Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 1 – Seraphina #3
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CAPÍTULO 1 – Seraphina #3

Hago una foto con el móvil y un boceto rápido en mi cuaderno de trabajo.

Luego, levanto la cubierta con cuidado.

La primera página está en blanco. Eso no es inusual. Pero la segunda...

La segunda página es otra cosa.

Texto en latín. Tenue, pero solo porque el tiempo lo ha desgastado.

Una línea de encabezado, quizá una dedicatoria, en pan de oro casi borrado por completo.

Debajo, una caligrafía negra y apretada que yo situaría a finales del siglo XVII: afilada, angular y claramente codificada.

No cifrada, exactamente, sino... oscurecida.

Me basta con mirar los márgenes para darme cuenta.

Alguien quería ser leído, ¿verdad?

Aunque quizá solo por los ojos adecuados.

Sigo examinando.

Daños por agua, tal como habían dicho.

Más pronunciados en el lado izquierdo.

Algunas páginas están pegadas cerca del final.

Tendré que humidificarlas antes de separarlas.

Nada de esto me preocupa. Lo que me llama la atención, al final, son los garabatos.

Hay notas escritas en los márgenes por todas partes, diminutas, casi imperceptibles para el ojo no entrenado.

Pero ni siquiera necesito la lupa para ver que son de dos manos distintas. Una antigua. Una... mucho más reciente.

Maldición. Quizá incluso del siglo XX.

¿Un intento de restauración? No. Correcciones tampoco encaja. ¿Adiciones?

Lo que está claro es que alguien más usó este manuscrito.

Y ha dejado un rastro. ¿Se supone que debo ignorar las anotaciones marginales?

Los correos de la empresa no decían nada sobre las complejidades del proyecto.

Probablemente debería empezar a anotar las preguntas que me asaltan. Ya veo que no van a ser pocas.

Cojo la lupa y acerco el manuscrito.

Cuando inclino la página bajo la luz, aparece un brillo tenue: símbolos escondidos en los bucles de las letras, entintados con algo reflectante, como hierro o plomo en polvo. Se me eriza el vello de los brazos.

Esto no es solo un documento religioso.

Tiene capas.

Como un palimpsesto, pero intencionado.

Aún no sé qué es esto. Pero no quiere ser descubierto. Es escurridizo.

De nuevo, esa misma emoción de antes me invade. Ya no hay vuelta atrás.

Siempre empiezo de la misma manera: espacio de trabajo limpio.

Aire filtrado. Me quito los guantes, porque necesito la sensibilidad de las manos desnudas.

Atenúo las luces del techo, enciendo la lámpara de trabajo con su amplio círculo difuso de luz blanca.

Sin calor directo. Sin rayos UV. Coloco el manuscrito sobre una cuna de terciopelo que cosí yo misma, con el lomo bien apoyado.

Cada respiración me suena demasiado fuerte, así que contengo la siguiente y me inclino.

La primera página, de nuevo en latín, es delicada pero no quebradiza. Sorprendentemente bien conservada teniendo en cuenta los daños por agua que se ven más adelante. Pruebo la tinta con un hisopo —no invasivo— y la tinta ferrogálica reacciona con normalidad. Sin podredumbre roja. Bien.

Pero las anotaciones marginales... Gritan desde las páginas.

No literalmente, claro. No estoy tan falta de sueño. Es la energía que desprenden. Hay algo en cómo la caligrafía se curva en los bordes, en las ligeras variaciones de presión. No es decorativa. Es direccional. Te guía por un camino que solo el escriba sabía recorrer.

Cojo la hoja de calco de grafito y empiezo a aislar símbolos. Círculos. Lunas crecientes. Espinas estilizadas. Y números. No en ninguna secuencia moderna: tienen forma de marcadores de festividades religiosas. Tiempo litúrgico.

San Cipriano. San Policarpo. Santa Sofía.

¿Pero emparejados con... lunas de sangre?

¿Qué estabas escribiendo?

Retiro una mota de polvo del borde de una página y encuentro algo extraño: una firma no escrita en tinta, sino arañada en el margen inferior. Apenas visible a menos que la luz incida en el ángulo perfecto.

Frunzo el ceño y murmuro en voz alta:

—¿Quién no pudo dejarte en paz?

Paso unas cuantas páginas más y me detengo.

El daño por agua se vuelve más pronunciado. Los bordes de dos folios están fusionados por el tiempo, la humedad y el descuido. Aprieto los labios y me trago la irritación. Separarlos correctamente llevará horas. Probablemente más.

Y eso no es todo... Los márgenes cambian.

Recorro el material con la mirada y veo claramente cómo las entradas anteriores eran densas: tinta en capas, estructuras rítmicas como liturgia convertida en cifrado.

¿Pero esta sección? ¿Más adelante? Escasa.

Irregular. Símbolos dispersos como si el escritor —o el anotador posterior— se volviera cada vez más lacónico.

¿O quizá solo apresurado? O paranoico, me sugiere el cerebro, y aparto el pensamiento como quien espanta un mosquito.

Distraídamente, miro la caja que sigue junto a la puerta. El mensajero no llevaba identificación. Sin logotipo de empresa. Ni FedEx. Ni DHL. Solo guantes, silencio y esa vaga impresión de eficiencia militar.

Raro. Todo es tan, tan raro.

Cojo el pincel y empiezo a limpiar los márgenes exteriores. Con cuidado. Con paciencia. Retiro la suciedad de un pliegue inferior y contengo la respiración. Allí, escondida en el pliegue del pergamino, una mancha de tinta oscura. Casi negra. Pero no.

La pruebo en la tira reactiva.

Hierro, sí. Pero algo más. ¿Cobre?

¿Y... sangre?

Es antigua. Inerte. Pero los compuestos traza se disparan lo suficiente para confirmar: esta tinta se elaboró con algo mucho más antiguo que los ingredientes habituales. Una mezcla de escriba. Posiblemente monástica.

Pero ¿por qué usar esa tinta aquí?

Empiezo a dibujar de nuevo, recreando el símbolo.

Parece un cruce entre la estrella de ocho puntas de la Bratva y algo más antiguo, quizá precristiano.

Anoto la curvatura. El equilibrio. Me recuerda a algo que vi en un museo de Palermo, grabado en un relicario que supuestamente contenía el hueso del dedo de un santo que nunca existió oficialmente.

—Muy bien —le susurro al manuscrito—. Te has ganado tu reputación, oficialmente.

Se me encoge el estómago. No puedo evitar reírme de mí misma. —Venga, Sera. Has leído demasiadas novelas góticas este año. Tranquilízate ya.

Aun así, no consigo quitarme esta sensación de encima.