Capítulo Trece — George
CAPÍTULO TRECE
GEORGE
M e resultaba más fácil decirle que no a un antiguo empleador que invitar a una mujer a cenar.
El descubrimiento era útil, aunque no mejoró mi jueves por la mañana.
Simon, cuya llamada había perdido después de nuestra primera reunión con el cliente, por fin me encontró a las ocho y cuarto.
Quería tomar un café. Después quiso saber si aceptaría un pequeño encargo de consultoría.
Después, el pequeño encargo se convirtió en la estrategia de un lanzamiento del que hablaban desde antes de que yo me fuera.
—Nos adaptaríamos a tu trabajo nuevo —dijo.
—Necesitan a alguien disponible.
—Necesitamos a alguien que conozca la cuenta.
Estaba junto a la encimera, con el hervidor apagado enfriándose a mi lado. Por la ventana veía a un hombre colocar conos alrededor de un trozo de pavimento no mayor que mi escritorio.
—No estoy disponible —dije.
Hubo una pausa mientras Simon reorganizaba su enfoque. Conocía aquella pausa. Había pasado varios años llenándola de concesiones.
—Claro. Bueno. Valía la pena preguntar.
—Espero que encuentren a alguien.
Nos despedimos. Tardé menos de cinco minutos en rechazar un trabajo que en otro tiempo habría ocupado más de un mes de mi vida. Sentí alivio, luego una breve deslealtad y después irritación por sentirme desleal.
Mi madre llamó mientras preparaba café de nuevo.
—¿Sabes algo de radiadores? —preguntó.
—¿Qué pasó?
—Todavía nada. Pregunto antes de que llegue el invierno. El encargado del edificio dijo que podría revisar el mío el viernes, pero quiere que esté a las cuatro.
—Puedo ir.
—Estás trabajando.
—Podría salir después de la revisión.
—George. Puedo estar a las cuatro. Quería saber si debía apartar los muebles.
Cerré el calendario, que ya había abierto.
—Sí —dije—. Déjale espacio alrededor.
—Gracias.
Preguntó si comía bien. Le di una lista de cenas, que toleró con cariño. Después dijo que esperaba que me cayera bien la gente del trabajo y respondí que sí más rápido de lo que pretendía.
—Bien —dijo—. Suena a que sí.
No mencioné a Lessie. Aquello habría requerido más explicaciones que el estado del radiador de mi madre, y yo aún intentaba encontrar una manera de que todo sonara razonable.
En la oficina le pedí diez minutos a Nora. La conversación era lo bastante incómoda para que estuviera a punto de aplazarla dos veces.
—Hay una posible situación personal —dije cuando cerró la puerta.
Su atención se mantuvo serena.
—¿Posible en qué sentido?
—Interés mutuo. Con alguien del proyecto.
—¿Lessie?
Acepté que mi compostura profesional tenía límites.
—No ha empezado nada. Hemos hablado de que el trabajo importa.
Nora dejó la pluma.
—Ava evalúa el desempeño de Lessie. Eso sigue igual.
Si deciden salir, necesito que ambos lo comuniquen y dejaremos los límites por escrito.
No participarás en decisiones sobre su salario, ascensos o asignaciones.
En el trabajo, Ava tiene la aprobación creativa y yo resuelvo los desacuerdos que impliquen personal.
—Entendido.
—No uses esta conversación como sustituto de hablar con ella.
—No lo hago.
Me dio tiempo suficiente para oír la rapidez con que había respondido.
—Te estoy explicando el procedimiento —dijo—. Lo demás les corresponde a ustedes dos.
Salí con información práctica, que era lo que había pedido. Hizo muy poco por tranquilizarme ante la perspectiva del viernes después de la revisión.
El ensayo de la mañana fue más difícil de lo necesario. Interrumpí a Lessie dos veces para asegurarme de que no exagerara los resultados. La segunda, dejó las notas.
—Estoy diciendo que siete personas entendieron la propuesta después de que la aclaráramos. Eso está en los resultados.
—De ocho. Deberíamos decir de ocho.
—Iba a decirlo.
Al otro lado de la mesa, Ava esperó.
—Déjame terminar el ensayo —dijo Lessie—. Después dame todas las observaciones juntas.
Anoté la corrección que intentaba hacer y descubrí que no hacía falta cuando ella terminó la frase.
Al acabar el ensayo, me disculpé.
—Intentaba evitar un problema que no existía.
—Ponlo en el apéndice opcional —dijo—. Ya tenemos todos los demás.
La broma era amable, pero tenía un filo merecido. Cambiamos el orden de dos diapositivas y dejamos intacta su explicación de los resultados.
A la hora del almuerzo encontré a Oliver en la sala de edición, viendo sin sonido nuestro animatic de bocetos. Lo pausó cuando entré.
—Tienes cara de haber ayudado a alguien contra su voluntad —dijo.
—Interrumpí un ensayo.
—¿Había una emergencia?
—Había un denominador.
Se recostó.
—Grave.
Me senté en el taburete libre. En la pantalla, una mano dibujada se cernía sobre una cesta de compras. Oliver había mantenido los dibujos esquemáticos; el cliente aún tenía que juzgar una secuencia, no una elección de reparto.
