CAPÍTULO 14 – Damir
Me despierto de golpe con una inhalación brusca, el corazón golpeándome contra las costillas.
Por una fracción de segundo, no sé dónde estoy: las sombras parpadean en el borde de mi visión, como si alguien acabara de escabullirse tras la esquina.
Supongo que no debería sorprenderme. Llevo toda la semana sin dormir de un tirón.
Se ha convertido en una nueva normalidad, esta respiración agitada y superficial.
El estudio está en silencio. Demasiado silencio.
El único sonido es el zumbido bajo y ambiental de la ciudad filtrándose a través del doble acristalamiento.
Parpadeo en la penumbra matutina, la tenue luz gris azulada del amanecer enroscándose en las ventanas como humo.
El cigarrillo en el cenicero no es más que un tallo frío de ceniza desmenuzada. Debo de haberlo dejado consumirse hace horas. Tengo la espalda húmeda contra la silla de cuero, la camisa pegada por el sudor. Me duele la mandíbula, tan apretada que noto la tensión en las muelas.
Me muevo despacio, probando las extremidades como si hubiera estado cautivo en mi propio cuerpo toda la noche.
Los fragmentos del sueño aún se aferran, pegajosos y perturbadores: la voz de Anya tarareando una vieja canción popular, la risa de Viktor, resonante y metálica, como si viniera de una radio dos habitaciones más allá, y las manos de Seraphina, manchadas de rojo, goteando sangre.
Me paso una mano por la cara, arrastrando la palma hasta la barbilla, intentando sacudirme la niebla del cráneo.
El teléfono descansa boca abajo sobre el escritorio.
No recuerdo a qué hora lo miré por última vez.
¿Medianoche quizá? Quizá más tarde. Seraphina había vuelto al trabajo cuando la vi por última vez a través del sistema de vigilancia, su silueta aureolada por la luz del escritorio, ajena a todo excepto al manuscrito.
Echo un vistazo al monitor en la esquina: apagado. Debo de haberlo desconectado en algún momento. O quizá no. Quizá simplemente me quedé mirando su imagen hasta que las líneas se difuminaron.
Cuando suena un golpe sordo, estoy casi seguro de que lo he imaginado. Pero no consigo quitármelo de la cabeza. No cuando es distante pero lo bastante cerca para erizarme el vello de los brazos. Cerámica contra azulejo, parece. En algún lugar del pasillo. La cocina.
Ya me he puesto en movimiento antes de pensarlo. El instinto me lleva a sacar la pistola del cajón. Los pies descalzos avanzan sin hacer ruido sobre la madera. Años de entrenamiento activándose como un reflejo. Nadie ha entrado nunca por la fuerza en el ático, pero el riesgo aumenta cada vez más.
Conociendo mi suerte, probablemente sea algún cabrón que Viktor ha enviado para meterme una bala en la cabeza después de que lo cabreara.
Tengo cada músculo en tensión cuando entro en el pasillo, el cuerpo rígido, el cañón de la pistola apuntando bajo pero listo para disparar. El hombro me roza la esquina mientras la rodeo rápido, cortando el aire frente a mí con un ángulo practicado.
El arma se alza.
Y me quedo paralizado.
Porque de pie en la cocina, con la mochila tirada sobre la encimera y la boca a medio llenar de galleta de jengibre, está la diminuta amenaza de pelo dorado que es el centro de mi maldito mundo.
—Joder, Taya —suelto bruscamente, bajando la pistola a toda prisa y activando el seguro por si acaso antes de metérmela en la cinturilla. El brazo me cae laxo a un lado. Es solo mi hija, de pie en mi cocina, mordiéndole la cabeza a un hombre de jengibre y juzgándome como si fuera su trabajo.
Lo cual, para ser justos, más o menos lo es.
Ha empezado a nevar detrás de ella, una suave neblina blanca que difumina el horizonte a través de las ventanas. Me mira parpadeando con ojos de búho por encima del borde de una taza con motivos navideños que desde luego yo no compré. Sin duda se la consiguió Nina.
