Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 12 – Damir
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CAPÍTULO 12 – Damir

La biblioteca resplandece tenuemente bajo la luz del amanecer; haces difusos se filtran a través de las enormes ventanas y envuelven la habitación en una neblina apagada.

Me quedo en el umbral, silencioso, invisible.

Seraphina está sentada ante el escritorio, con las piernas cruzadas en la silla descomunal, ajena a todo excepto al manuscrito desplegado frente a ella.

Las gafas se le han resbalado hasta la mitad de la nariz y tiene los dedos manchados de tinta, con el lateral de la mano embadurnado tras horas de trabajo incansable.

No para de hablar consigo misma, ininteligible.

Capto palabras sueltas aquí y allá, pero sobre todo me limito a observar cómo sus labios se mueven esporádicamente, cómo las yemas de sus dedos inquietos trazan patrones sobre las frágiles hojas de vitela.

Puede que el sonido sea demasiado tenue para entenderlo, pero la cadencia resulta hipnótica.

Hay una reverencia en su forma de moverse, una delicadeza en cómo se acerca a cualquier cosa que toca, distinta a todo lo que he conocido.

Lo que no significa que sea ordenada. Al contrario, es desconcertantemente desordenada con todo excepto con el puto manuscrito.

Le susurra mimos de vez en cuando. Incluso mientras trabaja, mientras las horas se funden unas con otras, sus herramientas están esparcidas a su alrededor —pinceles, lupas, escalpelos delicados para levantar la mugre sin rasgar la historia— sin sistema alguno, aunque al principio estaban perfectamente ordenadas.

Ahora todo es un caos. Y sin embargo, no la veo mirar antes de coger lo que necesita.

De algún modo, hay un método en su locura.

Lo cual, por supuesto, no quita que sea una locura.

La observo inclinarse más sobre el escritorio; su aliento empaña el fino papel de calco colocado sobre el manuscrito.

Lo ajusta con cuidado, las yemas de los dedos ligeras como plumas.

Tiene los hombros encorvados por la concentración, y pequeños músculos se mueven bajo la tela de otro de los jerséis que se ha puesto.

Le pedí a Nina que cogiera cosas de su apartamento, pero la verdad es que no hay nada en sus jerséis informes que diferencie uno de otro, aparte de la amplia gama de tonos joya en que los ha acumulado.

Por desgracia, el verde esmeralda intenso del de hoy resalta motas verdes en lo que yo creía que eran simples ojos marrones.

Me distrae. Ella me distrae, esta peculiar ermitaña convertida en rehén por la que obviamente he sufrido algún tipo de jodido colapso mental provocado por el duelo.

¿La habría sacado igualmente de su celda y traído a mi casa si sus gritos no me hubieran recordado a los de Taya?

¿Estaría tan a flor de piel si no se acercara otro de los cumpleaños de Anya perdidos en el vacío? No lo sé. Y tampoco puedo averiguarlo.

Está instalada aquí hasta nuevo aviso. Todo es obra mía, y lo más probable es que sea en vano. No puedo reescribir su final. Ni siquiera he podido reescribir mi propio jodido final.

Llevo días diciéndome que debería sacarla de este estupor en el que ha caído, de este acogedor cubil que se ha hecho en mi biblioteca. Debería recordarle que es una prisionera, no una académica residente. Aunque fui yo quien la instaló aquí.

Pero no lo hago. No puedo.

Solo la observo. No puedo dejar de observarla, joder.

Por lo que sé, está murmurando en ruso o latín o algo completamente distinto.

Entonces, ¿por qué demonios —que el cielo me ayude— no quiero que pare?

Algo en su presencia llena el silencio de un modo que ni siquiera el zumbido distante de la ciudad consigue.

Un latido bajo y vibrante contra el vasto y estéril silencio que he construido a mi alrededor.

Para un hombre que trafica con el control, con consecuencias medidas al milímetro, observarla trabajar resulta peligrosamente cercano a una rendición que no puedo permitirme.

Seraphina se mueve ligeramente y un rizo oscuro se suelta del moño desordenado que lleva en la coronilla. Se desliza hacia abajo, roza la curva de su hombro y atrapa la luz como terciopelo hilado.

Aprieto la mano alrededor del marco de la puerta sin darme cuenta.

No pertenece a este lugar, me recuerdo. No me pertenece a mí.

Y sin embargo... una parte traidora de mí desearía que así fuera.

Entonces se mueve de nuevo, estira los brazos por encima de la cabeza, y mis ojos me traicionan antes de que pueda detenerlos.

El jersey se le sube ligeramente y deja al descubierto una franja de piel morena y cálida en la parte baja de la espalda, la delicada hendidura de su cintura que se curva hacia caderas llenas y suaves.

Las mallas se ciñen a su cuerpo, y el movimiento tensa la tela, enfatiza la silueta voluptuosa de su trasero, la fuerza natural con que se mueve incluso cuando no sabe que la observan.

Su cuerpo se curva de formas que me hacen querer hundir los dientes en su carne.

Exhalo despacio, intentando reprimir el calor indeseado que me sube bajo la piel.

No es solo que sea hermosa.

