Capítulo 31
Una espada de doble filo
Dante
E velyn llevaba viviendo en mi apartamento casi una semana, y cada día sentía que me ablandaba un poco más. Era como si ella hubiera encendido una luz en mi interior que crecía poco a poco, dominando lentamente la oscuridad.
No me malinterpretéis, seguía siendo un capullo gruñón, pero sentía que parte de la rabia que solía cargar conmigo como una compañera constante se había mitigado. De repente, las noches no parecían tan oscuras y los días no se alargaban sin rumbo.
Me gustaba volver a casa. Disfrutaba sentándome a degustar una comida casera; no es que yo no supiera cocinar, pero ella lo hacía mejor que yo. Me encantaba verla deambulando descalza por mi suite, ver su ropa en el cesto de la colada, percibir su aroma en mi almohada.
Sin embargo, lo mejor, y lo que nunca admitiría ante ninguno de mis hermanos, era que acostarme con ella, incluso cuando no teníamos un sexo alucinante, apaciguaba algo en mi interior. Nunca había dormido mejor. Nunca me había despertado tan descansado.
Maldita sea, estaba empezando a pensar que me sentaba bien.
Nico diría que estaba pillado, y tendría razón.
Puede que estuviéramos jugando a ser una pareja feliz, pero sabía que era una farsa. Un fingimiento. Un acuerdo a corto plazo hasta que lográramos nuestro objetivo, y entonces ella volvería a su casa —a su vida— y yo volvería a estar solo.
La idea me molestaba más de lo que me atrevía a admitir.
Le serví una copa de vino mientras ella ponía la cena en la mesa. Hasta sabía qué cosecha prefería.
Suspiré para mis adentros. Joder, qué pillada.
Aun así, tenía un plan. Un plan de ataque de tres frentes. Y era, por encima de todo, testarudo.
Primero: desterrar de su cabeza el pensamiento de cualquier otro hombre. Segundo: asegurarme de que todo el mundo supiera con quién salía y bajo la protección de quién estaba. Tercero: suministrar información con cuentagotas a Malakov a través de Orlov y de cualquier otro medio posible.
Lo primero creía haberlo logrado, a juzgar por la forma en que se entregaba a mí cada noche con creciente abandono. Me encantaba verla soltarse. Ver la sonrisa en su rostro. La risa en sus ojos.
Anoche incluso había provocado ella misma nuestro encuentro amoroso, agarrándome de la camisa y llevándome al dormitorio. Sonreí ante el recuerdo, luego me contuve y recuperé mi expresión neutral de siempre.
Lo segundo estaba ocurriendo de forma orgánica.
La noticia de la gala se había extendido, e incluso Valentina me había llamado para decirme que el martes había salido una nota en las páginas de sociedad sobre el improbable emparejamiento.
Orlov y Alexei le habrían transmitido la información a Malakov, y estaba bastante seguro de que el cartel lo había tomado en consideración.
Hasta ahora no había habido nuevas amenazas contra la vida de Evelyn.
La puerta de su apartamento seguía intacta después de que la mandara arreglar, y mis hombres no informaron de ninguna actividad sospechosa fuera de la galería.
Seguían sus pasos a dondequiera que fuera, y yo hacía que mi chófer la llevara a cualquier sitio que ella quisiera.
Eso dejaba lo tercero, que iba mejor de lo esperado.
Ayer mismo, Nico detectó actividad en el teléfono desechable que pertenecía a Malakov. Desde el número de móvil de Orlov. La llamada duró cuarenta y siete minutos. Fue una charla seria y apostaba a que se trataba de los colombianos.
En el trabajo, Evelyn se había encargado de que Malakov perdiera dos piezas por las que había expresado interés, con rumores de que la venta había ido para un cliente anónimo de Ricardo Sánchez.
Luego, Chloe, la asistente de Evelyn, había organizado el envío de un contenedor hermético y con control de temperatura a Bogotá, con documentación legítima y manifiesto de carga.
Se suponía que se trataba de las obras de arte de gran valor que se dirigían al cartel, cuando en realidad eran dos piezas inútiles que ella había comprado en una feria de arte hacía varios años.
Sí, las cosas avanzaban en la dirección correcta.
—Mi madre ha convocado una reunión mañana por la tarde en su casa —dije mientras ella se sentaba a mi lado en la mesa del comedor.
En lugar de sentarse en extremos opuestos, Evelyn había puesto nuestros cubiertos uno al lado del otro, conmigo en la cabecera y ella a mi lado.
