CAPÍTULO 8 – Damir
Estos hombres nunca han visto nada como esto, y ni uno solo sabe qué coño hacer con ella.
Francamente, yo tampoco, mientras veo las imágenes de Seraphina DeLuca corriendo por los pasillos, descalza y tambaleándose, el cuerpo convertido en una flecha tensa y errática disparada hacia la puta oscuridad.
Está claro que actúa puramente por instinto.
No hay estrategia en los caminos que elige: toma decisiones en fracciones de segundo sobre cada giro, cada golpe.
La mueve una necesidad animal y cruda de escapar.
Tiene los ojos abiertos como platos en la pantalla; incluso en la imagen granulada, parece atormentada, una mujer atrapada en sus pesadillas estando despierta.
Me froto la frente, cansado, mientras noto una migraña que empieza a formarse detrás de los ojos.
En teoría, debería estar enfadado. Dejó en ridículo a mis hombres.
Ninguno entiende por qué no les dejo dispararle en la pierna, al menos.
Casi había salido de la casa de seguridad cuando Shura la atrapó.
Pero la ira no es lo que siento al verla moverse fotograma a fotograma.
Es más complejo que eso. Más denso. Algo que reconozco en lo más hondo de mis huesos.
Al final, detengo la reproducción y me aparto de la pantalla. Total, ya sé cómo termina: con Shura arrastrándola de vuelta a la habitación.
Recorro el pasillo sin prisa, los pasos pesados resonando contra el hormigón.
Shura está de pie dentro de la celda, Seraphina lánguida y derrotada a su lado. Tiembla visiblemente, con los ojos clavados en el suelo, como si evitar mi mirada pudiera ahorrarle un destino peor.
Junto a ellos está otro de mis hombres, Anton, el guardia que no logró contener la situación. Anton sabe lo que viene; la mirada le va de mí al suelo. Asiento una vez, sin hablar.
Shura no duda. En un movimiento fluido, agarra la muñeca de Anton, se la aplasta contra el escritorio y le machaca los dedos con la culata de la pistola. Un crujido nauseabundo.
Anton aúlla y se le doblan las rodillas. El sonido es feo, casi inhumano.
Otro guardia lo arrastra fuera, con la mano rota retorcida grotescamente.
—Yo me encargo de ella. Fuera —le ladro a Shura, sin mirar mientras los demás se marchan. No le quito los ojos de encima.
Observo cómo Seraphina retrocede con tanta violencia que el impulso la sacude entera, la boca abierta en un horror sin disimulo. La miro con calma y le digo:
—Tu vida no es la única que depende de lo que hagas a continuación, Seraphina.
Cuando la puerta se cierra con un clic, por fin se quiebra.
Su compostura se hace añicos como cristal contra piedra.
—¡Mátame de una vez! —grita con la voz ronca, a medio camino entre el sollozo y el grito—. ¡No sé qué quieres de mí! ¡Solo soy una persona normal!
Se desploma en el suelo frío, se dobla sobre sí misma mientras la lucha la abandona.
Me quedo paralizado, incapaz de moverme. Su dolor es crudo y agudo, me cala más hondo de lo que debería.
No gime en voz alta. Es peor: un sonido suave y desgarrador, sollozos rotos que se derraman entre respiraciones ásperas. Se está deshaciendo por las costuras, y yo aquí plantado sin hacer nada, viendo cómo se deshilan los hilos.
Me acerco con cautela, como quien se aproxima a algo frágil y desconocido. He visto llorar a hombres antes, suplicando, aterrorizados. Pero esto es diferente. Su dolor no es teatro; es puro y profundo. Me resulta familiar de un modo para el que no estoy preparado.
Recuerdo a Taya, hace años, pequeña y llorando sin cesar cuando tuve que enviarla lejos por su propia seguridad.
Recuerdo quedarme plantado junto al coche, impotente, completamente perdido.
No estaba hecho para consolar ni calmar; era Anya quien siempre sabía qué decir.
Sin ella, solo sabía contener, controlar, imponer.
Los sollozos de Seraphina me reabren viejas heridas.
Me agacho despacio a su lado, procurando que mis movimientos no resulten amenazantes. Está tan tensa que parece que podría romperse si respiro mal.
—Para —digo en voz baja, casi con dulzura—. No vas a morir hoy.
Levanta la cabeza ligeramente, los ojos rojos e hinchados, vidriosos de lágrimas que no dejan de brotar. Tiene la voz ronca, casi demasiado débil para oírse.
—¿Por qué no? —pregunta con un hilo de voz—. ¿Qué quieres de mí?
La estudio con atención. Sin entrenamiento, sin preparación. Solo una mujer cuya mayor amenaza eran los cortes de papel y los plazos de entrega. Es delicada, pero más fuerte de lo que parece. Lo ha demostrado. Tuvo agallas para intentar escapar. Aunque ahora mismo está a punto de desmoronarse.
Ya sé que las cosas rotas son impredecibles. Viktor Barinov también lo sabe.
