CAPÍTULO 13 – Seraphina #2
Me agarra la mano izquierda.
—Tu mano de escribir —reflexiona, con voz suave, casi admirativa—. Has hecho un buen trabajo. Pero necesitas un recordatorio.
—No —jadeo, intentando zafarme—. No, no, no tienes que...
Coloca la cuchilla en la base de mi dedo anular. No en la punta. En la cutícula. Me mira una vez, con una leve sonrisa.
Entonces hace palanca.
La agonía estalla.
No es solo dolor. Es algo que llega hasta los nervios, un blanco abrasador y tan específico que roza la posesión quirúrgica. Un solo hilo de mí, desollado. Mi grito resuena en las paredes: no es un lamento dramático, sino un sonido animal, desgarrado.
No la arranca de una vez. Trabaja con cuidado, metódicamente: levanta, pela, corta.
Unas gotas de sangre caen en el borde del manuscrito. No un torrente. Solo lo suficiente para traicionarme.
Cuando finalmente termina, sostiene la uña entre dos dedos como un trofeo. La sangre brota de la punta de mi dedo y brilla bajo la luz de la biblioteca. Todo mi cuerpo se convulsiona de dolor. Ni siquiera puedo llorar. La visión se me oscurece en los bordes.
Viktor guarda la uña en el bolsillo con aire ceremonial.
—Tradición —dice.
Los guardias me sueltan. Me desplomo de rodillas mientras Viktor y sus hombres se marchan.
Me quedo inmóvil en el borde de la silla tapizada de terciopelo, acunando la mano palpitante contra el pecho como si fuera algo precioso y moribundo.
La sangre me resbala por la palma, cálida y pegajosa.
Palpita con cada latido del corazón, un pulso enfermizo y húmedo que gotea por la muñeca en lentos regueros.
El sonido de unos pasos que se acercan hace que se me tensen los hombros. Levanto la vista, y ahí está.
Damir.
No habla. No se inmuta. Su mirada encuentra la mía primero, luego baja hacia el desastre que estoy haciendo en su alfombra. Espero asco. O ira. O peor aún, indiferencia. Pero lo que veo es... contención. Algo tenso e innombrable que le aprieta la mandíbula mientras se acerca.
Se arrodilla frente a mí. El movimiento es silencioso, eficiente, pero veo la tensión que vibra bajo su piel. Las manos no le tiemblan, pero algo en su postura parece inestable. Como si arrodillarse para esto —atender a una mujer brutalizada frente a él— ya le hubiera quitado algo.
—Déjame ver —dice, con voz baja. Plana.
Me encojo, instintiva y estúpidamente.
—No.
Levanta la vista, con la mirada firme.
—No voy a hacerte daño.
—¿Crees que eres un héroe por eso? Tú... tú eres cómplice. Tampoco lo detuviste. Te supliqué, y tú simplemente... —Las palabras brotan antes de que pueda filtrarlas. Afiladas y feas. Quedan suspendidas entre nosotros como cristales rotos. Y no lo lamento.
Damir no se defiende. No se enfada. Solo asiente una vez. Un reconocimiento apenas perceptible.
—Lo sé —dice en voz baja. Luego coge la pequeña bolsa negra que debe de haber traído consigo y la abre con dedos expertos. Toallitas de alcohol. Gasas. Un pequeño frasco de antiséptico. Guantes.
Por supuesto que tiene un botiquín de primeros auxilios. Por supuesto que está impecablemente surtido.
—Debería ir a un hospital —murmuro. No lo digo en serio. No del todo. Sé que no es una opción. Solo quiero recordarnos a ambos que esto... esto no es normal.
—Vivirás —dice, tomándome la muñeca con suavidad. Su tacto es clínico. Neutro. Pero la mandíbula se le tensa cuando siseo al sentir el contacto—. Por los pelos. Estate quieta.
Me abre la mano lentamente. No puedo mirar, o eso me digo. Pero miro. Siempre miro. La uña del anular izquierdo ha desaparecido, arrancada de cuajo. La piel de debajo está roja, en carne viva, y sangra a borbotones. Un pedazo de carne rosada expuesta que antes era algo limpio y entero.
Se me escapa un sonido desde el fondo de la garganta. No es exactamente un sollozo. Ni un grito. Solo un gemido animal, estúpido, de protesta.
Damir no dice nada. Empapa una gasa en antiséptico y me la presiona contra la herida.
Jadeo. El dolor es abrasador, un relámpago detrás de los ojos. Las piernas se me sacuden, los muslos chocando entre sí como si pudiera huir de la sensación.
—Respira —ordena—. Tienes que dejar que te corte la hemorragia.
—Fácil decirlo —jadeo, con los dientes tan apretados que me duele la mandíbula—. Tú aún tienes las uñas intactas.
Algo afilado le cruza el rostro. No es diversión. No es ira. Solo... arrepentimiento. O culpa. Algo terrible.
