Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) CAPÍTULO 1 – Seraphina
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CAPÍTULO 1 – Seraphina

Once años después

La luz de la mañana se cuela a través de las cortinas vaporosas, dorada y vacilante, como si esperara permiso para tocar algo demasiado delicado.

No me muevo para recibirla de inmediato.

Estoy encorvada sobre un lomo de vitela del siglo XVII, convenciendo a las capas quebradizas de separarse con una pequeña espátula humeante.

—Solo un poco más —murmuro, con los ojos entrecerrados detrás de mis gafas torcidas.

Tengo los dedos manchados de tinta y pegamento embadurnado cerca del codo, pero no me atrevo a ajustar nada ahora mismo.

Este libro ha sobrevivido a la guerra, al moho y al menos a un intento torpe de reencuadernación.

Merece una resurrección delicada. La requiere.

Contengo la respiración mientras la costura comienza a levantarse. Debajo, asoma un fragmento de marginalia manuscrita. Latín. Tinta roja desvaída. Iniciales floreadas. Mi corazón da su habitual aleteo traidor.

Esto. Ay, Dios, para esto vivo.

No por la fama. No por la financiación. Ni siquiera por la emoción de los encargos raros. Solo por este momento. La quietud arrebatadora del tiempo que contiene el aliento. La emoción vertiginosa de tocar un pensamiento que alguien enterró hace cuatrocientos años.

El vapor se enrosca alrededor de mis manos.

Al otro lado de la ventana, el alboroto de Astoria brama y resuena: un camión de reparto jadea hasta detenerse, algún niño chilla en algún lugar por encima de mí, y alguien, creo, está friendo ajo a las 9:12 de la mañana.

Señor, amo esta ciudad.

Me estiro lentamente, y la espalda me cruje con leves chasquidos que me arrancan un suspiro; alcanzo la regadera encajada entre mis tarros de hierbas prensadas.

—No has bebido en tres días —le digo al poto de la jardinera—. No me obligues a hacerte el boca a boca. No sabría por dónde empezar.

La planta se deja caer en protesta.

—Lo sé, cariño —arrullo y chasqueo la lengua—. Soy un monstruo.

La tetera en la estufa suelta un silbido agudo, y me arrastro hacia ella con mis calcetines de La noche estrellada, el suéter colgando de un hombro como una bata perezosa.

Vierto el té —manzanilla y jazmín hoy, con una generosa cucharada de miel— y lo coloco en el alféizar junto a mi ejército de plantas. A una distancia segura del trabajo.

Sin embargo, antes de que pueda acomodarme, mi teléfono vibra dos veces seguidas y me distrae de mi paciente manuscrito.

Me limpio los dedos en el dobladillo del suéter (quizás no sea un comportamiento apropiado de conservadora, pero el único público aquí es un códice centenario y un cactus llamado Víctor… sí, como en Hugo), y abro el mensaje.

Langford & March.

El nombre destaca en mi memoria, fácil de ubicar. Coleccionistas privados. Clientes discretos. Me contrataron una vez el año pasado. Recuerdo que pagaron bien y no hicieron preguntas después. Había sido mi tipo de trabajo, todo sobre ruedas de principio a fin.

Aun así, abro el correo electrónico, y no hay mucho. El contenido es breve y específico, casi rayando en lo brusco.

Leo:

«Se requiere restauración. Códice religioso, compuesto de los siglos XV-XVII. Se requiere traducción al ruso. Daño considerable. Plazo ajustado. Pago negociable (generoso). Por favor, confirme disponibilidad lo antes posible».

Entrecierro los ojos. No hay archivo adjunto, no hay cortesías. Solo esas líneas.

Plazo ajustado, pago generoso, y sin embargo… ¿sin supervisión? ¿Sin videollamada? ¿Sin gerente de proyecto respirándome en la nuca? Frunzo el ceño. Es como si alguien quisiera que el trabajo se hiciera rápido pero no le importara cómo se lleve a cabo.

—Por supuesto que es un soborno envuelto en vitela —murmuro.

Aun así, mi pulgar vacila.

Acababa de liquidar mi deuda de préstamos estudiantiles el mes pasado —por los pelos— y la semana pasada, la Junta de Subvenciones de Preservación decidió que yo era un riesgo.

«Juicio poco profesional», dijeron. Por lo visto, negarme a falsificar un certificado de procedencia para un donante con importantes conexiones políticas ahora se considera…

comportamiento activista. Prueba de que mis valores no se alinean con los suyos, básicamente.

Bueno, que les den.

Por supuesto, eso no significa que haya logrado reemplazar esa subvención. Y por mucho que me guste sentirme teóricamente independiente, los caseros, por desgracia, no aceptan la superioridad moral como pago del alquiler.

Miro el manuscrito extendido sobre mi escritorio.

Es viejo, sí… pero bastante sencillo. Una restauración menor.

Probablemente pueda terminarlo en los próximos dos días.

Este nuevo trabajo, sin embargo, tiene ese gancho que aparece de vez en cuando.

Ya lo noto por esa sutil y emocionante comezón que me provoca la mención del contexto religioso y la traducción.

La sensación de urgencia solo alimenta el frenesí que despierta en mí, imprudentemente curiosa.