—¿En serio? —grazna Taya, con una expresión de hastío impropia de una niña de doce años—. Te olvidaste de que venía, ¿verdad?
Lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco ante su acusación.
—No tenías que llegar hasta mañana, de hecho —le recuerdo con ironía.
Con los ojos aún entornados de sospecha, oscuros como los míos, Taya da otro mordisco, mastica, traga, consiguiendo de algún modo que hasta eso parezca descarado.
—Sí, bueno. Ruby consiguió que la llevara su primo un día antes, y me aburrí. Nina dijo que estaba bien.
Por supuesto que lo hizo.
—Dijo que has estado ocupado y que no te molestara con los detalles.
De nuevo, pienso: Por supuesto que lo hizo.
—Siempre estoy ocupado, kotyonok...
Me interrumpe con un bufido incrédulo.
—Claro. ¿Con los ojos cerrados y una pistola en la mano? ¿Qué puedes tener que hacer por Navidad?
Me acerco al frigorífico, observando cómo se me tensan los dedos alrededor del asa antes de abrirlo. El aire frío se derrama, gracias a Dios, algo real, algo afilado para cortar la niebla que aún se me aferra al cráneo.
—Todavía no es Navidad. E iba a decir que no hay tarea en el mundo que pudiera hacer que me olvidara de ti. No todo lo que dice tu tía va a misa.
Detrás de mí, se mueve. La oigo deslizarse sobre un taburete. Cuando me doy la vuelta, la encuentro con los codos apoyados en la encimera como si fuera la dueña del lugar.
Lo cual, de nuevo, más o menos lo es.
Taya me cala desde que tenía diez años. Desde que descubrió que solo hago preguntas cuando ya sé las respuestas, que miento con silencios y dejo que otros llenen los espacios en blanco. Es demasiado lista. Demasiado vivaz. Y yo estoy demasiado cansado para seguirle el ritmo.
Dejo una botella de zumo entre nosotros.
—Tienes suerte de que no metiera una bala en la pared —murmuro, más para mí mismo que para ella.
Ella levanta el hombre de jengibre, ahora sin dos extremidades, en un brindis solemne.
—Se lo haré saber al terapeuta de traumas —dice, y da otro mordisco.
Me aclaro la garganta y me acerco a la mochila que ha dejado tirada en el suelo.
No suelo dedicarme a ordenar, pero ahora mismo me viene bien tener algo que hacer con las manos, algo que no implique explicar por qué casi la maté por existir en su propia casa.
Sin embargo, cuando la recojo, pesa un poco más de lo que esperaba.
—Tu habitación está exactamente como la dejaste —digo—. Pero cada invierno hace más frío, así que hay mantas de más en el armario. Llené el frigorífico con tus cosas favoritas.
—¿Lo hiciste?
—Y compré esos cereales que te gustan —añado con suficiencia.
Hay un momento de silencio en el que me regodeo. Hago lo correcto tan pocas veces que el regocijo está justificado, por mucho que su incredulidad pueda doler.
—¿Con las nubes de colores neón? —confirma, inexpresiva.
—Exacto.
—Odias esos cereales. Solías llamarlos «guerra química contra los niños».
—Así es —admito—. Y sigo odiándolos. Pero es Navidad, y eso significa que puedes darte un capricho. Incluso uno extraño que te pudre el cerebro, si eso te hace feliz. Son estas fechas y todo eso...
Se recuesta en el taburete, con una sonrisa asomando en los labios.
—Eres tan intenso cuando te sientes culpable.
Cojo su bolsa y la llevo hacia las escaleras.
—Cuida ese vocabulario.
—Intenso no es una palabrota —me grita—. Solo es triste.
Me detengo a mitad de las escaleras, con la bolsa al hombro, y me vuelvo a mirarla.
Sonríe mientras mordisquea lo que queda de la galleta, con esa misma inteligencia burlona en los ojos que solía aterrorizar a sus profesores. Siempre sabía cuándo alguien iba de farol, siempre sabía cuándo yo ocultaba algo.
