Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Il Lupo

Evelyn

L o último que me apetecía hacer era ir a ver al infame abuelo de Dante, pero como estaba atrapada aquí hasta que el pesado zopenco de Dante Marcelli decidiera llevarme a un piso franco, no encontraba ninguna razón para negarme.

Además, el viejo zorro me había caído bien y me dio la sensación de que yo también le gustaba o, al menos, contaba con su aprobación.

Así que, cuando Kyle vino a buscarme a las nueve de la mañana, me aseguré de estar lista. En cualquier caso, era mejor que esperar a que él se despertara. Una cosa tenía clara: no quería tener nada que ver con ese hombre, y menos después de lo que me había dicho anoche.

Por lo que a mí respectaba, él y yo habíamos acabado. Finito.

Y de ninguna manera me iba a mudar a un piso franco, pensé con amargura mientras bajaba las escaleras acompañada por un Kyle siempre alerta. Me imaginé una propiedad impersonal e indescriptible en algún lugar remoto y me estremecí. La cabaña ya había sido bastante mala.

Ahora participaba voluntariamente en el diabólico plan de desmantelamiento de su familia, ya no era una víctima. Me negaba en rotundo, al cien por cien, a que me trataran como a una.

—Siento que hayas tenido que renunciar a tu sábado para llevarme de un lado a otro —me disculpé con Kyle mientras subíamos al todoterreno. Se estaba perdiendo un valioso tiempo en familia.

—No es ningún problema —dijo él, cerrando la puerta tras de mí.

Me caía bien Kyle. Para ser un antiguo soldado convertido en mercenario, estaba sorprendentemente bien equilibrado. Aparte del pequeño detalle de trabajar para Dante Marcelli, por supuesto. Pero dejando a un lado esa cuestionable elección de vida, parecía un hombre genuinamente decente.

Durante las últimas dos semanas me había enterado de que su mujer se llamaba Lilian y que su hijo pequeño, Astro, cumplía seis meses el próximo martes. Al parecer, lo concibieron mientras contemplaban las estrellas en la parte trasera de la camioneta de Kyle, en algún lugar de la Pensilvania rural.

Aquel gigantón exmilitar se había ruborizado incluso al contarme esa parte.

Era tan romántico... y me resultaba imposible imaginar a Dante haciendo algo así. El tipo no tenía ni un solo hueso romántico en su cuerpo irritantemente hermoso. Y definitivamente no en plan contemplar las estrellas.

No. Dante era más del tipo «desnúdame y alíviame la tensión sobre la encimera de la cocina». El pensamiento hizo que se me encogiera el estómago.

No. No. NO.

No iba a pensar de ninguna manera en la última vez que me hizo correrme. Ni en la última vez que dormimos juntos después del tiroteo. Lo atento que se mostró. Lo paciente. Como si hubiera querido borrar los horrores del ataque en el aparcamiento y sustituirlos por algo que reafirmara la vida.

Negué con la cabeza. Le estaba dando demasiado crédito al cabrón. Probablemente solo estaba pensando en el sexo. Aprovechando la oportunidad en su beneficio.

Ugh. Ya estaba otra vez con lo mismo. Por mucho que lo intentara, no podía sacarme a ese idiota guapo de la cabeza.

Supongo que, en cierto modo, entendía por qué se estaba alejando.

Su familia estaba en guerra y las cosas se estaban complicando.

Necesitaba centrarse en lo que estaba pasando fuera, no en mí.

No en una mujer con la que había tenido un apasionado romance de pocas semanas y a la que ya no necesitaba.

Esa parte era cierta. Mi papel había terminado. Había cumplido con mi papel y ahora él y su despiadada familia ya no me necesitaban más. Al parecer, eso incluía tanto su cama como el plan para acabar con Los Santos Rotos.

Me había dicho que no podía irme porque era peligroso, pero era mentira. Sabía que la verdadera razón era porque yo representaba un riesgo.

Sabía cosas. Cosas peligrosas.

Si le llevaba mi información «privilegiada» a Malakov o a la policía, podría complicarles la vida enormemente a los Marcelli.

Era tentador, tenía que admitirlo. Pero era demasiado consciente de lo rápido que llegaría su castigo. Dudaba que sobreviviera una segunda vez.

Además, ¿cómo podía traicionar a Dante?

Al hombre al que amaba.

Me quedé sin aliento cuando la constatación me golpeó con la fuerza de una bola de demolición. En algún momento de este viaje salvaje y loco, me había enamorado perdidamente de mi captor, ese hombre taciturno, emocionalmente atrofiado y, sin embargo, increíblemente guapo.

Estar con Dante no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.

No eran solo los orgasmos, aunque se le daba extremadamente bien proporcionarlos, era la intensidad de su mirada cuando me miraba.

El calor que me recorría cuando nos besábamos.

La alegría absoluta que sentía cuando estaba enterrado profundamente dentro de mí, como si ese fuera su lugar.

Un sollozo se me quedó atrapado en la garganta. Maldita sea. ¿Cómo podía haberme enamorado del único hombre al que más despreciaba en el mundo? El hombre que me había arruinado la vida, destruido mi carrera, destrozado todo lo que había construido a lo largo de los años. Era tan... inoportuno.

