CAPÍTULO 18 – Seraphina
El techo tiene el color de la rendición.
El sueño agitado en el que había caído no me había dado descanso, y no sé cuánto tiempo llevo contemplando esa amplia extensión de yeso blanco, el suficiente para trazar constelaciones en las manchas de humedad.
Me duele todo el cuerpo; no es la languidez placentera de un buen sueño ni el dolor del agotamiento, sino algo más agudo.
Como si vibrara ligeramente desacompasada con la habitación.
Como si aún no hubiera vuelto del todo a mí misma.
Me muevo bajo las sábanas, que susurran secretos contra mi piel.
Todavía huelen a él. Ese tenue calor metálico de su colonia, algo fresco y herbáceo por debajo.
Su sudor salado. Mentiría si dijera que no me había acercado una de las almohadas.
Que no había hundido la nariz en ella como una criatura salvaje y patética. Pero no sirvió de nada.
Solo ahondó el vacío.
El recuerdo de él —su cuerpo contra el mío, su boca, el sonido que hizo cuando pronuncié esa palabra— sigue dentro de mí. Grabado en cada terminación nerviosa como una quemadura que no se borra. Pero la cama a mi lado está fría. Lleva fría desde que desperté. Sola.
No sé qué esperaba. Algo tierno, quizás. Algún gesto que lo hiciera sentir menos como una transacción y más como lo que sentí mientras ocurría.
Y lo peor de todo es que sé, sin lugar a dudas, que tendría que haberlo visto venir.
Aparto las sábanas de una patada, con una exhalación brusca, el cuerpo rígido e inquieto.
El suelo está frío bajo mis pies descalzos cuando saco las piernas por el borde de la cama.
Con gesto petulante, dejo el preciado vestido vintage tirado en el suelo de su estúpido dormitorio y abro de golpe las puertas de su armario para robarle.
Cojo el primer jersey que me llama la atención, como una vulgar ladrona de poca monta.
Paso de ponerme pantalones. El jersey es bastante largo, y el pudor parece un chiste en un lugar donde me han despojado de todo: cuerpo, identidad, elección.
El lugar está dolorosamente vacío.
Avanzo descalza por el pasillo de mármol, cada paso suave y fantasmal. Las luces están apagadas, pero ya conozco el camino. Más allá de la cocina, más allá del brillo frío de la opulencia moderna. Hacia el único lugar en esta prisión de cristal que siento mínimamente mío.
La puerta de la biblioteca no está cerrada con llave. No sé por qué espero que lo esté. Para esto estoy aquí, ¿verdad? Para esto me mantienen cautiva. Este trabajo que arruinó mi vida. Que la ha convertido en un agujero negro que lo engulle todo, voraz y cruel.
Cuando la empujo, el olor me golpea primero: papel y tinta y polvo y algo más profundo. Memoria, quizás. El manuscrito todavía está sobre el escritorio, abierto como si nunca se hubiera cerrado. Como si hubiera estado esperándome.
Entro y cierro la puerta en silencio tras de mí.
El suave clic del pestillo suena demasiado fuerte.
Enciendo la lámpara del escritorio. La luz ámbar inunda las páginas, suave y cálida.
Todo aquí dentro brilla como si estuviera bañado en un secreto, pero ya no me queda capacidad de asombro. También me han arrebatado eso.
Me acomodo en la silla con una pierna doblada debajo.
El cojín cruje cuando me muevo y adopto la postura familiar de quien está a punto de sumergirse en la obsesión.
Puedo, al menos, seguir los movimientos.
Mi cuerpo recuerda esto. Este trabajo ha sido mi compañero durante más tiempo que ningún hombre, ¿no? Algo tendrá que valer.
Me revuelve el estómago saber que el hombre que dejé que me llevara a su cama anoche está ahora ahí fuera, probablemente durmiendo en otro sitio.
O no. Quizás está rumiando frente a su whisky caro.
Quizás repitiéndose que es un error tocarme como si fuera algo sagrado.
Para él es lo correcto, lo correcto y justificado, salir huyendo como si se hubiera quemado.
Como sea.
Que mantenga su distancia.
Tengo un manuscrito que diseccionar, y ese no me miente.
Apoyo la palma contra el borde del manuscrito como si le tomara la temperatura.
Mis dedos encuentran el suave relieve de las anotaciones marginales: tinta en relieve, seca y descascarillada en algunos puntos, que todavía susurra historias que nadie debería oír.
Exhalo despacio. La silla gime cuando me inclino hacia delante, como si hasta ella supiera lo que viene.
—Muy bien, cariño —murmuro mientras me aparto un rizo de la cara—. Veamos qué más has estado escondiendo.
Acerco el manuscrito; el cuero agrietado de la encuadernación me roza la manga del jersey.
Los bordes del folio son irregulares —algunos recortados, otros dejados sin pulir—, pero esta página es una de las más claras.
No en condición, sino en intención. Quien escribió esta sección quería dejar algo. No para todos. Para alguien.
Levanto la lupa y me inclino. Mi aliento empaña el cristal cuando distingo la curva de un símbolo que ya he marcado antes: una vez en una columna lateral, otra en una nota al pie. Un círculo dentro de un cuadrado, enmarcado por una luna creciente.
