Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

El enemigo de mi enemigo

Evelyn

—¿ Q ué necesitas que haga?

Me he topado con clientes difíciles en mi vida, pero ninguno le llegaba a la suela del zapato a Valentina Marcelli.

La mujer era dura, inteligente y más que un poco aterradora. Ahora sabía de dónde había sacado Dante su control despiadado. Apenas reaccionó, pero se notaba que su cerebro funcionaba a toda máquina tras esos ojos de color azul ártico y esa expresión cuidadosamente compuesta.

Valentina era formidable, y yo sabía perfectamente que no debía presionarla demasiado.

—He pensado en un enfoque de tres frentes —dijo ella, lanzando una mirada a Dante.

—¿De verdad estás considerando dejarla ir? —soltó él.

Le lancé una mirada de fastidio, pero lo que vi en sus ojos fue preocupación, no afán de control.

Su madre también lo vio y frunció el ceño.

—Por supuesto. Así es como vamos a jugar esta partida.

Como si esto fuera una partida de ajedrez y yo fuera un mísero peón.

—Escúchame —le dijo Valentina a su hijo.

Él asintió con irritación.

Ella se volvió de nuevo hacia mí. —Como iba diciendo, lanzaremos el ataque contra el cártel en tres etapas.

Primero, haremos creer a Malakov que el cártel está afectando a su operación de blanqueo de dinero.

Él perderá licitaciones, ellos descubrirán que el cártel está filtrando efectivo a través de la galería. A Malakov no le gustará eso.

Escuché, preguntándome a dónde quería llegar con esto. ¿Por qué molestar a Malakov cuando el cártel era la mayor amenaza? Vale, la Bratva eran los archienemigos de los Marcelli, eso ya lo había aprendido de Dante, pero ellos no eran el problema aquí.

—Después, lo haremos personal —juraría que sus ojos brillaban.

—¿Cómo? —Dante ladeó la mirada hacia su madre.

Ella apretó los labios. —Aún no estoy segura al cien por cien. ¿Un acto de agresión contra un miembro del cártel? ¿Un accidente desafortunado? Todo con vínculos que apunten a Malakov.

Contuve el aliento. Estaba empezando a entender lo que Valentina estaba tramando. Si tenía razón, la mujer era diabólica.

—Malakov, por supuesto, tomará represalias, como hace siempre —hizo una pausa y miró a Dante—. Ese hombre es un idiota impulsivo.

—Está muy lejos de ser eso —masculló Dante.

No hice ningún comentario. Este mundo era uno en el que no tenía experiencia, y tampoco estaba segura de querer tenerla.

Pero, por otro lado, estaba atrapada en medio de este triángulo de crimen organizado, y la única forma en que iba a salir viva, y con mi galería intacta, era haciendo lo que me dijeran.

Incluso si eso significaba cruzar la línea y trabajar para los Marcelli.

Me fijé en la expresión rígida de Dante, en su mandíbula apretada y su mirada de acero, y sentí un aleteo de anticipación en el estómago. Prefería mil veces trabajar con los Marcelli que con Malakov o el cártel.

—El enemigo de mi enemigo —susurré.

Valentina sonrió por primera vez desde que entró en la cabaña.

—Ahora lo vas captando. Una vez que estén en guerra, se desestabilizarán ambas organizaciones.

Si ayudamos un poco con algunos ataques estratégicos propios, con un poco de suerte, Malakov acabará con el cártel por nosotros —se frotó las manos como si se quitara motas de polvo imaginarias.

Exhalé un suspiro, mirándola con asombro. ¿Cómo podía dormir por las noches sabiendo que toda esa sangre estaría en sus manos? Estaba hablando de empezar una guerra.

—Retrocederán y renunciarán a nuestra ruta de contrabando y a la toma de la galería —concluyó Dante, cruzando la mirada con su madre.

