Juramentos en la Sala de Juntas (La Bratva Multimillonario nº 4) 5. Caroline #2
14%

5. Caroline #2

—Caroline —Deja el cuchillo sobre la mesa y me lanza una mirada fulminante—. Te dije que te lo contaría y lo haré. Pero esta noche no es el momento, y presionarme no va a cambiar eso.

La firmeza de su voz es como el portazo de una cámara acorazada. —Vale —refunfuño—. Vale.

A las seis y media, el cielo ya se ha oscurecido por completo.

Ninguna oscuridad parece tan absoluta como la del invierno en las montañas.

La nieve que cae hace que todo parezca surrealista y onírico.

No somos más que un puntito de luz cálida en el desolado aislamiento de estos bosques.

Afon sigue irradiando un mal humor distante, y yo sigo luciendo mi mejor cara de desagrado.

Es como si una fuerza irresistible se topara con un objeto inamovible, y a nadie le hace gracia lo poco que estamos avanzando.

Excepto Wolf. Él parece contento con la compañía. Está dormido sobre la alfombra, boca arriba, retorciéndose en algún sueño en el que, presumiblemente, persigue algo que nunca atrapará. Me identifico con él, la verdad.

Después de cenar un guiso que me como a regañadientes y del que nunca admitiré que he disfrutado de verdad, Afon lava los platos. Yo los seco. Trabajamos en silencio, uno al lado del otro, pero si se da cuenta de que le lanzo miradas fulminantes, no lo demuestra.

Cuando guardamos el último cuenco, Afon cuelga el paño de cocina en su gancho y se vuelve hacia mí.

—Toma a la cama —me ordena.

—¿Eh? —digo por segunda vez hoy.

Señala con la barbilla hacia la única puerta de la cabaña por la que aún no he pasado: una pesada puerta de tablones al fondo, más allá de la chimenea. —El dormitorio está por ahí. Quédatela. Yo dormiré aquí fuera.

—No voy a quedarme con tu cama.

—Tienes que mantener el tobillo en alto y el sofá es demasiado corto —me refuta—. La cama tiene una almohada de más. Úsala.

Tengo una predisposición genética a discutir, pero esta es una de esas discusiones que no me molesta tanto perder. De todos modos, tiene razón: me duele el tobillo y el sofá es demasiado corto. Además, el chichón que tengo en la cabeza me ha provocado, una vez más, una migraña incapacitante.

—Vale —murmuro por segunda vez hoy—. Pero quiero que conste que lo hago bajo protesta.

—Al igual que con todas tus otras quejas, ha quedado constancia. Buenas noches, Caroline.

Se deja caer en el sillón, estira las piernas y cierra los ojos. Se acabó la conversación. Se dio por concluida la audiencia. El rey se ha retirado.

Me acerco a la puerta del dormitorio, la empujo y entro.

Tal y como sospechaba, la decoración aquí es escasa.

Una cama matrimonial con una colcha azul oscura sencilla, muy gastada y bien remetida con las esquinas al estilo militar.

Una mesita de noche con un vaso de agua y un libro boca abajo.

Una cómoda de madera. Una ventana estrecha desde la que no se ve más que nieve y oscuridad.

No hay fotografías, igual que en el resto de la cabaña.

O espera.

Quizá eso último no sea del todo cierto.

Porque allí, en la mesita de noche, debajo del libro boca abajo, asoma la esquina de una fotografía.

Echo un vistazo por encima del hombro hacia la puerta. A través de la rendija puedo ver la nuca de Afon en el sillón, con los ojos aún cerrados.

No debería…

No debería hacerlo bajo ningún concepto…

Probablemente por eso lo hago.

Cojo el libro y saco la fotografía. Es vieja. Tiene una arruga en el centro de tanto doblarla y desdoblarla. Los colores están desvaídos y decolorados por el sol.

Dos hombres y una mujer posan delante de lo que parece un restaurante. El hombre de la izquierda es joven y delgado, con el pelo oscuro y una mandíbula que aún no se ha roto. Está casi sonriendo, casi, y así es como lo reconozco a pesar de los treinta años que los separan.

Afon, apenas mayor de lo que soy yo ahora.

El hombre del medio es un desconocido que me resulta algo familiar.

El mismo pelo oscuro, la misma complexión robusta, pero con una postura más relajada, más a gusto.

Sin embargo, hay un parecido innegable. Hermanos, tal vez.

Tiene el brazo echado sobre el hombro de Afon con ese gesto desenfadado y posesivo propio de la familia.

Y la mujer de la derecha, con un vestido azul de verano, con una mano apoyada en el brazo del desconocido, riéndose de algo que está justo fuera de la foto…

Se me corta la respiración.

Es preciosa. De ojos oscuros, de pelo oscuro, con el rostro iluminado por la alegría.

Le doy la vuelta a la foto. En el reverso, con un bolígrafo azul descolorido, alguien ha escrito tres nombres.

Afon. Gervasii. Yelena.

Gervasii. Ese es el padre de Matvei, el que murió.

Y Yelena...

De repente, mi mente se desvía hacia la alianza de bronce que luce Afon en el dedo. Probablemente esté brillando ahora mismo a la luz del fuego. Un pequeño punto de luz en medio de este valle de oscuridad.

Con cuidado, vuelvo a deslizar la fotografía debajo del libro, exactamente como estaba.

Me siento en el borde de la cama. Las garras de Wolf repiquetean contra las tablas del suelo mientras entra y se derrumba a mis pies con un gemido.

A través de la puerta abierta, oigo el crujido del sillón cuando Afon se acomoda en él.

Me recuesto, miro al techo y pienso en la mujer del vestido azul de verano que se reía de algo que nunca sabré.

Tardo mucho en quedarme dormida.