Capítulo Catorce — Lessie
CAPÍTULO CATORCE
LESSIE
A las nueve y veinticinco, la sala B estaba vacía, salvo por mis cosas.
Nadie me había dejado una nota motivadora. Nadie se asomó para comprobar si estaba nerviosa. George se había limitado a dejarme la sala y permitirme cerrar la puerta.
Apoyé ambas manos en la mesa. La madera estaba fresca. Afuera, el estudio hacía sus ruidos habituales de la mañana: una rueda de silla enganchándose en un cable, el molinillo de café a lo lejos, alguien riéndose de algo que no tenía nada que ver con nuestro cliente.
No ensayé. Eso ya lo había hecho.
Leí la primera línea de mis notas y puse la hoja boca abajo. En la pizarra, alguien había dejado el dibujito de un pez junto a una lista de dimensiones de video. Lo estudié durante un minuto entero. Tenía una expresión injustificadamente alegre, dado su hábitat rectangular.
A las nueve y media, Emilia llamó a la puerta.
—¿Lista?
—Sí.
Lo estaba. No porque hubieran desaparecido los nervios. Simplemente habían dejado de dirigir todo el mobiliario.
Mara llegó con Paul y una compañera del equipo digital de Hush Harbor. Ava se sentó a mi lado. George estaba al otro lado de la mesa, con el material ordenado y una expresión lo bastante tranquila como para que yo pudiera pedírsela prestada.
Había hablado con Nora la tarde anterior. Hizo preguntas sensatas sobre jerarquías y toma de decisiones. También preguntó si me sentía libre de decir que no. Dije que sí, de verdad. Me pidió que acudiera directamente a ella si cambiaba esa respuesta.
Por ahora, George y yo éramos dos personas que querían algo y se habían hecho espacio para decidir. Ayudaba pensarlo así. Nadie había escrito ya la siguiente parte por nosotros.
Empezamos por la investigación. George explicó los límites de ocho sesiones cualitativas. Yo mostré lo que habíamos cambiado gracias a ellas: un gesto de ofrecimiento más claro, la marca identificada antes, una cocina menos impecable que la gente creyera que alguien podía permitirse.
—Conservamos la plataforma —dije—. Dejamos de pedirle que lo hiciera todo sola.
Se reprodujo el animatic: nuestra cocina dibujada tenía movimiento y voces provisionales.
Una nueva compañera de departamento estaba frente a un refrigerador entreabierto, con la mano en la última botella.
Fuera de plano se oía a la otra preguntar si el estante de abajo estaba libre.
Una pausa incómoda, unos recipientes que cambiaban rápidamente de sitio y luego la botella deslizándose por la encimera.
El intercambio era lo bastante pequeño para aceptar la bebida sin que ninguna de las dos tuviera que anunciar que se sentía sola.
El plano final mostraba la etiqueta azul y Ahí te encontré .
Mara lo vio dos veces.
—Es más tranquilo de lo que esperaba —dijo.
—El gesto necesita ese espacio —respondió Ava.
—Me gusta. También necesito que sobreviva en una pantalla de teléfono.
Oliver mostró la versión de seis segundos. En el montaje breve, la botella cruzaba la encimera mientras alguien movía un envase para hacer espacio en el estante. Se perdía parte de la vacilación. Se conservaba la bienvenida.
Paul quería hablar de las tiendas. Mostramos las tarjetas para los estantes, incluida la frase del refrigerador conocido, y un panel de precios que los comercios podían adaptar.
George explicó cómo una prueba regional limitada permitiría distinguir los problemas de distribución de los creativos antes de hacer promesas costosas sobre resultados nacionales.
La responsable digital preguntó si Ahí te encontré sonaba como si la marca hubiera perdido a sus clientes.
Era una pregunta justa. También era una pregunta que yo había temido lo suficiente para preparar cuatro respuestas, ninguna de las cuales mejoraba al decirlas juntas.
—Puede sonar así sin una escena —dije—. Por eso no recomendamos lanzar solo la frase. Las primeras piezas tienen que mostrar a alguien encontrando una razón para elegirla. Más adelante podremos ganarnos el derecho a usar la frase sola.
George no rescató la respuesta. La dejó sostenerse.
Mara se volvió hacia los paneles de las tres propuestas. La segunda se apoyaba más en los productos heredados y los rituales familiares; la tercera era más luminosa y cómica, basada en encuentros inesperados en lugares nuevos.
—¿Por cuál apostarías tu dinero? —me preguntó.
—Por las compañeras de departamento, con el apoyo de las piezas comerciales. Tiene más posibilidades de invitar a alguien a entrar sin preguntarle si ya había estado aquí.
—¿Aunque la propuesta familiar provoque la reacción emocional más fuerte?
—En quienes ya compran la marca. Conservaría partes, pero no la usaría como puerta de entrada.
Dolió un poco decirlo. La historia del archivo seguía importándome. También las personas nuevas a las que queríamos llegar. Podían importarme ambas cosas y aun así elegir.
La pluma de Ava se movió por el cuaderno. No intervino.
Al terminar, la mesa estaba cubierta de revisiones acordadas en lugar de opiniones enfrentadas. Mara quería un presupuesto comercial más ajustado y dos enfoques de reparto. Paul quería contrastar el plan para tiendas con los requisitos de un distribuidor. La propuesta del anuncio seguiría adelante.