Vi el mismo brillo depredador, la misma necesidad de dominar, y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

¿Cómo podría dormir yo con un hombre que mataría sin remordimientos para beneficiar a su propia familia?

¿A su propio negocio? Aunque, por otra parte, me habría matado a mí si yo hubiera sido la que lo traicionara.

Un sabor amargo me subió por la garganta y me lo tragué, decidida a no mostrar lo afectada que estaba por la realidad de mi situación.

—¿A menos que, por supuesto, no tengas agallas? —dijo Valentina, todavía mirando a Dante.

Se refería a mí.

Inspiré de forma larga y lenta. —Si significa recuperar mi vida, contad conmigo.

Valentina me miró y juraría que vi un destello de respeto en sus ojos, o quizá era satisfacción. Estaba a punto de mover su peón por el tablero.

—Evelyn... —protestó Dante.

—Ya la has oído, Dante —intervino Valentina—. Evelyn sabe reconocer claramente un buen trato cuando lo oye.

No se me escapó el tono condescendiente de su voz, pero tenía razón en una cosa. Yo sabía detectar una oportunidad y, en este caso, no veía que me quedara otra opción. Era esconderse aquí hasta que el cártel viniera a buscarme o ser proactiva y recuperar mi galería.

Los Marcelli, los Malakov y el cártel eran todos gente terrible. Si querían conspirar, tramar y asesinarse unos a otros, ¿quién era yo para detenerlos?

Se me encogió el estómago. Odiaba que una parte de mí ya lo estuviera racionalizando, pero la supervivencia tiende a desdibujar las líneas. Yo no había pedido nada de esto.

—Va a necesitar protección —dijo Dante, y por su postura, supe que hablaba en serio.

—Rocco puede hacerle de niñera.

El rostro de Dante se volvió tormentoso. —No. Rocco es un bruto. No lo quiero cerca de ella.

Valentina enarcó una ceja. —Vaya, vaya. Parece que Izzy tenía razón.

Él la fulminó con la mirada. No sabía qué habría dicho Izzy, pero a Dante obviamente no le había gustado.

—¿Entonces qué recomiendas? —le preguntó Valentina, recostándose en su silla.

Dante dudó y luego dijo: —Se vendrá a vivir conmigo.

—¿Qué? —solté, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.

Por primera vez desde que llegó a la cabaña, Valentina pareció genuinamente sorprendida.

—No puedes quedarte en la tuya, tienes la puerta principal destrozada y el cártel sabe dónde vives —señaló Dante, volviéndose hacia mí.

Vale, puede que tuviera razón.

—Me quedaré en otro sitio, entonces —dije con terquedad. La idea de estar con él, en su espacio, todo el tiempo... Se me cortó la respiración. Era demasiado. Estaría en la guarida del lobo. No sería mejor que ser una prisionera aquí en la cabaña.

—¿Dónde? ¿En un hotel? —se mofó. Vayas donde vayas, te encontrarán.

—¿Y no me encontrarán en la tuya? —lo desafié.

Valentina miraba de Dante a mí y viceversa, con una expresión ilegible en el rostro. Supuse que nunca había visto a su hijo discutir con una mujer que no fuera ella.

—¿Encontrarte? Tal vez. ¿Llegar hasta ti? No —No dio más detalles.

Solté un suspiro de irritación. Aunque su fanfarronería masculina era desesperantemente tranquilizadora, acababa de pasar cuatro días con él en esta cabaña aislada. No quería ir a su apartamento, estuviera donde demonios estuviera. Quería irme a casa.

Luego pensé en mi puerta rota y en los hombres peligrosos que me perseguían, y suspiré.

—Si me quedo en la tuya, ¿no me pone eso directamente en la línea de fuego? Tengo que trabajar. Tengo que ir a la galería y fingir que todo es normal. No puedo hacer eso si estoy en tu casa.

Valentina enarcó una ceja hacia Dante. —Tiene razón.

Él soltó un gruñido de frustración.

