13. Caroline
CAROLINE
Hay una cosa que yo, Caroline Oglethorpe, sé de mí misma: soy patológicamente incapaz de dejar pasar las cosas.
La Dra. Levinson lo llama “cognición perseverante”.
Mi compañera de habitación de la universidad lo llamaba “ser la persona más pesada del mundo”.
Jaden, mi ex, el de Mercurio retrógrado, lo llamaba ser “asfixiante”, lo cual, bueno, es justo, pero también, quizá no dejes activo tu perfil de Hinge mientras estamos saliendo y así no tendré que darle vueltas al tema, Jaden.
La cuestión es que, tras descubrir un tatuaje en las costillas de Afon que coincide perfectamente con el símbolo que mi difunto padre dibujó en su última carta para mí, no digo nada, y eso puede que sea lo más difícil que he hecho nunca.
Cuando llega la noche, estoy vibrando a una frecuencia que solo Wolf puede oír.
No deja de mirarme. Me refiero a Wolf. Esos grandes ojos marrones siguen cada paso que doy por la cabaña.
Cada vez que me muevo de la cama a la estufa y vuelvo a la cama, su mirada me sigue, paciente y ligeramente preocupada, como si él fuera un cuidador y yo una niña pequeña con las piernas temblorosas a punto de caerse por las escaleras.
Afon, por su parte, parece haberse tragado mi “nada” sin pestañear.
Se pasa la tarde entrando y saliendo de la cabaña haciendo Dios sabe qué.
Borra nuestras huellas en la nieve y luego vuelve a salir para comprobar que lo ha hecho bien a la primera.
Desmonta y vuelve a montar, desmonta y vuelve a montar el rifle tantas veces que empiezo a preocuparme.
Pero, aun así, no digo nada. Como la chica relajada que soy, simplemente aprovecho el tiempo a solas para tener un ataque de pánico silencioso y contenido que consiste en hundir la cara en la manta de lana y gritar sin emitir ningún sonido.
La golondrina. La llave. La carta de mi padre. La piel de Afon.
¿Qué significa todo esto?
Ni puta idea.
La cena son alubias.
Lo sé. Impactante. El giro argumental del siglo.
Hemos subido a la cima de una montaña para escapar de unos narcotraficantes armados, y el panorama culinario es tan desolador como el paisajístico.
Afon abre dos latas de alubias rojas, las calienta en una olla abollada sobre la estufa de hierro fundido y las reparte en dos platos de hojalata.
—Buen provecho —digo con sarcasmo.
—Cállate y come —responde, que es su forma de expresar lo mismo.
Nos sentamos uno frente al otro en la mesa desvencijada, tan estrecha que nuestras rodillas se tocan por debajo.
La lámpara de queroseno proyecta sombras temblorosas contra las paredes de piedra.
El viento aúlla fuera. Wolf se ha colocado a igual distancia entre nosotros, con la barbilla apoyada en las patas, esperando cualquier salpicadura accidental de alubias que pueda caer en su dirección.
Como, pero las alubias saben a alubias sean como sean, y tengo tanta hambre que devoro hasta la última que queda.
Ni siquiera eso es suficiente: cuando termino, uso el dedo para mojarlo con la salsa, algo que normalmente no haría delante de otro ser humano, pero a estas alturas ya hemos dejado atrás el decoro.
Quiero decir, este hombre me ha llevado en brazos mientras estaba inconsciente, me ha abrazado mientras lloraba desconsoladamente y, literalmente, le han disparado cerca de mí.
El contrato social ha quedado anulado.
Lo que pase a continuación es una incógnita.
Afon se termina su plato en unos cuatro bocados, grandes, eficientes, sin alegría, y se levanta para fregar los platos lo mejor que puede con los escasos recursos de que disponemos.
Le miro la espalda. El jersey es tan oscuro que la mancha de sangre ya no se ve, pero sé que está ahí, igual que el tatuaje; ambos son prueba de que me ocultaría cualquier cosa con tal de ahorrarse aunque solo sea un segundo de conversación difícil, porque es un gigante emocionalmente estreñido con la capacidad de comunicación de un retrete de un desguace, y si tan solo pudiera dedicar un maldito segundo a pensar en cómo me siento yo en esta situación, entonces…
Oh, mierda.
A la mierda.
Ya no puedo más con esto.
—Afon.
Gruñe y deja de fregar el plato por un segundo, aunque me sigue dando la espalda.
—El tatuaje que tienes en las costillas.
Sus manos dejan de moverse. Solo un instante, medio segundo, quizá menos, antes de volver a enjuagar. —¿Qué pasa con él?
—La golondrina con la llave. ¿Qué significa?
—Es un tatuaje.