Cuando Kyle me miró por el espejo retrovisor, me aclaré la garganta e intenté parecer normal.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí. —Sí, gracias. Solo que no quiero llegar tarde. —Miré mi reloj. Teníamos tiempo de sobra.

La esfera se volvió borrosa ante mis ojos.

Mierda. El reloj que él me había regalado.

La correa de eslabones de oro destellaba bajo la luz de la mañana que entraba por la ventanilla del todoterreno. La esfera pálida me devolvía un brillo suave. Riéndose de mí.

Era precioso. Lo odiaba.

Me arrepentía de no habérselo lanzado a la cabeza.

—Llegaremos a tiempo —me aseguró Kyle, esbozando una sonrisa. Parpadeé, olvidando por un momento de qué estábamos hablando—. No haremos esperar a Il Lupo.

Leo vivía en una casa de piedra caliza restaurada en el Upper East Side, con vistas a una calle tranquila y arbolada. No había verjas de hierro forjado ni vallas eléctricas. No había un camino de entrada serpenteante ni una mansión, como habría esperado de un don de la mafia retirado.

—¿Aquí es donde vive? —Miré por la ventana. Era lujoso, pero elegante. Aunque definitivamente había cámaras de seguridad. Estaban colocadas discretamente, pero no ocultas. ¿Un elemento disuasorio para posibles invasores, quizá?

Dos guardias armados estaban fuera, frente a la casa, e imaginé que con lo que estaba pasando ahora mismo, habría más en la parte trasera. Miraban la calle sin decir palabra, con sus cuerpos musculosos tensos y alerta.

Kyle intercambió un asentimiento con uno de los guardias de fuera antes de guiarme por los escalones de la entrada.

—Esperaré en el vehículo —me dijo—. Tómate tu tiempo.

—Gracias, Kyle.

Una mujer de cabello oscuro, de unos cuarenta y tantos años, vestida con un impecable traje de chaqueta y unos elegantes zapatos de salón, con el pelo recogido en un moño chic, abrió la puerta antes de que yo llegara a llamar. Me quedé helada, con la mano suspendida en el aire.

—Señorita Cruz —dijo con naturalidad, con la mirada pasando de los guardias de seguridad a Kyle, que se había vuelto a subir al todoterreno y me observaba por la ventanilla, antes de centrarse finalmente en mí—. Soy Giselle, la administradora de la casa. El señor Marcelli la espera.

No se parecía a ninguna ama de llaves que hubiera visto jamás. Más bien parecía una guardaespaldas corporativa, y estaba segura de que aquel bulto bajo su americana tenía forma de pistola, pero asentí cortésmente y la seguí al interior.

El interior era impresionante. A diferencia de la suite de Dante, similar a la de un hotel con su masculinidad pulida y sus bordes modernos, el hogar de Leo se sentía habitado. Era acogedor, con ricos paneles de nogal revistiendo las paredes y enormes óleos colgados bajo apliques de latón antiguos.

Me detuve a contemplarlos. —Vaya. Son increíbles.

Giselle se limitó a sonreír con condescendencia y esperó a que yo la siguiera.

Reconocí algunas piezas de gran valor pero me guardé mis preguntas. Giselle no parecía del tipo parlanchín, pero esperaba tener la oportunidad de preguntarle a Leo por ellas más tarde.

Entramos en la sala de estar y vi al abuelo de Dante sentado en un sillón leyendo un libro. Se puso en pie con cierta dificultad cuando entramos. Me fijé en su bastón junto al sillón, pero no lo utilizó.

—Señor Marcelli, la señorita Cruz está aquí para verle.

—Gracias, Giselle —dijo él, con los ojos brillantes.

Ella asintió brevemente y desapareció por donde había venido.

—Debe disculpar a Giselle —dijo él, indicándome con un gesto que me sentara en el sillón vacío frente a él—. Fue sargento mayor en el ejército y se toma su trabajo muy en serio.

Saltaba a la vista. Al sentarme, eché un vistazo a las estanterías repletas de libros de todo tipo, los sillones de cuero a juego con sus reposapiés y una hermosa alfombra roja y dorada que estaba casi segura de que era una auténtica alfombra persa.

En las paredes había obras de arte aún más exquisitas. Olía ligeramente a café expreso, humo de puro y pintura al óleo.

—Tiene una casa preciosa —dije, volviéndome hacia él.

—Gracias. Esta es mi sala de estar privada. Tengo una zona más formal para las visitas, pero esta es mucho más acogedora.

—Me siento halagada —dije, elevando la mirada hacia un majestuoso Hockney de su primera época colgado sobre el mármol.

Representaba el amanecer, o quizá el atardecer, sobre la Riviera francesa.

Los tonos rosa pastel, malva y turquesa parecían contener un resplandor interior que me encantó.

Me hizo pensar en lugares lejanos y en vacaciones de verano.

La punzada que sentí por mi actual y desesperante situación fue aguda. Tomé aire e intenté no mostrar lo desolada que me sentía.

—Lo compré en una subasta en Londres —me contó.

—¿Perdón? —le miré parpadeando.

—El David Hockney.

Asentí, mientras mi cerebro, algo lento, se ponía al día. —Es una pieza impresionante.

—Pero usted también tiene piezas muy hermosas en su galería —dijo él.