Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 2 – Damir
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CAPÍTULO 2 – Damir

La sala huele a cuero, sangre y sudor. Todo mío.

El fruto podrido de más de una hora entrenando solo, con los nudillos en carne viva bajo las vendas.

Así me gusta. Sin rincones donde esconderse, sin aterrizajes suaves.

Solo yo, el saco y el azote del control.

Estar en forma o encontrar la paz no son el objetivo, aunque vienen bien como extras.

Mi respiración ha aprendido a mantenerse uniforme, y mis movimientos son económicos, pese al esfuerzo.

No hay energía desperdiciada. Cada golpe aterriza donde quiero: mandíbula, plexo solar, costillas.

Si fuera una persona, ya estaría muerta.

De eso se trata. Nadie me llamaría una persona imaginativa, pero durante mis sesiones me aproximo bastante.

Esa sensación se desvanece mientras me quito las vendas lentamente, flexionando cada dedo. El sudor se adhiere a mi piel y brilla en mis antebrazos como laca sobre hierro.

Al otro lado de la ventana de cristal esmerilado de la sala de entrenamiento, veo a los demás esperando. Soldados, en su mayoría de rango medio. Incluso a través de la pared translúcida, sé que la inclinación de cabeza de uno de ellos significa que me está observando. Nada nuevo. Ya me aburre.

Cuando salgo, el frío del pasillo me roza la piel como un recordatorio.

Una inspiración brusca me inunda los sentidos con el hedor a aceite y lejía fresca.

Alguien debe de haber limpiado su violencia de turno hace poco.

Ni siquiera lo hicieron bien, a juzgar por el olor.

Pero no merece la pena darle vueltas, así que sigo adelante.

Pasillo abajo, detrás de una puerta cerrada, alguien grita.

Es agudo, aterrorizado. Se corta demasiado rápido. Quizá otro de los interrogatorios de Lev. O quizá Viktor le ha dado a uno de los ejecutores más jóvenes la oportunidad de practicar. Da igual. Quienquiera que sea, está claro que cruzó una línea que la Bratva Barinov no perdona, joder.

La violencia es una moneda, aprendí hace mucho.

No la gastas si no quieres algo a cambio.

Y no la cuestionas, a menos que quieras que la cosa se ponga mucho peor, joder.

Así que paso junto al revuelo sin aminorar el paso.

Uno de los soldados endereza la espalda a mi paso.

Otro evita mirarme a los ojos. Listo, hijo de puta, pienso sin decirlo.

Me quedo con esa señal de respeto reacio y hostil.

Es el único que dura, al fin y al cabo. No necesito afecto ni camaradería.

Hasta ahora no me he muerto por su falta, ¿no?

La sala de reuniones está al final del pasillo sur, en las entrañas de la columna vertebral de hormigón del almacén.

Quién diría que esto fue una fábrica textil.

Ahora es poder y paranoia vestidos de cristal antibalas y madera recuperada.

Toques rusos, amenaza moderna. No va a salir en ninguna revista de diseño de interiores, pero al menos tiene cierta estética cohesiva.

Aunque sea tan sombría y cortante como el hombre a la cabecera de la mesa.

—Viktor —lo saludo con sequedad.

Viktor Barinov ni siquiera levanta la vista cuando entro. Ninguno lo hace. No me ofendo ni me sorprendo.

Además, el sicofante favorito de Viktor, Lev, ya está ahí.

Esos dedos largos como dagas entrelazados, la columna recta, la tez pálida como el hielo y un temperamento el doble de callado.

Diría que no confío en hombres como Lev, pero no confío en nadie, así que no significaría nada.

El hecho de que sea el tipo de cabrón que colecciona secretos como monedas y siempre sabe más de lo que dice lo hace indispensable para Viktor y peligroso para sus rivales.

De todos modos, no se desvela por las noches anhelando mi confianza.

Shura se apoya contra la pared del fondo, brazos cruzados, masticando un palillo como casi siempre.

Su novia debe de estar intentando que deje de fumar otra vez.

Como si eso fuera lo que va a matarlo. Me saluda con la cabeza, serio.

Es el único aquí en quien confiaría para sangrar a mi lado sin inmutarse.

Puede que no seamos amigos, pero somos iguales.

Aliados, o lo más parecido que se puede conseguir en la bratva. Se llevó una bala por mí no hace mucho.

Y luego, cómo no, está Dima.

Repantigado en su silla como si esto fuera una puta reunión de club y no estrategia de la Bratva.

Es más joven que el resto, pero rebosa ese tipo de encanto que hace que los cadáveres en callejones parezcan accidentales.

Sonríe con suficiencia cuando entro. No se la devuelvo.

La ratita no necesita más ánimos. Ya tiene demasiada audacia de por sí.

Nada más entrar, la sala parece tensarse a mi alrededor.

No causo la tensión. La llevo conmigo. La sienten en los huesos antes de que abra la boca. Esa es la ventaja de que te subestimen una vez. Nadie comete ese error dos veces. No digo nada, solo los observo a todos como un maldito presagio.

La voz de Viktor rompe el silencio.

—Ha habido movimiento —dice.

Tan irritantemente críptico como siempre, mi exsuegro.