—En la otra agencia —dije—, si una cifra estaba mal, se iba la idea entera con ella.
—A veces.
—A menudo.
No lo discutió. Había habido una campaña en la que yo creía, basada en cómo usaba la gente un servicio y no en la tecnología costosa de la que el cliente prefería hablar.
La había llevado a investigación, corregido, conseguido tiempo del equipo creativo.
En la revisión final, el cliente había elegido una alternativa espectacular y vacía.
Mi jefe había elogiado el proceso, reasignado al equipo y pedido que rescatara la alternativa antes del lunes.
Lo había hecho. Eso era lo que todavía me molestaba.
—Crees que si esta no tiene ninguna grieta, tendrán que elegirla —dijo Oliver.
—Sé que no tienen que hacerlo.
—Sabes muchas cosas que no se te notan en lo que haces.
Me froté la nuca.
—Estás disfrutando esto.
—No. Disfruté el almuerzo. Esto es otra actividad.
Reprodujo el montaje unos segundos, lo pausó y volvió a prestarme toda su atención.
—Deja que Ava decida sobre la creatividad. Que Emilia se encargue del acuerdo con el cliente. Querías un lugar donde la gente hiciera bien su trabajo. Ya estás aquí.
Me quedé hasta que me mostró el montaje breve.
Duraba seis segundos, era sencillo y se entendía.
Había encontrado una forma de mantener visible la botella ofrecida sin que el gesto pareciera una demostración del producto.
Le dije exactamente qué funcionaba. Pareció contento, aunque aseguró que prefería los elogios con almuerzo incluido.
—Puede que el cliente pida una etiqueta más grande —dije.
—Entonces lo hablaremos.
—¿Podríamos tener una versión preparada?
Oliver dejó el ratón.
—Podríamos. También podríamos hacer una versión para cada cosa que se les ocurra y gastar todo el presupuesto preparándonos para perder lo que nos gusta.
En la pantalla, la mano volvía a acercarse a la botella. Casi le había pedido un trabajo cuyo único propósito era calmar mi ansiedad.
—Déjalo —dije.
Reanudó la reproducción.
—¿Te ha dolido físicamente?
—Una ligera molestia.
—Se pasa.
Vi el montaje dos veces más sin añadir observaciones. El sonido no estaba terminado; un zumbido provisional de refrigerador daba paso demasiado bruscamente al plano final. Oliver marcó la transición antes de que yo pudiera señalarla. Me acomodé en el taburete.
Me reí al pensar lo cerca que había estado de informarle a un productor al que conocía desde hacía siete años de que el sonido podía editarse.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Estoy descubriendo tus aptitudes.
—Por fin. ¿Te paso factura?
Cuando salí, llamaba al editor de sonido. Saqué mi almuerzo intacto del refrigerador de la oficina y comí afuera, donde lo único que podía mejorar era la cantidad de mostaza del sándwich.
A última hora de la tarde, Lessie llamó a mi puerta con el orden de la presentación del día siguiente.
—¿Tienes cinco minutos?
—Sí.
Se sentó y dejó la hoja entre los dos.
—No quiero pedirlo delante de todos porque no quiero convertir mis nervios en un problema de grupo. ¿Podría tener la sala para mí cinco minutos antes de que lleguen los clientes?
—Claro.
—Sin observaciones nuevas. Sin charla de ánimo. Solo un minuto para dejar de oír toda la presentación a la vez.
—Le diré a Emilia que necesitas un rato tranquilo para prepararte.
—Gracias.
Se quedó sentada. Entendí que había otra pregunta y conseguí no responder una que no había hecho.
—¿Te preocupa lo de mañana?
—Un poco.
—¿El trabajo?
Podría haber dicho que sí y dejado que abarcara todo. Ella ofrecía una distinción más cuidadosa.
—El trabajo. También lo que hablamos frente a la librería.
Acercó la hoja hacia ella.
—A mí también.
—Le pregunté a Nora por el procedimiento. En términos lo bastante generales para que aún podamos elegir. Sabe a quién me refería.
—Habría sido impresionante que no lo supiera.
Le expliqué los límites jerárquicos y la comunicación formal. Lessie escuchó y preguntó si cambiaría algo en sus posibilidades de ascender.
—No debería —dije—. Eso le corresponde a Ava. Yo quedaría fuera de la decisión.
—Bien. También hablaré con Nora.
Su franqueza me hizo sentir más firme. Quise decírselo. En lugar de eso le dije que la sala estaría libre a las nueve y veinticinco.
Se levantó. Desde la puerta volvió a mirarme.
—¿Qué salió mal en tu otra agencia? No tienes que contármelo todo ahora.
—No dejaban de premiarme por aceptar trabajo que debería haber rechazado.
—¿Rechazaste algo hoy?
—Un encargo de consultoría.
—¿Qué tal fue?
Pensé en la llamada de la mañana, en el espacio vacío que había dejado en mi calendario.
—Breve.
Sonrió.
—Quizá vayas aprendiendo.
Cuando se fue, quité las notas opcionales de la vista del presentador y las puse en un documento aparte. Mañana, a las nueve y veinticinco, la dejaría cerrar una puerta sin tratarlo como un problema que me correspondía resolver.