Capítulo 24
Valentina
Dante
Y o no era de los que se quedaban abrazados después del orgasmo. En mi vida no había lugar para el sentimentalismo. Pero separarme del abrazo cálido y suave de Evelyn me exigió muchísima más fuerza de voluntad de la que había previsto.
Estaba furioso conmigo mismo. Lo de esta mañana nunca debería haber sucedido. ¿En qué demonios había estado pensando? Me había dicho a mí mismo que lo de anoche sería el final. Una noche de pasión, solo para quitármela de la cabeza.
Excepto que no había sido suficiente.
Después de nuestro primer asalto frenético, apenas le había dado tiempo a recuperarse, tal era mi deseo. La había complacido con mi boca, con mis dedos y de nuevo con mi polla, decidido a comprobar si era tan bueno como la primera vez.
Fue mejor.
Cuando finalmente caímos en un sueño agotado, me habían acosado sueños en los que Evelyn me cabalgaba, con sus caderas moviéndose en un ritmo frenético sobre mí, mis dedos apretando su culo mientras ella subía más y más alto, para terminar implosionando en espasmos vocales de éxtasis.
Verla perder el control era algo de lo que nunca me cansaría. Era una puta maravilla, una sirena enviada para hechizarme. No había nada más sexy que ver su hermoso cuerpo temblar, estremecerse y desmoronarse encima de mí.
Nada que me hiciera sentir más hombre.
Excepto que no era real. Tenía que recordar eso.
Nada de esto era real, joder.
Esta loca atracción entre nosotros no era más que un producto de nuestra proximidad forzada, de nuestra tensa relación. Yo lo sabía. Ella lo sabía.
Esto no podía continuar. Ni se podía permitir que volviera a ocurrir. Maldita sea, no podía permitirme el lujo de distraerme.
Me escabullí de su abrazo y salí de la cama. El aire de la mañana me resultó frío y poco acogedor al envolverme. Mi humor empeoró aún más mientras la dejaba durmiendo y me dirigía al baño.
Un momento después, me puse bajo los chorros calientes y dejé que el agua me quitara el tacto y el aroma de ella. Solo deseaba que también borrara el recuerdo, pero no era probable.
Sabía que pasaría mucho tiempo antes de lograr sacar de mi cabeza a esa pelirroja fogosa.
Mi ropa seguía en el dormitorio, así que entré a grandes zancadas, con la toalla enrollada a la cintura. Ya estaba despierta, sentada en la cama.
Sentía su mirada sobre mí, pero no la busqué.
Abriendo las persianas con excesiva fuerza, dejé que la brillante luz del día inundara la habitación. Evelyn apartó la vista, entornando los ojos.
Con un gruñido, localicé mis vaqueros enredados en la ropa de cama a los pies de la cama. Mi camisa estaba tirada en el suelo, junto con su sujetador y sus mallas.
Jesús. Cualquiera diría que no podíamos quitarnos las manos de encima.
Me estaba subiendo los pantalones cuando llamaron a la puerta.
Mierda.
—¿Quién es? —preguntó Evelyn, incorporándose.
Seguía desnuda e incluso bajo la cruda luz del día, su piel estaba impecable. Aparté la vista de la suave curva de sus pechos, de las tentadoras líneas de su cintura y de sus grandes ojos verdes de bruja, y me incliné sobre la cama.
Abriendo el cajón de la mesilla, saqué mi pistola. La había guardado allí en algún momento después de haberla tumbado en la cama y antes de quitarme los pantalones.
—No lo sé. Espérate aquí.
Ella saltó de la cama y empezó a moverse de un lado a otro recogiendo su ropa.
Revisé mi Glock y me dirigí a la puerta.
Otro golpe, más impaciente esta vez. Fruncí el ceño. El cártel no anunciaría su llegada con un doble golpe, así que no estaba demasiado preocupado. Probablemente era uno de mis hombres que venía a decirme algo.
De cualquier manera, los problemas podrían estar acercándose.
—¿Quién es? —pregunté a través de la puerta.
—Abre, Dante —dijo una voz claramente femenina.
Joder. Valentina.
Eso era un tipo de problema totalmente distinto.
¿Qué demonios hacía aquí?
Me pasé una mano por el pelo, intentando —y, sospecho, fracasando— domarlo. Me había marchado de su casa apenas ayer por la noche.
Pero lo sabía.
Evelyn.
Valentina quería ver por sí misma a esta mujer que yo tenía escondida en la cabaña. A la que me había negado a «encargarme».
Suspiré. No podía culparla, en realidad. No era la jefa de la famiglia Marcelli por nada. A mi madre le gustaba estar informada, y si no podía pagar, coaccionar o sobornar a alguien para obtener información, la buscaba ella misma.
