Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 15 – Seraphina
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CAPÍTULO 15 – Seraphina

A pesar del fuego que ruge en la esquina, no consigo entrar en calor. Hay un frío que persiste en la biblioteca, que se niega a desaparecer.

He dormido a ratos, las pocas horas que he podido, y ahora me he acurrucado en el sillón más cercano al manuscrito, con las piernas recogidas y la manta bien ceñida a los hombros.

A pesar de lo que ocurrió aquí hace solo unas horas, esta habitación es la única en todo el ático —de lo que he logrado ver hasta ahora, al menos— que se acerca a ser «mi dominio», lo más parecido a un lugar propio que tengo ahora mismo.

Por supuesto, no ignoro que eso no es más que una ilusión.

No puedo fabricar seguridad cuando hay un Damir Sokolov enfurecido suelto por ahí.

No es que me sienta culpable. De verdad que no.

Llevo aquí sentada mucho tiempo, preguntándome si debería sentirme así.

¿Debería? ¿Debería sentirme mal por soltar una mentira así delante de su hija, por manipularlo?

¿Debería sentirme como una criminal, cuando yo soy la rehén?

Cada vez que le doy vueltas, una nueva oleada de frustración me atraviesa.

Nada de eso cambia que, en el ojo del tornado que gira en mi pecho, hay puro asombro, sin adulterar.

No la vi venir, a esta niña pequeña de mejillas sonrosadas, casi angelical con sus rizos saltarines, de un rubio mucho más oscuro que el de Nina.

Una niña encantadora, pero con una chispa que pude ver claramente, una chispa que su padre ha luchado incansablemente por mantener viva y brillante.

¿Y qué si la usé en su contra? ¿Acaso no me ha quitado ya suficiente? Mi hogar, mi seguridad, mi uña. Me lo han arrebatado todo. ¿Y sin embargo él es quien va por ahí descargando su ira?

Al diablo con eso, pienso, mientras mis dedos tiran con rabia de la lana de la manta. Él me dijo —hace días, tal vez más, no puedo distinguir el tiempo en este lugar— que estaba haciendo todo esto para proteger a alguien. Alguien que es su mundo entero, según sus propias palabras.

Y ahora sé quién.

Taya.

Por supuesto que es ella. Por supuesto que es la niña brillante e inteligente con los ojos de él y su actitud práctica, tan generosa con sus galletas de jengibre.

Y para que conste, diría que he sido un maldito ángel teniendo en cuenta todo lo que él ha hecho. O lo que no ha logrado detener. No pedí formar parte de esto. De nada de esto. No pedí ser una pieza sangrante y magullada de esta vida encerrada.

Amargada, bajo la mirada al manuscrito en mi regazo.

Por primera vez desde que aterrizó frente a mí, soy incapaz de interesarme por nada de esto.

Incluso mientras mis ojos recorren la tinta desvaída.

Los santos, los acertijos, la escritura en bucles que antes me parecía un desafío por conquistar.

Ahora mismo, solo parece muerto, polvoriento, inútil.

Intento concentrarme de nuevo —obligar a mis ojos a seguir una línea, descifrar el siguiente código, lo que sea.

Necesito terminar esto. No es que necesite pruebas de por qué.

Basta con que levante la mano a la boca, que me lleve las yemas de los dedos a los labios, pensativa.

.. y me estremezco. Un siseo agudo escapa entre mis dientes.

El dedo sin uña palpita al instante, furioso bajo el vendaje, como si le ofendiera que tuviera la audacia de olvidarme de él por un maldito segundo.

El dolor no es cegador, solo personal. Como una firma.

Como si Viktor hubiera grabado una marca en mí que nunca dejará de susurrar: Estuve aquí.

Escondo la mano en la manga del jersey, protegiéndola, mientras el corazón me late de pronto con fuerza.

El manuscrito espera, paciente y eterno, frente a mí.

Pero ahora mismo, no creo que tenga fuerzas para encontrarme con él a medio camino.

Quizá estoy siendo estúpida.

Quizá esconderme aquí como un animal herido es infantil. Inmaduro. Cobarde.

Pero cada paso que oigo fuera de esta habitación hace que se me tensen los hombros.

Cada crujido en el suelo, cada murmullo tras las paredes hace que se me corte la respiración.

Estoy acostumbrada al peligro envuelto en silencio: cuchillos detrás de sonrisas, amenazas ocultas en apretones de manos. No a esto.

No a esta... corriente emocional subyacente. Esta mezcla lenta y venenosa de vergüenza y calor, culpa y anhelo.

Lo odio.

Así que, por supuesto, en cuanto pienso eso —en cuanto me ordeno calmarme de una maldita vez— las oigo.

Sus voces.

La de Taya primero. En susurros, pero clara, colándose por la rendija del pasillo que había dejado abierta cuando no fui capaz de aislarme del todo. Su tono es terco, molesto de esa manera particular que solo una hija consigue.

—Bueno, tú fuiste quien dijo en el desayuno que ella no se irá a ninguna parte por un tiempo —dice—. Si ella no viene, yo no iré. No podemos dejarla encerrada en tu ático sin más, papá.

Se me hiela la sangre.

No. No, no, no.

—Además —continúa, insistente—, ya le dije al Dedushka Viktor que ella estará allí. ¡Dijo que estaba bien!

