Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 1 – Seraphina #2
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CAPÍTULO 1 – Seraphina #2

Es verdad que no tengo la emoción a la que me había acostumbrado en Chicago.

Aquí no hay fiestas hasta las tantas donde el vino corre sin parar.

(Siempre me ha parecido que beber sola tiene un punto demasiado Hemingway para mi gusto.) La mía no es una vida que dé para stories.

Pero lo que tengo aquí es paz. Tengo un lugar y un propósito.

Los había perdido, ¿no? Los tengo de nuevo.

Y eso es más de lo que consigue la mayoría.

A las 11:18 de la mañana, he limpiado la mesa de trabajo dos veces, reorganizado los frascos de pigmento y ordenado alfabéticamente las etiquetas de los goteros de disolvente. Lo que significa que oficialmente estoy nerviosa.

Releo el último correo por tercera vez.

Langford lo tomo y firmo deprisa. Mi caligrafía sale temblorosa por los nervios inexplicables que me retuercen las tripas. Me entrega una caja larga y plana, negra mate, sin marcas.

Es sorprendentemente pesada. Fría al tacto, como si la hubieran guardado bajo tierra.

—Gracias —digo, y me sale más a pregunta de lo que querría.

Maldita sea, pienso, antes de recordar que no tengo que impresionar a esta persona. Y menudo bien que me hace eso. No puedo evitarlo, ¿verdad? Me gustaría impresionar a cualquiera. Es esa insufrible necesidad de agradar que llevo dentro.

Por su parte, el tipo de la entrega no dice nada. Gira sobre sus talones sin el menor ceremonial y se marcha sin esperar al ascensor. Lo oigo bajar las escaleras al trote, de dos en dos.

Desconcertada, cierro la puerta a cámara lenta, como si esperara que alguien saltase de la esquina con un equipo de cámaras. ¿Existe un Punk'd para codicólogas del montón?

El clic del cerrojo suena ensordecedor, no sé por qué.

La caja reposa en mis palmas como si supiera algo.

La llevo al escritorio y la deposito con más reverencia de la que pretendía.

Durante un momento, me limito a mirarla.

—Muy bien, cariño —suspiro mientras paso las yemas de los dedos sobre ella, como en trance—. Veamos qué secretos guardas, ¿eh?

Aun así, no abro la caja de inmediato.

Hay algo sagrado en la pausa previa a una revelación: como el instante antes de pasar una página o la inspiración antes de pronunciar una verdad.

No lo apresuro.

—A ver —le digo al aire—, ¿qué apostamos a que hay manchas de sangre?

Mi único público es la planta del alféizar que bauticé Plinio, un romero con tendencias suicidas que vive de cumplidos y jazz.

Doy un sorbo al té, que se ha enfriado, y lo aparto antes de coger mi cuaderno.

En la cubierta encuadernada a mano, desgastada por el uso, se lee: El Libro de las Frases Hermosas.

Es donde anoto las palabras que me hacen vibrar.

Palabras pilladas al vuelo, pasajes favoritos, fragmentos de poesía, sueños que no recuerdo del todo.

Lo abro y escribo: «Algunos libros son mapas. Otros, espejos. Algunos son ambas cosas, si sabes dónde mirar».

No sé de dónde me ha salido. Hoy me parece verdad, así que la dejo estar.

Vuelvo a mirar la caja negra sobre mi mesa de trabajo.

Todavía sellada.

Todavía zumbando… metafóricamente, espero.

Me acomodo y hurgo en el cajón del escritorio en busca de mi bisturí favorito.

No para cortar nada hoy; es solo un consuelo táctil.

Descansa junto a mis pinceles, la sandaraca, el papel japonés de restauración y una plegadera absurdamente cara que bauticé Lorenzo.

(No juzgues. Cuando gastas más en una herramienta que en la compra de una semana, se gana un nombre.)

Todo huele a polvo, bergamota y cola vieja. La luz del sol se refleja en los tarros de cristal llenos de pigmentos en polvo: ocre rojo, lapislázuli, sombra tostada.

Fuera, la ciudad ya empieza a alborotarse: sirenas a lo lejos, palomas que se pelean, el zumbido sordo de la humanidad. Dentro, todo espera.

Respiro hondo y aprieto los pulgares contra el cierre de la caja. Cede con un clic indiferente, como algo que exhala tras demasiado tiempo en silencio. Dentro de la caja negra hay otra caja.

No puedo evitar soltar una risita.

Cómo no.

Esta parece más antigua. Encuadernada en cuero, agrietada en las esquinas, con la superficie grabada de tenues líneas geométricas que alguna vez significaron algo para alguien.

Un broche la mantiene cerrada: latón deslustrado moldeado en forma de cruz estilizada…

¿o es una espada? Difícil saberlo. El simbolismo es lo bastante vago para resultar significativo, lo que siempre me hace sospechar.

El forro de la caja exterior es de terciopelo negro. Cortado a medida. Protector, pero discreto. Alguien gastó dinero para que esto no pareciera cosa de dinero.

Siempre mala señal.

Levanto la caja interior con cuidado, otra vez sorprendida por el peso. Lo que haya dentro no son solo unos trozos de pergamino desgastado. Apostaría a que hay metal, quizá incluso madera o cartón de encuadernación, algo con estructura.

En cuanto toca el escritorio, un escalofrío me recorre la espalda.

He manejado docenas de manuscritos antiguos. Algunos delicados, otros dañados. Unos pocos peligrosos en el sentido archivístico: esporas de moho, tinta de plomo, pigmentos químicamente inestables y demás. Ninguno me había puesto la piel de gallina antes siquiera de abrirlo.

Me sacudo la sensación.

—Tu imaginación se te está yendo de las manos otra vez —me reprendo mientras noto que la mente se me dispara, y cojo los guantes.

Son de nitrilo fino, sin polvo. Limpios y lo bastante ajustados para no bailarme en los dedos.

Puede que no sea la más experimentada, ¡pero tampoco soy una aficionada!

Siempre uso guantes para el primer contacto.

Cuando sepa con qué estoy trabajando, pasaré a trabajar sin guantes y con cámara de humedad controlada si hace falta. Pero primero toca observar.

Documentar.

Abrir.

Hago saltar el broche.

La tapa se abre despacio, con la bisagra bien engrasada, y el olor me golpea primero: vitela vieja, tinta ferrogálica, algo ligeramente… ¿chamuscado? No es humo… no es moho… ¿Ceniza?

Y entonces lo veo.

El manuscrito descansa dentro como un cuerpo preparado para el entierro.

Folios gruesos, prietos en la encuadernación.

La cubierta de cuero es de un marrón rojizo oscuro: no del todo caoba, no del todo sangre.

Los bordes son irregulares, como recortados a mano.

Es hermoso, con esa belleza de las catedrales: grandioso, ornamentado y un poco aterrador.

La cubierta no lleva título.

Sin embargo, en la esquina inferior derecha, apenas visible en el cuero desgastado, hay un pequeño símbolo en relieve. Me acerco para descifrarlo.

Es un círculo rodeado de escritura cirílica que no reconozco de inmediato. Dentro, una cruz que no sigue ningún patrón religioso convencional: brazos torcidos, estrellas grabadas, una leve hendidura en el centro.

Frunzo el ceño.

He estudiado suficiente simbología ortodoxa rusa para saber que esto no es iconografía habitual.