó si disfrutaba siendo útil.
—Sí.
—Esa parte está permitida, ¿sabes?
Corté un trozo de pollo.
—A veces me cuesta localizar la otra parte.
Lessie asintió despacio.
—Lo veo.
Descubrí que no me molestaba que lo viera. Era lo bastante nuevo para hacerme dejar el tenedor.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Me gusta hablar contigo.
Sonrió sin rescatarme de la sencillez de la frase.
—A mí también.
Mientras comíamos me contó su primer trabajo después de la universidad, escribiendo descripciones de productos para una tienda de muebles de oficina por internet.
Había escrito tantas versiones de resistente y elegante que la expresión aún le hacía pensar en sillas apilables.
Cuando admití haberla usado en un documento de estrategia, exigió contexto y me concedió un indulto condicional.
Le hablé del departamento que había alquilado antes del actual, donde el cajón de la cocina solo podía abrirse si la puerta del horno estaba bajada. Quiso ver fotografías. Encontré una y pasó varios minutos encantada, intentando deducir cómo sacaba yo un tenedor mientras cocinaba.
—¿Viviste ahí dos años?
—El alquiler era razonable.
—El acceso a los cubiertos, no.
Me devolvió el teléfono y dejó las yemas de los dedos contra los míos un momento. No retiré la mano cuando me soltó.
Cuando el camarero ofreció postre, le pregunté si quería compartir uno. Dijo que quería el suyo y permitiría intercambios. Acepté las condiciones.
—Antes aceptaba compartir cosas que sabía que quería enteras —dijo—. Me parecía más amable. Después me irritaba en secreto con alguien por comerse la mitad que yo le había ofrecido.
—¿Ya no lo haces?
—Con el pastel, no. Las demás cosas están en desarrollo.
Quería saber qué otras cosas. También quería dejarla disfrutar el postre sin convertir cada confesión en una entrevista diagnóstica. Le pedí un bocado del suyo. Me acercó el plato, luego tomó uno más grande del mío y lo llamó intercambio equitativo.
Dividimos la cuenta porque lo pidió, y no hice que tuviera que pedirlo dos veces.
Afuera había refrescado lo suficiente para que se cerrara la chaqueta. Ofrecí acompañarla al tren. Propuso caminar primero unas calles en la otra dirección, donde había más tranquilidad.
Caminamos sin un orden del día. Dos veces se detuvo ante escaparates. Una vez lo hice yo. Una tienda de muebles tenía una silla parecida a una de mi madre, y Lessie examinó el precio antes de aconsejarme que animara a mi madre a sentarse con cuidado sobre su fondo de jubilación.
En la esquina le tomé la mano. Encajó en la mía con la sencilla naturalidad de algo a lo que quería acostumbrarme.
—Quiero otra cita —dije.
—Me daría pena dejar sin resolver lo del pastel.
—Es mi principal preocupación.
Me apretó la mano. Encontramos un rincón más tranquilo junto a la tienda cerrada y tiró de la parte delantera de mi chaqueta para acercarme.
El beso fue menos cauteloso que el de la entrada del restaurante. Le puse una mano detrás de la cabeza, sentí cómo abría los dedos sobre mi hombro y descubrí lo deprisa que podía dejar de interesarme la prudencia en cualquier cosa que no fuera su comodidad.
Ella se detuvo primero, riéndose un poco mientras se afirmaba contra mí.
—Tengo que irme a casa.
—Sí.
—No tengo muchas ganas.
Quería ofrecerle mi departamento. Sabía que estábamos cerca. Ella también lo sabría si se lo decía, y estaba seguro de que tendría una respuesta meditada. Dejé que su decisión se mantuviera sin pedirle que la tomara dos veces.
—Te acompaño —dije.
Me sostuvo la mano el resto del camino. En la estación nos besamos una vez más. Después la vi bajar las escaleras y volví a casa por calles que parecían más cortas que de costumbre.
En la cocina saqué un vaso para beber agua. Busqué un segundo antes de recordar que no había nadie detrás de mí. Lo dejé sobre la encimera de todos modos, me vacié los bolsillos y le envié un mensaje diciendo que había pasado una buena noche.
Respondió con una fotografía de un hombre sentado en el tren con una maceta vacía.
Un superviviente de la migración.
Quería más noches. El deseo era tan preciso que ya podía imaginar qué silla usaría en mi mesa. Guardé el segundo vaso y me permití alegrarme de que hubiera ocurrido aquel martes.