PRÓLOGO – Damir #2
Observo su espalda, recta y afilada, mientras atraviesa a los dolientes como una cuchilla atraviesa la seda. Los hombres a su alrededor se ponen en formación, sombras que orbitan una estrella más oscura.
A mi alrededor, la multitud se ha dispersado; regresan hacia coches con calefacción y escoltas silenciosas. El sacerdote ya se ha marchado con su libro, sus oraciones murmuradas se desvanecen como el espejismo efímero de una cinta plateada que se desenrolla del alma.
Me quedo con la tumba. Solo tierra. El frío. Un abismo que bosteza en mi interior. Ese abismo bien podría ser un agujero negro. Succiona hacia dentro, aniquilando cualquier comprensión de qué se ha llevado la fuerza magnética de una mujer que cambió mi vida.
Un aneurisma, habían dicho los médicos. Un vaso diminuto en su cerebro, un tic tac silencioso en la oscuridad. No hubo violencia. No pudo haber aviso. Solo hubo una respiración que no vino después de la anterior, y no había forma de encontrarle sentido.
Murió con la tetera aún al fuego. Paseaba distraída con las pantuflas peludas con forma de lobo que le había regalado como broma. El teléfono en la mano un momento, y al siguiente estampándose contra el suelo de nuestra cocina.
Habría estado dispuesto a iniciar una guerra por ella.
A orquestar un asesinato a sangre fría. A cobrar una vendetta.
Habría pintado las putas calles de rojo por ella.
Pero no había nadie a quien matar, ¿verdad?
Ningún nombre que grabar a puñetazos. Solo queda el hueco en la cama junto a mí, que se burlará de mí el resto de mi vida: Esto es lo que creíste que tuviste la suerte de conseguir.
¡Qué buen chiste! Los chuchos como tú no tienen final feliz.
Aprieto a Taya contra mí y hundo el rostro en el gorro con olor a talco que cubre su cabecita.
No sé si la estoy consolando o enjaulando.
Solo sé que no puedo soltarla. No me queda nada más a lo que aferrarme.
Solo quedamos ella y yo, y esta criatura diminuta, suave como un suspiro, es todo lo que queda de Anya.
Es mía. De Anya. No de Viktor.
No de la puta Bratva.
No es una puta Barinov. Es una Sokolov, y me corresponde a mí decidir qué significará eso.
Sí, sé lo que ven cuando me miran. No a un padre. No a un hombre que perdió a su mujer.
Un lastre con pulso al que pueden manipular.
Un viudo con una conexión demasiado estrecha para ignorar.
Algunos empezarán a preguntarse si usaré a Taisia para reclamar poder. Otros se preguntarán si Viktor la usará contra mí. Ninguno preguntará cómo estoy. No entenderían la respuesta aunque se la diera.
¿Qué saben ellos de un amor así? ¿De verdadera, auténtica devoción? De amar a alguien a quien has echado de menos cada día antes de que entrara en tu vida.
De amar a alguien tan profundamente que ni siquiera encuentras en ti las fuerzas para llorar.
Y no lo he hecho.
No cuando la vi en la cama del hospital, cerúlea e inquietantemente inmóvil.
No cuando me entregaron su certificado de defunción con un sobre fino de efectos personales.
Ni siquiera cuando abrí la puerta del apartamento y vi el teléfono de Anya todavía en el suelo, fulminado por el hecho innegable de que ella nunca volvería a casa.
Tampoco lloraré ahora. No hay espacio para eso.
Ya no. No puedo. Enterraré esta ternura con ella, junto con estas nociones idílicas de dulzura y fe.
No es lo que mi hija necesitará de mí. Bajo la mirada hacia el bultito cálido que se remueve en mis brazos, y sé que tengo que mantenerla a salvo cueste lo que cueste.
Hago una promesa que jamás pronunciaré en voz alta: Nadie la tocará. Nadie se aprovechará de ella. Y nunca, jamás volveré a amar nada. Ella será mi mundo entero. No dejaré espacio para nada más.
Cuando por fin me doy la vuelta, no me despido. No deposito una rosa sobre el ataúd. No me demoro como quien aún tiene algo que sentir. Acomodo a Taya más arriba contra mi pecho, le ajusto la manta alrededor del rostro.
El viento corta con fuerza mientras doy el primer paso alejándome de la tumba.
La nieve cruje bajo mis pies, compacta y fina en algunos lugares, suave como polvo en otros.
Abro camino entre los dolientes. No digo nada, y los veo apartarse a mi paso como si fuera algo que preferirían no tocar.
Cruzo la mirada con un hombre —el menor de los Barinov, creo—.
Se estremece y aparta la vista de inmediato.
Bien, decido. Que lo hagan. Que se pregunten si vendré a cobrarme una sangre que no existe.
Que olviden que alguna vez sonreí.
Paso junto a Viktor de camino a la verja.
Él tampoco me mira. Merodea cerca del último de los coches negros, con las manos cruzadas a la espalda, la mandíbula tensa como piedra.
Sus hombres lo rodean como lápidas. Veo a Nina a su izquierda.
La prima de Anya. Me sostiene la mirada, pero no se mueve, no parpadea.
Nadie habla.
Y yo no me detengo.
Mi coche está aparcado cerca del final de la fila.
SUV negro, estándar de la Bratva. El conductor asiente cuando me ve, pero no dice nada más.
Le quito las llaves de la mano y lo despido con una mirada.
No discute. Abro la puerta trasera. El interior está templado, con el calor residual del motor aún ronroneando.
Taya se remueve. Abre los ojos, borrosos y desenfocados.
Le doy un beso en la frente y me acomodo en el asiento del conductor con ella todavía en brazos.
Con una mano, cierro la puerta. El golpe es más fuerte de lo que debería y la sobresalta.
Empiezo a mecerla cuando su labio inferior comienza a temblar, señal inequívoca de que está a punto de echarse a llorar.
¿Cómo diablos voy a hacer esto solo?
El mundo se encoge. La soledad nos envuelve como una gasa.
No arranco el motor de inmediato. Con miedo a moverme, me quedo ahí sentado, escuchando cómo la nieve se acumula a rachas contra el parabrisas. Miro por el espejo retrovisor y veo a la multitud dispersarse a cámara lenta, cada vez más pequeña, menos desolada, menos real.