—Si queremos que este plan funcione, yo soy la única oportunidad que tiene de seguir viva.

Me mordí el labio para evitar que se escapara un sollozo de frustración. Esto era un asco. Corría un peligro mortal si volvía a casa, pero estaba en otro tipo de peligro totalmente distinto si me mudaba con él.

—No es tan descabellado como crees —continuó Dante, esta vez dirigiéndose a su madre—. Nos conocimos en una exposición. Empezamos a salir. La cosa avanzó. La traje a vivir a mi apartamento.

Levanté las manos. —¿Acaso yo no tengo voz ni voto en esto?

Madre e hijo se volvieron hacia mí y dijeron al unísono: —No.

Me hundí en mi asiento, dándome por vencida.

—Van a seguir intentándolo —advirtió Valentina—. Lo sabes, ¿verdad? Al acogerla, te estás poniendo en riesgo.

¿Era posible que Valentina, la reina del hielo, tuviera después de todo algún instinto maternal?, me pregunté.

—Tengo mi propia protección —Dante señaló con la cabeza hacia la ventana.

—Me he fijado —respondió ella con frialdad—. Parecen extremadamente competentes.

Él apretó la mandíbula mientras miraba desafiante a su madre. Solo podía imaginar cómo debían de ser las cenas familiares en la casa de los Marcelli cuando los hermanos estaban creciendo.

—Está bien, de acuerdo —dije de repente, haciendo que ambos me miraran. Asentí hacia Dante—. Me quedaré en tu casa.

Él soltó un suspiro silencioso. —Bien.

Valentina volvió a mirar a su hijo, con el ceño fruncido en su frente normalmente lisa.

Capté un rápido destello de algo que no comprendí, pero desapareció al instante y ella se volvió hacia mí.

—Una vez que te hayas instalado, tendremos una pequeña reunión familiar para planificar los siguientes pasos.

Como si fuera una reunión de la junta directiva y no estuviéramos a punto de desatar una violenta guerra de bandas.

Asentí. No estaba segura de qué era eso de una reunión familiar, pero supuse que ahora formaba parte de ello.

Valentina se puso en pie. Supuse que la reunión había terminado.

Dante se levantó y, sin mirarme, dijo: —Prepara tus cosas. Nos marchamos hoy.

—Evelyn —dijo Valentina, con un leve gesto de cabeza.

Le devolví el gesto con cautela y observé cómo cogía a Dante del brazo y lo guiaba hacia fuera, mientras un nudo que no podía deshacer se apoderaba de mi estómago.

* * *

Cuando Dante volvió a entrar, parecía más agitado que antes. Su rostro estaba sombrío y tenso, y sus ojos tenían el color de las nubes antes de una tormenta de verano.

Yo ya había hecho la maleta —aquella en la que Dante me había traído la ropa— junto con las pocas pertenencias que tenía aquí, y estaba lista para marcharme.

No echaría de menos este lugar, pensé mientras le echaba un último vistazo. Demasiados recuerdos. Miedo. Confusión. El pánico enfermizo de darme cuenta de que mi vida había saltado por los aires de la noche a la mañana.

Mi mirada se posó en el sofá. Aunque no todos eran malos.

Dante no tenía mucho que recoger. En veinte minutos había despedido a los guardias armados apostados fuera y cargado nuestras maletas en el SUV negro. Entonces nos alejamos de la cabaña por última vez, con la grava crujiendo bajo los neumáticos.

Dante conducía de la misma forma que lo hacía todo lo demás.

Rápido, con control y sin dudar. El SUV avanzaba con suavidad por la autopista mientras él adelantaba al tráfico más lento con una precisión natural, con una mano apoyada con relajo en el volante.

Parecía estar completamente a gusto a pesar de nuestra velocidad, recostado contra el asiento de cuero mientras el paisaje se desdibujaba al otro lado del cristal.

