Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

El gambito de la reina

Evelyn

L o primero de lo que fui consciente al despertar, aparte del hecho de que estaba atada a una silla, fue del martilleo en mi cabeza donde me habían golpeado.

Entonces, de golpe, todo volvió a mi memoria. La emboscada en la calle… cómo me sacaron a rastras del vehículo… la culata de una pistola cayendo con fuerza sobre mi cabeza.

Después nada, hasta que me desperté aquí.

Analicé el austero interior, obligando a mis ojos a adaptarse a la tenue luz. Una bombilla que parpadeaba colgaba del techo. Me recordó a otra bombilla desnuda en otro almacén donde Dante me había interrogado.

Aquel había sido el comienzo de todo, pero esto parecía el final.

Mi visión era clara, así que no creía tener una conmoción cerebral o, si la tenía, era leve.

El lugar estaba vacío, aparte de una pila de cajas amontonadas en un extremo con etiquetas de envío desvaídas.

Dado que olía a agua de río mezclada con aceite y metal oxidado, y que cerca oía el agua golpear rítmicamente contra los pilares, supuse que me tenían retenida en un almacén cerca de los muelles.

Intenté mover las manos, ancladas a los brazos de madera de la silla, pero las bridas de plástico se me clavaron en las muñecas.

Las habían apretado mucho y no dejaban mucho margen de maniobra.

Además, el reloj que Dante me había regalado tenía el cristal roto y el temporizador había dejado de funcionar. Debió de romperse en la emboscada.

¿Seguiría funcionando el rastreador de su interior?

El pánico me atenazó la garganta y me obligué a respirar. A pensar. ¿Quién podría haberme secuestrado y por qué?

La respuesta más obvia eran Los Santos Rotos, el cártel colombiano; sin embargo, los hombres enmascarados que me habían llevado tenían acento estadounidense, estaba segura. Los había oído gritarme que saliera del todoterreno.

Tampoco eran rusos, lo que descartaba a Sergei, que sabía que era un archienemigo de los Marcelli. No es que pensara que el coleccionista de arte fuera a secuestrarme, no era su estilo. Demasiado chapucero.

Por lo que sabía del oligarca ruso, era sofisticado y con clase.

Le gustaban los clásicos, el arte y la arquitectura.

Claro que podía haber contratado a matones para que hicieran el trabajo sucio por él, pero ¿por qué?

Mikhail podría haberme llevado en la galería si Sergei realmente lo hubiera deseado.

No, tampoco eran ellos.

Entonces, quién demonios⁠—

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por unos pasos crujiendo sobre la grava en el exterior. Se hicieron más fuertes a medida que la persona se acercaba, y mi corazón empezó a acelerarse. Una cerradura resonó y la puerta de acero se abrió lentamente hacia dentro.

Parpadeé, esforzándome por ver quién era mi captor. Todo lo que veía era una silueta emergiendo de la oscuridad. Era alto, bien vestido, con un estilo que me resultaba… familiar.

Se me hundió el estómago.

No podía ser.

—Hola, Evelyn —dijo una culta voz británica.

Me quedé sin aliento. —¿Vincent?

Entró de lleno en la luz y, por primera vez desde que lo conocía, el encanto cuidadosamente pulido había desaparecido. Sin sonrisa cálida. Sin sofisticación natural. Su rostro parecía de algún modo más duro, despojado de todo hasta revelar algo amargo y feo bajo el refinamiento.

—¿Qué haces aquí? —tartamudeé, bajando la mirada hacia la pistola que tenía en la mano. Estaba tan fuera de contexto que mi lerdo cerebro no ató cabos de inmediato.

Entonces me golpeó como un tren de mercancías. Le había dicho que me reuniría con Leo esta mañana. Así era como sabía dónde estaría. Nadie más que Dante y Leo lo sabía.

—Oh, Dios mío. —Se me quebró la voz—. Fuiste tú quien contrató a esos tipos para secuestrarme.

Vincent no dijo nada.

—¿Por qué? —susurré, mirándolo fijamente. Estaba sumamente confundida—. Trabajas para los Marcelli. ¿Te han ordenado ellos hacer esto?

¿Era esta su forma de deshacerse de mí? El estorbo. ¿Hacer que pareciera un secuestro que salió mal?

Estaba entrando en una espiral, mi mente conjurando un millón de escenarios, ninguno de los cuales terminaba bien.

Vincent sonrió con sorna. —Vaya, realmente tienes problemas de confianza si crees que Dante Marcelli me contrataría para mandarte asesinar.

Le fulminé con la mirada.

—Sobre todo porque ahora te acuestas con ellos, si me permites el escabroso juego de palabras. —Se rió de su propio chiste.

El dolor en mi cabeza era intenso y cerré los ojos para combatirlo.

—No lo entiendo —murmuré, esperando a que pasara lo peor.

Era demasiado. Estar secuestrada —otra vez—, atada y con un dolor de cabeza punzante.

Sentí que las lágrimas calientes me escocían en los ojos tras los párpados, pero los apreté con más fuerza, decidida a no dejar que cayeran.

No iba a darle a Vincent, esa comadreja, la satisfacción.

—Si no han sido ellos, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué quieres de mí? —pregunté, mirándolo de reojo.

—No quiero nada contigo —dijo él, gesticulando con la pistola—. Son los Marcelli quienes me interesan.