Era menos formal, y me estaba acostumbrando a la fluidez natural de la conversación.
Nunca antes había tenido a una mujer que no fuera Izzy viviendo conmigo a largo plazo, y como decía Evelyn, yo era fatal para las conversaciones banales. No le quitaba la razón. Pero estaba mejorando. Con ella, al menos.
Me miró. —¿Estoy invitada?
—Valentina insistiría en ello.
Sus labios se curvaron.
—Podrás conocer a toda la famiglia . —Me pregunté cómo los manejaría a todos juntos.
Algo de lo que me había dado cuenta sobre Evelyn es que era una superviviente. El Tío Sam me había entrenado para adaptarme a nuevas situaciones y superar la adversidad, pero ella tenía eso de forma natural. Era mucho más fuerte de lo que parecía.
—¿Cómo es Marco? —preguntó ella, alargando la mano hacia su copa de vino.
—Es un diplomático nato. Un demonio encantador que dice una cosa y hace la contraria.
Está muy bien conectado en los círculos empresariales y políticos.
Tiene una red de inteligencia de gran alcance y conoce los sucios secretos de todo el mundo.
No puedes confiar en él, pero te hará creer que puedes.
—Trataré de recordarlo —murmuró ella.
—También puede ser un estirado y un capullo arrogante, pero ignora ese lado suyo.
Ella se rio, y las comisuras de mis labios se curvaron hacia arriba. De repente, no temía la reunión tanto como de costumbre.
—¿Está casado? —Dejó la copa y cogió el cuchillo y el tenedor. Estábamos cenando pollo con una variedad de verduras de colores y un plato de patatas cremosas que olía de maravilla. Me rugieron las tripas.
—No. Estuvo prometido una vez, pero no funcionó. Sigue soltero desde entonces.
—¿Qué os pasa a los Marcelli? —dijo ella, con los ojos chispeantes bajo la luz tenue—. ¿Tenéis todos una desconfianza inherente hacia las relaciones?
No se equivocaba en eso.
—Culpo a mi madre —dije, solo bromeando a medias. Valentina y su sospecha patológica de todos y de todo nos habían dejado problemas de confianza a todos, estaba seguro.
—¿Cómo era tu padre? —preguntó suavemente.
La miré fijamente, debatiendo si quería o no tener esta conversación. Ella me observaba con expectación.
—Él no era así —dije finalmente—. Amaba la vida. Aún recuerdo su risa atronadora.
Ella sonrió y me di cuenta de que era porque yo estaba sonriendo. Borré la expresión de mi cara. —Qué pérdida más jodidamente trágica fue aquella.
—¿Estabais unidos? —preguntó.
Asentí, decidiendo que ya no quería hablar más de él.
—Mis padres siempre estaban tan ensimismados el uno con el otro que no había tiempo para mí —admitió, sorprendiéndome con esa revelación inesperada sobre su pasado.
Aunque hablábamos de la galería, del plan contra el cartel e incluso de mi propia familia, nunca se había ofrecido a contar nada de su vida personal antes de que yo irrumpiera en ella.
—Parece duro —dije, antes de dar un bocado. Joder, aquel pollo estaba bueno.
—No fue duro, solo solitario —dijo ella, frunciendo el ceño—. Fui un accidente, ya ves. No es que ellos lo dijeran tal cual. Pero no querían niños y no estaban dispuestos a cambiar su estilo de vida solo porque me hubieran tenido a mí.
Fruncí el ceño, imaginando a la pequeña Evelyn buscándose la vida ella sola. Eso explicaba mucho.
—¿Cómo murieron? —pregunté.
—Un accidente de avión en África. Estaban de safari cuando su avioneta se estrelló. —Sacudió la cabeza—. Les gustaba mucho viajar.
—Lo siento —dije, y lo decía en serio. Sabía lo que era perder a un progenitor.
—Gracias. Ya estaba en la universidad cuando ocurrió, así que no es como si fuera una niña.
—Eso no lo hace más fácil —dije.
Ella asintió reconociéndolo y luego respiró hondo. —No, no lo hace. Pero no me dejaron en la indigencia. Pude comprar la galería con lo que me dejaron.
Su rostro se iluminó al hablar de Agora, y me di cuenta de lo mucho que significaba para ella. Ignoré el destello de culpa que sentí al pensar en lo que habíamos hecho. En cómo la estábamos utilizando para nuestras propias ganancias mal habidas. Como utilizábamos muchos negocios diferentes.
