CAPÍTULO 16 – Damir #2
Al menos hasta que ella me devuelve la mirada, como si hubiera sentido el peso de mis ojos sobre ella.
Eso basta para recordar cómo se arqueó contra mis manos y separó los labios bajo los míos.
Para recordar su hambre y los sonidos que puedo arrancarle.
Al recuerdo le sigue de inmediato su traición.
Con qué facilidad puede mentir e intentar tomarme por idiota.
Qué jodidamente estúpido sería si me dejara acercar más a ella.
Taya me tira de la manga.
—Mira, esas son Tetya Nina y Tati, ¿verdad? —pregunta, poniéndose de puntillas.
Obligo a mis ojos a apartarse de Seraphina para mirar alrededor, tratando de seguir la mirada de Taya. Tras confirmarlo, asiento. Tengo la boca seca. El pulso me late una vez en el cuello.
Entonces me tira de la mano y, cuando no la suelto, pregunta:
—¿Puedo ir a saludarlas?
—Espera —digo, y justo en ese momento, un movimiento me llama la atención por el rabillo del ojo.
A la izquierda, cerca del corredor este, dos de los hombres de Viktor arrastran a un hombre con un traje azul marino arrugado hacia una de las alas traseras.
Es sutil, coreografiado, enterrado bajo el ruido de la fiesta.
Pero conozco las señales. Sé lo que significa cuando se llevan a alguien tan silenciosamente.
Debo de ser demasiado jodidamente obvio. Demasiado pronto, Taya empieza a seguir mi mirada.
Pero antes de que sus ojos puedan posarse en ello, es Seraphina quien exclama, demasiado alto:
—Dios mío, ¿esa es una bandeja de pierogi? Me muero de hambre. Ven conmigo o acabaré comiéndome treinta yo sola. Me obligaste a venir, ahora sé mi cómplice, ¿vale? Le llevaremos también a Nina.
Taya parpadea, momentáneamente desconcertada. Luego su rostro se ilumina con una sonrisa.
—Vamos —susurra, y agarra la mano de Seraphina.
Desaparecen entre la multitud como si lo hubieran ensayado.
Exhalo, pero no me calma nada por dentro.
Ella ni siquiera sabe que acaba de ayudarme. O tal vez sí. Siempre ve más de lo que debería. Todo esto hace que cierre los puños.
Las observo hasta que desaparecen, hasta que estoy seguro de que Taya no vio cómo se llevaban al hombre. Hasta que sé que habrán limpiado la sangre antes del postre.
Entonces me doy la vuelta y me dirijo al frente de la sala.
—Necesito hablar con Viktor. Ahora —ladro.
El guardia del vestíbulo no discute. Me mira a la cara y sabe que es mejor no abrir la boca. El tipo de furia que llevo encima no necesita volumen. Tiene su propia gravedad, sus propias consecuencias. En cuanto el cabrón asiente hacia el ala este, me pongo en marcha.
Sé exactamente adónde ir.
Los corredores sangran oro y sombra, cada centímetro de mármol y latón reluciente de dinero heredado y violencia restregada hasta desaparecer. No me molesto en ocultar cómo se me tensa la mandíbula. No me importa quién vea la tormenta tallada en mi rostro. Que me vean hervir. Que capten el mensaje.
No me detendrán.
No cuando me dirijo hacia él.
El estudio está escondido tras una de esas puertas con paneles trampa, del tipo que no notarías a menos que supieras qué buscar. Yo sí lo sé. Los guardias de fuera se apartan sin decir palabra cuando me acerco, con la mirada esquiva.
Él está esperando, por supuesto.
El estudio huele a humo añejo y a poder.
Madera oscura con paneles del suelo al techo.
Sillones de cuero en los que se han quebrado hombres.
Las paredes están forradas de estanterías llenas de primeras ediciones que nadie lee, todas encuadernadas en piel de becerro color sangre.
Una licorera brilla desde su pedestal, con algo antiguo y ambarino en su interior.
Y al fondo, tras el escritorio monolítico, Viktor Barinov se yergue como un hombre nacido en los huesos de imperios.
