Juramentos en la Sala de Juntas (La Bratva Multimillonario nº 4) 9. Caroline #3
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9. Caroline #3

—Ha vuelto a avisar por radio —confirma Cabeza rapada desde el otro extremo de la habitación. Está limpiando una pistola en uno de los catres: una Glock, desmontada sobre un trapo—. Lo más pronto que puede venir es mañana por la tarde. Las carreteras están jodidas.

—Mañana por la tarde —Cadena de Oro se rasca la barbilla—. Es mucho tiempo para entretenernos, ¿eh?

Un tono desagradable en su voz me pone los pelos de punta. No es lo que dice. Es cómo lo dice: despreocupado y ocioso, como si estuviera pensando en qué cenar, salvo que lo que está pensando no es la cena.

—No —gruñe Gorro desde la puerta. Es la primera palabra completa que le oigo decir.

—¿Que no qué? —le pregunta Cadena de Oro con mirada inocente—. Solo digo que es una noche larga. Ella está ahí mismo. Y no es que vaya a irse a ninguna parte.

—El jefe dijo que la retuviéramos.

—El jefe dijo que habláramos con ella. Bueno, hay más de una forma de hacer que alguien hable, ¿no?

Todos los sonidos de la habitación se acallan.

Cabeza rapada se detiene con la corredera de la Glock en una mano y sus ojos van de Cadena de Oro a mí y viceversa.

—Es guapa —señala Cabeza rapada. Lentamente. Como si estuviera sopesando la idea.

—Te mordió —dice Cadena de Oro, sonriendo—. Algo así merece un castigo, ¿no?

—Sí —Cabeza rapada se mira la palma de la mano y la gira de un lado a otro delante de su cara—. Sí que lo hizo. Y sí que se merece un castigo.

Recuerdo la asignatura de violencia doméstica de la facultad de Derecho, todas esas estadísticas espantosas que me aprendí de memoria para los exámenes y que luego intenté con todas mis fuerzas olvidar.

Eran tan terribles que me hicieron cambiar mi especialización de derecho mercantil al pro bono.

Y el periodo que pasé en esa clínica del Lower East Side, los rostros de las mujeres a las que me encargaron ayudar, la apatía en sus voces monótonas y distantes mientras les cogía de la mano, lo anotaba todo y les prometía que a partir de ahora todo sería diferente…

Nunca, ni por un instante, imaginé que acabaría en este lado del escritorio.

Mi cuerpo se está desconectando. La respiración se vuelve superficial y se detiene, los dedos se enfrían hasta quedar completamente entumecidos.

Mi oído se ha atenuado hasta no ser más que un zumbido agudo y los bordes de mi visión se están volviendo negros, como si mi cerebro prefiriera no tener que soportar las imágenes de lo que está a punto de suceder, muchas gracias.

No te atrevas a desmayarte, Caroline. No te atrevas.

Cadena de Oro se pone de pie. Las patas de la silla raspan contra el contrachapado con un sonido que perdurará en mis pesadillas durante mucho tiempo, suponiendo que sobreviva lo suficiente como para tener pesadillas. Da un paso hacia mí.

No me inmuto. No aparto la mirada. Mantengo los ojos fijos en los suyos y le dejo ver todo lo que hay en ellos: el miedo, sí, porque eso no puedo ocultarlo, pero también el fuego.

—Si me tocas —espeto—, habrá consecuencias. La gente sabe dónde estoy.

—Le dijiste al ruso que nadie sabía que estabas aquí —interrumpe Cabeza rapada—. Estaba escuchando.

Siento cómo se me va la sangre de la cara.

Cadena de Oro se pone de pie. Se cruje el cuello, primero a la izquierda y luego a la derecha, con un grotesco chasquido. Luego camina hacia mí.

—Esto es lo que pienso —dice—. Creo que eres una zorra rica de Manhattan que ha venido aquí buscando a su novio y que nadie sabe que te has ido, y que nadie va a venir a buscarte.

Creo que el jefe no está aquí y lo que el jefe no sabe no le hará daño —Se detiene delante de mi silla—.

Aunque a ti quizá te haga un poco de daño.

Extiende la mano hacia la cremallera de mi chaqueta.

La idea que me viene a la cabeza en ese momento no es racional. No es estratégica, ni siquiera especialmente útil. No es para lo que mi padre me entrenó y desde luego no es algo que la Dra. Levinson aprobara.

Pero, a su manera, me parece algo inevitable.

Porque pienso en Afon.

No en la estatua de mirada fría que me echó de su camioneta esta mañana, sino en el que me cubrió con una manta cuando no era más que un estorbo con conmoción cerebral en el umbral de su puerta.

Sus manos en mi cintura mientras me levantaba para sentarme en la encimera.

El cariño en su tacto, cada vez, y el evidente esfuerzo que le costaba, en cada segundo, contener la oleada de violencia que ha marcado su vida.

Pensar en él no cambia la situación.

Pero sí que me hace sentir un poquito mejor.

Cadena de Oro me desabrocha la chaqueta. El aire frío me azota el pecho a través de mi fina camiseta térmica. Engancha su dedo índice bajo el dobladillo y tira de él hacia arriba, por encima de mi vientre.

Cabeza rapada está mirando y se le hace la boca agua. Gorro ha apartado la mirada.

Es curioso que, al final, Afon tuviera razón. Me dijo que no era seguro. Vete a casa, Caroline; este no es tu sitio.

¿Y qué hice yo? Le llamé cobarde.

Pero no estaba siendo un cobarde.

Simplemente era la única persona con más de dos dedos de frente.

Cadena de Oro se inclina hacia mí. Su aliento es caliente y rancio en mi cuello. Se me revuelve el estómago.

Cierro los ojos.