Fue entonces cuando las piezas empezaron a encajar. Vincent me estaba usando para llegar a Dante, porque él se preocupaba por mí. Al menos, Vincent creía que lo hacía.

Sorbí por la nariz, desolada. —Si crees que puedo influir en Dante de alguna manera, te equivocas. No significo nada para él. Me lo dijo él mismo ayer mismo. —No pude evitar el tono de amargura en mi voz.

Por un momento, el brillo de seguridad en los ojos de Vincent desapareció, sustituido por la preocupación. Luego recuperó la compostura. Pero yo lo había visto.

—Me dijo que ya había cumplido mi propósito y que lo nuestro se había acabado. De hecho, me iba a sacar de su apartamento hoy mismo, si no fuera porque tú te has interpuesto.

Me di cuenta de que no sabía si creerme o no.

—Tonterías —dijo tras un instante—. Vi cómo te miraba en la gala benéfica, como si fuera a devorar vivo a cualquier hombre que se te acercara.

¿Por qué crees que mantuve las distancias?

Dante Marcelli tiene una vena posesiva, como de sobra sabrás.

Una vez que algo es suyo, no lo suelta. Jamás.

Si crees que me vas a engañar con tu numerito, te equivocas.

Se me hundió el alma. No porque estuviera mintiendo, sino porque no lo hacía.

—Eso fue entonces —dije con voz débil—. Las cosas han cambiado. —Dante no vendría a por mí porque no le importaba.

—Estás perdiendo el tiempo —le dije a Vincent, con voz hueca—. No siente nada por mí. De hecho, probablemente les estés haciendo un favor a él y a su familia de criminales quitándome de en medio.

Él frunció el ceño. —Eso está por ver.

Me quedé en silencio, estudiándolo. Parecía preocupado, como si algo de lo que yo había dicho le hubiera tocado la fibra sensible. ¿Qué quería que hicieran los Marcelli, de todos modos? ¿Cuál era su objetivo?

Hice memoria sobre la actual guerra de territorios entre la Bratva y el cártel, exacerbada por los Marcelli, por supuesto. Por mí. Yo también era cómplice de esto.

Había sido yo quien habló con Mikhail y le contó el acoso de los colombianos. Había expresado mi preocupación por el nuevo cliente que había ido a la galería. Le había contado lo del asalto a mi apartamento y el tiroteo en el garaje subterráneo.

Pero no le había dicho nada de eso a Vincent.

Él era el hombre del dinero de los Marcelli. El que blanqueaba su dinero de la droga y utilizaba mi galería, junto con otros pequeños negocios, para hacerlo.

Entonces me asaltó un pensamiento. Si les prestaba ese servicio a ellos, ¿quién decía que no lo estuviera haciendo también para otras organizaciones criminales?

Quizá trabajaba por cuenta propia. Sabía lo suficiente sobre los negocios de los Marcelli como para ser una amenaza.

Confiaban en él. Valentina confiaba en él.

Nunca sospecharía que la estaba traicionando.

Excepto que aquí estaba él encañonándome.

—Tú también trabajabas para los colombianos, ¿verdad? Les diste la información del cargamento, hiciste la llamada desde el fijo de Alberto para que pareciera que él era el soplón. Vendiste a los Marcelli.

—Chica lista —dijo con una sonrisa lenta—. Siempre me gustó eso de ti.

—¿Cómo pudiste? —dije con voz ronca, la furia superando a mi miedo—. Confiaban en ti. Sois viejos amigos.

Él inclinó la cabeza. —No deberías dar cosas por sentadas, Evelyn. ¿Es que no te he enseñado nada?

Lo miré fijamente.

—Los Marcelli me estaban usando, igual que te usaban a ti. Para limpiar su dinero. Para darles respetabilidad. Pero todo es una farsa.

—¿Así que los vendiste a los colombianos?

—Pagaron generosamente por la información.

—¿Qué los hace mejores que a los Marcelli? —pregunté.

—Bueno, su dinero, para empezar. Tienen mucho más. Además, quieren quedarse con la galería y buscan un nuevo propietario. Siento decírtelo, Evie, pero tú vas a salir del mapa.

La rabia estaba sustituyendo el martilleo en mi cabeza, aliviando el dolor. —¿Así que te vas a quedar con mi galería?

—Con los Marcelli fuera del camino, el camino estará libre. Los colombianos tendrán una ruta perfecta para introducir su mercancía en el país, y yo ganaré mucho dinero ayudándoles a conseguirlo.

—Eres despreciable —escupí.

Él se rió. —Eres demasiado sensible. El dinero es el dinero. Todo es lo mismo. ¿Por qué no iba a jugar con unos contra otros? Si tuvieras algo de cerebro, estarías haciendo lo mismo tú misma, pero no tenías ni idea de lo que pasaba bajo tus propias narices.

Estaba tan enfadada que temblaba. Puede que antes no lo supiera, pero ahora era una persona diferente. Dante se había asegurado de ello.

Había salido de mi mundo para entrar en el suyo. Ahora tenía los ojos bien abiertos y ya no había vuelta atrás.

—¿Cómo vas a conseguir que se retiren? —pregunté.

Sonrió sombríamente. —Ahí es donde entras tú.

Un escalofrío gélido me recorrió.