Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 18 – Seraphina #2
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CAPÍTULO 18 – Seraphina #2

Nadie miraría aquí. Nadie excepto yo.

Así... así es como sobrevivo.

No luchando.

Ocultándome.

Eligiendo lo que doy y lo que guardo.

¿Y si eso significa que tengo que mentirle a Damir?

Que así sea.

Si alguna vez encuentra este fragmento... será porque ya no estaré aquí para impedirlo.

Guardo las herramientas de restauración (mi bisturí, mi grafito, mis pinceles) y deslizo el manuscrito suavemente en su cuna de terciopelo. La vela que encendí antes se ha consumido hasta la mitad. El aroma a cera de abeja y romero se aferra al aire, cálido y ligeramente herbáceo.

La estantería observa. El libro de poesía (mi libro ahora) está exactamente donde lo dejé.

Oculto a plena vista.

Igual que yo.

Me tomo un momento para limpiar el escritorio. Sin razón. Solo por costumbre. Limpio manchas de tinta de la mesa con un paño, organizo mis notas en pilas desiguales, muevo un frasco de sandaraca ligeramente a la izquierda para que se alinee con el borde de la base de la lámpara.

Me calma, este ritual de orden. De colocar las cosas donde pertenecen.

Incluso cuando no siento que pertenezca a ningún lugar.

Mis ojos vuelven al manuscrito. Parece inocente otra vez. Engañosamente tranquilo. Como una confesión sellada en cera, a la espera de que las manos adecuadas la abran.

Pero yo soy la única que conoce las preguntas que realmente está haciendo.

Soy la única que lo ha oído susurrar.

Me duelen los dedos. Tengo la espalda hecha un nudo de tensión. Todo mi cuerpo vibra bajo el peso de lo que he hecho, y de lo que acabo de elegir no hacer.

Estiro los brazos por encima de la cabeza y oigo algo crujir en la columna. El dolor en la base del cuello ha pasado de sordo a punzante. Roto el hombro lentamente. Los dedos se me acalambran al flexionarlos.

Necesito levantarme. Moverme. Respirar.

Empujo la silla hacia atrás y chirría, un sonido fuerte en el silencio cavernoso.

La lámpara proyecta un halo de bordes afilados sobre el folio del manuscrito y arranca un destello a una mota de tinta metálica que no había notado antes.

Parpadeo. Tiene forma de media luna. ¿Una daga estilizada? ¿O quizá un gancho?

Estoy tan perdida en teorías que ya ni siquiera soy capaz de distinguir.

Me incorporo a duras penas y me vuelvo hacia la ventana.

Fuera hay luz. La nieve de ayer se aferra al cristal como polvo sobre vidrieras de catedral. Exhalo y lo empaño con un suave aliento.

Mis ojos se desvían hacia la puerta antes de que me dé cuenta siquiera.

Y me sobresalto.

Damir está ahí. Observando como una gárgola que monta guardia sobre un monumento.

Está a contraluz por la tenue luz del pasillo, una silueta tallada en sombra dura y silencio más frío.

Tiene el pelo húmedo, como si acabara de ducharse o hubiera estado en la nieve.

Lleva las mangas de la sudadera subidas, dejando al descubierto unos antebrazos fuertes.

Un músculo de la mandíbula se le contrae una vez.

Me quedo paralizada.

No dice nada.

No tiene que hacerlo.

Simplemente se apoya en el marco con un hombro, los ojos clavados en los míos como si yo fuera una ecuación a medio resolver.

—Has vuelto —murmuro. Mi voz suena quebrada, como una cinta que se ha enrollado demasiado.

No responde de inmediato. Su mirada se desliza hacia el folio abierto, luego vuelve a mí. Finalmente habla, con la voz ronca y grave.

—Sé lo cómoda que es mi cama, ¿y aun así no puedes dormir toda la noche en ella?

—¿Vas a fingir que te importa? —contraataco con rabia antes de poder pensármelo dos veces.

Damir entrecierra los ojos y, ahora, no tiene nada que decir. Típico, ¿no?

Estoy tan jodidamente cansada. Pero la boca se me mueve de todos modos.

—¿Te refieres a la misma cama a la que me arrastraste como si fuera tu gravedad y de la que te largaste antes de que pudiera siquiera recordar cómo era sentir tu pecho? Muy elegante. Puedes irte. Estoy trabajando como una buena rehén.

—Tú a mí no me despides —gruñe, y pongo los ojos en blanco con énfasis.

No es frecuente que diga palabrotas. Mi madre me crió para no tener un lenguaje soez, no por decoro, sino porque me enseñó que no hace que una persona parezca más inteligente. Sin embargo, he aprendido que, a veces, simplemente tienes que decirle a un hombre:

—Oh, vete a la mierda, papi.

Me burlo del epíteto ahora, el mismo con el que lo había ungido tan febrilmente solo unas horas antes.

Antes de que me dejara, como si no fuera nada.

Como si la parte de mí que le di... la libertad que me permití sentir bajo sus atenciones.

.. fuera un revolcón ordinario en el que participaba cada dos semanas.

Como si alguna vez hubiera dejado salir a jugar a este lado de mí fuera de mi cabeza.

La traición que siento es aguda y punzante, como si tuviera las entrañas en carne viva por una quemadura de sol.

Estoy tan atrapada en ello que ni siquiera lo veo venir.

Sin embargo, antes de que pueda procesarlo, ha cubierto el espacio entre nosotros en tres zancadas, tiene las manos en mi pelo y me da lo único que me negó anoche: un beso.

