Juramento de sangre (Pecados y secretos nº 3)
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PRÓLOGO – Damir
La nieve desciende como el silencio hecho visible, cada copo un susurro fantasmal que se posa suavemente sobre el mundo, amortiguando el sonido y el movimiento bajo un delicado velo blanco.
Es ese frío que entumece incluso bajo la lana y se instala en los huesos, que se cuela bajo los cuellos y se aloja tras los ojos.
Llevo el cuello del abrigo levantado, no por comodidad, sino por contención.
No hago ademán de sacudirme la escarcha que me cubre los hombros.
Dejo que se acumule, adorno para el peso invisible que cargaré para siempre.
Hileras de coches oscuros bordean el camino más allá de las puertas de hierro, cada uno reluciente e inmóvil entre los remolinos de copos de nieve.
Los cuervos trazan círculos en lo alto, destellos negros contra un cielo color ceniza.
Los árboles están desnudos, con las ramas extendidas como manos de muertos.
No sé distinguir si es mi universo el retrato de la devastación o el mundo entero. Ya no me importa. Para mí, es lo mismo.
Hoy permanezco inmóvil frente a la tumba abierta del amor de mi vida.
Taya descansa contra mi pecho, envuelta en su manta amarillo pálido.
Tiene el rostro vuelto hacia dentro, acurrucado en el hueco de mi garganta.
Siento el cálido abanico de su aliento haciéndome cosquillas en el cuello.
Es tan frágil en mis brazos que me aterra moverme.
Hacerle daño, de algún modo, a lo único blando que queda en mi mundo.
¿Volveré a ver alguna vez la dulzura en este mundo?
Al menos no es posible mientras el sacerdote habla en ruso, con la voz distante, resonante bajo el cielo acerado. «Со святыми упокой, Христе, душу рабы Твоея…», entona.
Concede el descanso, oh Cristo, con los santos, al alma de tu sierva…
No escucho el resto. No puedo soportarlo: esto. Nada de esto.
Taya se mueve. Un hipo de movimiento. Luego quietud.
Me reajusto el brazo para sostenerla con más fuerza, no por ella sino por mí.
Si no lo hago, temo olvidar cómo sostener nada.
Es una buena bebé. Joder, casi se lo reprocho.
Duerme profundamente, felizmente ajena a la catástrofe que nos ha golpeado.
No a los demás; a nosotros, a ella y a mí.
Somos nosotros quienes la hemos perdido.
Los demás son espectadores de una mujer que creen conocer.
Una mujer que odiaba todo lo que ellos representan.
Que odiaría esto, en realidad. Cada maldito detalle.
Resoplaría ante el ataúd demasiado pulido.
Caoba, laca brillante, asas doradas. Caro, de buen gusto, y nada que ver con Anya Barinov-Sokolov.
Mi esposa odiaba las pretensiones. Había dicho que quería ser incinerada, no enterrada, y después me prohibió adorar una urna con sus cenizas sobre la repisa de la chimenea del salón.
«Quiero irme como una cerilla», me dijo una vez, medio borracha y descalza en nuestra cocina, con las uñas de los pies pintadas de negro y los dedos encogidos por el frío de las baldosas. «Brillante, rápida, desafiante».
Pienso en que no fue así como se fue, ni de lejos.
Observo cómo bajan la caja de madera brillante que contiene su cuerpo a la fosa, lentamente, y comprendo esas historias sobre tener que sujetar a los seres queridos para que no se arrojen a la tumba con el difunto.
La bajan a cámara lenta, como si esperaran que salte del ataúd, como si fuera una maldita caja sorpresa.
No parpadeo. Quizá espero lo mismo.
Esto no puede ser real. No puede estar pasando. Parece una parodia absurda cuyo sentido nunca conoceré. Horror sin sentido.
A mi alrededor, la Bratva Barinov se dispone en semicírculos dispersos, todos con abrigos gruesos, guantes negros, rostros que saben permanecer inquietantemente inmóviles.
Hombres con violencia en la mirada. Mujeres envueltas en pieles y de luto como quien cumple cualquier otro ritual trivial.
Algunos han traído a sus hijos. Pequeños, con los ojos muy abiertos, demasiado jóvenes para entender por qué nadie sonríe.
Parecen muñecos. Todos ellos, tan enloquecedoramente bien portados como la bebé dormida que sostengo contra mi pecho.
Cuánto desearía que uno de ellos gritara, aullara ferozmente. Que se portara mal. Que lanzara piedras al maldito sacerdote que entona su oración vacía sobre la misericordia del Señor y la belleza del Cielo. Nadie lo hace. Nadie lo hará.
Ni siquiera me miran directamente. Pero sé que me ven. Lo noto: su curiosidad, sus cálculos. Eso sí puedo entenderlo. Soy el forastero. Lo fui, siempre lo seré. El perro callejero al que Viktor Barinov puso collar solo porque a su hija no había quien la domara.
Ahora ella se ha ido, y yo sigo aquí.
La tierra cae sobre la tapa del ataúd con un ruido sordo.
Alguien murmura: «Царствие небесное».
El reino de los cielos.
Aprieto los dientes y no digo absolutamente nada.
Al fin, un niño pregunta algo a su madre en voz demasiado alta y lo hacen callar casi al instante.
