CAPÍTULO 10 – Damir
El humo se eleva en espirales grises y vaporosas, y se disipa hasta desaparecer por completo.
El olor es acre, lo impregna todo, desde la madera de mi escritorio hasta las paredes.
Lo observo ascender desde el borde del cigarrillo mientras se consume en el cenicero de cristal.
No lo he tocado desde que lo encendí, ni se me pasaría por la cabeza.
Rara vez los fumo. Y cuando lo hago, casi nunca los termino.
La verdad es que solo los enciendo por el olor.
Penetrante. Amargo. Familiar.
La oficina está en silencio, salvo por el zumbido bajo del radiador y el tic-tac ocasional del reloj antiguo a mi espalda.
La chaqueta cuelga del respaldo de la silla.
Los puños de la camisa, arrugados donde los antebrazos se me hunden en el escritorio.
Papeles esparcidos frente a mí, algunos medio tachados, otros anotados por manos menos cuidadosas que las mías.
Nombres, fechas, velos finos sobre sangre espesa. Lo de siempre.
Ni siquiera los estoy mirando de verdad.
Ahora mismo, no.
El cigarrillo arde sin prisa. Compré un cartón el invierno pasado en un callejón de Kiev, a un hombre que parecía llevar años sin fiarse ni de sí mismo. La marca era rusa. Sin filtro. La marca de Anya.
Incluso cuando estaba furiosa, encendía uno primero. Siempre. Decía que así tenía algo que sostener que no fuera un arma.
«El fuego me impide cortar», solía bromear. Solo que no era broma.
Todo lo que salía de su boca olía a fuego.
Incluso lo bueno. Sobre todo lo bueno.
Ahora alcanzo el cigarrillo, lo giro en el cenicero, le doy un golpecito en la punta. La ceniza se deshace como nieve. Sigo sin darle una calada. Solo el ritual. Solo la ilusión.
Fuera, la ciudad brilla como una boca llena de dientes de oro. Incluso a esta altura, la siento respirar, esperando. Una de esas noches en las que todo lo que amas desaparece o intenta dejarte.
Y aquí estoy yo, sentado, respirando humo como si pudiera devolver un recuerdo a la vida.
No me extraña que Shura piense —y me lo haya dicho a la cara, de hecho— que he perdido la puta cabeza.
Que no sé qué coño estoy haciendo. Que esto va a ser mi maldito funeral.
Lo dijo, concretamente, cuando le conté que iba a trasladar a Seraphina al ático.
Me miró como si acabara de anunciar que pensaba entregarle una pistola cargada y darle la espalda.
Discutió, por supuesto. Siempre lo hace, cuando importa.
Dijo que era demasiado arriesgado. Demasiado pronto. Demasiadas variables.
No se equivoca.
Pero tampoco está al mando.
Viktor y Lev están en la otra punta del mundo, envueltos en sus propias intrigas, en habitaciones frías donde se toman decisiones y la gente desaparece.
Estarán fuera otras setenta y dos horas, más o menos.
No es mucho, pero es algo. Una ventana. Un respiro.
Tiempo suficiente para sacarla de la oscuridad, de la celda. A algo menos... deshumanizante.
Esta noche estaba diferente.
Eso es lo que se me queda clavado, como algo bajo la piel.
Tenía color en la cara otra vez, como alguien que recordaba lo que se siente al estar viva.
Los ojos le iban rápido. Demasiado rápido.
Pensamientos que encajaban en su sitio, veloces como el azogue.
Lo vi en cómo hablaba, intercambiando pullas con Nina como si no estuviera comiendo bajo vigilancia.
Como si no supiera lo bien que escuchan las paredes aquí.
No debería importarme.
Y sin embargo.
A Nina le había encantado, naturalmente. Siempre le encanta el espectáculo, tormenta en un vaso de agua como es. Las vi intercambiar golpes, y por un segundo, casi olvidé por qué estábamos todos aquí.
Casi.
Pero no del todo.
No consigo olvidar. Estoy bien, voy tirando, y entonces Nina gira la cabeza y se ríe, y la curva de su boca me golpea justo donde duele, y se me revuelve el estómago.
Siempre es así con ella, y no es su puta culpa.
Es que se parece demasiado a ella. Los mismos pómulos afilados.
Los mismos rasgos élficos. La misma postura, incluso, como si la habitación le debiera algo.
Los mismos ojos, incluso. Esa forma de atravesarte con la mirada.