A partir de ahí trabaja deprisa. No se detiene a consolarme. No ofrece falsas palabras de consuelo. Limpia la herida, corta la hemorragia con presión y gasa estéril, y me la venda con cinta blanca, demasiado brillante contra mi piel.
—Listo —murmura mientras fija la última tira—. Aguantará. Vas a necesitar antibióticos.
—¿Y me das una piruleta, papi? —digo con la voz ronca y quebrada.
Damir no sonríe. Pero alza la mirada hasta encontrar la mía. Me observa durante un largo segundo. Como si intentara decidir si va a derrumbarse o estrecharme contra él como si fuera algo sagrado y frágil.
En cambio, hace algo peor. Alarga la mano con esos mismos guantes manchados de sangre y, con suavidad, me aparta un rizo rebelde de la cara. Luego resopla:
—«Papi» está bien. Pero guárdate ese para otra ocasión.
Parpadeo demasiado rápido, intentando ahuyentar el escozor de los ojos, pero no funciona. Nunca funciona. El dolor no está solo en la mano: está bajo las costillas, en el hueco detrás de la garganta, ese pequeño espacio apretado donde se acurruca la pena cuando nadie le da permiso para florecer.
Damir sigue en cuclillas frente a mí, observándome con esa calma indescifrable que lo empeora todo.
No lo mejora. Lo empeora, porque no sé qué se supone que debo hacer con eso.
Porque ¿cómo puede hacer esto? ¿Cómo puede ser así?
Sexy y dulce y gracioso y atento, después de todo.
Después de haber visto a su jefe mutilarme como si fuera un mero trámite.
Su mano se demora cerca de mi rodilla, vacilante. No creo que él sea consciente.
El pecho se me agita. Un pequeño hipo entrecortado, y entonces estoy llorando.
En silencio, al principio.
Luego con más fuerza. Sin lamentos, sin teatralidad. Solo los hombros temblorosos, la barbilla temblándome sin control. La mano buena se me aferra al dobladillo del jersey como si pudiera anclarme a la tela, a lo que sea. Me aparto de él, humillada porque me estoy desmoronando por una puta uña.
Solo que no es solo eso.
Es todo.
La jaula. El manuscrito. La sangre. La certeza insoportable de que nunca volveré a ser quien era antes de que me arrastraran a este mundo. De que alguna parte de mí ya se ha calcificado en algo nuevo, más cruel, más afilado.
Damir exhala despacio. Entonces se mueve.
No para alejarse. Para acercarse.
Sin decir palabra, me rodea la cintura con las manos y me levanta. Sin esfuerzo. Como si no pesara nada. Como si la suma de mi miedo, mi furia y mi dolor fuera algo que estuviera dispuesto a cargar.
Se sienta en el suelo con las piernas dobladas bajo él y me atrae hacia su regazo.
No me resisto. Me derrito. Me sorprende lo fácil que resulta. Mi cuerpo se acurruca contra el suyo como si hubiera estado esperando permiso.
Sus brazos me rodean. Una palma ancha en la espalda, la otra acunándome la nuca.
Dejo caer la frente contra su clavícula, respirando su olor: cuero, antiséptico y algo vagamente amaderado. Todavía tiemblo, pero menos. El tipo de temblor que viene de las réplicas, no del terremoto en sí.
Su mano se desliza suave por mi espalda.
—No te merecías eso —dice, tan bajo que parece un fragmento de sueño—. No te lo merecías. Lo siento. No sabía qué hacer. Todavía no sé qué coño hacer.
No puedo responder. Me acerco más.
Mi rostro se inclina instintivamente y le roza la mandíbula. El calor de su piel me sorprende. Está tan caliente. De pronto soy consciente de lo fría que estoy yo.
Nuestros ojos se encuentran. Y sucede. No como una decisión. Ni siquiera como un accidente. Simplemente como algo inevitable.
Mi boca roza la suya.
Algo suave. Apenas un roce.
Él no se mueve. No lo profundiza. Solo deja que suceda.
Y entonces...
Exhala.
Sus labios reclaman los míos de nuevo, más firmes ahora, deliberados; la contención de su tacto da paso a algo más ardiente, más hambriento.
Una mano me agarra la cadera, los dedos clavándose lo justo para anclarme, mientras la otra se enreda en la espalda de mi jersey y me atrae más cerca hasta que no queda espacio entre nosotros.
Suspiro contra él, un sonido suave y tembloroso, y es como una cerilla encendida en la oscuridad: algo en ese suspiro nos deshace a los dos.
El beso se profundiza, ya no tentativo sino anhelante, a boca abierta, abrasador.
Sus dientes me rozan el labio inferior, un mordisco afilado y fugaz que me hace jadear mientras el calor me inunda las venas; no solo lujuria, sino la sensación cruda y abrumadora de ser vista, de ser sostenida por alguien que me vio sangrar y no se inmutó.
Sus manos se tensan, posesivas pero cuidadosas, conscientes de mi mano herida acurrucada contra su pecho.
Se recoloca, y su tacto esquiva la herida con una ternura que vuelve a romperme el corazón.