Observo el viento sacudir las ramas quebradizas y me pregunto, no por primera vez hoy, si aguantarían el peso de mi cuerpo en el otro extremo de una cuerda el tiempo suficiente para acabar con mi sufrimiento.
En algún lugar al fondo, uno de los lugartenientes del Pakhan tose tapándose con una mano enguantada.
Aun así, Taya sigue durmiendo profundamente. Ha estado tranquila desde el hospital. Lo siente. Debe sentirlo. Incluso ahora, incluso aquí. Acaba de llegar al mundo, y ya debe pesarle, ya debe saberlo, que el mundo ha empezado a quitarle cosas.
Bajo la cabeza, apenas un poco, y le beso la frente. No se mueve.
A lo lejos, detrás de la última fila de dolientes, veo a Viktor.
Permanece como una estatua tallada en hielo.
Un abrigo largo como los demás, con cuello de piel, todo tan negro como sus guantes de cuero.
Lleva el sombrero perfectamente ladeado.
Lo que alcanzo a ver de su rostro bajo el ala está envuelto en sombras, indescifrable.
El hombre es un extraño para mí. Lo había sido, en casi todo, para su propia hija.
Antes no me importaba, más allá de la herida que había dejado en Anya.
Mientras observo sus ojos fijos en la tumba inacabada de Anya, asumo que ya no tengo ese lujo.
Al menos no se acerca. No habla. Solo observa, impasible. Como si no fuera a su hija a quien están enterrando. Podría estar mirando los malditos semáforos, esperando que cambien de rojo a verde, a juzgar por su expresión.
No hemos hablado desde la noche en que murió Anya.
Cuando llegó la llamada, fui yo quien se lo dijo.
Quise ser yo. Pensé que debía oírlo de mi boca, no de alguien del hospital ni de uno de sus propios secuaces.
No dijo nada, solo: «Estaré allí. Dile a Nina que se encargue del funeral.
Será digno de una Barinov». Yo tenía a su nieta en brazos.
Ya tiene un año y medio, y nunca la ha conocido.
¿Debería sorprenderme que me atraviese con la mirada como si yo formara parte del paisaje miserable?
Quizá lo sea. Lo percibo cuando el sacerdote cierra su libro con un golpe sordo.
Es la señal de que el servicio ha terminado.
Algunos dolientes empiezan a dispersarse.
No hacia mí, sino rodeándome, como la niebla que se abre paso en torno a una piedra.
No me muevo. No puedo.
La nieve sigue cayendo. No se detiene por el duelo.
Lo oigo antes de verlo. Aunque la nieve amortigua casi todos los sonidos, sus pasos aún resquebrajan la quietud como hielo que se fractura sobre un lago helado: lentos, amenazantes, presagio de grietas más profundas bajo la superficie.
No me giro. Dejo que Viktor acorte la distancia.
Cuando se detiene a mi lado, siento que el frío se intensifica. Ahora contempla la tumba. Tiene las manos entrelazadas frente a él; los guantes de cuero negro chirrían levemente cuando flexiona los dedos una vez y luego se queda inmóvil.
Una tensión punzante se asienta entre nosotros.
Mi bebé se remueve en mis brazos otra vez. Le ajusto la manta sin necesidad.
—Se parece a Anya —dice Viktor finalmente, sin mirarme.
Su acento es más cerrado que el de Anya, cuyas vocales se volvían más pesadas y redondas cuando estaba borracha o furiosa. No he tenido mucho trato cara a cara con este hombre. Ahora me pilla desprevenido.
—Tiene su boca —coincido—. Su sonrisa perdurará. Es una bendición para el mundo.
Asiente una vez, un gesto vacío.
—Será fuerte.
Por fin alza la mirada; sus ojos se clavan en los míos. Su palma cae sobre mi hombro como un albatros.
—La criarás bien, Damir.
No es una pregunta.
Le sostengo la mirada sin pestañear.
—La criaré como mía.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros como humo pútrido.
Un destello —no de sorpresa, sino de algo más frío— le cruza el rostro.
Una línea en la nieve, trazada.
Durante un largo momento, ninguno de los dos habla.
Sobran las palabras para saber que esto es el comienzo de una guerra entre nosotros. No con armas. No con sangre. Con ella. Esta niña entre nosotros: Taisia Barinov-Sokolov. Mi hija. Su nieta. El único legado que le queda.
Mi último vínculo con Anya. Su última baza contra mí.
—Anya tomó las decisiones que tomó —suspira Viktor—. Era, es y será para siempre la hija de Viktor Barinov. Lo que significa que tu hija es y seguirá siendo una Barinov.
Tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no enseñarle los dientes. Para no arrastrarlo a ese agujero y enterrarlo junto a la hija que repudia con tanta facilidad. No, no le daré esa puta satisfacción.
Sé lo que es esto. Una prueba. Una advertencia.
Una pieza de ajedrez que se mueve sin tocar el tablero.
Es un juego para él, un jodido juego de poder que no puedo, no quiero, no pienso tolerar.
No hoy. No aquí. Paso a Taya de un brazo al otro, apartándola de la serpiente. Esta conversación ya ha terminado.
Por ahora, al menos.
Viktor no replica. Sin mediar palabra, da media vuelta y se aleja.