Le dedico un aplauso lento y malicioso. —Vaya, qué sorpresa. Increíble. Gracias por iluminarme. Déjame reformular la pregunta: ¿qué significa?
—Significa que me senté en una silla y alguien me puso tinta en la piel.
Noto cómo me sube la tensión arterial. —Afon.
—Caroline.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres un imbécil?
—Mucha gente —responde con tono sombrío—. La mayoría de las personas que he conocido en mi vida, de hecho.
Me aprieto el puente de la nariz. Está intentando despistarme, pero no puedo permitirme perderme en detalles sin importancia.
—Afon, mi padre dibujó ese mismo símbolo al pie de la última carta que me escribió.
La que dejó con Matvei. Es la mitad de lo que me llevó a subir esta montaña en primer lugar.
Afon deja los platos sobre la mesa. Se da la vuelta y se apoya contra la encimera improvisada, que en realidad no es más que un estante clavado a la pared, y cruza los brazos sobre el pecho.
En esa postura, a contraluz de la lámpara de queroseno, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, parece exactamente lo que es: un muro de hormigón.
—Es tarde —dice—. Deberías descansar.
—¡Siempre haces lo mismo! —exclamo enfadada, apartándome de la mesa de un empujón.
La silla raspa el suelo de piedra con un ruido que hace que a Wolf se le muevan las orejas—.
Siempre abres la puerta a medias y luego me la cierras de golpe en las narices.
Cada vez que me acerco a algo real, te cierras en banda.
Y he sido paciente. He sido tan paciente que mi terapeuta lloraría de orgullo.
Pero no puedo, físicamente no puedo, fingir ni un segundo más que no hay cosas que me estás ocultando.
La expresión de Afon no cambia. Mantiene los brazos cruzados. —El símbolo no es algo que pueda explicar en una sola frase —dice.
—¡Pues usa dos frases! —exclamo—. ¡Usa diez! ¡Usa cien! ¡Estamos en una maldita caja de cartón en la ladera de una montaña y, literalmente, no tienes adónde ir!
Casi de forma automática, sus ojos se desvían hacia la puerta, como si estuviera poniendo a prueba mi afirmación. En plan: Bueno, quizá podría escapar si saliera ahora mismo.
Pero entonces suspira y vuelve a mirarme. Supongo que incluso Afon Satyrin tiene sus límites cuando se trata de morir de frío como táctica evasiva.
—Ya te lo he dicho —dice—, cuando sea el momento adecuado, te lo contaré todo. Pero hay un orden que seguir, y este no es…
—Razones, razones, razones —espeto—. Tú y tus malditas razones van a ser mi perdición.
Siempre hay una razón por la que no es el momento adecuado.
Mañana tendrás una nueva razón, y al día siguiente, ¿adivina qué?
¡Otra más! ¡Una nueva razón que crece en el árbol de las razones!
Siempre encontrarás una razón, Afon, porque la verdad es que no quieres contármelo. Nunca has querido.
—Eso no es cierto.
—Entonces, ¿qué es? ¿De qué tienes tanto miedo?
“Miedo” es la palabra clave. La primera grieta en ese muro intacto.
Le han invadido el espacio, le han disparado, le han gritado y le han hecho muchas otras cosas desde que irrumpí en su vida, y se ha encogido de hombros ante cada una de esas intrusiones como si fuera simplemente otra cosa más que le está pasando.
¿Pero decir que tiene miedo?
Vaya, vaya.
Si no hubiera funcionado tan bien, casi me aterrorizarían las consecuencias.
Abre y cierra sus enormes manos. —Ten mucho cuidado con lo que digas a continuación —me advierte.
Pero cualquier capacidad que tuviera antes para ser cautelosa se quedó atrás en esa estación de autobuses de Pike Hollow. Y estamos jodidamente lejos de allí, eso está claro.
—¿O qué? ¿Me subirás a otra moto de nieve? ¿Me enviarás al frío para convertirme en un carámbano humano? Hazlo, te reto. Se me han acabado las cosas de las que tener miedo, y eso te incluye a ti.
—Caro…
—Eres un cobarde —le interrumpo—. Eso es lo único que eres. Un cobarde.
Si “miedo” es un cuchillo clavado en sus costillas, “cobarde” es una bomba atómica.
Sé que es cruel. Es la única palabra que garantiza hacer estallar cualquier frágil vínculo que mantenga a este hombre en pie.
Pero la suelto de todos modos, porque la crueldad es lo único que me queda, y porque en algún lugar del lío obstinado, afligido y desesperado de mi corazón, creo que si presiono lo suficiente, el muro se romperá, y detrás de él estará la verdad que he estado persiguiendo desde el día en que enterré a mis dos padres.
Afon se mueve.
