CAPÍTULO 17 – Damir #4
—Vas a correrte otra vez —susurro mientras deslizo la mano entre sus muslos y le acaricio el clítoris hipersensible con círculos lentos y tortuosos—. Y otra vez. Hasta que esa cabecita tuya esté vacía de todo menos de mí.
Mis dedos la trabajan sin piedad: acarician, pellizcan, trazan círculos, mientras con la otra mano agarro la corbata y tiro de ella hacia mí.
Ahora gimotea, el cuerpo temblándole por la sobreestimulación, su humedad resbaladiza empapándome los dedos mientras se retuerce debajo de mí.
Pero no cedo. La quiero rota, deshecha, completamente consumida por mí.
Sus gemidos se quiebran en respiraciones temblorosas y entrecortadas, las caderas moviéndose sin que pueda evitarlo, buscando el filo de otro orgasmo.
—Dilo —gruño mientras le doy otro azote en el culo, más fuerte esta vez; la marca roja en su piel pálida me hace hervir la sangre—. Dile a papi quién es el dueño de este coño empapado.
—Tú —solloza, la voz apenas audible, quebrada por el placer y el agotamiento—. Soy tuya, papi. Por favor, por favor...
Sus palabras rompen algo dentro de mí, una necesidad primitiva de reclamarla por completo.
Me arrodillo detrás de ella y mi lengua vuelve a encontrar su clítoris, lamiéndolo con pasadas lentas y deliberadas mientras mis dedos se hunden hasta el fondo y se curvan contra ese punto que la hace gritar.
El segundo orgasmo la arrasa como un maremoto: su cuerpo se sacude violentamente contra la cama, los muslos le tiemblan mientras el coño le palpita alrededor de mis dedos.
Sus gritos son rotos, crudos, las muñecas tensándose contra la corbata de seda mientras se rinde por completo.
Pero todavía no he terminado. Me levanto con la polla tan dura que duele, palpitante de necesidad de estar dentro de ella.
Desato la seda para liberarle las muñecas y la pongo boca arriba; las piernas se le abren instintivamente, el coño brillante e hinchado por mis atenciones.
Le agarro los muslos y se los separo bien mientras me inclino para recorrerle los pliegues con la lengua una última vez, saboreándola.
Gime, hipersensible, las manos aferrándose a las sábanas mientras el cuerpo se le arquea hacia mí.
—Mírate —murmuro con la voz espesa de lujuria mientras me coloco entre sus muslos, la punta de la polla rozándole la entrada—. Tan jodidamente perfecta, tan jodidamente mía.
Me deslizo dentro de ella con una embestida lenta y deliberada; su estrechez me aprieta tan ferozmente que casi pierdo el control. Jadea, las uñas clavándoseme en los hombros, los ojos fijos en los míos mientras la lleno por completo.
Establezco un ritmo brutal, embistiéndola duro y profundo; cada embestida le arranca un gemido más fuerte, su cuerpo arqueándose para salir a mi encuentro.
—¿Sientes eso? —gruño mientras deslizo la mano hacia su garganta y aprieto lo justo para hacerla jadear—. Esto es lo que me provocas. Así de jodidamente fuerte te necesito.
Sus gemidos se convierten en gritos, el coño apretándose a mi alrededor mientras otro orgasmo empieza a formarse. Cambio el ángulo de las caderas para golpear ese punto dentro de ella con cada embestida, el pulgar buscándole el clítoris y trazando círculos sin descanso.
—Córrete para mí otra vez —ordeno con la voz ronca de necesidad—. Córrete en la polla de papi.
Su grito es crudo, primitivo, mientras el tercer orgasmo la atraviesa, el cuerpo temblándole violentamente, el coño ordeñándome tan fuerte que me empuja al límite.
Gruño cuando mi propio orgasmo me arrasa, derramándome en lo más profundo de ella mientras mis embestidas se ralentizan; cada pulso de placer me nubla la visión.
Me derrumbo sobre ella, el pecho agitado, los labios buscando los suyos en un beso torpe y desesperado mientras los dos volvemos a la tierra.
Tiembla debajo de mí, la respiración entrecortada, el cuerpo lánguido y saciado.
Salgo lentamente, observando cómo lo que hemos mezclado gotea de ella y la marca como mía.
Cojo la manta y la arropo, los nudillos rozándole la mejilla mientras suspira, ya medio perdida en el sueño.
Su cuerpo sabe que es mío, incluso en sueños.
Pero la ternura es fugaz, eclipsada por la tormenta en mi pecho.
Quiero quedarme, atraerla hacia mí y follármela hasta despertarla solo para oírla gritar mi nombre otra vez.
Quiero hacer promesas que no puedo cumplir, promesas que nos quemarían a los dos en este mundo de sangre y sombras.
Pero me obligo a levantarme, a apartarme, a salir antes de perder el último hilo de control al que me aferro.
Porque he hecho cosas monstruosas —he matado, mentido, traicionado—, pero ninguna me ha parecido tan peligrosa como ella.
Ninguna me ha hecho sentir que me ahogo, que ya estoy perdido en un fuego del que no puedo escapar.
Mientras me alejo y la puerta se cierra tras de mí con un clic, su sabor me persigue en los labios, y sé que estoy jodido.
Porque ella no es solo una debilidad: es el tipo de obsesión que podría destruirme.