Juramentos en la Sala de Juntas (La Bratva Multimillonario nº 4) 31. Caroline
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31. Caroline

CAROLINE

No estoy muy segura de cuánto tiempo llevo sentada ahí.

La única señal de que el tiempo pasa es la creciente sensación de entumecimiento en las nalgas.

Primero una, luego la otra, hasta que parece que estoy sentada sobre una nube.

Al final, las lágrimas desagradables se van ralentizando y luego se detienen, dejándome con una sensación de vacío y de haber sido despojada de todo.

Poco después se oyen unos pasos. No son los de Afon. Estos son más ligeros, más rápidos. La mujer de gris.

—¿Señorita Oglethorpe? —Se agacha delante de mí, pero su rostro no muestra ningún signo de sorpresa.

Algo me dice que no es la primera vez que encuentra a alguien llorando en el pasillo de Lukas Lazarev —El señor Lazarev quiere verte a ti y al señor Satyrin por la mañana.

A las ocho en punto. Dice que es importante.

—Estupendo —murmuro con sarcasmo—. Seguro que todo va a ir sobre ruedas.

—¿Te traigo algo? ¿Té? ¿Una manta?

—No —suspiro, muy consciente de que estoy siendo una zorra sin corazón con alguien que no ha hecho más que ser amable conmigo—. Gracias.

Ella asiente, se endereza y me deja allí.

No vuelvo al dormitorio. Encuentro una habitación de invitados dos puertas más allá que nadie parece estar usando y me tumbo sobre las sábanas con la ropa puesta. Pero no duermo. ¿Para qué? Ya no hay nada por lo que merezca la pena soñar.

Por la mañana, me encuentro con que alguien ha dejado una pila de ropa limpia fuera de la puerta que elegí. Sigo sin poder decidir si la omnisciencia de Lukas me da miedo o me tranquiliza.

Me doy una ducha porque mi propio olor corporal me está dando asco y luego me pongo la ropa nueva. Faltan cinco minutos para las ocho cuando salgo, así que me dirijo al estudio de Lukas. Entro con la barbilla levantada, porque es la única parte de mí que todavía funciona.

Gracias, papá.

Afon ya está allí. Está de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta. Cuando entro, se gira. Su rostro es la peor versión de esa cara de hormigón, la de aquella mañana en que me subió al autobús. Está cerrado, encadenado, con el cerrojo echado. De verdad, con un cartel de “no pasarás”.

Aparto la mirada y me estremezco.

Lukas está sentado en la misma silla que antes, con las manos cruzadas.

Esta vez no hay bandeja de café, ni galletitas en una lata.

Solo él y una única carpeta de manila sobre la mesa.

A diferencia de las campanas de plata que han albergado algunas de las mejores comidas que me he atiborrado en los últimos días, no tengo ni el más mínimo deseo de ver qué esconde esa cosa de manila.

Tengo la sensación de que no me va a hacer feliz.

Lukas nos mira a los dos. Sé perfectamente que sospecha que algo se ha torcido entre nosotros; me da la impresión de que es un hombre muy observador en ese sentido. Pero, vea lo que vea o no vea, no hace ningún comentario.

—Ha habido un contratiempo —dice.

—Claro que lo hay —murmuro—. ¿Por qué no iba a haberlo? Lo fácil está sobrevalorado.

Lukas sonríe, aunque es una sonrisa teñida de tristeza. —Mis fuentes indican que Reznik conoce tu nombre, señorita Oglethorpe. Ha hecho los deberes. Sabe quién era tu padre, dónde vives, dónde trabajas —Da un golpecito en la carpeta—. No es difícil encontrarte.

Vuelvo a sentir un escalofrío en el estómago. —¿Y eso qué significa?

—Significa que volver a casa no es una opción para ti en este momento —Extiende sus enormes manos—.

Por lo tanto, mientras dure esta guerra, hasta que Reznik haya sido neutralizado como es debido, estás en peligro.

Dado que eres incapaz de protegerte a ti misma, no pretendo ofenderte, por cierto; es una simple constatación de los hechos, eso significa que tu seguridad se ha convertido en nuestra responsabilidad.

Echo un vistazo a Afon, que de repente parece fascinado por el trozo de suelo que hay entre sus pies.

—Dijiste que estaríamos bajo tu protección —digo—. Ahora y para siempre. Eso es lo que dijiste.

—Y lo estarán —Lukas se inclina hacia delante y la habitación se encoge como lo hizo antes.

Empiezo a pensar que podría ser un brujo, por la forma en que dobla el espacio y el tiempo a su antojo—.

Pero hay personas a las que puedo rodear con un muro y otras a las que no, y la diferencia entre unas y otras es sencilla.

Mira a Afon con complicidad, y yo frunzo el ceño. No me gusta lo que está pasando entre ellos dos telepáticamente.

—¿Te importaría explicarlo? —espeto—. Algunos de nosotros somos nuevos en toda esta mierda de intrigas y conspiraciones.

Lukas suspira y vuelve a fijar la mirada en mí. —La familia —dice con tono solemne—. Yo protejo a la familia. La Bratva protege a los suyos. Siempre lo ha hecho. Es lo único que nunca ha cambiado en todos los años que llevo vivo.

Lo dice como si eso lo explicara todo, pero yo no lo entiendo. Vuelvo a mirar a Afon en busca de alguna explicación. Por fin me está mirando, pero tiene la mandíbula tan apretada que creo que se le va a romper.

