Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3) PRÓLOGO – Damir #3
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PRÓLOGO – Damir #3

Se me cierra la garganta. No es solo el dolor.

Es la certeza lacerante de que no queda nadie con quien llorar.

Cuando llegue a casa, no habrá nadie esperándome para sostenerme.

No habrá nadie que me diga cómo criar a esta niña, ninguna compañera con quien resolverlo juntos, como se suponía que debíamos hacer.

Solo queda este yugo del deber, y el horror que se pudre como un cementerio dentro de mí. Y esta personita en mis brazos que no pidió nada de esto.

La veo exhalar una nubecilla de vaho mientras vuelve a quedarse dormida.

Curvo la palma sobre su espalda, la sostengo y dejo que su calor se cuele en mi pecho como un recordatorio de que no todo en mí está congelado todavía. Un recordatorio que voy a necesitar.

Giro la llave y el motor cobra vida con un rugido. Me alejo sin mirar atrás. No necesito hacerlo. El recuerdo de la tumba de Anya está grabado en mi alma, ahora.

La casa está demasiado silenciosa. Incluso con el gemido cansado del radiador, el ruido amortiguado de la ciudad que se cuela por las paredes aisladas, el suave susurro de la manta del bebé mientras la deposito en el moisés... está demasiado silenciosa.

La deposito con cuidado, temiendo que se despierte.

Es la imagen misma de la inocencia intacta.

Los puñitos regordetes y sonrosados de Taya se contraen mientras duerme, los nudillos con hoyuelos se abren y cierran como si persiguiera algo en sueños.

Hay alguna metáfora ahí para la que no tengo ánimo, así que no voy a pararme a pensarla.

Me siento a su lado un momento, en el borde del sofá, con los codos sobre las rodillas, y contemplo el espacio que se supone que es un hogar. Sin ella, no lo parece. No puede serlo.

La puerta de la habitación del bebé está entreabierta, y desde aquí veo la pared sin pintar.

Una mitad es verde pálido, suave y lisa.

La otra: yeso crudo y cinta de pintor, abandonada a medio poner.

El pincel sigue en la bandeja, sobre el suelo cubierto con una lona.

El cubo a su lado está seco. Probablemente arruinado.

La cuna de Taya sigue en nuestro dormitorio, la que Anya eligió cuando estaba embarazada. Madera de fresno blanco, sin pegatinas, minimalista. No quería «mierdas de princesa», había dicho.

Íbamos a trasladarla juntos a la habitación del bebé el fin de semana siguiente. Ese fin de semana nunca llegó.

¿Cómo se supone que voy a hacer esto ahora?

Me levanto sin pensar y voy a la cocina. El movimiento es mecánico, pero es lo único en lo que confío ahora mismo. Repito la rutina: Armario. Vaso. Congelador. Botella. Vodka.

Sirvo con la misma soltura que aprendí detrás de la barra donde conocí a Anya por primera vez, hace dos años y medio.

El líquido es tan claro y frío como el recuerdo de aquella noche. Helado como el viento en el cementerio.

Lo miro un momento, con el vaso descansando en la palma de la mano. Luego, como si tuviera prisa, me lo echo de un trago. Me abrasa la garganta con un ardor al rojo vivo, pero es algo que puedo soportar. Sirvo otro mientras trago con dificultad. El segundo quema un poco más.

No por el alcohol, sino porque recuerdo: los recuerdos empiezan a inundar mi mente sin que pueda evitarlo.

La risa ronca de Anya y su canto horrible mientras trajinaba por la cocina.

Su manía de echarle canela a todo, incluso a cosas que no la pedían.

Sus pies fríos en mis pantorrillas en mitad de la noche.

El olor a ámbar y lavanda de su melena rubio platino, que siempre me envolvía deliciosamente.

Mi chica. Queridísima amiga de mi corazón.

Hace cinco semanas y cuatro días que no está en esta habitación.

Aun así, su taza enorme sigue en el escurridor, como si fuera a volver por la mañana a llenarla hasta el borde con su café negro como el alquitrán.

Levanto el vaso para el tercer trago.

La mano me tiembla y el vodka se derrama por el borde. Bajo el vaso lentamente, con cuidado, como si pudiera explotar si no lo hago. No hay suficiente anestesia en el mundo para arrancar la agonía de esta herida.

Tras otra mirada fugaz a Taya, trago saliva y me dirijo al baño.

En el espejo, no me reconozco.

El hombre que me devuelve la mirada está pálido, demacrado.

Listo para el ataúd, podría decirse. Tiene la mandíbula tensa, sin afeitar.

Sus ojos —mis ojos— están cercados por ojeras, más oscuros de lo que recuerdo.

Mi abrigo negro parece una armadura. La nieve se ha derretido y ha dejado manchas húmedas en los hombros y las mangas, pero no me lo he quitado.

Debería cambiarme. Joder, debería ducharme.

Debería despertar a mi hija y darle de comer, jugar con ella, ser su papá.

Pero lo único que puedo hacer es quedarme ahí plantado. Mirando.

Esperando a que algo cambie. Lo que sea.

Sabiendo, incluso mientras lo hago, que nada cambiará y que todo cambia. No tengo ningún control. Y necesito recuperarlo —por Taisia, para criarla como Anya quería que la criara, tendré que hacerlo. No importa lo que tenga que hacer para lograrlo.