Otra mujer Barinov, solo que no la que echaré de menos para siempre.
Nina es un problema aparte. La quiero. De verdad.
Viene siempre que se lo pido, ayuda en lo que puede.
Pero me agota. Me hiere, sin querer. Lo peor quizá sea que ella lo sabe y no me juzga por mantenerla a distancia.
Ni siquiera lo menciona, finge amablemente que no lo ve.
Como si no fuera una Barinov y como si a los Barinov se les escapara algo.
Parpadeo con fuerza, me obligo a volver al presente. Me lo quito de encima.
Basta.
Los dedos se me van hacia el teléfono. Ni siquiera me doy cuenta de que lo he cogido hasta que noto el peso en la palma. La pantalla se ilumina.
16:01.
Dudo. Solo un segundo. Luego pulso llamar.
La llamada conecta al tercer tono.
—Hola, papá —dice ella al otro lado de la línea.
Así, sin más: suave, cautelosa, cálida. La palabra me arranca algo del pecho. A veces olvido lo pequeña que todavía suena su voz. Se ha vuelto más fuerte con los años, más segura de sí misma, pero aún hay un hilo de vacilación cuando me llama. Aún tanteando el clima en mi tono. Mi niña.
Cierro los ojos. —Hola, kotyonok.
Hay un momento de silencio, como si estuviera midiendo algo.
—¿Dónde estás? —pregunta.
—En casa.
—Suenas raro.
Exhalo por la nariz, me giro un poco en la silla, observo la ciudad derramarse contra el cristal. —¿Hay alguien ahí? —añade, como si no supiera si está interrumpiendo algo o solo intenta leer la estática entre sílabas.
—No —digo, demasiado rápido. Luego, más bajo—: No. Solo yo.
Otra pausa.
—¿Qué tal la visita al museo?
Eso es todo lo que hace falta. Taisia Sokolov es, ante todo, hija de su madre. Se lanza sin preámbulos, la voz alzándose con ese entusiasmo que no tiene nada que ver conmigo y todo que ver con el mundo que está construyendo sin mí. Es necesario. Es lo que he querido para ella. Es lo correcto.
—Vimos un icono, ¿bizantino, creo? Tenía los ojos completamente huecos, como si te juzgara desde la eternidad.
Ruby dijo que parecía un zombi, y me dio la risa en medio de la visita.
Un tipo con pantalones de pana me lanzó una mirada, pero sinceramente, tenía que relajarse.
La cosa tenía dientes, papá. Dientes de verdad.
Alguien los talló. ¿Para qué iba a necesitar un santo molares?
No digo ni una palabra. La dejo parlotear y escucho embelesado.
Es mi parte favorita: oírla hablar cuando olvida protegerse. Cuando el peso que carga se redistribuye, aligerado por el entusiasmo y la incredulidad preadolescente. Ya no lo hace tan a menudo. Ahora es más cautelosa. Está creciendo, más rápido de lo que puedo digerir.
—Ruby está obsesionada con el true crime —parlotea—.
O sea, lo entiendo, los pódcast molan, pero es raro, ¿no?
Sonríe cuando habla de asesinatos. Estamos ahí sentadas en la cafetería y va ella y dice: «Dios mío, ¿has leído sobre el caso del torso de Oklahoma?
». Y yo intentando comerme un sándwich. O sea, deja de sonreír cuando dices decapitación, Ruby.
Me río, bajito, de verdad.
—¿Ah, sí?
—Sí —murmura—, y luego me preguntó si creía en fantasmas, y le solté: solo en los que viven en tus malas decisiones.
Resoplo. Me pilla desprevenido.
—Eres lista.
—Sí, bueno. Tú eres el que me hizo memorizar a Shakespeare antes de dejarme ver dibujos animados.
—Eso no es verdad.
—Tienes razón —dice con un suspiro—. Era Tolstói. Tuve que ganarme a Shakespeare.
Me recuesto en la silla, la mandíbula aflojándose mientras sigue hablando. Durante unos preciosos minutos, recuerdo lo que es ser padre y nada más.
No dura mucho. Nada dura nunca, en realidad.
Al final, se queda callada de una forma inquietante. Es ensordecedor.
—Papá... —empieza, y se me cae el alma a los pies—. ¿Recuerdas qué día es hoy?
Me quedo inmóvil.
Los sonidos de la ciudad —sirenas amortiguadas, el zumbido sordo del viento contra el cristal— se desvanecen, como si la propia habitación contuviera el aliento.