Se me atraganta el aire en la garganta.

Entonces interviene la voz de Damir, tensa y forzada.

—No deberías haber hecho eso.

Taya no se amilana.

—Y tú no deberías guardar secretos. ¡Supongo que los dos somos malos!

Mis dedos se crispan alrededor del lomo del libro en mi regazo.

Lentamente, lo cierro. Lo aprieto con manos temblorosas.

El corazón me late tan fuerte que juro que puedo oírlo en los oídos.

Llena toda la habitación. Un redoble de pavor creciente.

No soy una invitada, da igual qué mentiras se hayan tejido.

No pertenezco a nada de esto. Entonces, ¿por qué diablos deja que su hija hable de mí como si fuera de la familia? ¿Como si estuviera invitada?

¿A qué me están arrastrando ahora?

Dios mío. Dios mío. Dios mío...

El mensajero con la respuesta aparece mucho antes de que esté preparada.

Es como si ni siquiera hubiera pasado un minuto cuando el golpe en la puerta me hace dar tal salto que el libro se me escurre del regazo y cae al suelo con un ruido sordo.

Dios mío, pienso de nuevo, inútilmente. No puedo creer que acabo de tirar un artefacto al suelo.

Y sigo ahí, de algún modo, completamente paralizada.

La puerta se abre un poco más, y ahí está: Taya.

Lleva un vestido de terciopelo rojo con mangas abullonadas y un lazo primorosamente atado a la cintura.

Sus brillantes botas negras repiquetean contra la madera mientras entra, los ojos muy abiertos con algo a medio camino entre la travesura y la certeza.

A pesar de los muchos rasgos que ha heredado de su padre, no logro imaginar esa expresión pícara en el rostro de Damir.

—¿Hola? —quiero saludarla, pero me sale como una pregunta.

—Deberías salir con nosotros esta noche. También tenemos tradiciones familiares, como la Nochebuena en casa de mi dedushka —me insiste—, y ya que estás aquí, creo que deberías venir. Es una cosa enorme, la comida es increíble, ¡es como estar en un gran baile! Es…

El estómago me da un vuelco, como en una caída de montaña rusa. —Taya, no creo que…

—Es superdivertido. Puedes venir, te lo juro. Se lo dije a mi papá, yo…

Niego con la cabeza y no puedo evitar interrumpirla de nuevo. —Pero no creo que yo…

—Ya se lo dije a papá —me interrumpe, con esa confianza inquietante que solo los preadolescentes saben desplegar—. Tetya Nina te está trayendo incluso un vestido. Y trabajas para él, así que… no querrás insultar a Dedushka Viktor, ¿verdad?

Viktor. Se me congela el cuerpo.

Antes de que pueda hablar, antes siquiera de que pueda decidir si quiero hablar, Taya empieza a arrearme con las manos como si fuera una gata extraviada.

—Arriba. Ducha. Vamos. Tetya Nina viene de camino a ayudarte a prepararte. Es la más genial. En serio, te va a encantar.

Obedezco con el cuerpo, no con la cabeza. Me siento como si me hubiera atropellado un coche. Logro asentir, o algo parecido, mientras me levanto del sofá.

—Se parece mucho a mi mamá, Anya —añade Taya por encima del hombro mientras me dirijo a la puerta.

Anya suena mucho a Taya. No es casualidad, y lo sé en cuanto oigo cómo se le suaviza la voz al decir «mamá».

No es triste, necesariamente. Pero le importa.

Es solo una niña. Claro que le importa—.

Todo el mundo siempre dice que eran más hermanas que primas.

Nina estuvo muy presente cuando yo era pequeña.

Siempre me llevaba a librerías y nunca le contó a papá las veces que metí chuches a escondidas en el cine.

Ni siquiera intento señalarle que aún está creciendo.

Obviamente, ya conozco a Nina. ¿Que si la conozco? Me ha amenazado más veces de las que puedo contar a estas alturas. La he visto gruñir y bromear. La he visto mirarme mientras sangraba. Pero no tengo ni idea de qué demonios decirle, así que no digo nada.

Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo a asentir.

—Vamos —me insta con un empujoncito en la cadera, demasiado parecida a su tía, pero sin rastro del veneno letal de Nina—.

Te va a encantar la fiesta. Eso sí, no dejes que Dedushka Viktor te dé vodka, a menos que quieras ver a mi papá perder la cabeza.

El ruso, siempre dice Nina, pega más fuerte.

Y por lo visto es tan suave que no te das cuenta de lo que te ha pegado hasta que ya es demasiado tarde.

Como no tengo ni idea de cómo hablar de licores fuertes con una niña, me quedo mirándola, asombrada. Imperturbable, Taya se encoge de hombros y sale dando saltitos al pasillo como si esto fuera lo más normal del mundo.

Entumecida, cierro la puerta tras ella y me meto en la ducha.

Ya ni siquiera puedo preguntarme cómo demonios he llegado hasta aquí. Me aseo en silencio, con gestos mecánicos. Termino enseguida. Cuando salgo, el vapor se enrosca en finas volutas alrededor de los tobillos. Busco a tientas la toalla doblada sobre el toallero.

Las baldosas están heladas bajo los pies. Tengo la piel acalorada, enrojecida, hormigueante.

Todo está demasiado en carne viva.