Capítulo 32
Un zorro astuto
Evelyn
E staba feliz, me di cuenta con un sobresalto, mientras recorríamos las pocas manzanas que nos separaban del lujoso ático de Valentina Marcelli. Por primera vez en mi vida, era feliz de verdad.
Dante lo había hecho posible.
Era una locura teniendo en cuenta los hombres que me perseguían, el desastre en que se había convertido mi galería, el hecho de que estuviera trabajando con una organización del crimen organizado, por no hablar de que me acostaba con un hombre que podría matarme con sus propias manos si le daba por ahí.
Sobre el papel, debería haber sido una tormenta de mierda de proporciones colosales, pero en lugar de eso... nunca había sido más feliz. Hasta Chloe se había dado cuenta.
—No has dejado de sonreír en todo el día —me dijo antes de que me marchara del trabajo—. ¿Tiene algo que ver con eso tu nuevo novio peligrosamente sexy?
Vaya si lo tenía, pero no le dije que probablemente se debía a los múltiples orgasmos que había tenido la noche anterior, o al hecho de haberme despertado con Dante rodeando mi pecho con la mano y abrazado a mí por la espalda, antes de regalarme otro orgasmo delicioso y somnoliento sin tener que cambiar de posición.
Estaba satisfecha sexualmente más allá de mis sueños más salvajes, y aunque sus habilidades para la conversación aún necesitaban un repaso, se estaba abriendo poco a poco y compartiendo más cosas sobre su vida. Sobre todo eran confidencias en la cama, pero aceptaba lo que fuera.
Me pareció que lo justo era corresponderle, así que le confié cosas que nunca le había contado a nadie más. Sobre mis padres, mi infancia y lo mucho que la galería significaba para mí.
Cuando no estaba frunciendo el ceño, Dante podía ser bastante divertido.
Estaba descubriendo que tenía un sentido del humor seco y perversamente oscuro que a menudo me pillaba por sorpresa.
Había dicho que era porque en el ejército usaban el humor para sobrellevar el horror de lo que veían y hacían a diario.
No podía imaginarme cómo debió de ser aquello, pero aún no me había contado nada más específico. Nunca hablaba de la herida de bala en su antebrazo, ni de ningún incidente concreto que hubiera ocurrido mientras fue un Ranger.
Y yo no le había presionado. Sabía que algunas cosas eran simplemente demasiado dolorosas para compartirlas.
También me había sorprendido con un regalo inesperado. Un reloj de oro. Lo miré ahora, reluciendo en mi muñeca. Era delicado, elegante y discreto. Muy distinguido, y muy yo.
—Il Lupo va a estar allí esta noche —me dijo Dante mientras estábamos atrapados en el tráfico de Manhattan. Yo había sugerido ir andando, pero a Dante no le gustaba que estuviéramos al descubierto. No ahora mismo, con la amenaza del cártel aún pendiendo sobre mí.
—¿Il Lupo? —Arqueé una ceja.
—Mi abuelo, Leo Marcelli. Il Lupo es como lo llamaban cuando era el Don. Probablemente porque era muy temido. Pero también venerado —añadió rápidamente.
—¿El lobo? —Fruncí el ceño. Mi italiano era prácticamente inexistente.
Dante asintió con gesto serio. —Ahora está retirado. No suele involucrarse en los asuntos de la familia. Prefiere dejar que Valentina se encargue.
—Y vosotros cuatro —añadí.
Él gruñó. —Últimamente, Leo pasa el tiempo dibujando y pintando. Solía ser un pasatiempo, pero se ha convertido en algo obsesivo. —Me miró de reojo—. Tendrá mucho interés en hablar contigo.
Dante no solía hablar tanto, y me di cuenta de que estaba nervioso. Esta era la primera vez que iba a conocer a toda su familia junta.
Si dijera que no estaba ni un poquito ansiosa, mentiría. Pero después de haber sobrevivido a Dante, luego a Valentina, y de haber conocido a Nico e Izzy —aunque fuera brevemente—, estaba segura de que podría lidiar con el resto de la familia.
Seguro que escudriñarían cada uno de mis movimientos, preguntándose si realmente podían confiar en mí.
Buscando fallos en mi carácter, en lo que decía.
Poniendo a prueba mis lealtades. Estaba preparada para eso.
Era de esperar, ya que vivía con Dante y los ayudaba a ejecutar su diabólico plan de venganza.
Una cosa de la que me había dado cuenta era que no había mucho aprecio entre los Marcelli y los Malakov, así que sabía que debía andar con pies de plomo en ese aspecto.
Tenía curiosidad por saber qué había provocado esa gran rivalidad, aunque quizá el simple hecho de ser familias criminales opuestas fuera suficiente.
Esa era otra cosa de la que Dante no hablaba, pero para ser justos, yo nunca le había preguntado. Quizá debería hacerlo, ya que ahora estaba atrapada entre los dos.
—Todo irá bien. —Alargué la mano y le apreté la suya.
Se estremeció pero no la retiró. En lugar de eso, giró la mano, agarró la mía y se la llevó a los labios, donde presionó un cálido beso en mi palma.
Que Dios me ayude, ese hombre sabía cómo llegarme.