Claro que lo recuerdo.
Hoy, Anya Barinov-Sokolov habría cumplido treinta y cuatro años.
—Sí —digo.
Sale más áspero de lo que pretendo. Apenas más que gravilla arañando la garganta. Ella no dice nada por un momento. Luego, más ligera, con un encogimiento de hombros forzado en la voz: —Le pedí a la señora del dormitorio un pastelito en el almuerzo. Dijo que era un detalle muy bonito.
—Lo es, Taya.
Otro silencio.
Este se alarga.
La oigo respirar, ligera y acompasada, al otro lado. Como si esperara a ver si cambio de tema. Como si no quisiera, pero lo hará si se lo pongo fácil.
—No la recuerdo —dice Taya al fin—. Pero a veces siento que sí. ¿En sueños, quizás?
Cierro los ojos.
El cigarrillo sigue en el cenicero, consumiéndose. Mis dedos se cierran en torno a otro. Enciendo el mechero antes de poder evitarlo. Veo la llama prender y apagarse.
Anya siempre sabía qué decir.
Incluso cuando no lo decía en serio.
¿Y yo?
Construyo su mundo a base de muros. De cosas de las que nunca hablo. De advertencias que no puedo darle y recuerdos que no puedo dejar que cargue. Todo para darle una buena vida.
Ni siquiera ahora puedo responder. No puedo decirle lo que veo cuando miro su cara y aún atisbo la sonrisa de Anya, reflejada en sus huesos y su respiración. No puedo decirle que a veces me despierto convencido de oír a su madre tarareando en la cocina.
—¿Puedes contarme algo de ella? —pregunta Taya de repente—. Lo que sea... ¿cualquier cosa que recuerdes?
Se me cierra la garganta antes siquiera de procesar la pregunta. Miro fijamente hacia delante, hacia la pared del fondo del estudio —más allá de los volúmenes encuadernados en cuero, más allá del borde de mi reflejo en el cristal—. No estoy viendo nada de eso. La estoy viendo a ella.
Tulipanes.
—Le gustaban los tulipanes —digo. Mi voz suena firme, pero demasiado plana, demasiado lenta—. Odiaba el encaje. Decía que parecía moho de cortina.
Un instante de silencio.
—¿Eso es todo?
Exhalo por la nariz. —Siempre me corregía la gramática. Incluso cuando estaba enfadada. Sobre todo cuando estaba enfadada.
No digo cuánto me molestaba. Esa lengua afilada, siempre pillando cada palabra que torcía. Solía contestarle mal, hasta el día en que me di cuenta de que lo hacía para no decir las otras cosas. Las que nos habrían destrozado.
—¿Cantaba? Me parece que recuerdo...
—Desafinando —respondo demasiado rápido—. Y a voz en grito. Recuerdas bien. Solía inventarse canciones para cantarte cuando eras bebé. Sí que lo hacía.
Una risita llega por el altavoz. Suena a luz del sol. O sonaría, si yo creyera en esas gilipolleces.
Luego la risa se apaga.
Una pausa.
—No hablas mucho de ella.
No suena a reproche, pero lo parece. No es inmerecido.
—Lo sé —admito, con las palabras empapadas de esa miseria que solo nosotros dos entendemos.
—Me cuesta más fingir que la recuerdo, papá.
Cierro los ojos de nuevo. Me duele el pecho con una presión que no proviene de balas ni de golpes. Es más antigua. Más profunda.
—Me esforzaré más —murmuro—. Nunca quiero decepcionarte, Taisia. Ni a tu mamá. Me resulta insoportable que llegues a olvidar que vienes de una mujer que habría incendiado el mundo por ti.
No suelo ponerme poético con ella. Esta noche, ya que estoy rompiendo todas las demás putas reglas, ¿por qué no? Es la verdad. Es insoportable. Igual que la nota de melancolía en la voz de nuestra pequeña, que se derrama por la línea desde la puta Nueva Inglaterra.
—Vale —suspira con dulzura.
Exhalo aliviado, con toda la discreción que puedo.
—Duerme bien esta noche, ¿vale?
—Vale. Dile a Nina que más le vale traerme chuches.
—Lo haré.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches, Taya.
La línea se corta.
No me muevo.
Durante mucho tiempo.
El cenicero humea. El cigarrillo se consume hasta la nada. Y me quedo sentado en la oscuridad con el fantasma de una voz que no he oído en años, que aún resuena en algún lugar entre mis costillas.