CAPÍTULO 9 – Seraphina #2
—Hay cámaras en esta habitación —dice finalmente. Su voz es tranquila. Serena—. Intenta algo estúpido y te meto una bala en la cabeza. Sin segundas oportunidades.
No me estremezco, pero siento algo frío deslizarse por mi columna.
—¿Puedo llamar a mi mamá? —pregunto, y la voz se me quiebra en un lugar que odio.
Niega con la cabeza.
—No.
Doy un paso adelante, aferrando la toalla con más fuerza alrededor del pecho.
—¿Por qué no?
—Porque no confío en ti.
La respuesta aterriza como una bofetada. No duda. No parpadea.
—Y ni siquiera lo necesitas. Revisé tu teléfono. Ya les dijiste que estarías sin dar señales de vida unas semanas.
Me quedo boquiabierta.
—Tú... ¿cómo demonios has podido siquiera...?
Damir se ríe.
No es cruel. Ni siquiera burlona. Es... sorprendida. Cálida. Humana de una manera que no esperaba de un hombre que amenaza con matarte como quien comenta el tiempo.
—Por el amor de Dios, es un teléfono, Seraphina. No una caja fuerte.
Entrecierro los ojos, pero me guardo esa risa. No sé por qué. Tal vez porque es lo primero real que he oído en días. Tal vez porque sonó más a desliz que a arma.
Se pone de pie con una gracia suave y depredadora.
—Si quieres comer aquí fuera después de vestirte, puedes hacerlo. Si no, alguien te traerá una bandeja.
Hay una pausa mientras nuestras miradas se cruzan, sin que ninguno parpadee.
—Come —repite, y mete la mano en el bolsillo—. De un modo u otro.
Por un momento, estoy segura de que va a sacar un arma y disparar cerca de mí para reforzar su advertencia. Me quedo atónita cuando lo que saca son mis gafas, que despliega y me coloca con cuidado, delicadamente, en el puente de la nariz.
Luego, como si no hubiera hecho nada fuera de lo normal, simplemente sale, dejando la puerta abierta tras de sí como un desafío.
¿Y yo?
Me quedo ahí plantada.
Todavía goteando. Todavía ardiendo. Sin haberme roto todavía. Aún no. Solo... atónita ante este hombre más difícil de descifrar que cualquier artefacto que haya tenido en mis manos.
El comedor no es solo una habitación. Es una puesta en escena.
Mesa larga y negra, con acabado mate e impecablemente limpia.
Una de esas lámparas de araña brutalistas se cierne sobre ella, toda dagas de cristal e iluminación ambiental tenue.
Lo baña todo en ese tipo de resplandor ámbar que grita opulencia estudiada: lo bastante suave para parecer caro, lo bastante afilado para parecer una advertencia.
El aroma me golpea antes que nada: verduras asadas con tomillo, ajo, algo mantecoso y cocinado a fuego lento. Se me revuelve el estómago, pero no de asco. De hambre. Hambre ruidosa, vergonzosa, profundamente inoportuna.
Me detengo en el umbral, con los brazos rígidos a los costados.
La ropa que me han puesto es sencilla: leggings negros, una camisa suave de manga larga y caída que resulta más lujosa de lo que quiero admitir.
Todavía estoy medio seca y húmeda por los bordes, como un triste animal rescatado al que han vestido.
Bajo la vista hacia mis pies descalzos sobre las alfombras y me siento ridícula por preocuparme.
Nina ya está sentada. Cómo no.
Ni siquiera levanta la vista, solo bebe vino tinto de una copa de cristal como si estuviera en el tercer acto de una ópera donde alguien está a punto de ser apuñalado. Tiene las piernas cruzadas. Un pie se balancea distraídamente, calzado con un tacón capaz de perforar un pulmón.
A la cabecera de la mesa está Damir, alto e indescifrable como siempre, con las mangas aún arremangadas, la mirada ya clavada en mí.
Señala la silla justo enfrente de Nina.
—Siéntate.
No me muevo. No de inmediato. Estoy harta de que me digan qué hacer. De que me empujen, me dirijan, me canalicen.
Nina levanta la vista ahora y arquea una ceja pálida.
—Sabes —dice con tono imperioso—, para alguien retenida en un cautiverio más cómodo que el de la mayoría de los diplomáticos, vas de víctima con un descaro impresionante.
Me muerdo la lengua. Fuerte. Luego aparto la silla y me siento. En silencio. Pero sin sumisión.
Nina pone los ojos en blanco con un suspiro tan delicado que parece ensayado.
—Si por Lev fuera, estarías en una caja de plomo en algún sitio con tinta censurada y un rosario. Por suerte para ti, se está helando el culo en rusa.
Damir se mueve después: fluido, controlado. No chasquea los dedos al personal. Me pone el plato delante él mismo.
Pollo asado, con la piel dorada y reluciente. Patatas salpicadas de romero. Algo verde y ajado a un lado que huele a salvación.
En cuanto su mano roza la madera, Nina deja escapar un ruidito gutural. Divertido. Casi cariñoso. Como si viera su obra favorita por centésima vez y aún disfrutara del giro del segundo acto.
Los miro a los dos.
Cómo ella alza una ceja mientras Damir le sirve vino sin que se lo pida. Cómo él ni siquiera parpadea cuando ella le ajusta la manga como si fuera dueña de sus huesos.
«Novia», pienso de nuevo, pero la palabra sabe rancia.
Nina empieza a cortar sus zanahorias con una precisión que delata experiencia con cosas más afiladas.
—Entonces —dice alegremente—, ¿qué tal es ser la última rehén bibliográfica de tu país?
Cojo el vaso de agua y bebo. Despacio. Dejo que el frío me recubra la boca antes de responder.
—¿Sinceramente? Sigue siendo mejor que dar clase a universitarios que no saben escribir «incunable».
Damir suelta un sonido grave. Casi una risa. Breve, sorprendida. Real.
Nina arquea las cejas.
—Qué mona —dice—. Tienes sentido del humor. Eso lo hará más fácil cuando todo se vaya al carajo.
—¿Siempre hablas como la ex de un villano de Bond? —pregunto antes de poder contenerme.
Nina enseña los dientes por encima de su copa.
—Por favor —ronronea—. Yo soy la villana de Bond y la póliza de seguro. Y soy tan buena con la boca que mi mujer jamás se convertiría en ex. También sé de qué correa no tirar.
La miro sin palabras. Tardo un segundo en reaccionar.
—Esto es mucho lío por un libro viejo... —digo con cuidado, lanzando el anzuelo con cautela.
Hace girar la copa con displicencia.
—¿Sabes qué le pasó al último que intentó descifrar esa cosa? Lo desaparecieron. El archivero de Reznikov, creo. Brillante, paranoico, pensaba que estaba escribiendo historia. Resulta que solo estaba registrando los pecados de todos.
El tenedor se me para a medio camino de la boca.