Y todavía lo sabe.
Lo que significa que tengo unos quince segundos antes de que empiece a hacer preguntas de verdad, como por qué hay cerrojos de más en la puerta de la biblioteca, o por qué camino como si llevara una semana sin dormir.
Asiento una vez, más para mí mismo, y subo las escaleras con su bolsa, intentando ganar un tiempo que en realidad no tengo.
Abajo, la tetera se enciende con un clic.
Y justo cuando doblo la esquina en lo alto de las escaleras, oigo un segundo par de pasos —suaves, vacilantes— que entran en la cocina.
Se me hiela la sangre.
Seraphina.
Me muevo tan rápido como puedo sin que mis pasos retumben camino a la cocina.
Para cuando llego abajo, ya estoy pensando en cómo arreglar esto.
Es tardísimo, ¿por qué coño ha salido? Estaba trabajando.
Debería... joder, debería estar durmiendo ahora mismo.
Estaba sangrando. Además, nunca sale tan pronto, no a menos que. ..
Doblo la esquina hacia la cocina y me quedo clavado.
Seraphina está de pie junto al mostrador, descalza, con un pijama de franela a juego, camiseta y pantalón.
La tela le queda enorme, le ahoga la figura.
Pero eso no basta para que mis manos olviden cómo se siente ese cuerpo.
Sostiene un libro contra el pecho como un escudo, con la mano vendada oculta magistralmente entre sus páginas.
Taisia sigue sentada justo donde la dejé, parpadeando, atónita, con la galleta todavía suspendida en el aire.
Su mirada va de Seraphina a mí y vuelve.
Su rostro siempre ha mostrado sus sentimientos abiertamente; ¿qué no he sacrificado, qué no volvería a sacrificar, para que crezca sin cuestionarse ese lujo?
Y sin embargo, hay una sucesión tan intensa de emociones que apenas puedo seguirlas.
En algún punto entre el shock, la preocupación, la curiosidad y la ansiedad.
.. pierdo el hilo. Nadie dice una sola palabra.
Me cuesta todo lo que tengo no implosionar.
De alguna manera, es Seraphina quien se recupera primero.
Da un paso adelante con una sonrisa cálida y beatífica.
—¡Hola! —saluda alegremente y le tiende la mano como si fuera la puta princesa Diana—.
Soy Seraphina. Seraphina DeLuca. Lo cual suena mucho a «Soy Bond, James Bond», y ojalá fuera así de elegante, pero qué va.
Que no salga de aquí, pero tengo fama de tropezarme en suelo plano.
Por suerte, no hace falta caminar mucho para lo que estoy haciendo ahora mismo: traducir un documento para tu. .. ¿abuelo?
Dios, es de esas personas que van por el supermercado sonriendo a desconocidos, ¿verdad?
Su discurso es divagante y está salpicado de rarezas que, francamente, me dan ardor de estómago.
Al final, su voz se eleva en una pregunta que apunta directamente a mi yugular, a juzgar por la mirada abrasadora que me lanza.
—Vaya, eso han sido muchas palabras —se ríe Taya, encantada. Ni siquiera recuerdo la última vez que la oí reírse así, tan relajada. Solo es una niña.
—Sí —suelto, terriblemente tenso—. Viktor es su abuelo. Su hija...
—Mi mamá se desplomó por un aneurisma cerebral cuando yo tenía un año —dice Taya como si estuviera terminando mi frase. Como si yo fuera a referirme a la muerte repentina de mi esposa como «desplomarse».
Me tapo los ojos con la mano y niego con la cabeza.
—Taisia.
—Sí, ese es mi nombre, por cierto —dice asintiendo mientras le da otro mordisco a la galleta—. Pero todos me llaman Taya. Papá solo lo usa cuando se pone serio. O sea, cada cuarenta segundos más o menos.
—Mi nombre también es un trabalenguas —dice Seraphina, solidarizándose—. Puedes llamarme Sera.