—Ya voy —gruñí, quitando el cierre.
Empujó la puerta y entró en la cabaña. Su mirada era fría, evaluadora.
La vi recorrer el salón, desde el sofá hasta la mesa de la cocina donde Evelyn había puesto un pequeño cuenco con algo de fruta.
Solo eran manzanas y una naranja que Kyle había traído de la tienda, pero era un toque hogareño.
El tipo de detalles en los que mi madre se fijaba.
Tensé la mandíbula. —¿Qué haces aquí, Valentina?
Ella arqueó una ceja ante mi tono molesto. —¿Interrumpo algo?
—No, pero es temprano. —Debía de haber salido al amanecer para recorrer las dos horas que se tardaba en llegar a la cabaña.
—Quería evitar el tráfico.
Gruñí. Habrían sido dos horas, quizá más, si hubiera salido más tarde.
—¿Qué quieres?
—A mí también me alegra verte, cariño —dijo, moviéndose por la habitación. Mi madre merodeaba como una pantera, sus largas piernas deslizándose sin problemas sobre el suelo de madera. Cogió una manzana, la estudió y luego, sin decir palabra, volvió a dejarla.
Esa era su forma de decirme que había registrado el detalle.
Inhalé por la nariz, intentando que su comportamiento pasivo-agresivo no me afectara. Había crecido con esta mujer; sabía cómo pensaba. No siempre sabía qué estaba pensando, pero sí sabía que era la reina de la manipulación sutil.
—Quiero conocer a tu invitada de la cabaña.
Y ahí estaba. Sin subterfugios, directa al grano.
—Pensé que al menos serías más sutil al respecto —comenté con sequedad.
Se rió, un sonido profundo y gutural. —No tiene sentido fingir. Además, tenemos otros asuntos más urgentes que discutir.
En otras palabras, Evelyn no era uno de ellos.
—Claro, por supuesto. —Sacudí la cabeza—. ¿Por qué no pudimos discutirlo anoche?
—Anoche no lo había reflexionado con la suficiente profundidad.
—Vale. ¿Por qué no te sientas? —Señalé la mesa.
Miró el sofá, luego volvió a mirar la mesa como si fuera la mejor de dos opciones profundamente desagradables, y luego se dejó caer en una de las cuatro sillas.
—¿Café? —pregunté.
—No del tipo que tenéis aquí.
Puse los ojos en blanco mientras me sentaba a su lado. —Evelyn se está vistiendo.
—Ah. Ya veo.
—No es lo que parece —espeté.
—Hmm… —Dejó su opinión en el aire. Sabía que se la reservaba para cuando conociera a Evelyn. Para cuando nos viera juntos. Porque eso era lo que hacía mi madre. Calaba a la gente. No tenía sentido fingir que no estábamos follando. Lo sabría en el momento en que Evelyn entrara en la habitación.
Sería entonces cuando decidiría si Evelyn era útil… o peligrosa.
Solté un suspiro. Evelyn no sería rival para Valentina.
Muy poca gente lo era.
Se oyeron pasos por el pasillo y Evelyn apareció, descalza, con su pelo cobrizo suelto, llevando una camiseta bajo un cárdigan ancho sobre las mallas. Parecía adorablemente nerviosa, y si mi madre no estuviera aquí, me costaría no llevármela de vuelta al dormitorio ahora mismo.
Vi cómo los ojos de Valentina se entrecerraban mientras la escrutaba. Hubo un destello de sorpresa, y me di cuenta de que mi madre no sabía lo hermosa que era mi trágica Ophelia.
Fruncí el ceño. ¿Desde cuándo había empezado a pensar en ella como mía?
—Hola. Eres Evelyn, ¿verdad? —dijo Valentina, poniéndose de pie. Sabía perfectamente cómo se llamaba Evelyn.
Evelyn esbozó una sonrisa tímida y yo hice una mueca. Esto iba a ser una carnicería.
—Señora Marcelli. Ojalá pudiera decir que es un placer conocerla.
Parpadeé. Al mismo tiempo registré cómo mi madre arqueaba una ceja.
—Igualmente —dijo ella con calma y señaló una silla vacía—. Por favor, siéntate.
Evelyn se sentó en una silla y la estudió. El verde intenso se encontró con el azul ártico.
Contuve el aliento mientras las dos mujeres se medían. Sabía que Evelyn tenía carácter —joder, ya me había hecho pasar momentos difíciles—, pero ¿cómo se manifestaría eso contra la mente implacable y estratégica de Valentina?
—¿Veo que te estás sintiendo como en casa? —dijo mi madre con sorna.