Las malditas pinturas de las paredes parecen parpadear cuando entro. Me digo que es un truco de la luz. Si sabes dónde mirar, puedes verlo: la ligera distorsión en el cristal. Cámaras de vigilancia enmascaradas en marcos de óleo. Arte y ojos, a partes iguales.
Cierro la puerta de un portazo y cruzo la habitación.
—Vi a tus hombres arrastrando a alguien —espeto—. A metro y medio de mi hija.
Viktor no se inmuta. Ni siquiera parpadea. Levanta su copa de oporto y la hace girar con indolencia, como si esto fuera una charla de sobremesa tras la ópera y no yo tratando de evitar que toda mi puta vida explote.
—Y sin embargo —murmura, con voz suave—, tu hija no vio nada. Porque alguien más intervino.
Me tenso.
—No debería haber tenido que hacerlo, joder.
—Y sin embargo lo hizo —repite con suavidad, como si yo fuera idiota. Da un sorbo—. Así que o has entrenado bien a la chica, o tu pequeña invitada sabe manejarse bajo presión. En cualquier caso, es una victoria para nosotros.
—No la traje aquí para que hiciera de señuelo —digo entre dientes.
—No —responde Viktor, dejando la copa—, dejaste que mi nieta la trajera para poder jugar a las casitas. Cree que la ratona de biblioteca es tu novia.
Eso me pilla desprevenido. Solo un segundo. Observa cómo el golpe da en el blanco con callado placer.
—Ella no es... —empiezo, pero me detengo.
Alza una ceja.
—¿No es qué? —pregunta, suave como la seda, afilado como cuchillas—. ¿No es tu problema? ¿No se te ha metido bajo la piel? ¿O no se mete en tu cama cuando crees que nadie mira?
No respondo. No puedo. No con la bilis subiéndome por la garganta.
—¿Crees que no te veo? —continúa Viktor, la voz ganando filo, la suavidad esfumándose—. ¿Crees que no he visto a hombres desmoronarse por cosas más insignificantes? Mi Anya tenía acero en la espina dorsal. Esta solo tiene dedos manchados de tinta y una lengua hábil.
Sale de detrás del escritorio, lento y mesurado. Más cerca. Imponente.
—Olvidas quién forjó tu existencia, Damir. Olvidas qué mano te sacó de los escombros. Estás vivo porque yo lo permito. Ella —señala hacia el pasillo— está viva porque yo lo permito. Por ahora.
No me muevo. Ni siquiera cuando cierra los últimos pasos entre nosotros.
—Crees que la estás protegiendo —sisea—.
Crees que mojar la pluma en ese tintero la hace más importante.
No es así. Es una simple empleada aferrada a su última relevancia.
Una nota al pie en un manuscrito que la sobrevivirá por siglos.
Terminará de descifrarlo y luego será borrada. Lo sabes. Siempre lo supiste.
Quiero golpearlo. Quiero gritar. Pero no hago nada. Me quedo ahí plantado y lo aguanto.
Porque tiene razón. Lo dice en serio. Solo hay una forma de que esto termine.
—Ahora, ¿por qué no recuerdas tus modales y respetas eso?
—dice, el veneno esfumándose de su tono como si nunca hubiera estado ahí—.
Como es tradición, Taya se quedará aquí esta noche.
Abrirá los regalos por la mañana. Nina ya lo ha organizado.
No vas a venir aquí a patalear como si tuvieras voz y voto. Que te quede claro: no la tienes.
Aprieto los puños a los costados. Él lo ignora.
—Tú —continúa— te llevarás a tu pequeña distracción a casa.
Recuérdale que solo está viva mientras sea útil.
Recuérdale por qué debe terminar. Rápido.
Quiero tus manos de vuelta en su sitio. Porque cuando esto acabe, cuando desenterremos lo que Reznikov enterró, necesitaré a alguien de confianza para dar el primer paso.
No hablo. Solo respiro. Preferiría arrancarme los putos ojos antes que darle la satisfacción de parpadear dos veces.
Incluso cuando se inclina un centímetro más y suspira:
—A veces, Damir, creo que te he dado demasiada cuerda. Pareces olvidar que la llevas al cuello.
Viktor suelta una risa ahogada que me revuelve el estómago.
—No me obligues a tirar de ella para recordártelo.