Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 6 – Damir #2
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CAPÍTULO 6 – Damir #2

Ya al límite de mi paciencia, me doy la vuelta y camino hacia el maldito escritorio.

Su cuerpo no se mueve, pero su atención se agudiza y lo noto.

Con el rabillo del ojo veo cómo ladea la cabeza mientras destapo la botella de agua.

Bebo la mitad en un trago largo y pausado, luego la dejo caer sobre el escritorio como si nada.

Observa cada movimiento como si lo estuviera grabando en la memoria.

—¿Contenta? —pregunto.

—No del todo —responde—. Podrías haber desarrollado inmunidad.

Casi me río. Casi.

Quizás debería dejar que Shura la interrogue a su manera. Probablemente le vendría bien que la estrangularan, pienso. Pero incluso mientras lo pienso, sé que no lo haré.

En cambio, cojo las malditas galletas y rasgo el borde del envoltorio. El plástico cruje. Mastico una de forma ostentosa, sin apartar la mirada. Lo cual es más fácil decirlo que hacerlo cuando saben tan apetitosas como el puto serrín.

Aun así, trago. Luego me meto otra en la boca. Y una tercera.

Solo entonces me sacudo las migas de la palma y me apoyo en el escritorio. Ella sigue con los ojos entrecerrados, recelosa. Suspiro con cansancio—. Eres jodidamente agotadora.

—Bien —dice—. Quizás así duermas más y hables menos.

Tiene la boca seca, sin embargo. Lo veo: cómo se le contrae la garganta, cómo se pasa la lengua por el labio sin darse cuenta. Tiene sed, aunque su orgullo no lo admita.

—Vas a destrozarte el cuerpo por demostrar algo —digo.

Se le tuercen los labios—. Mejor eso que dejar que lo destroces tú.

Asiento, reconociendo sus razones. Sigue siendo estúpido, pero le veo la lógica.

He sido un cabrón obstinado más veces de las que puedo contar.

Seguramente eso es lo que me ha mantenido vivo tanto tiempo.

—Bien. Pero acepta que no tiene sentido envenenarte con esto.

Ya te lo he demostrado. Tu paranoia podría matarte.

No ganas nada con eso. Habrá otras personas para este trabajo.

Puede que sea un fastidio encontrar a la adecuada, pero no eres irremplazable, solo conveniente.

—Me secuestraste —me recuerda con voz chillona, como si lo tachara de una lista de agravios.

Levanto una ceja. —Tenías algo que podría haberte costado la vida.

Resopla. —¿Y esto qué es, protección? Irrumpes en mi casa, me drogas, me robas el trabajo... ¿y ahora quieres gratitud?

—Si quisiera gratitud, habría mandado flores.

—Tendrías más suerte con cianuro —cruza los brazos con más fuerza—. No puedes fingir que esto es un acto de nobleza. Me encerraste en una celda y me quitaste las gafas.

—Nadie te quitó las gafas. Es que cogerlas no era precisamente la prioridad mientras te secuestraban. Además, estabas husmeando en cosas que no entiendes. Lo sabías. Todo el proceso era turbio. Viste la furgoneta fuera. Sé que la viste.

—¡Es Nueva York! La gente aparca en sitios absurdos, y... y me contrataron para restaurar un documento —espeta—. Ese es mi trabajo. No descifrar los secretos del hampa rusa, ni la fantasía que te hayas montado.

—¿Fantasía? —repito, y las palabras me salen amargas, mordaces—.

Escucha bien, Seraphina DeLuca. Esto es un libro de cuentas empapado en la sangre de hombres que murieron protegiendo lo que contiene.

¿Crees que tus manos manchadas de tinta están limpias solo porque no llevas un arma?

¿Que puedes decir lo que te dé la gana y eso te salvará de la realidad en la que te has metido?

Alza la barbilla. Valiente. Estúpida. —Yo estaba a lo mío hasta que tus asuntos entraron por mi puerta.

—¿Quieres que te maten? —pregunto sin rodeos.

—Tengo honor. Tengo...

—¿Preferirías una bala? —pregunto, cortándola antes de que arranque—. Porque sé exactamente dónde ponértela para que sigas viva durante horas.

Traga saliva, nerviosa como un maldito conejo.

Por absurdo que parezca, juraría que la oigo murmurar: —De verdad necesitas terapia.

—Yo preferiría la bala.