Se mueve rápido. Tan rápido que ni siquiera percibo los pasos individuales, solo la imagen borrosa de él cruzando el espacio que nos separa, y de repente tengo la espalda contra la pared de piedra, sus manos a ambos lados de mi cabeza y su rostro a unos centímetros del mío.
—Te lo advertí —gruñe, imponente y aterrador—. Nunca en mi vida he dado una segunda advertencia, pero ahora mismo voy a hacer una excepción contigo: no me vuelvas a llamar así.
Debería tener miedo. Todo en mi cerebro racional, graduado magna cum laude, me dice que retroceda, que calme la situación, que le dé espacio. Y tengo miedo. Soy tan cobarde como él.
No, en realidad. No del todo. Lo soy un uno por ciento menos. Porque estoy dispuesta a abrirme paso a la fuerza en la oscuridad que guarda alrededor de su corazón.
—Si no eres un cobarde —susurro con humildad—, entonces dime la verdad.
Está jadeando como si acabara de, bueno, escalar una montaña. —No tienes ni idea —suelta entre dientes—, de lo que he hecho por tu familia.
—¡Pues dímelo!
—No sabes a qué renuncié, qué perdí. Las cosas que hice para mantener con vida a tu padre y, cuando ya no pude seguir haciéndolo, las cosas que hice para mantenerte a salvo.
¿Quieres quedarte ahí parada y llamarme cobarde?
Vale. Estás en tu derecho. Pero deberías saber que cada cicatriz de mi cuerpo, cada año que pasé en esa maldita organización, cada noche que me he despertado gritando…
la mitad fue por tu familia. Por Bill. Por Susan. Por ti.
Algo caliente y húmedo resbala por mi mejilla. ¡Cómo se atreve! Yo no le he dado permiso.
—Entonces, ¿por qué no me lo cuentas? —le suplico.
—Porque una vez que lo haga, se acabó —dice con voz ronca, sacudiendo la cabeza como si la sola idea fuera impensable—.
Una vez que lo sepas, no podrás dejar de saberlo.
Y me mirarás de otra manera. A tu padre y tu madre también.
Y nada, nada, volverá a ser igual. No voy a hacer eso. Ya te he quitado demasiado.
—No me has quitado nada.
Vuelve a negar con la cabeza. —Te lo he quitado todo, Caroline. Solo que aún no lo sabes.
Respiramos el mismo aire. Sus antebrazos se apoyan contra la pared a ambos lados de mi cabeza, enjaulándome, y puedo sentir el calor que emana de él a través de los centímetros de espacio que hay entre su pecho y el mío.
La luz de la lámpara ilumina la estrella que lleva en el cuello, las canas de su barba, la desolación de sus ojos.
—Afon… —susurro.
No sé qué añadir. Solo necesitaba decir su nombre.
Necesitaba que lo oyera en mi voz y que entendiera que, sea lo que sea lo que crea que me ha quitado, sea lo que sea lo que crea que ha hecho, yo sigo aquí.
Subí esta montaña por mi propia voluntad y, ahora que estoy aquí, no me voy a ir a ninguna parte.
Ninguna revelación, por brutal que sea, va a cambiar eso.
Su mirada se posa en mi boca.
Se queda allí durante un latido.
Dos.
Entonces me besa.
Seguimos discutiendo mientras nos besamos; solo que lo hacemos con nuestros cuerpos en lugar de con nuestras palabras.
Toda esa fuerza, frustración y miedo se canalizan hacia la única vía de escape que nos queda.
Su boca encuentra la mía y sus manos se deslizan de la pared hasta mi mandíbula, las dos, levantándome la cara mientras su cuerpo me aprieta contra la piedra.
La pared está fría contra mi espalda y él arde contra mi pecho.
Estoy atrapada entre esas dos temperaturas, suspendida, aniquilada.
Agarro la parte delantera de su jersey con ambos puños.
No para empujarlo, sino para atraerlo hacia mí.
Tiro de él y él acude de buen grado, cerrando cualquier espacio que quedara, hasta que no hay absolutamente nada entre nosotros.
Mi cerebro y mi tobillo protestan, al igual que el nudo persistente en mi frente, pero no les presto la más mínima atención.
Besa muy bien. Al principio, despacio, vacilante, como si hiciera mucho, mucho tiempo que no lo hacía, pero lo que le falta en familiaridad lo compensa con su presencia. Se traga mis jadeos y me abre los labios con la lengua, acunándome contra él todo el tiempo.
No es que no me hayan besado antes. En su momento, incluso consideré que algunos de esos besos eran más o menos decentes. Novios de la universidad, encontronazos en bares, Jaden, una noche loca de fiesta con unos compañeros de trabajo…
Esto lo borra todo.
Esto es el asteroide que acabó con los dinosaurios.
Todo lo que vino antes se ha extinguido.