Abro la boca, pero no sale nada útil. He entrado en algún puto universo alternativo y no sé qué coño está pasando.
Ninguna de las dos me hace caso. Veo a Taisia ofrecerle la caja de galletas, y Seraphina se ofrece a prepararles té a las dos.
Mi hija, a quien nunca he visto beber té, acepta encantada.
Seraphina empieza a moverse por la cocina y, de algún modo, consigue disimular que es evidente que nunca ha estado aquí.
Lo hace entre risas y con esa sinceridad tan suya, tan genuina.
Y yo me quedo ahí plantado todo el rato.
Atónito ante la soltura de Seraphina, que no me esperaba.
He visto mucha insolencia en ella. Al fin y al cabo, puede devolverle las pullas a Nina golpe por golpe.
Conozco bien las complejas profundidades de su descaro.
Pero esto es otra cosa. No trata a Taya con sarcasmo.
Hay una dulzura innata en cómo la mima que no vi venir.
Le habla como les habla a sus putas plantas: la vigilancia me lo mostró, y no puedo quitármelo de la cabeza.
¿Qué se supone que debo hacer con esto?
Lo que me saca de mi ensoñación malhumorada es Taya preguntando:
—¿Cómo es que estás aquí y no en casa del Dedushka Viktor? —en ese tono que Seraphina no puede saber que significa que la están atrayendo a una trampa.
Intervengo antes de que Seraphina pueda decir una puta palabra.
—Tu dedushka y el Dyadya Lev acaban de volver de un viaje a rusia, Taya —explico, rodeando el mostrador y quitándole la taza de té que Seraphina está a punto de darle—. Y tú, señorita, no tienes por qué estar tomando cafeína a estas horas. Necesitas dormir. Venga, levántate.
Con amargura, Taya se limita a girarse y lanzarle a Seraphina un suspiro de resignación. Como si las dos ya estuvieran compinchadas. ¿Pero qué coño? —¿Contigo también es así de insoportable, Sera?
—Oh, él es...
Mi ceño fruncido hace que las palabras se le mueran en los labios.
Bien, pienso. Quizás por fin se le haya encendido la bombilla a esta mujer exasperante.
Tal vez esté, en este preciso momento, cayendo en la cuenta de que soy brigadier de la puta bratva Barinov y de que no debería estar tocándome los cojones.
No tiene ningún derecho a forjar ningún tipo de vínculo con mi hija.
Manda ese pensamiento a la mierda cuando, en lugar de eso, esbozando una sonrisa coqueta, suelta: —No, Taya, tu papá ha sido encantador. Es superamable. ¡Incluso se ofreció a llevarme a casa de mi mamá para nuestra comida de Navidad! ¿Te lo puedes creer?
La. Voy. A. Estrangular.
—¿En serio? —exclama Taya, lanzándome una mirada a medio camino entre el asombro y la incredulidad.
Me cuesta horrores forzar una sonrisa tensa y decir: —Taisia. Arriba. Di buenas noches, kotyonok.
—¡Uf, vale! —resopla Taya, bajándose del taburete—. ¡Buenas noches! Papá, tú también vete a la cama. No puedes trabajar todo el rato. Un día de estos vas a pegarle un tiro a alguien sin querer. Tienes una pinta de agotado que no puedes con ella.
—Qué bonito, gracias. Vete a la cama. Es la última vez que te lo digo.
Algo de esa furia atronadora debe de brillar en mis ojos, porque esta vez me hace caso de verdad y sale pitando de la habitación.
Seraphina espera exactamente un segundo antes de empezar: —Damir...
Le espeto: —Vete a la puta cama, Seraphina. Ya me ocuparé de ti más tarde.
Golpeo la taza contra la encimera con tanta fuerza que es un milagro que no se haga añicos. Lo que sí hace, por desgracia, es derramarse. Estoy tan cabreado que me importa una mierda. Cuando me alejo de ella hecho una furia, no la miro.
Por primera vez en días, descubro que he perdido las ganas de hacerlo.
No es ningún alivio.