Posiblemente peligrosa de la manera en que solo las cosas olvidadas pueden serlo.

Mi madre siempre dice que menos mal que no soy un gato.

Exhalo lentamente al pensarlo y asiento para mí misma.

No lo retraso más: escribo mi aceptación con rapidez, igualando la sequedad que hace un año me habría hecho dudar.

En cuestión de minutos, mi bandeja de entrada vuelve a sonar.

La oferta de trabajo llega sin pompa ni ceremonia.

Envían un contrato que abro enseguida en mi iPad para firmar.

Me mandan instrucciones para recibir al mensajero que ya está cruzando la ciudad.

Mi destino, sellado en el tiempo que se tarda en untar mantequilla en una tostada.

Miro el reloj: las 10:04. Según mis cálculos, eso me da poco menos de dos horas antes de que llegue el mensajero. Podría ducharme, me planteo. O… podría seguir trabajando en pijama como un gremlin con doctorado.

Opto por lo segundo.

Pero primero abro mi chat grupal.

(Pensar en mi madre siempre me hace echarla de menos, sin falta. Incluso ahora que he vuelto a la ciudad después de tantos años lejos, sigo sin verla lo suficiente).

Mafia de Tías 🍝👑

– Mamá: «¿Comiste??»

– Tía Lu: «Te echamos de menos, pequeña escriba. Las paredes de tu apartamento NO son amigas».

– Tía Rosa: «¿Todavía trabajando en el agujero hobbit??»

Se me escapa una risa. Su sincronización es inquietantemente precisa, como francotiradoras emocionales.

Yo: «Viva y alimentada a base de té. ¡Empiezo un nuevo proyecto hoy! ¡¡¡Intenso!!! Puede que me desconecte un rato. Os quiero <3»

La respuesta de mamá es instantánea.

—Uf. SABÍA que esta ciudad te tragaría. Me gustaba Chicago. Tenías el pelo más brillante en Chicago.

Pongo los ojos en blanco, pero la sonrisa persiste.

Viví en Chicago tres años: después del posgrado, después de la ruptura, después de todo.

Allí era más limpio, más tranquilo. Más fácil perderse en museos y archivos sin tropezarte con tu pasado en la tienda de la esquina.

Pero nunca lo sentí como un hogar. Era como ir tirando en una vida en la que había caído sin querer.

Así que volví a Queens. Alquilé este piso diminuto en un tercero, con sus suelos de madera combados y vistas a exactamente un árbol. Es polvoriento, caótico y tiene una presión de agua pésima. Y me encanta. Es todo mío.

Nadie sabe realmente que estoy aquí. Algunos pensarían que eso me haría sentir terriblemente sola. Y claro, también ha habido noches de esas. Pero en general, ha sido genial hacer vida de ermitaña y poder curarme las heridas en paz.

Han pasado seis semanas desde que me mudé, y aparte de mi casero, el repartidor y una vecina algo cotilla que me preguntó si era «una de esas brujas de TikTok», no he hablado cara a cara con nadie que no sea de mi familia.

Y no me quejo.

He descubierto que me encanta el silencio. (En la medida en que la ciudad que nunca duerme puede serlo.)

Me encanta cómo el edificio cruje como un viejo.

Me encanta cómo la luz de la mañana entra tamizada por mi cortina vaporosa y cae sobre mis notas como una bendición.

Me encanta que mi colección de tés ocupe toda una estantería en mi cocina del tamaño de un sello.

Me encanta poder colgar flores secas del techo sin que nadie me pregunte si están muertas o son arte.

Vamos, obviamente, a veces se hace cuesta arriba. Hay días en que acabo cogiendo el móvil y me quedo mirando el cursor parpadeante del chat, con el pulgar en el aire.

¿Qué iba a decir? ¿Que me siento sola? ¿Que echo de menos tener a alguien que no sea un objeto inanimado con quien hablar? ¿Que echo de menos sentir unos brazos rodeándome por la noche?

No. Eso son solo mis emociones, no la verdad. La nostalgia es una trampa de la mente, nada más.

Siempre acabo bloqueando el móvil y metiéndolo bajo un montón de muestras de marginalia.

Además, tampoco es que esté sola del todo. Hablo con los libros. Con mis plantas. Con los fantasmas invisibles del pergamino antiguo. Y hoy, hoy conoceré a un nuevo fantasma. Envuelto en lino, prensado entre siglos.

Otro secreto a la espera de un nombre.

Con eso basta, ¿no?

Me pierdo en el trabajo un rato, hasta que el estómago empieza a rugirme en protesta.

Vuelvo a la cocinita, corto un poco de queso, cojo un paquete de galletas de romero y me sirvo otra taza de té con una cucharada de miel reluciente.

Mi desayuno es el tipo de comida que decepcionaría hasta a un gato, pero me gusta el ritual.

Me gusta mi vida. Esto puede bastarme. Me parece más acertado que el pasado.

Mientras mastico las galletas, vuelvo a mirar por la ventana. En algún lugar ahí abajo suena un violín. Creo que viene del callejón de detrás de la panadería: el chaval que trabaja en la máquina de café a veces practica allí. Todavía no es bueno. Pero va mejorando.

Doy un sorbo al té y me dejo llevar por los matices.