Muchas mujeres son hermosas.

Hay algo más en Seraphina. Una suavidad a la que parece prohibido acercarse, y mucho menos tocar.

Maneja la historia como si estuviera viva, como si un toque en falso pudiera matarla.

Hay reverencia en cómo se mueve, en cómo sus dedos rozan las páginas, en cómo trata las palabras muertas como si aún tuvieran aliento.

Está viva de un modo en que la mayoría de la gente no lo está. Al menos nadie que yo conozca. Y después de años viviendo entre los muertos —hombres que matan sin pestañear, mujeres que mienten con sonrisas tensas sobre ojos vacíos— resulta desconcertante.

Cautivador.

Apoyo la cabeza contra el marco y dejo que el roble macizo soporte el peso de mi cuerpo. Intento anclarme.

Si Viktor supiera con qué atención la observo... si Viktor siquiera sospechara que se está convirtiendo en algo más que un activo para mí...

No dejo que el pensamiento termine.

Ya quiere verla muerta. Que lo estará, al final de todo esto, es una conclusión inevitable para él. No sé por qué me planteo otra cosa. Ni siquiera entiendo por qué Nina no me lo ha restregado por la cara, como llevo cuatro días esperando que haga.

Probablemente porque mi atención no deja de volver al presente. Que, ahora mismo, es Seraphina inclinándose más hacia el manuscrito, con el ceño fruncido, completamente ajena a todo lo que no sea su proyecto.

Han pasado cuatro días desde que está en lo único que me queda de hogar.

Y lo único que puedo hacer es pensar en ella, joder.

Pienso en ella cuando estoy en el ático y cuando no.

La busco con la mirada. Me irrita que no se haya unido a nosotros para otra comida y que solo aceptara una bandeja cuando Nina entró y la obligó.

No debería importarme tanto. Las complejidades de la existencia de Seraphina DeLuca no deberían tener ninguna jodida importancia para mí.

—Te has levantado temprano —digo sin haberlo planeado.

No soy un hombre que se deje llevar por los impulsos.

Aunque tampoco estoy acostumbrado a sentir esa ráfaga de diversión cuando se sobresalta de forma tan dramática, con un gritito y toda la sangre del cuerpo agolpándosele en el rostro.

Las gafas le resbalan por la nariz y se las sube con un gesto distraído de los dedos manchados de tinta.

Se deja una mancha negra en la punta de la nariz. Es adorable hasta doler.

—El tiempo es un constructo social —dice aturdida.

Avanzo hacia el interior de la habitación. Los pálidos rayos caen entre nosotros y proyectan largas sombras sobre la alfombra desgastada.

—¿Has dormido algo, Seraphina? —pregunto, deteniéndome a unos metros de su escritorio.

Ladea la cabeza y me estudia como si esta vez el enigma fuera yo. La boca se le tuerce en una sonrisa ladeada, la incredulidad patente en su rostro.

—¿Y tú, Damir?

No respondo. Ella tampoco. Nos quedamos ahí un instante, dos criaturas obstinadas bordeando algo que ninguno de los dos quiere nombrar.

Finalmente parpadea, rompiendo la tensión, y vuelve a su trabajo. Cuando habla de nuevo, su voz suena más suave, pero no menos afilada.

—En realidad no te importa lo que hay en este libro, ¿verdad?

No respondo.

No porque no tenga una respuesta.

Sino porque la verdad es más complicada de lo que puedo explicar con palabras.

Me ordenaron que me importara. Que lo priorizara.

Que lo viera como una baza. Nada más, nada menos.

Admitirlo me expondría a la pregunta de por qué me esfuerzo tanto en mantenerla viva, aunque cautiva, si me importa una mierda el meollo de este proyecto. No pienso hacerlo.

Tampoco es que ella espere una respuesta. Su pluma ya se desliza de nuevo sobre una hoja de vitela, los dedos firmes, seguros. No vuelve a levantar la vista. No lo necesita.

La pregunta queda suspendida entre nosotros, pudriéndose. Aun así, no digo nada.

Sigue trabajando; el rasgar de la pluma contra el pergamino es el único sonido entre nosotros.

Debería irme. Dejarla enterrarse en símbolos y tinta, en un mundo donde solo existo como una sombra que observa desde un rincón. Pero soy incapaz de moverme. Me limito a observarla con atención, disfrutando no poco de lo rápido y evidente que la desconcierte.

—Tiene capas —suelta finalmente—. Santos, días de fiesta, confesiones…

Deja la pluma, se recuesta en la silla y suelta un largo suspiro que levanta el rizo suelto que le cae por el cuello.

—Esto no es solo un libro de cuentas —murmura—. Es un legado. Y lo ocultaron por alguna razón.

No sé por qué, pero la certeza en su voz hace que algo se me retuerza en las entrañas.

Gira en la silla y me encara por completo por primera vez esta mañana. Las gafas le captan la luz y le oscurecen los ojos un momento, pero tiene la boca firme, seria, segura.

—Viktor no quiere preservar ningún legado —digo antes de poder contenerme. Las palabras se me escapan, más amargas de lo que pretendía—. Quiere una baza.