Lleva uno de sus característicos abrigos negros: a medida, austero. El cabello plateado peinado hacia atrás, expresión pétrea salvo por la línea abiertamente sombría de su boca.

Shura se remueve junto a la pared.

Lev abre una carpeta gruesa y la desliza por la mesa hacia Viktor.

—La propiedad de Reznikov se está desmantelando.

Su estúpida prole no tiene interés en el negocio familiar ni desea trasladarse a Estados Unidos —dice con precisión—.

Tras su muerte hace dos semanas, hubo una subasta.

Un artículo de gran interés ha resurgido mediante adquisición privada. Muy discreto.

—¿El manuscrito? —pregunta Viktor—. ¿Estamos seguros?

Lev asiente con rigidez.

No es un libro de verdad, lo sabría aunque no llevara años escuchando.

¿Este manuscrito que tiene a Viktor tan alterado?

He oído hablar de él. Es un registro que se lee como un evangelio.

Se dice que contiene nombres, transacciones, pecados transmitidos mediante códigos y sigilos.

Justo el tipo de cosa sobre la que susurran los viejos cuando creen que nadie escucha.

Un juego de poder más, porque a estos buitres nunca les basta.

—Posesión preciada de Konstantin Reznikov —añade Lev, con tono clínico—.

Se lo restregó a cualquiera que pudo, pero un hombre no puede gobernar desde su tumba.

Aun así... —Lev se gira para dirigirse al resto de nosotros, con esos ojos de cuentas que nos atraviesan—.

Antes de arder en su propia cama, se aseguró de que el manuscrito no ardiera con él. Irónicamente.

Aparto la mirada y me encuentro con la de Viktor, que me espera. Arquea las cejas, y no tengo ni puta idea de qué significa eso. Pero puedo ver el hambre grabada en sus rasgos.

—Está en manos de un civil —dice con tono sombrío, sosteniendo el archivo—. Tenemos un soplo de que el comprador lo ha enviado a un restaurador. Una ñoña soñadora. Estadounidense, de origen italiano. Vive en Queens.

Mis dedos se curvan contra el borde de la mesa. Presiento hacia dónde va esto. No me gusta ni un puto pelo. Y sé, tan bien como cualquier otro en esta sala, que no puedo hacer una puta mierda al respecto.

—La recuperarás —Viktor confirma mis sospechas—. Y a ella. Está codificado. Más vale aprovechar a la ratona de biblioteca antes de deshacernos de ella.

No puedo evitarlo.

—¿Es necesario...?

—Sí —truena Viktor—. No sabemos qué ha visto ya.

Lev añade con alegría:

—Es autónoma. Acaba de volver a la ciudad, apenas tiene raíces aquí.

Puede hacerse en silencio, sin escándalo.

.. Hay una empresa, Langford & March, que recibió el encargo a través de intermediarios anónimos.

Alguien quería que pasara por un tercero: sin nombres, solo instrucciones.

Nadie sospechó nada porque sus credenciales estaban en orden, y alguien de arriba debió de mover los hilos para que la contrataran.

Dima resopla desde su asiento.

—¿Estamos movilizando a toda la puta unidad por una restauradora de libros?

No lo miro. Digo con voz neutra:

—¿Cobras lo suficiente como para cuestionar al Pakhan, Dima?

Silencio.

Dima se encoge como un perro apaleado.

Noto que Viktor me observa un momento más de lo necesario. Luego oigo cómo cierra la carpeta con un golpe seco.

—Necesitamos ese manuscrito antes de que alguien más descubra lo que es —dice—. Antes de que la gente equivocada sepa lo que contiene.

Asiento una vez.

Porque sea lo que sea esto...

No se trata del libro.

Se trata de lo que revela.

Y de quién muere cuando eso ocurra, y en qué extremo del cañón de qué arma.

Rodeo la mesa con la certeza de que esta reunión durará horas, pero no me siento.

Los demás empiezan a hacerlo poco a poco: Dima se desploma en una silla con falsa tranquilidad y se une a Lev, siempre con la espalda recta como un espectro con alzacuellos.

Shura permanece apoyado cerca de la puerta, impenetrable.

Viktor hace un gesto con dos dedos y Lev desliza una segunda carpeta sobre la mesa.

Veo el contenido cuando abre el archivo.

Dentro: fotografías. Escáneres digitales. Tinta desvaída, hojas de vitela, encabezados en latín escritos con una caligrafía que necesitaría a la maldita restauradora para descifrar. Pero no necesito leerlo para saber que es peligroso.

Viktor no alza la voz.

—Esto es lo que sabemos del manuscrito: está enterrado bajo salmos, festividades litúrgicas, marginalia en tres idiomas.

Reznikov lo construyó como una capilla y un confesionario a la vez.

Bastardo poético. Cada nombre está codificado.

Cada transacción disfrazada de parábola. Necesitamos a un profesional para esto.

Da la vuelta a una de las fotografías. Golpetea con el dedo en la esquina, señalando un sigilo tenue.

—Ese símbolo aparece más de dos docenas de veces. Siempre vinculado a un nombre y una fecha. Creemos que corresponde a eliminaciones.

Entrecierro los ojos.