—Necesito el manuscrito —digo, obligándome a mantener la voz serena.
—Ya lo cogiste. —La amargura le tiñe la voz, mezclada con confusión.
Niego con la cabeza.
—Necesito que termines de restaurarlo. Como es debido. Y que luego me lo entregues. Mi jefe lo quiere. Si demuestras que eres útil... —me interrumpo y la miro con dureza—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Frunce el ceño, los ojos entornados a pesar del agotamiento. Una chispa de desafío aún arde bajo el miedo. Siento una extraña satisfacción al verlo, algo que no debería permitirme reconocer.
—¿Por qué yo? —Se le quiebra la voz—. Dijiste que no soy... que no soy irremplazable. Que no soy nadie. ¿Verdad?
—Cuanta menos gente sepa de esto, mejor.
De los pocos que están al tanto, eres la única capaz de hacerlo bien —digo sin rodeos, ignorando la sospecha más profunda de que Viktor no confía en nadie más, y menos en alguien de nuestras propias filas, con algo tan explosivo—.
Tus habilidades pueden comprarte tiempo, si dejas de ser tan estúpida como para no usarlas.
Me mira fijamente. Un largo momento se extiende entre nosotros. La respiración se le estabiliza un poco, y por un instante, la claridad le afila la mirada.
—¿Y si me niego?
—Entonces desearás haber muerto intentando huir. —Las palabras son duras, pero necesarias. No estoy aquí para consolarla, solo para asegurarme de que obedezca—. No todos tienen mi paciencia, Seraphina. Otros tienen métodos de persuasión que te harían desear que todo acabase.
Traga con dificultad. El rubor que el esfuerzo le había subido a las mejillas desaparece de golpe.
—No vas a dejarme ir, aunque lo haga.
No respondo, porque no hay nada que decir. La elección no es mía. No tengo ninguna. Ella, en este momento, es quien está en la encrucijada. La mujer finalmente aparta la mirada, con los hombros hundidos. No es una rendición, sino resignación.
Una diferencia pequeña, pero importante.
—Necesito mis gafas —dice en voz baja, con un hilo de voz otra vez—. No puedo ver lo que hago sin ellas.
Me levanto y la dejo ahí.
—Me encargaré de ello —digo mientras me dirijo hacia la puerta. Las palabras me resultan extrañas en la boca, casi como si fueran un consuelo.
Al salir de la habitación, me pregunto por un instante cuándo se desdibujó la línea entre captor y cuidador... y qué precio pagaré por ello.
Me detengo un momento fuera de la puerta y dejo que se cierre con un golpe sordo a mi espalda. El pasillo parece más frío, de algún modo, o quizás sea cosa mía.
Quiere respuestas que no puedo darle. Quiere explicaciones que no sobreviviría si las conociera.
No me justifico ante nadie, y mucho menos ante ella.
Sin embargo, hay algo inquietante en su rebeldía silenciosa, en cómo escuda su miedo tras una coraza de intelecto y terquedad.
No es como los problemas habituales que Viktor me endosa: hombres que gritan o suplican, que ofrecen dinero o amenazas como si alguna de las dos cosas fuera a cambiar algo.
La resistencia de Seraphina es más callada, más afilada, más peligrosa porque nace de la inteligencia y los principios.
Ambos inútiles en mi mundo, pero fascinantes de contemplar.
—¿Estamos seguros? —le pregunto a Shura en voz baja mientras se acerca desde el fondo del pasillo.
Asiente una vez.
—No volverá a intentarlo. Al menos no pronto.
—No —coincido—. Pero no puede quedarse aquí indefinidamente. Cuanto más tiempo pase aislada, más se resistirá.
Shura se encoge de hombros.
—Pues rómpela.
Niego con la cabeza, con un destello de irritación ante su simpleza.
—Rota no nos sirve de nada. La necesitamos centrada. ¿O ya has olvidado para qué la secuestramos?
Me observa con atención, buscando algo en mi expresión.
—¿Estás seguro de que Viktor la quiere viva cuando termine?
No respondo de inmediato. Viktor no sabe lo que ella ha hecho, pero eso no tiene por qué saberlo nadie, joder. Por ahora, puedo contener la situación. Puedo contenerla a ella. Puedo ganar algo más de tiempo. Ya es bastante lujo.
—Mantenla a salvo —digo finalmente—. No necesito otra complicación. Tengo que hacer una llamada a Barinov.
Me cuido de no especificar a qué Barinov, exactamente. La decisión acertada, concluyo, cuando Shura asiente de nuevo con un leve rastro de curiosidad en la mirada. No me hace más preguntas.
Me dirijo a la sala de observación y enciendo un cigarrillo en cuanto me quedo solo.
Dejo que el humo se enrosque en mis pulmones; la amargura familiar me calma unos nervios que me niego a reconocer.
En la pantalla, Seraphina se ha hecho un ovillo en la esquina junto a las tuberías, todavía temblando ligeramente por el estrés.
Parece dolorosamente frágil, un soplo de muchacha.