Paso a mi cuaderno con el corazón desbocado. Página veinticuatro. Lo dibujo deprisa, lo etiqueto: «¿Marcador de ubicación?».
Compruebo la fecha que aparece junto al símbolo: 19 de enero. Está anotada con una tenue inscripción latina: «in cruce altissima».
En la cruz más alta.
Me detengo.
Esa frase no corresponde a ninguna festividad. Ni siquiera está vinculada a un santo con nombre. Solo esa línea. Emparejada con un número que tomé por errata: 187.
Reviso mis notas. El 187 aparece dos veces más en el texto, cada vez junto al mismo símbolo. En diferentes secciones. Diferentes santos. Diferentes meses.
No es un número de página. No es una festividad.
¿Un código? ¿Un identificador de ubicación?
Garabateo una nueva sección en mi cuaderno y empiezo a elaborar una lista:
● 01.19 – «in cruce altissima» – sigilo: círculo en cuadrado, enmarcado por media luna – código: 187
● 04.11 – «inter lapides sanguine tinctos» – entre piedras manchadas de sangre – sigilo: el mismo – código: 187
● 08.05 – «ad radices arborum trium» – en las raíces de los tres árboles – sigilo: el mismo – código: 187
Me echo hacia atrás.
Una triangulación.
Tres fechas. Tres direcciones crípticas. El mismo símbolo. El mismo código numérico.
Un sitio.
Un sitio real.
Encaja con tanta fuerza en mi cabeza que casi lo oigo.
Esto ya no va solo de quién y cuándo.
Va de dónde.
Me abalanzo sobre mi teléfono y abro la aplicación de mapas.
Tecleo los descriptores vagos: sombras de pinos.
Claro de tres árboles. Cruz alta. Lo cruzo con datos de pisos francos vinculados a la Bratva que encontré en una filtración de Interpol hace dos años.
La figura que empieza a dibujarse en el mapa digital no es ninguna coincidencia.
Estas ubicaciones corresponden a antiguos monasterios ortodoxos soviéticos que fueron reconvertidos durante décadas. Sitios de «peregrinación» que en realidad servían para blanquear dinero. Sótanos ocultos. Criptas bajo capillas. Sitios negros.
Los símbolos no son solo para nombrar.
Son para navegar.
Y si estoy en lo cierto, si las coordenadas coinciden con lo que oculta el códice, Viktor ni siquiera sabe lo que tiene entre manos.
Este libro no es solo chantaje.
Es infraestructura.
La voz de Damir resuena en mi cabeza: «el poder es protección». ¿Pero esto? Esto es poder en su forma más pura. Prueba, ubicación, implicación. La clase de arma con la que se derriban reyes.
Vuelvo a mirar el pergamino.
Esta página, este patrón, no es solo una pieza. Es una bisagra.
Todo gira desde aquí.
Rodeo el código de nuevo. «187».
No es un número. Es un archivo. Una designación. Un patrón que se repite a lo largo de décadas en las sombras. Un rastro fantasmal de cada mano por la que ha pasado este manuscrito.
Cojo mi cuaderno de copias, el que solo tiene anotaciones parciales, y empiezo a elaborar un nuevo facsímil. Esta vez omito el símbolo por completo. Tacho frases clave. Hago que el texto parezca útil, pero incompleto. Como un mosaico con demasiadas baldosas rotas.
Esto no es sabotaje.
Es supervivencia.
Porque si entrego el panorama completo, muero. Quizás no de inmediato. Quizás sonreirán y me darán las gracias e incluso fingirán devolverme mi vida. Pero secretos como este no dejan cabos sueltos.
Y yo soy un cabo suelto muy peligroso.
Levanto la vista hacia la cámara en la esquina. El diodo rojo no parpadea. Brilla, constante y silencioso, como el ojo de alguna bestia que apenas he empezado a comprender.
Trago saliva.
¿Cuánto de esto ha visto Damir? ¿Cuánto ha elegido no ver?
No ha pedido actualizaciones. No directamente. No desde aquella noche en la biblioteca. No desde la luz del fuego y la honestidad brutal y el tacto de sus manos sobre mi piel, como si fueran lo único que me ataba a esta vida.
Lo odio por eso. Y a la vez no.
Y esa, esa contradicción es lo que más me asusta.
Porque si todavía confío en él, incluso ahora, incluso un poco... entonces ya estoy comprometida.
Vuelvo a mirar el manuscrito.
No le importan mis compromisos.
Solo le importan sus secretos.
Deslizo la página censurada en el facsímil abierto que he estado preparando y la meto entre dos páginas inocuas hasta que se confunde con ellas. Para cualquiera que no sea yo, parecerá una copia terminada. Nadie verá lo que falta a menos que sepa dónde buscar.
Cojo uno de los libros que había estado catalogando a principios de semana: una colección de oscura poesía italiana encuadernada en cuero agrietado con un lomo tan frágil que tuve que repararlo con cola de archivo.
Lo abro por el centro, paso las anotaciones a lápiz, los sonetos con las esquinas dobladas.
Encajo la copia original, la que tiene el símbolo y las coordenadas, en su núcleo.
El fragmento del manuscrito se desliza entre las páginas quebradizas como si perteneciera allí.
Cierro el libro con cuidado. Lo devuelvo al estante.