—Esto es lo que voy a recomendar —dijo Mara—. Necesitamos el plan comercial revisado antes de presentarlo a la dirección. El lunes tendrán por escrito el encargo de la siguiente fase.
Me estrechó la mano antes de irse.
—Conserven la vacilación antes de la botella. Ahí me lo creí.
Se lo agradecí. Al cerrarse la puerta, Ava rodeó una anotación y me pasó sus notas: Elegiste.
—Buen trabajo —dijo.
Tomé la hoja y la guardé.
La tarde se llenó de las consecuencias corrientes de una reunión exitosa.
Emilia reunió los comentarios. Oliver pidió cifras.
Jacob llamó a Nora. Comimos sándwiches tarde y atendimos a otros clientes.
Pasé cuarenta minutos arreglando una frase de Calder, porque el trabajo no dejaba de ser trabajo solo porque me esperara una vida personal en la habitación de al lado.
A las cinco, casi todo el equipo se había ido al bar de abajo. Me quedé a retirar los paneles de la B antes de la reserva del lunes. George entró con el adaptador de la computadora que yo había olvidado en mi escritorio.
—Te dejaste esto.
—Le estaba dando una experiencia más amplia de la agencia.
Lo dejó sobre mi bolsa.
—Parecía listo para volver a casa.
Apilé los paneles despacio. A través del vidrio, el estudio se iba vaciando. Estábamos solos en la sala, pero no escondidos. De pronto fui consciente de la diferencia.
—¿Vas a bajar? —preguntó.
—En un minuto.
Se quedó junto a la mesa.
Metí el último panel en su funda.
—Hablé con Nora.
—Lo sé. Envió la nota del procedimiento.
—La parte personal no la envió.
—No.
—Bien.
Esperó. Solía hacerlo tan bien que yo podía confundirlo con una ausencia de esfuerzo. Esa noche veía su mano apoyada con demasiado cuidado en el respaldo de la silla.
—No dejo de pensar que deberíamos tener una conversación sensata —dije—. Pero ya la tuvimos. Varias, técnicamente. Han participado al menos tres personas, que es excesivo para algo que no ha ocurrido.
Se le curvó la boca.
—Sí.
—Y no quiero que esto sea una recompensa por superar la presentación. Ya lo quería antes. Habría sido incómodo si la reunión salía mal, pero aun así habría…
—Lessie.
—Estoy haciendo una pregunta. Todavía no he llegado al signo de interrogación.
Soltó la silla.
—Está bien.
Me detuve porque me había dado espacio para hacerlo y porque quería que la frase siguiente fuera sencilla.
—¿Quieres besarme?
—Sí.
No cruzó el espacio enseguida. Yo aún podía tomar mi bolsa, hacer una broma, decidir que el día entero había sido demasiado. Agradecí tener la opción casi tanto como me gustó no elegirla.
—Me gustaría —dije—. Ahora.
George se acercó. Fui a su encuentro, lo bastante cerca para apoyar la mano en su camisa. Me rozó la mejilla con el costado de los dedos y esperó a que levantara el rostro.
El primer beso fue cuidadoso durante aproximadamente un segundo.
Después me acerqué más y su mano se asentó en mi cintura con una firmeza que hizo que mis rodillas perdieran interés en sus responsabilidades.
Tenía la boca cálida. Besaba como si quisiera descubrir cómo besaba yo, y cuando respondí, el cuidado se quedó, pero la cautela desapareció.
Había pensado mucho en su contención. No había considerado qué sentiría cuando eligiera soltar un poco de ella.
Se apartó lo suficiente para verme. Yo aún tenía una mano en su pecho. Su respiración era irregular y aquello me encantó de una forma que probablemente no hablaba muy bien de mí.
—Bien —dije.
Esperó.
—Eso no era una evaluación completa.
—Esperaba que no.
Me reí y volví a besarlo, atrapando su sonrisa antes de que desapareciera. Esta vez me acercó más. Mis dedos encontraron su nuca y el pelo corto, más suave de lo que esperaba. Por unos segundos olvidé que en aquella sala había hablado alguna vez de un presupuesto.
Cuando paramos, apoyé la frente en su hombro. Dejó una mano entre mis omóplatos. Ninguno habló hasta que pude confiar en mi voz.
—Vamos a tener que salir de esta sala.
—En algún momento.
—Se darán cuenta si vivimos aquí.
—Las reservas serían complicadas.
Levanté la cabeza. Tenía los labios ligeramente hinchados. Aquello lo había causado yo y no sabía cómo manejar la información con responsabilidad.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Quizá necesite irme a casa y tener una opinión en privado sobre esto durante un rato.
—Suena razonable.
—No va a ser una opinión razonable.
Se rio en voz baja, todavía con la mano en mi espalda.
Recogimos las cosas. En la puerta preguntó si quería reunirme con los demás abajo. No quería. Tampoco quería inventar una excusa.
—Me gustaría irme a casa —dije—. No porque me haya arrepentido. Porque tengo unos nueve pensamientos y me gustaría sentirlos sin que Oliver haga preguntas.
—Te acompaño a la estación.
Busqué su mano antes de salir, solo una vez, brevemente. Cerró los dedos alrededor de los míos.
Después salimos lo bastante separados para el trabajo y lo bastante juntos para que ninguno tuviera que preguntarse si había ocurrido.