Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 15 – Seraphina #2
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CAPÍTULO 15 – Seraphina #2

Apenas me he ceñido la toalla cuando abro la puerta del baño y casi me la llevo por delante, así, en toda mi gloria.

Nina está ahí plantada. Se apoya contra la pared como si fuera parte de la decoración, un brazo cruzado bajo el pecho, del otro cuelga una larga bolsa de ropa, suspendida del delicado arco de un dedo con la manicura perfecta.

Supongo que debería agradecer que esta vez esperara fuera en lugar de entrar mientras me duchaba.

Quizá incluso lo llamaría un avance en nuestra dinámica.

Si no fuera porque se había quedado ahí plantada, impasible, viéndome mientras me torturaban con la mirada más inexpresiva del mundo, claro.

—Intenta no mancharla —es todo lo que dice, a modo de saludo—. Es vintage.

Por supuesto que lo es.

No respondo. ¿Para qué? Sin decir palabra, cojo la percha, con cuidado de que los dedos aún húmedos no rocen el plástico de la bolsa.

Por lo visto, no basta como declaración de intenciones.

La rubia se da la vuelta y entra en el dormitorio delante de mí como si yo fuera una cita en su agenda.

Sin reconocerme. Sin disculparse. Sin mencionar la última vez que nos vimos, cuando su tío me arrancó la uña del anular como quien despega la cinta de un regalo.

Y sin embargo, ahora sonríe. Serena. Eficiente.

Vestida como una asesina salida de Vogue, con un elegante y deslumbrante vestido de seda negra que parece costar más que mi última carrera, con una abertura tan alta en el muslo pálido y musculoso que noto cómo me arde la cara.

Se posa en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, observándome con esa consideración inquietante tan suya.

—Venga, venga —dice al ver que me quedo ahí plantada mirándola—. No tenemos todo el día.

Sorprendida de que no me tiemblen las manos con el torrente de frustración que me invade, abro la cremallera de la bolsa.

El vestido es de un verde bosque intenso.

Una confección de lujoso terciopelo. De manga larga y con peso, con un escote recatado hasta que captas el sutil pronunciamiento…

y luego, claro, está el hecho de que es casi todo espalda descubierta.

La tela tiene un brillo tenue, como escarcha sobre hojas.

La silueta es de una elegancia imposible, del tipo que yo nunca me atrevería a lucir.

Oculto tras el terciopelo hay un corpiño con ballenas cosidas con tal delicadeza que pasan desapercibidas hasta que dejan de hacerlo.

Es... precioso. Devastadoramente precioso.

—¿Dónde demonios has conseguido esto? —susurro.

—París. El invierno pasado. No te hagas la sorprendida. Guardo algunas cosas a mano por si hay emergencias con rehenes. —Nina se incorpora con fluidez—. Brazos arriba.

Obedezco sin pensar. Me quita la toalla con la misma indiferencia brusca con que se desenvuelve un paquete, y luego me pasa el vestido por la cabeza como si llevara años vistiéndome.

El terciopelo se ciñe a mis caderas como si lo hubieran moldeado para mi cuerpo.

Sus dedos trabajan rápido en la espalda: aprietan el corsé incorporado, recogen la tela sobrante, ajustan las costuras.

Todo resulta íntimo de un modo desconcertante. No sexual. No maternal. Solo... clínico. Como si yo fuera un lienzo y ella me estuviera preparando para exponerme.

—Ya está —dice, retrocediendo con una inclinación crítica de cabeza—. Mucho mejor.

Miro hacia el espejo y me detengo. Apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada.

Cabello aún húmedo. Piel morena contra terciopelo verde. El vestido se ciñe donde debe y flota donde tiene que flotar. Parezco alguien que debería estar bajando unas escaleras de mármol en una finca europea maldita. Alguien con secretos enterrados en seda y sangre.

—Vale —acepto—. Solo déjame secarme el pelo y estaré lista para irme.

Nina resopla y me empuja hasta sentarme en la silla que hay frente al escritorio del rincón. No me he sentado aquí ni una sola vez. Aunque esa no es la única razón por la que balbuceo:

—¿Qué...? Nina, ¿qué demonios estás haciendo?

—Está claro que no tienes ni idea de la magnitud de esto. Cállate y déjame ponerte presentable.

Deja caer el bolso que ni siquiera me había dado cuenta de que llevaba. Es como ver a un mago sacar un conejo de la chistera cuando Nina extrae de dentro otra bolsita de color turquesa brillante. Al abrirla, un surtido de artículos de maquillaje se desparrama sobre la mesa.

—Sé cómo maquillarme yo sola, solo que no tengo mi...

Me aparta la mano de un manotazo antes de que abra la polvera.

—¿Te callas, sí? —ordena—. Este es el proyecto que mi sobrina me ha encomendado. Sigues siendo una rehén. No lo olvides y compórtate. Chitón.

Me estremezco como si me hubiera golpeado.

Nina no muestra el menor remordimiento. Sabe que le haré caso, así que simplemente procede con su plan de acción: ponerse a trabajar con una velocidad y precisión que dan un poco de miedo.

Está claro que tiene muchísima práctica.

Es como ver un tutorial de TikTok, pero en el espejo de una polvera en lugar de en la pantalla del móvil.

Base. Corrector. Yo sin cuestionar cómo ha dado con los tonos perfectos en marcas por las que no gastaría tanto dinero ni aunque pudiera permitírmelas.

(Spoiler: no puedo. Ni siquiera en las rebajas del Black Friday en Sephora.) Contorno, iluminador y colorete melocotón que nunca elegiría para mí.

Un trazo de delineador marrón cálido que difumina en una mezcla marrón con tonos burdeos que va creando sobre mis párpados con movimientos circulares, y que me muero por estudiar.

Un tono nude cálido para los labios que huele a canela tanto como lo parece, tan brillante que hace que mi boca parezca carnosa.

Nina Barinov es una artista. Puedo admitirlo. Sería una tonta si no lo hiciera.

No es que ella me dé siquiera la oportunidad de ofrecerle el cumplido.

—Gafas fuera —exige, ya tirando de la montura de mi cara.

—No puedo ver sin...

Las tira sobre la cama.

—Lentillas, Seraphina. Desechables. —Chasquea la lengua con condescendencia, y me entran unas ganas salvajes e inusuales de morderle la muñeca cuando saca un estuche del bolso.

Si lo ve en mis ojos, no lo demuestra. Permanece absolutamente imperturbable cuando chasquea los dedos delante de mi cara y luego golpea la mesa con fuerza—.

Venga. No me apetece nada meterte el dedo en el ojo.

«Te odio», pienso con amargura, y el veneno del pensamiento me deja aturdida.

En un intento frenético de aferrarme al yo que siento escapárseme, despego y me pongo las lentillas transparentes.

Ni siquiera protesto por la graduación ni por cómo demonios la conoce. No soy una persona que odie a nadie.

¿En qué me están convirtiendo? ¿Es esto en lo que tengo que convertirme para sobrevivir, o es así como moriré, avergonzada de mí misma?

No lo sé. Simplemente no lo sé.