12. Caroline #2
Está en forma. Pero no en plan “musculoso”.
Puede que tenga el tamaño de La Roca, pero es tosco e imperfecto como una roca de verdad.
No es un cuerpo esculpido en el gimnasio, no tiene nada de decorativo, solo es una masa densa y funcional forjada por décadas de trabajo duro.
Las cicatrices que vislumbré a través de la ventana están todas aquí, a corta distancia: la larga que le recorre el esternón, pálida y antigua; la arrugada que le cruza las costillas; una constelación de marcas más pequeñas que no había visto antes.
Como si su cuerpo fuera un árbol de Navidad, coronándolo todo está la estrella de ocho puntas en su garganta.
Hay canas en el vello de su pecho, como oropel, brillando a la luz del fuego.
Oh, Dios. No sabía que tenía un fetiche por los hombres mayores hasta este preciso instante. Tengo sentimientos al respecto, ninguno de ellos propio de la sociedad educada, y voy a necesitar que todos y cada uno de ellos vuelvan inmediatamente a sus asientos asignados.
—Ya me he quitado la camiseta —dice Afon con tono seco.
—Soy dolorosamente consciente de ello.
—¿Quieres que me quite también los pantalones?
—¡No! —suelto sin pensar. Tengo las mejillas al rojo vivo. ¿Quién necesita una chimenea? Tenemos una fuente inagotable de calor: mi constante vergüenza en presencia de este hombre—. Nada de desnudez de la parte de abajo, por el amor de Dios.
—¿Te pasa algo? —insiste—. Pareces nerviosa.
Bajo la mirada para no tener que ver la pequeña sonrisa que se dibuja en la comisura de sus labios. —Estoy a punto de realizar una operación médica seria. Tendrás que perdonarme si estoy un poco nerviosa.
—Algo me dice que eso no es lo que te pone nerviosa.
—Cállate —murmuro, sin levantar la vista—. Y recuéstate. La operación va a comenzar.
Se apoya hacia atrás sobre las manos. La herida es exactamente lo que él dijo que era, lo cual me molesta: un rasguño, un surco rojo y en carne viva de unos pocos centímetros de largo, que le atraviesa la piel por encima del hueso de la cadera.
Ya ha dejado de sangrar, pero toda la zona está cubierta de costra e inflamada, y es evidente que se ha pasado toda la mañana rozando contra la cintura de sus vaqueros.
Me sorprende que no haya dado ninguna señal de ello.
Yo habría estado gritando como el niño que gritaba lobo.
—Esto te va a picar —le advierto, abriendo una toallita antiséptica.
—No creo que me moleste.
—Te va a doler mucho —insisto—. No voy a contar hasta tres ni nada por el estilo, solo voy a…
—Caroline. Hazlo.
Bueno, si se va a poner grosero…
Lo hago.
No se inmuta. Es, tipo, lo menos sorprendente del mundo. Estoy bastante segura de que si le hiciera una apendicectomía a este hombre con una cuchara de pomelo, me pediría que no hiciera tanto ruido.
Pero bajo mi mano izquierda, que tengo apoyada contra su costado para mantener el equilibrio, lo cual es una técnica legítima de medicina de campo y no una excusa para el contacto físico, noto cómo se tensa el músculo, una contracción profunda e involuntaria, y hay algo en eso que me tranquiliza, porque me hace ver que no soy la única que se siente un poco acalorada y nerviosa.
Además, está literalmente caliente, aunque no molesto. Está caliente como un horno, caliente como el fuego que hay a mis espaldas, y mientras lo estoy tocando, la salvaje tormenta invernal que ha recobrado fuerzas ahí fuera ya no me parece tan feroz ni tan preocupante.
—Estás callada —observa Afon.
—Estoy concentrada.
—Nunca has estado callada mientras te concentras. No paraste de hablar durante el desayuno. Probablemente tampoco paraste de hablar durante el secuestro.
—Te informo de que mantuve la compostura en todo momento durante el secuestro —Alargo la mano hacia los cierres de mariposa—. Solo mordí a una persona.
Una extraña vibración en mi palma me alarma, pero solo porque al principio no reconozco de qué se trata: una risa.
De hecho, se está riendo, y se le oye.
¿He sido yo quien lo ha provocado?!
Mantengo la mirada fija en la herida. Si levanto la vista hacia su cara ahora mismo, haré algo catastrófico, como sonrojarme o decir algo cierto.
Coloco los cierres uno a uno, juntando los bordes de la rozadura, con las yemas de los dedos contra su piel.
Luego, la gasa. Después, arranco tiras de esparadrapo con los dientes.
Para fijar bien el apósito, tengo que seguir la línea de sus costillas hacia la espalda, y es entonces cuando mis dedos rozan algo y se detienen.
Un tatuaje.
Es pequeño, más pequeño que la estrella que tiene en la garganta, escondido en la parte baja de su costado izquierdo, donde terminan las costillas, medio oculto a la sombra de su brazo.
Tinta vieja, difuminada, suave y de color azul negruzco en los bordes.
Inclino la cabeza y, cuando lo veo con claridad, el mundo entero se queda muy quieto y muy lejos.
El tatuaje es de un pájaro. Una golondrina, en pleno picado, con las alas pegadas al cuerpo.
Y en su pico, aferrada: una llave maestra.
Conozco esta imagen. Porque mi padre la dibujó, este pájaro exacto, esta llave exacta, las alas en este ángulo exacto, con bolígrafo azul al pie de la carta que me llegó a través de Matvei Satyrin en la boda de Dani en Red Hook. Debajo de la última línea “Perdóname” estaba el dibujo.
Me pasé cuatro meses mirando fijamente a ese pajarito. Lo busqué en Google hasta que mi historial de búsqueda parecía el de un fanático de las teorías de conspiración. Búsqueda inversa de imágenes. Bases de datos ornitológicas. Un foro muy extraño sobre tatuajes carcelarios de Europa del Este.
No encontré nada. Casi me había convencido de que mi padre lo había inventado, algún garabato privado, la mano de un moribundo vagando sin rumbo.
Hasta ahora, que aparece en las costillas de Afon.
Por lo que parece, lleva ahí quince o veinte años.
Tengo la yema del dedo apoyada en el ala de la golondrina.
Parece que no puedo moverla. La cabaña se ha quedado tan en silencio que puedo oír cómo se asienta la leña en la estufa.
Pienso, descabelladamente: Ha tenido la respuesta tatuada en su cuerpo todo este tiempo y yo he estado guardando la pregunta en una caja ignífuga en mi armario de la calle 78 Este.
—Caroline —murmura Afon—. ¿Qué pasa?
Presiono la última tira de esparadrapo sobre la gasa y la aliso. —Nada —digo con alegría—. Ya estás todo curado.