Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 15 – Seraphina #3
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CAPÍTULO 15 – Seraphina #3

Sea lo que sea lo que espero cuando Nina me escolta fuera de la habitación, no es a Taya y Damir en medio del salón, con ella de pie sobre los pies de él y él meciéndola por la habitación con pasos vacilantes.

Desde luego no es a Damir con una chaqueta de esmoquin gris marengo y unos pantalones que se le ciñen a los muslos y al. ..

No, Seraphina, me grito por dentro. ¡NO le mires el trasero a tu captor!

Eso no evita que casi me caiga con los zancos que Nina me obligó a ponerme.

Me había clavado las uñas en la parte interior del brazo hasta que obedecí, sin dignarse a discutir conmigo.

Cualquier zapato me resulta extraño cuando estoy tan acostumbrada a ir descalza por mi apartamento, con mis calcetines mullidos como único calzado.

Los tacones de diez centímetros son sencillamente una broma cruel.

Hacen clic-clic-clic sobre el suelo de mármol del ático.

El sonido es lo bastante distintivo como para que vea a Damir quedarse quieto en medio de lo que parece un giro adorable que tiene a Taya riéndose por lo bajo.

Mi disfrute dura poco. El codo huesudo de Nina probablemente me magulla un riñón cuando me lo clava en el costado y me reprende:

—No te atrevas a arruinarme el trabajo llorando por tus traumas paternos.

—Yo no tengo... —protesto, y le lanzo una patada furiosa al tobillo.

Nina lo esquiva limpiamente y pone los ojos en blanco con desdén.

—Si me disculpáis, voy a ir a recoger a mi esposa.

Le replicaría algo, me encantaría, si tan solo se me ocurriera una respuesta ingeniosa a tiempo. No se me ocurre. Además, el corazón se me para en el pecho cuando oigo la risa inconfundible y grave de Damir.

Espontánea. Auténtica. El tipo de sonido que vacía momentáneamente una habitación de todo peligro.

Las risitas de Taya se unen a la suya, los dos convertidos en un borrón de terciopelo rojo y lana negra.

Los rizos de ella rebotan mientras gira, sus piececitos sin tocar nunca el suelo porque está de pie sobre los pies de él, y él se mueve como si el mundo no le pesara sobre los hombros.

No es una escena que debería estar presenciando. No así. No vestida como una maldita invitada.

Dejó a Taya en el suelo con un último giro exagerado y algo tierno asomó en su expresión al mirarla. Después, alzó la vista.

Y me encontró.

El cambio fue inmediato. Como una persiana que se cierra de golpe.

El atisbo de calidez se desvaneció. El Damir que había reído, que había bailado, desapareció. Solo quedó el soldado. El ejecutor. La jaula.

Su boca se convirtió en una línea indescifrable y se irguió. No dijo nada. Solo me miró.

No podía adivinar qué pensaba. Ni siquiera sabía si pensaba algo. Su rostro era de piedra.

Y yo, que Dios me ayude, aún lo sentía. Ese zumbido cálido y profundo bajo mi piel. Su presencia. El recuerdo de su cuerpo contra el mío. Su boca. Sus manos. Su silencio cuando lloré contra su camisa. Y después, la furia pura en sus ojos la última vez que se alejó de mí. Aparté la mirada primero.

Fue Taya quien rompió la tensión.

—¿Listos? —gorjeó, ya corriendo hacia la puerta como una pequeña comandante brillante y mandona—. Vamos a llegar tarde y Nina dice que el dedushka se pone furioso si la cena empieza después de las siete.

Las rodillas me temblaron al dar el primer paso. Los zapatos me resultaban ajenos, como si me los hubiera atornillado a las plantas de los pies algún zapatero medieval con ganas de venganza. Me concentré en no morir. Un paso. Otro.

Damir ya estaba en la puerta. La abrió en silencio, sin mirarme, sin mirar a Nina. La mantuvo abierta como por puro acto reflejo.

Entramos en el ascensor. El trayecto fue silencioso. La tensión me pesaba entre los omóplatos como un arma cargada. Observé los números de los pisos descender como una cuenta atrás a la que nadie me había invitado.

Luego estábamos en el garaje. Y ahí estaba el todoterreno. Elegante. Negro. Con el motor en marcha, como si no tuviera adónde ir y todo el tiempo del mundo para intimidarme.

Taya se adelantó dando saltitos y subió sin dudarlo.

Yo vacilé.

No pude evitarlo.

La última vez que estuve en un coche, ¿este coche, quizás?, me habían vendado los ojos. Me habían arrancado de una jaula de la que intenté huir para arrojarme a esta. El recuerdo era vívido. Cuero bajo mis muslos. Cuerda quemándome las muñecas. El sabor del miedo inundándome la boca.

¿Ahora?

Damir se adelantó y abrió la puerta trasera.

Para mí.

Parpadeé.

Era un gesto tan normal. Mundano. De esos que hacen los hombres en las citas o en las películas antiguas. Sin ceremonia alguna. Solo un hombre abriendo la puerta de un coche. Pero no podía moverme.

Porque no era normal.

No para mí.

No aquí.

Había sido un paquete que entregar. Un problema que contener. Y ahora iba vestida como una duquesa a la que llevaban a una cena navideña con la familia del hombre que me había aprisionado.

Obligué a mi cuerpo a obedecer. Las piernas se me movieron. El vestido susurró. Me agaché para entrar en el coche.

Damir cerró la puerta detrás de mí sin decir palabra.

Y resonó más fuerte que un disparo.