Juramentos en la Sala de Juntas (La Bratva Multimillonario nº 4) 22. Caroline
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22. Caroline

CAROLINE

Sostengo el teléfono entre mis dedos helados y tomo una decisión.

Lo vuelvo a guardar.

No porque le perdone, no lo hago, todavía no. El perdón va a requerir una conversación, algunos gritos y, posiblemente, una presentación de PowerPoint titulada “Guía de humillación para el hombre de montaña”.

Pero ahora mismo, hay una herida de cinco centímetros que supura en el costado de este hombre, y el sermón puede esperar hasta que no esté tan pálido como la nieve.

Busco el botiquín de primeros auxilios y limpio la herida. Coloco tiritas de mariposa sobre la parte más grave, tal y como él me enseñó, y luego cubro todo el desastre con una gasa nueva mientras Afon finge que no está temblando.

Descansamos una hora más o menos. Le hago comer a la fuerza puñados de lo que nos queda de carne seca de ciervo, y luego nos levantamos y recorremos los últimos once kilómetros.

Es un sueño febril, una fuga de nieve y una pendiente tan empinada que parece que estamos caminando hacia el infierno.

Pero se va pasando. Ni siquiera quiero vivir eso la primera vez, y mucho menos revivirlo jamás en mi memoria.

Así que me propongo olvidar cada paso tan pronto como lo doy.

Solo existe el siguiente paso. Hay experiencias que es mejor dejar sin documentar por la dignidad de todas las partes implicadas.

Diré esto: llega un momento, en algún lugar de la nada blanca y aullante, en el que dejo de sentir los pies y empiezo a tener una conversación interna muy tranquila y muy razonable sobre si sería tan malo simplemente tumbarme.

Y es la voz de Afon, gruñendo—: No. Levanta la vista.

Mírame. Un paso más —la que me mantiene en pie.

Así que no podemos hablar de quién salvó a quién. No en esta montaña.

La montaña exige un empate.

Pike Hollow surge de la tormenta como una alucinación.

Primero, está el letrero de Sunoco, brillando con un rojo y amarillo radioactivos a través de la nieve.

Luego, la oscura silueta de la tienda de cebos.

Después, el banco, la escena del crimen, donde una furgoneta blanca me tragó entera en su día, ahora cubierto por cinco centímetros de nieve fresca.

Y luego, al otro lado de la calle, una ventana iluminada. Está empañada por dentro, dorada, con un letrero pintado a mano encima que dice PIKE HOLLOW DINER y, debajo, en letras más pequeñas que claramente han sido añadidas por una mano diferente y más pasivo-agresiva, ABIERTO CUANDO ESTÉ ABIERTO.

Nunca en toda mi vida había deseado algo con tanta intensidad.

—¿Es eso…? —Mi voz sale como un graznido helado—. Afon. ¿Es eso un restaurante?

Se detiene y frunce el ceño. —Eso parece —Me mira y trata de esbozar una sonrisa, aunque tiene los labios tan agrietados por el viento que se le rompen y le sangran—. ¿Crees que servirán alubias?

Riendo de forma delirante y caótica, lo arrastro hacia allí. Wolf se adelanta a zancadas, como si él también hubiera decidido que el Hollow Diner es la tierra prometida.

Afon abre la puerta. Suena una campanilla y entramos.

Calor.

Un calor dulce y bendito me envuelve como el abrazo de un dios benevolente.

¡Y, Dios mío, ¿eso es electricidad?! Hay una barra con taburetes cromados, reservados de vinilo del color de la mostaza vieja, una vitrina de tartas que gira lentamente en la esquina como el tiovivo más bonito jamás construido, y un olor, oh, ese olor, a café, grasa de tocino y cebollas fritas, la santísima trinidad de la civilización.

Gimo como Wolf.

—Bueno, bueno —Una mujer aparece de detrás de la barra, con un chaleco acolchado y una etiqueta con el nombre que dice BARB.

¡Barb! Casi grito. Nunca nos hemos conocido, ¡pero te quiero, Barb!

Barb del pueblo, Barb de la oficina de correos, Barb que estaba en el dentista el día que me secuestraron.

Barb, mi heroína, Barb, la santa patrona de Pike Hollow—.

Mira lo que ha traído la tormenta. ¿Han de la montaña?

—Sí —digo con emoción—. Sí, así es.

—Dios mío. ¿Con este tiempo?

Da la vuelta al mostrador y nos mira de arriba abajo.

Debemos de tener un aspecto horrible. Yo, medio desplomada y cubierta de una costra de nieve; Afon, corpulento y sangrando a través de un jersey que mantiene apartado de su vista.

Me sorprende que no nos eche de inmediato como si fuéramos los demonios que somos.

—Siéntense, siéntense —nos dice—. Donde quieran. No es que estemos a rebosar —Señala con un gesto la cafetería, casi vacía, donde solo hay otro cliente sentado en un taburete de la barra, un hombre con un gorro de cazador que no se ha dado la vuelta—. ¿Café?

—Si me trajeras una taza de café ahora mismo —le digo, dejándome caer en una mesa—, le pondría tu nombre a mi primogénito.

Barb se ríe a carcajadas. —Cariño, estás helada hasta la médula. Espera un momento. Ya te traigo el café.

Afon se desliza en la mesa de enfrente, con cuidado de no rozar su costado, de espaldas a la pared y con la mirada fija en la puerta.