Una hora y media más tarde llegamos a los límites de Manhattan y el tráfico se espesó a nuestro alrededor. Dante chasqueó la lengua suavemente con fastidio y levantó el pie del acelerador.

—¿Dónde vives? —pregunté de repente, dándome cuenta de que no tenía ni idea de a dónde me llevaba.

—Upper East Side —respondió, echándome un vistazo.

Cómo no.

El nudo de mi estómago se apretó.

—¿Tienes sitio para mí siquiera? ¿Y el espacio de armario?

—Mi voz se volvía aguda mientras intentaba no perder los estribos—.

Voy a tener que ir a casa para coger mis cosas.

No puedo ir a trabajar con este aspecto —Miré mis mallas, la camiseta informal y la rebeca.

Jamás me verían muerta así en la ciudad.

En la cabaña, cuando mi vida pendía de un hilo, no me había parecido importante, pero ahora...

Miré por la ventana los rascacielos y bloques de apartamentos.

Este era mi mundo. Inauguraciones de galerías.

Inversores. Recepciones con champán. Sonrisas ensayadas y obras de arte de millones de dólares. Aquí era donde yo destacaba.

Tenía que parecer la galerista competente que era. Especialmente si iba a llevar a cabo esta pequeña farsa.

Depende de lo útil que seas.

Las palabras de Valentina volvieron para atormentarme y cerré los ojos. Ahora que estaba ocurriendo de verdad, no podía evitar sentirme nerviosa e inquieta.

¿Y si Mikhail se daba cuenta del engaño? ¿Y si acababa con la mafia rusa persiguiéndome además de los colombianos?

Inspiré hondo varias veces, intentando no hiperventilar.

—Cálmate —Dante me lanzó una mirada—. Puedo enviar a alguien a tu apartamento para que recoja el resto de tus cosas. Y que arreglen la cerradura mientras están allí.

—Estoy tranquila. ¿Qué te hace pensar que no lo estoy? —respondí con voz aguda.

—Ophelia —dijo él con suavidad.

Abrí los ojos y lo miré. —¿Sí?

—He visto cómo has lidiado con Valentina y, créeme, no es nada fácil. Malakov va a ser coser y cantar.

Yo no estaba tan segura, pero aprecié el sentimiento. Viniendo de Dante, aquello era un elogio de los grandes.

—Gracias —murmuré.

Él asintió con brusquedad, con la vista ya puesta de nuevo en la carretera.

Finalmente, tras zigzaguear por el tráfico de Manhattan durante casi cuarenta minutos, descendimos a un garaje subterráneo fresco bajo un bloque de apartamentos en el Upper East Side.

—¿Es aquí? —pregunté, mientras él aparcaba en una plaza asignada—. ¿Ya hemos llegado?

«Suite Eleven» estaba escrito en la pared con letras doradas. Tenía una suite, no un apartamento.

Él asintió con rigidez. —Ya estamos aquí.

No había visto el bloque desde el nivel de la calle, así que no estaba segura de cómo se veía por fuera, pero incluso el garaje subterráneo era de lujo.

Tenía iluminación de tubos —y no de los que parpadean medio fundidos—, había líneas blancas de verdad en el asfalto y puertas de cristal pulido con un elegante logotipo negro estarcido en ellas, que conducían a los ascensores.

Dante acercó un mando de llavero al escáner de la pared y las puertas se abrieron con un siseo.

Subimos en el ascensor hasta la planta once. El ático.

—Aquí estarás segura —dijo mientras salíamos a un rellano con suelo de mármol, luces encastradas y obras de arte auténticas en las paredes—. Hay hombres abajo y habrá uno apostado aquí, fuera del apartamento —señaló con la cabeza la única puerta de ese nivel.

—Vale —No estaba segura de si un hombre armado fuera del apartamento me hacía sentir mejor o peor.

—Después de ti —Abrió la puerta y se hizo a un lado.

Vacilé, luego solté un suspiro y entré en el apartamento que iba a ser mi hogar en el futuro previsible.