—Sé que puedes manejarlo —murmuró—, pero estaré justo a tu lado si la cosa se pone tensa.
—Siempre mi protector —susurré, con una sonrisa asomando a mis labios.
Sentía su mano cálida y un poco rugosa sobre la mía.
Quería dejarla allí, envuelta por la suya tan grande, pero lo de ir de la mano era algo que aún no habíamos hecho.
Ni era probable que lo hiciéramos nunca.
No con cómo estaban las cosas. Aunque debía admitir que los límites se volvían cada vez más difusos.
—Es un cambio comparado con ser tu destructor —masculló, pero soltó mi mano y miró fijamente hacia delante mientras el todoterreno se detenía frente al lujoso bloque de apartamentos.
Sentí la tensión que emanaba de él mientras subíamos en el ascensor hasta el ático, pero me entretuve comprobando mi aspecto en el interior espejado.
Me había vestido con cuidado con unos pantalones de seda negros de talle alto y una blusa de satén crema impecablemente remetida en ellos, con las mangas remangadas hasta los codos bajo una chaqueta entallada de color camel.
Unos aros de oro brillaban bajo mis ondas cobrizas sueltas, mientras que un par de tacones negros de punta completaban el look.
Sofisticada. Elegante. Una armadura para entrar en la guarida de los leones de los Marcelli.
Me quedé boquiabierta al salir al rellano privado revestido de mármol blanco y negro. Una suave luz dorada surgía de los apliques empotrados, reflejándose en espejos con marcos dorados y en las orquídeas blancas frescas dispuestas sobre una estrecha consola.
Dante me dio un ligero empujón y di un paso adelante hacia las puertas dobles al final del vestíbulo. Una mujer de unos cincuenta y largos nos recibió. Llevaba un elegante vestido negro con el cuello blanco impecable, y su pelo oscuro con vetas plateadas estaba recogido con pulcritud en la nuca.
—Buenas noches, Dante —dijo con calidez, aunque su mirada afilada se dirigió de inmediato hacia mí—. Señorita Cruz.
—Esta es Teresa —murmuró Dante en voz baja a mi lado—. Ella dirige la casa.
Dirige la casa. No «trabaja aquí».
Tragué saliva pero la saludé con un gesto amable. De poco servía intentar mantener los nervios a raya.
Teresa inclinó la cabeza con cortesía. —Todos los esperan en el salón.
Llegábamos tarde, pero solo por unos minutos.
Teresa nos guio por un largo pasillo donde colgaban obras de arte contemporáneo de gran fuerza visual contra las paredes lisas de color crema. A diferencia del ático de Dante, que resultaba sobrio y masculino, este apartamento era innegablemente femenino, aunque no por ello menos imponente.
Admiré los altos arreglos florales que rebosaban de pedestales de mármol y los muebles antiguos estratégicamente situados bajo obras de arte que valían más que la mayoría de los apartamentos de Manhattan. Estaba segura de que había divisado un Modigliani, pero no iba a preguntar.
Al acercarnos al salón, nos llegaron voces a través de las puertas entreabiertas. Risas masculinas. El tintineo de copas de cristal.
Entonces Teresa abrió las puertas de par en par y anunció con fluidez: —Dante y la señorita Cruz.
Todas las cabezas presentes se giraron hacia nosotros.
Me quedé helada, con el pulso acelerado.
Valentina estaba sentada con elegancia en una chaise longue de terciopelo crema cerca de la enorme chimenea, con una copa de champán entre los dedos.
Esta noche llevaba un traje de seda marfil y unos pendientes de diamantes tan grandes que captaban el resplandor del fuego cada vez que movía la cabeza.
Nico descansaba cerca, en uno de los sofás, con las largas piernas estiradas despreocupadamente frente a él, aunque su aguda mirada azul se dirigió a mi muñeca antes de desviar los ojos. Nico, me di cuenta, no pasaba nada por alto.
Izzy, a la que no veía desde la exposición en el Ágora, estaba de pie cerca de la barra con unos vaqueros oscuros, una camisa blanca ancha bajo una americana negra, con una mano en la cadera mientras me observaba con abierta curiosidad.
Con las uñas de color rojo vino y el pelo oscuro cayendo por su espalda, se veía tan transgresora como hermosa.
Me distraje un momento con sus preciosas botas forradas de piel.
Me pregunté si me diría dónde las había comprado.
—Bienvenidos —dijo una voz profunda, y un hombre que supuse que era Marco se levantó de un sillón junto a la ventana—. Tú debes de ser Evelyn.
Unos años mayor que los demás, su pelo oscuro se estaba volviendo de un gris distinguido en las sienes.
Tenía un rostro bronceado y apuesto, y esa mirada azul cobalto pero totalmente inquietante de los Marcelli.
Impecable con un traje marengo a medida, no parecía tanto un criminal como un hombre digno de la portada de una revista política.
—Sí —respondí, con la voz a medio camino entre un carraspeo estrangulado y un susurro. Por un segundo terrible, sentí que acababa de entrar en la guarida del león. Asentí con tensión—. Es un placer conoceros.
Él me examinó de arriba abajo como respuesta.