La boca de Damir cubre la mía, hambrienta.

Su lengua empuja más allá de mis labios como si estuviera reclamando territorio.

Mis dedos encuentran su sudadera por instinto y se retuercen en el polar.

Gimo contra su boca, demasiado sorprendida y demasiado destrozada para fingir que no quiero esto.

Para mentir sobre cuánto me dolió que me lo negara, cuando yo no le he negado nada.

Su cuerpo presiona el mío contra el escritorio, con la fuerza suficiente para que se me entrecorte la respiración.

Tira de mí, me guía hasta que mi espalda choca contra la estantería con un golpe sordo.

No se detiene.

Cuero y papel y calor y deseo chocan en un enredo, y no me importa.

Puedo sentirlo, cada centímetro duro y grueso de él, que se frota contra mí como si intentara escribir su nombre en mí.

Esta vez, no lo dejaré llevar la batuta.

Mi mano baja entre nosotros y le acaricio la erección a través de la endeble barrera de sus pantalones de chándal.

Solo para que su tamaño me haga vacilar.

—Oh —jadeo.

Sonríe con lascivia y se frota contra mi palma.

—¿Es esto lo que quieres? —murmura en mi oído—. ¿Quieres mi polla? ¿Aquí mismo, donde trabajas?

Asiento, mareada.

—Usa las palabras, Seraphina.

—Sí —exhalo—. Por favor, papi.

Esta vez no hay burla en ello.

Aun así, Damir se tensa, solo un instante. No dura.

No había planeado esto. Nada de esto. Ni el dolor, ni el calor, ni el hecho de que ya estoy temblando, desnuda bajo él, envuelta en el jersey robado que me puse como armadura después de que me dejara en su cama.

Pero ahora no es una armadura. Solo estorba.

Con una mano me quita las gafas del puente de la nariz y las coloca con cuidado en un estante al lado. La otra se desliza entre nosotros, y hasta el roce más ligero contra mi clítoris me hace gritar.

—Es demasiado —susurro, aguda y sin aliento.

Pero estoy empapada. Mi cuerpo me traiciona con lo preparado que está, con lo hambriento. Puedo sentir el calor, la tensión que me abre desde dentro.

—Tan jodidamente mojada —dice con voz entrecortada, atrapada entre la reverencia y el control—. ¿Para mí?

—Sí —me estremezco—. Es para ti.

Su boca se apodera de la mía, brusca, urgente. Sin mediar palabra, sus dedos se cuelan bajo el dobladillo del jersey.

—Robaste esto —murmura contra mi cuello mientras tira hacia arriba—. ¿Creíste que no me daría cuenta?

No respondo. No puedo. Levanto los brazos instintivamente y él me lo quita por la cabeza en un solo movimiento. El aire frío me lame la piel, y entonces sus manos cubren mis pechos: las palmas cálidas, los pulgares rozando suavemente mis pezones.

Me arqueo contra sus manos, jadeando.

Aquí no es brusco. No esta vez. Su boca desciende y siento su calor cerrarse sobre un pezón, su lengua arrastrándose lenta y húmeda hasta hacerme gritar de nuevo.

La sensación es insoportable de la mejor manera: demasiado tierna, demasiado intensa.

Entrelazó los dedos en su pelo, reteniéndolo ahí como si ese dulce tormento pudiera anclarme.

Entonces levanta la cabeza y sus ojos encuentran los míos: oscuros, salvajes, hambrientos.

—Escupe en mi palma, Sera —ordena, y no puedo pensar. Lo hago, sintiéndome obscena y sucia y más sexy que nunca cuando él baja la cinturilla elástica y se agarra la polla, esparciendo mi saliva por toda su longitud.

—Puedo... —empiezo a ofrecer, pero su mano me sujeta la mandíbula para detenerme cuando intento arrodillarme.

—Mírame —dice, y lo hago. Me quedo quieta para él—. Necesito estar dentro de ti. Ya.

Me presiona contra la estantería. El borde se me clava en la espalda, pero no me importa. Abro las piernas para él sin vacilar.

Sus manos bajan a mi trasero, ahuecándolo, apretando y separando, explorándome donde nadie lo ha hecho antes... No puedo evitar el rubor que me sube a la cara por eso, y por los sonidos que me arranca. Las manos de Damir descienden a la parte trasera de mis muslos y me alza como si no pesara nada.

Y entonces, así sin más, está dentro de mí.

No es lento. No es provocador. Es profundo.

—Damir... —grito, llena de golpe, dilatada a su alrededor, sorprendida por lo repentino, por la intensidad—. Dios, es...

Mis uñas se clavan en sus hombros. Jadeo y me retuerzo, abrumada por cómo me llena, implacable.

Gime contra mi cuello.

—Me paso horas abriéndote para mí y sigues tan jodidamente apretada, cariño... —jadea, embistiéndome más fuerte—. ¿Cuánto tiempo ha pasado, nena?

—No puedo... —gimo, arañándole la espalda con desesperación.

—Respóndeme —exige, sus caderas arremetiendo con embestidas castigadoras que van en aumento.

—Ha pasado tanto tiempo, Papi... —sollozo mientras los ojos se me ponen en blanco—. Nunca lo he tenido tan bueno.

Sus caderas se quedan quietas un momento, enterrado hasta el fondo. Entonces su voz, baja y entrecortada:

—Es como si te hubieran hecho para esto. Para mí.

Sus palabras deshacen algo en mí.