Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 9 – Seraphina #3
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CAPÍTULO 9 – Seraphina #3

Reznikov. Conozco ese nombre. Lo vi en las anotaciones marginales, marcado como una firma oculta a plena vista.

—Reznikov... —digo despacio, procurando sonar despreocupada—. Pensé que era una referencia. Como un santo. O un escriba.

Nina sonríe con suficiencia.

—Él pensaba que era ambas cosas. ¿Ese manuscrito? Salió directamente de su herencia después de que muriera en un incendio que olía mucho a queroseno y arrepentimiento. ¿Tu trabajo ahora? Terminar lo que él empezó sin acabar en llamas tú también.

El silencio se prolonga medio segundo de más.

Entonces Damir carraspea.

—Basta. Come —dice. Su tono no es duro, pero sí definitivo—. Puedes mirar primero, si todavía crees que te van a envenenar.

Lo hago.

Pincha un trozo de pollo de mi plato, mastica, traga. No se le derrite la cara. Nadie convulsiona. Suelto el aire.

Me tiembla un poco la mano mientras me lanzo. Solo un bocado.

Y luego otro.

La comida es real. Lo bastante real como para romperme.

Piel crujiente, patatas con mantequilla, sabor que golpea tan fuerte que duele. Mi cuerpo recuerda cómo comer antes que mi cerebro. No es un capricho, es una necesidad. Como volver a llenar de algo cálido un recipiente agrietado por días de nada.

Intento no disfrutarlo.

Fracaso.

Cada bocado es una traición.

Cada momento de normalidad es una trampa con maridaje de vinos.

Cuando doy el último bocado —un último tenedor de patatas al romero arrastrado despacio por el plato—, tengo el estómago demasiado lleno y demasiado vacío a la vez.

No es consuelo. Solo combustible. Solo otra forma de rendición a la que no consentí.

El silencio zumba de nuevo, más potente ahora, como si la habitación estuviera exhalando a mi alrededor.

Damir se levanta con esa gracia pausada que parece estudiada. Dobla la servilleta con meticulosidad remilgada —por la mitad, luego en cuartos— antes de dejarla junto al plato. Me reiría de esos modales tan cursis en un hombre tan corpulento y de aspecto siniestro si no me tuviera tan turbada.

—Tengo algo de lo que ocuparme —anuncia con tono ominoso. Su voz es neutra, cortante, vagamente formal. Como si acabáramos de cerrar una tediosa reunión de consejo en lugar de una cena con rehén.

Nina lo mira y curva los labios en una sonrisa que es todo brillo y dientes.

—Buena suerte —le canturrea.

Damir aparta la mirada de ella y la posa en la mía.

Solo un instante. No dice nada. Solo gira sobre sus talones y hace su truco favorito: salir de la habitación.

Y desaparece, enfilando el pasillo con zancadas largas que devoran el suelo como si nada.

Su silueta se pierde a la vuelta de la esquina.

No hay portazos. No resuenan pasos. Solo una ausencia palpable en su estela.

Me quedo mirando el espacio donde estaba, y algo aceitoso se me revuelve en el estómago.

Probablemente va a secuestrar a alguien más ahora. O a interrogar. O a mutilar. O a hacer una llamada que acabe con alguien tirado en un río con bridas en las muñecas.

Esto no es una cena de gala. Sigo siendo una rehén. Da igual lo caros que sean los platos.

Mi mirada se desliza hacia el cuchillo de carne junto a mi vaso de agua.

Ni siquiera está dentado. Inútil. Simbólico.

No intento cogerlo.

No necesito el simbolismo ahora mismo.

Necesito una salida.

Necesito un plan que no me deje muerta antes de descubrir siquiera en qué retorcida búsqueda del tesoro me han metido.

Tengo que ganarme la salida, como dijo Damir.

Miro al otro lado de la mesa. Nina sigue sentada, todavía agitando lo que queda de su vino como si fuera una tarde de domingo perezosa y no el preludio de un posible asesinato. Sus ojos se encuentran con los míos con esa diversión gélida que lleva como perfume. Como si estuviera esperando algo.

Sin querer ser su entretenimiento, me yergo en la silla. Intento que no se me note lo vulnerable que me siento.

—¿Dónde empiezo con el trabajo? —pregunto con sequedad, haciendo mi mejor imitación de profesional estirada y formal.

No creo que lo consiga.

Al menos a juzgar por el sorbo pausado que da a su vino. Se toma su tiempo, sin dignarse a apresurarse por una rata como yo.

—Pasillo abajo —dice, despidiéndome con un gesto de la mano—. Última puerta a la derecha. Las luces están encendidas. Las herramientas ya están allí.

—¿Tengo que... rendirle cuentas a usted?

Eso provoca un destello de algo. Quizá diversión. Quizá fastidio. Deja la copa; la base repiquetea suavemente contra la madera pulida. Sus uñas tamborilean en el borde una vez, dos veces.

—Rindes cuentas manteniéndote viva, devushka —ronronea con voz densa, y el apelativo cariñoso me pilla desprevenida, dejándome un nudo en la garganta—. Puede que no sea obvio, pero que él te haya traído aquí para terminar el trabajo es una misericordia que no te debe. Procura no cagarla, ¿eh?

Mis dedos se tensan alrededor de la servilleta. Me limpio las manos con meticulosidad, con delicadeza, y luego la doblo como había hecho Damir. Tengo la espalda rígida cuando me pongo de pie.

Pero mi voz, cuando hablo, es serena.

—Tomo nota.

Camino hacia el pasillo. No miro atrás.