Demasiado frágil para cargar con lo que Viktor le ha echado encima.
No se va a romper todavía, pero lo hará si sigue en este agujero. A Viktor le da igual; solo le importan los resultados, cueste lo que cueste. Pero la gente rota comete errores, y en mi línea de trabajo los errores acaban con todos.
Exhalo el humo con los ojos entrecerrados mientras sopeso las opciones. Necesita aire. Espacio. Una ilusión de normalidad, al menos la suficiente para mantenerla cuerda y productiva. Lo que significa que tengo que llevarla a algún lugar seguro... pero que no parezca tan obviamente una prisión.
¿El ático? Es seguro, desde luego, y privado. Lo bastante normal. Arriesgado, pero manejable.
Aplasto el cigarrillo con el pie. Decisión tomada.
Saco el móvil y paso rápidamente por los contactos. El dedo me vacila solo un segundo antes de pulsar el número de Nina. Contesta al tercer tono, con voz divertida y perezosa.
—Nunca llamas a menos que estés desesperado, Damir. O alguien está a punto de desangrarse y has llamado a tu Barinov favorita para limpiar el estropicio. ¿Qué es esta vez?
—Necesito tu ayuda —digo secamente, sin rodeos—. Voy a trasladar a alguien a mi ático. Necesito vigilancia discreta.
—¿Es por la empollona que el tío Vik te mandó secuestrar? —pregunta, con la voz teñida de una curiosidad irritantemente alegre.
Me froto las sienes; la paciencia se me agota, como siempre que trato con mi prima política.
—Necesita un sitio donde trabajar. Necesita que alguien la vigile en todo momento. ¿Puedes o no?
—¿Puede venir Tatiana? —pregunta alegremente.
—No, Nina. Joder, esto no es una llamada social. No puedes traerte a tu mujer para vigilar a una rehén.
—Qué aburrido eres —hace un mohín, y lo noto en su voz—. ¿Al menos me das cena y vino?
—No —espeto—. Lo que te toca es mantenerla viva y callada. Nada más.
Suspira con dramatismo.
—Vale. Estaré allí esta noche. Pero me debes una.
—Siempre te debo una —murmuro, y cuelgo.
Vuelvo a la habitación de Seraphina y abro la puerta despacio, preparado para el desafío que me lance. Pero está sentada tranquilamente en el borde del catre, pálida aunque serena. Me sostiene la mirada, cautelosa pero firme.
—Mañana te traslado —anuncio—. Si consigues no cagarla en las próximas horas.
Parpadea, cautelosa.
—¿Adónde?
No sé si su descaro me sorprende más o me irrita.
Mantengo un tono neutro, con cuidado de no revelar demasiado.
—A un sitio más seguro. Con mejor luz.
Me mira un momento más y luego baja la vista al grillete de su tobillo. Un grillete que se ha ganado, por cierto.
—¿Seguiré siendo una prisionera? —pregunta en voz baja.
Le sostengo la mirada y dejo que el silencio se alargue.
—Estarás protegida. Si te portas bien, tu situación mejorará.
Asiente, asimilando lo que hay detrás de mis palabras, con la mirada ensombrecida mientras escudriña mis ojos en busca de la mentira. Solo le ofrezco silencio: es lo único que tengo.
—Todavía necesito mis gafas —dice al fin, irguiendo los hombros.
—Te estarán esperando —respondo. Una promesa inesperada, incluso para mí. Pero la hago de todos modos. Quizás porque es lo práctico: necesita trabajar. O quizás por otra cosa, algo más callado, enterrado bajo capas de lealtad e instinto de supervivencia.
Baja la mirada hacia sus manos, que aún tiemblan ligeramente.
Hay un destello de vulnerabilidad en ellas, algo en carne viva que me incomoda.
Estoy acostumbrado a ver a la gente como amenazas o herramientas, no como algo frágil, algo que necesita cuidado.
Es inquietante la rapidez con que ha pasado de lo primero a lo segundo.
—Supongo que no me dirás tu nombre ahora, señor Acosador —suspira, casi más para sí misma que para mí.
Dudo. Algo en su serena sumisión me desarma, me tienta a ser sincero. Una tentación peligrosa.
—Damir —confieso. Las sílabas caen entre nosotros como un guante arrojado.
Alza la mirada de nuevo; la sorpresa suaviza la expresión cautelosa que ha mantenido desde que entré en la habitación.
—Damir —repite en voz baja, paladeando la palabra como si quisiera grabarla en la memoria.
Asiento, como si estuviera de acuerdo. A saber con qué coño estoy de acuerdo.
—Intenta no volver a huir —digo, con la voz más suave de lo que pretendía—. No puedo garantizar tu seguridad si lo haces.
Suelta una risa queda, sin pizca de humor.
—¿Crees que aquí estoy más segura?
No respondo porque ambos conocemos ya la respuesta.
La seguridad es una ilusión. Ha desaparecido junto con la vida que ella conocía. Tendrá que adaptarse a mi mundo, al mundo de Viktor Barinov. O morir en el intento.