Aun así, era cierto lo que le había dicho antes. Sin las ventas infladas, sin el flujo constante de ingresos, sin Vincent, no le habría ido tan bien como le había ido.
Supuse que eso es lo que se llama una espada de doble filo.
—He tenido un cliente nuevo hoy —dijo mientras comíamos—. Uno por el que podrías estar interesado.
—¿Ah, sí? —Casi había terminado mi plato y estaba sopesando servirse una segunda ración. Eso de por sí era asombroso. Nunca había tenido mucho apetito.
—Un caballero de habla hispana que responde al nombre de Pablo Ramirez.
De repente, estaba muy interesado.
—¿Qué aspecto tiene? Podría estar vinculado al cartel. —Podría enviarle la imagen a Nico para ver si podía rastrearla y obtener una identificación.
Frunció el ceño. —Por eso te lo comento. Estaba interesado en una de mis adquisiciones más recientes. Delia Hubert.
—¿Quién es ella?
—Una artista abstracta contemporánea. Es una promesa y, aunque su obra todavía es asequible, sospecho que no lo será por mucho más tiempo.
—Si busca una ganga, no tiene relación. —Exhalé y me eché hacia atrás en mi silla. Ningún comprador del cartel querría una pieza «asequible». Buscarían gastarse un dineral, y cuanto más, mejor.
—Aun así, pensé que valía la pena mencionarlo —dijo ella.
—Tienes razón. Así es. ¿Tienes sus datos? Pondré a Nico a trabajar en ello de inmediato.
Asintió levemente. —Por supuesto.
Terminamos la comida y solo repetí una vez con un plato pequeño antes de poner el lavavajillas. Marco tenía personal, al igual que mi madre. Nico vivía en un gran almacén cuya ubicación nadie conocía, e Izzy tenía un apartamento en Brooklyn y pedía mucha comida a domicilio.
Yo prefería valerme por mí mismo. El ejército me había enseñado cómo y no me daba reparo admitir que todavía conservaba muchos de esos hábitos. Rutina. Estructura. Previsibilidad. Me aportaban consuelo en una vida que a menudo carecía de todo eso.
Luego estaba Evelyn.
La observé mientras se acurrucaba en el sofá con una manta sobre las piernas y encendía la tele.
Tenía una en su habitación, pero se había acostumbrado a verla aquí, mientras yo trabajaba en mi despacho o, más frecuentemente, en la mesa del comedor solo por estar cerca de ella.
Me dije que era para poder vigilarla, pero sabía que era mentira.
Miraba a medias los programas que ella ponía. Series de moda, comedias románticas y algún que otro thriller ocasional. A veces incluso me unía a ella en el sofá, con el brazo sobre sus hombros y su cuerpo acurrucado contra el mío.
Si me hubieras dicho que estaría haciendo esto hace apenas un mes, me habría reído en tu cara. ¿Yo? ¿Con una novia viviendo conmigo? ¿Pero qué coño?
Y, sin embargo, aquí estaba, ansioso por no perderla de vista. Deseando oír sus risas roncas, ver cómo se le iluminaban los ojos cuando veía algo divertido.
Hice una mueca. Ahí estaba de nuevo esa espada de doble filo.
Los mejores momentos que había pasado nunca con una mujer y ni siquiera eran reales.
El programa terminó y ella se estiró como un gato, levantando los brazos al aire y arqueando la espalda. Noté cómo se le subía la camiseta, dejando al descubierto la suave piel de su vientre junto a esa pequeña peca que me gustaba besar.
Mi polla respondió de una forma que solo Evelyn podía lograr.
Levantándome y sin intentar ocultar mi erección instantánea, me acerqué a ella y le tendí una mano. La tomó, permitiéndome levantarla del sofá. Una sonrisita curvó sus labios y sus ojos se encontraron con los míos, llenos de promesas no pronunciadas.
Mi corazón se ensanchó, al igual que el calor en mi entrepierna, y la conduje sin mediar palabra al dormitorio. No quería pensar demasiado en lo que estaba haciendo. O en las muchísimas formas en que esto podía salir mal. Porque no estaba listo para parar. No quería parar.
Había intentado expulsar a cualquier otro hombre de su cabeza, pero en un cruel giro de ironía, lo que en realidad había hecho era llenar mi propia cabeza con ella hasta que no quedó sitio para nada más.