Exhala con un temblor. —Preferiría que esto fuera solo una pesadilla espantosa —dice—. Pero me conformo con mis gafas. Me duele la cabeza.

No digo nada. Pero percibo la grieta en su voz. Pequeña. Apenas perceptible. No es miedo, solo fatiga. Es buena fingiendo, eso se lo concedo. De cerca, no basta. Puedo ver cómo su energía se agota ante mis ojos. Se mantiene en pie por pura voluntad.

Bien. Que aguante.

Veamos qué pasa cuando ceda.

No respondo de inmediato.

Me mira fijamente, ojos entrecerrados, desenfocados, pero clavados en mi silueta como si apuntara sin arma. Mantiene los brazos cruzados, un pulgar rozándose el codo, un movimiento diminuto e inconsciente que la delata. Intenta serenarse.

Señalo con la cabeza la silla vacía en la esquina. —Podrías sentarte.

Sigue de pie. —Podría. Pero prefiero mantener la ventaja del flujo sanguíneo vertical por si decides dormirme con cloroformo otra vez.

Casi me río. Casi. —Deberías leer menos ficción. Eso no es tan común como crees —aclaro con suficiencia.

Eso basta para que se detenga. Un total de cuatro segundos. Y entonces dice: —Lo consideraré si tú consideras la terapia.

¿Estrangularla? Cada vez me parece mejor idea.

—Dime qué leíste —exijo.

Me sostiene la mirada con obstinación. —Dime quién eres.

Estudio su rostro: la boca apretada; el pómulo afilado y sonrojado; el mechón de pelo que le ha caído cerca de la sien. No se lo aparta. No me dará esa satisfacción.

—Tú primero —murmuro.

Parpadea una vez. Despacio. —Ya sabes lo que leí. Los oigo cuando se llevan el cuaderno y cuando lo traen. Sé que lo sabes. Por eso estoy aquí, ¿no?

Fascinante y odiosa ratón de biblioteca. —Necesito saber hasta dónde llegaste.

—O sea, ¿si leí lo suficiente para convertirme en un problema?

De algún modo, hemos acabado tan cerca que puedo sentir la tensión que emana de su piel. —Sí —respondo.

Exhala por la nariz. Luego dice, casi en un susurro: —Leí lo suficiente para saber que la gente con poder miente mejor en los márgenes.

Me quedo helado.

Porque eso no es una frase cualquiera. Eso es comprensión.

Comprensión profunda y peligrosa.

La miro fijamente un instante de más. Luego retrocedo. La pérdida de calor entre nosotros resulta más significativa de lo que debería.

—Deberías haber seguido sin saber nada —murmuro.

Responde sin inmutarse. —No se puede vivir mirando hacia atrás. Las narrativas lineales no son la realidad. Eso es ficción.

Mientras me alejo de ella una vez más, cojo el cuaderno de su escritorio sin pedir permiso.

Observa el movimiento, no me detiene. Pero no se me escapa cómo se le tensa la mandíbula ni el sutil cambio en su peso, como si se contuviera para no arrebatármelo. Como si supiera que lo que me llevo no es solo tinta sobre papel.

Es la única voz que le queda aquí dentro.

Lo abro, echo un vistazo a una página mientras me alejo. Símbolos, impresiones, palabras, dispuestas de un modo que tendré que descifrar más tarde. No escribe como una académica. Escribe como alguien que espera ser interrumpida. Como alguien que espera la guerra.

—Tengo un expediente completo sobre tu vida real, Seraphina —suspiro, negando con la cabeza.

Cierro el cuaderno de golpe y lo lanzo de vuelta al escritorio—.

Tu madre. Tus tías. El exnovio que dejaste en Chicago.

El profesor al que escribiste. Mira dónde estás.

Fíjate en el bulto de mi bolsillo que, por muy buenas que estén tus tetas, no significa que me alegre de verte.

Y plantéate seriamente facilitarnos la vida a los dos y terminar el trabajo.

Puedes complicarlo. Pero no te va a gustar hasta qué punto puede difuminarse la línea entre lo que para ti es ficción y para mí es una horrible realidad.

Golpeo la puerta con los nudillos, con brusquedad.

El mecanismo de cierre resuena con un chasquido metálico y la puerta se abre deslizándose.

No me molesto en mirarla al salir.

Tendrá que decidirse ella sola. La supervivencia se compone de elecciones. Mejor que lo aprenda ahora, antes de que sea demasiado tarde. Puede que ya lo sea.