—Díselo —insiste Lukas.

Pero él no dice nada.

—¿Alguno de ustedes, cabrones enigmáticos...?

—Tenemos que casarnos —suelta Afon.

Una pausa.

Otra pausa.

Una tercera pausa.

¿Cuántas pausas pueden encadenarse seguidas?

Estas tantas.

Más.

Y entonces…

—Perdona mi lenguaje —digo incrédula—, pero ¿de qué coño estás hablando?

Pero Afon vuelve a estar absorto en la baldosa que tiene a los pies. Se niega a levantarme la vista, ni siquiera un segundo.

Así que desvio mi rabia hacia Lukas. —¿Y bien? ¿Vas a salir en defensa de este puto Pinocho?

Lukas se mantiene tranquilo e imperturbable a pesar de mi creciente rabieta.

—Una esposa te convierte en familia. La familia está bajo el mismo techo.

No es algo simbólico, señorita Oglethorpe.

Bueno, no solo simbólico. También es legal, es práctico, cambia lo que puedo y no puedo hacer por ti.

Como esposa de Afon, tienes su apellido, su protección, sus recursos.

Reznik tendría que atravesar toda la organización para llegar hasta ti, y no es lo suficientemente fuerte como para hacerlo.

—Esto es una locura —afirmo.

—No es más que un trozo de papel —dice Lukas—. Se puede anular más adelante, si los dos deciden seguir ese camino. Pero, por ahora, es el muro más sólido que puedo construir a tu alrededor y prefiero construirlo antes de que empiece la guerra que después de haberte perdido.

Miro a Afon. Todavía no ha dicho ni una sola palabra a modo de explicación. Ni el más mínimo intento de disimularlo, de plantearlo de una forma que tenga una pizca de sentido. Se limita a quedarse ahí de pie como una estatua, aguantándose todo.

Y eso es lo que me remata. Eso es lo que hace que la ira brote de entre el frío, ardiente y repentina.

—¿Sabes qué? —gruño—. Me estoy hartando de verdad de tu numerito de estatua estoica y atormentada.

Sí, la vida es dura, y te han tocado algunas situaciones difíciles.

Pero ¿sabes qué? ¡A todo el mundo en este maldito planeta le pasa lo mismo!

El universo no hace más que lanzarte mierda, una y otra vez, te guste o no, estés preparado para ello o no.

Y sí, aguantarlo todo con entereza es admirable; llevar esas cicatrices con orgullo es admirable; interponerte como un escudo entre las dificultades y las personas a las que quieres es admirable.

Pero llega un momento en el que también tienes que actuar de verdad.

Tienes que tomar decisiones. Tienes que enfrentarte a las cosas con los malditos ojos bien abiertos.

No puedes ser como el hormigón todo el tiempo.

El hormigón es inerte y está muerto. La vida fluye y es líquida.

No puedes limitarte a esperar. Tienes que vivir.

Para cuando termino, estoy jadeando. Tengo el pelo encrespado, como si realmente estuviera echando vapor, y tengo las manos apretadas a los lados, con los nudillos blancos.

¿Y Afon?

No se ha movido ni un centímetro.

Inmóvil, incluso ahora.

—¿Ni siquiera vas a decir nada? —le espeto—. Anoche me soltaste una bomba que ha cambiado toda mi vida y, ¿ahora se supone que tengo que casarme contigo? ¿Y tú te quedas ahí parado como un… como un puto perchero?

—Es tu decisión —dice Afon con tono solemne, sin apartar la mirada del suelo.

—¡¿Cómo te atreves?! —grito—. Llevas dos putas semanas decidiendo todo por mí, ¿y ahora es mi decisión? ¿Ahora, cuando es lo peor que podría pasar?

Silencio. Silencio de piedra.

—Necesito pensar —Me doy la vuelta bruscamente, furiosa y sin poder descargar mi ira—. No puedo decidir esto en cinco minutos.

Lukas carraspea. —Tienes todo el día. La guerra empieza mañana.

A partir de ahí, no podré cambiar el rumbo de lo que estoy haciendo —Se pone de pie junto a mí, lento y enorme, y se dirige a la puerta para mantenerla abierta para mí—.

Les sugiero que encuentren un momento para hablar —Hace una pausa con la mano en el marco de la puerta—.

Afon, hay un coche esperando. Te sugiero que la lleves al apartamento.

Debería entender con qué se va a casar antes de decidirse.

Conducimos durante horas en la parte trasera de un todoterreno negro con un hombre al volante que no dice ni una palabra. Afon tampoco habla mucho. Él se sienta a un lado y yo al otro. El espacio entre nosotros podría tragarse un planeta.

—¿A qué apartamento vamos? —pregunto por fin, en algún punto cerca del puente George Washington.

—Al mío —responde Afon.

—¿Todavía tienes un apartamento en la ciudad? Creía que para ti era o una choza de madera o nada.

—Todavía tengo algunas cosas guardadas aquí y allá —Mira por la ventana—. Te dije que el trabajo de la Bratva era desagradable. No te dije lo lucrativo que era.

El edificio está en Central Park West. Piedra caliza y gárgolas, un toldo verde, un portero que se endereza al ver a Afon y dice—: Señor Satyrin. Cuánto tiempo sin verle —como si Afon se hubiera esfumado en las montañas la semana pasada en lugar de hace seis meses.