Bajo las luces fluorescentes, lejos de la nieve y los árboles, parece fuera de lugar.

Demasiado grande para la mesa. Demasiado quieto.

Como un depredador al que alguien hubiera metido a la fuerza en un IHOP.

Al verlo entrecerrar los ojos con recelo hacia la vitrina de tartas, como si pudiera esconder enemigos desconocidos, siento una oleada de ternura hacia él de lo más absurda.

Quizá el teléfono satelital no sea nada por lo que deba preocuparme. Probablemente le estoy dando demasiadas vueltas. Por mucho que lo intente, no consigo evocar la rabia, la confusión y el dolor que sentí en aquel cobertizo.

No hay duda de que este hombre haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, para protegerme. Está sangrando y se ha quedado rígido de frío, pero sigue siendo mi protector. Ha dado un vuelco a toda su vida tranquila y prudente porque yo me topé con su claro y me negué a marcharme.

¿Me pidió él que viniera? No.

¿Está atado a mí? Sí.

¿Iría hasta los confines de la tierra para mantenerme a salvo, abrigada y libre? Mierda. Claro que sí.

No sé qué nos deparará el futuro. Pero, por Dios, quiero afrontarlo junto a él.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Se obliga a sonreír. —De maravilla.

Barb llega con dos tazas y una jarra llena. Me bebo de un trago toda una taza sin parar ni para respirar. Es la mejor bebida que he probado en mi vida, incluida una botella de Borgoña de doscientos dólares que un juez federal abrió una vez para los secretarios.

Que el Borgoña se vaya al carajo. Esto es café.

—Tómatelo con calma, te vas a hacer daño —dice Afon.

—No tienes derecho a darme lecciones sobre hacerme daño. Tú has caminado once kilómetros con un agujero en el cuerpo —Me sirvo una segunda taza y le doy un golpecito al menú que tiene delante—. Pide algo. Necesitas calorías. Has perdido sangre.

Pide cuando Barb vuelve. —Huevos. Tostadas. Lo que esté caliente.

Yo pido una hamburguesa con queso, patatas fritas, una ración de tocino y una pequeña pila de tortitas. Cuando Barb arquea las cejas, le digo—: Ha pasado una semana, Barb —y ella me da una palmadita en el hombro y dice—: No digas más, cariño.

Mientras esperamos, me voy descongelando.

Vuelvo a sentir los pies, lo cual es una agonía especial en sí misma, como si mis dedos estuvieran redescubriendo el concepto de la existencia y se resintieran por ello.

El hombre del gorro de cazador por fin se da la vuelta, nos mira fijamente y anuncia sin dirigirse a nadie en particular—: Hoy hay motos de nieve por todas las carreteras del condado. Malditos idiotas.

La mano de Afon se queda inmóvil alrededor de la taza. —¿En serio? —dice.

—Las he oído yo mismo. Por la antigua cantera —El hombre niega con la cabeza—. Turistas. O algo peor —Vuelve a centrarse en su tarta.

Llega la comida, acompañada por un coro de ángeles celestiales. Bueno, puede que sea mi imaginación… lo de los ángeles, no lo de la comida. La comida es muy, muy real.

Como si el universo fuera a arrebatármela en cualquier momento. Afon se come los huevos despacio y metódicamente, pero me doy cuenta de que no deja ni una miga, lo que me dice que tenía más hambre de lo que jamás admitiría.

A mitad de la pequeña torre de tortitas, soy una mujer nueva. He resucitado. Vuelvo a tener pies, azúcar en sangre y capacidad para sentir alegría.

—Barb —la llamo—. Barb, esta es la mejor comida que he probado en mi vida. ¿Por casualidad estás soltera? ¿Te gustaría casarte?

—Ay, cállate, coqueta —Me rellena el café, radiante.

Ha estado merodeando cerca de nuestra mesa de vez en cuando, claramente hambrienta de conversación en una cafetería vacía durante una ventisca.

Estoy más que encantada de proporcionársela, porque he echado de menos a la gente, he echado de menos la charla, los placeres sencillos de la conexión entre seres humanos.

He pasado una semana con un hombre que se comunica principalmente a base de gruñidos y con un perro que se comunica principalmente a base de pedos. Me merezco un poco de charla.

—¿Se alojan en alguna de las cabañas? —pregunta—. No suele pasar mucha gente por aquí en esta época del año.

—Algo así —respondo vagamente. Miro de reojo a Afon, que asiente sutilmente, aprobando mi falta de concreción.

—Es un largo viaje en temporada baja —Inclina la cabeza, mirándonos a los dos con la franca y despreocupada curiosidad de una mujer que lleva treinta años regentando la única cafetería de un pueblo de cuatrocientos habitantes y que no tiene que rendir cuentas a nadie—.

¿Llevan mucho tiempo ahí arriba? ¿Solo ustedes?

—Una semana más o menos —respondo.

—Vaya, ¿no es romántico? —suspira Barb, con una mano apoyada en su pecho acolchado—.

Una semana encerrados juntos por la nieve.

Mi Gerald, que en paz descanse, no habría aguantado ni un día conmigo sin que alguien acabara con una sartén en la cabeza —Nos mira a los dos y sonríe con picardía—. ¿Cuánto tiempo llevan casados?

Hago una mueca.

Pero…

… no la corrijo.