Evelyn sonrió, aunque pude ver que sus nudillos estaban blancos por la forma en que entrelazaba los dedos bajo la mesa. —Lo mejor que puedo dadas las circunstancias.
Estaba manteniendo el tipo de forma admirable. No pude evitar que una oleada de orgullo me subiera por el pecho.
—Mi hijo cree que no tienes nada que ver con el robo de nuestro cargamento.
—Se refiere a mi cargamento —dijo Evelyn educadamente.
—¿Perdona? —Valentina frunció el ceño.
No era frecuente pillar a mi madre desprevenida.
—Era mi cargamento —aclaró Evelyn—. Su familia secuestró mi contenedor para transportar su… mercancía. Fue en mi cargamento donde entraron a robar.
La comisura de los labios de mi madre se curvó hacia arriba mientras examinaba a Evelyn, esta vez con más curiosidad. Evelyn había despertado su interés, y no estaba seguro de si eso era algo bueno o malo.
—Error mío —dijo Valentina en voz baja.
Eso sí que era interesante.
—Es extraño que ninguna de tus valiosas pinturas fuera destruida —dijo mi madre, clavando su mirada en Evelyn al otro lado de la mesa. Sabía que venía algo más. Valentina no se disculpaba. Ante nadie.
—Por suerte —replicó Evelyn—. Teníamos compradores preparados para esas obras, y algunas de ellas estaban expuestas en nuestra exhibición.
—¿Como Malakov? —preguntó Valentina, y capté el trasfondo de amargura. No estaba seguro de que Evelyn lo hubiera captado. Ella no conocía su larga y sórdida historia.
—Sí, Sergei es un fan del trabajo de Mateo. Ha comprado tres piezas hasta la fecha. —Fruncí el ceño a Evelyn. ¿Podría ser que mi trágica Ophelia estuviera provocando deliberadamente a mi madre?
Joder, tenía agallas.
Esbocé una sonrisa burlona, pero la perdí cuando Valentina me fulminó con la mirada.
—¿Qué? —dije inocentemente.
Ignorándome, se volvió hacia Evelyn. —¿Sergei? ¿Os tuteáis?
—Sí, él me pidió que lo llamara así. Pero yo solo trato con Mikhail —le aseguró Evelyn—. Él puja por las piezas que adquirimos.
—Mikhail Orlov —dijo mi madre, con voz plana. No era una pregunta. Frunció los labios—. Veo que no ha cambiado gran cosa.
Evelyn me lanzó una mirada interrogante. Negué levemente con la cabeza.
Luego .
Pasó un largo silencio en el que nadie dijo nada. Yo no iba a ser quien lo rompiera. Valentina había venido aquí por una razón. Seguía esperando a que llegara a ella.
Finalmente, Valentina se volvió hacia mí. —Nico me dice que dos miembros clave del cártel han llegado a Nueva York este fin de semana.
—¿Cuándo? —espeté.
—El sábado por la mañana.
—¿Cree que han entrado en mi apartamento? —preguntó Evelyn.
Valentina se mofó. —Ni de broma. Están demasiado arriba en la organización.
—Podrían haberlo ordenado, sin embargo —le dije a mi madre, tensándome mientras lo analizaba—. Después de la exitosa emboscada en los muelles, decidieron escalar su plan para apoderarse de la galería, así que fueron a buscar a Evelyn.
Valentina me lanzó una mirada inquisitiva. Sabía lo que estaba pensando. Sí, estaba apoyando a Evelyn, pero no era una idea estúpida. Podía tener razón. De hecho, probablemente la tenía.
—Si la eliminan, tienen vía libre para la importación de arte. Meterán a uno de sus hombres, puede que incluso a uno de los dos que han llegado este fin de semana, y luego se dedicarán a reclamar su parte en el mercado estadounidense.
Evelyn estaba callada, observándome mientras hablaba. Sentí su fuerza subyacente, el desafío que afloraba en ella cada vez que se enfrentaba a un reto. Evelyn Cruz no se dejaría aplastar por mi madre más de lo que permitió que yo la aplastara.
La había subestimado. Otra vez. Y no debería haberlo hecho.
Los ojos de Valentina seguían puestos en mí y vi algo en ellos que no había visto antes. Quizá nunca.
Incertidumbre.
Valentina estaba inquieta, y apostaba a que Evelyn tenía algo que ver con ello.
Mi madre sabía reconocer a un adversario digno cuando lo veía, y también podía notar que yo cubría las espaldas de Evelyn.
Eso podía causar fricciones en la familia, y si había algo que mi madre temiera más que a cualquier enemigo, eran las luchas internas en la familia.
«Descomposición desde dentro», lo llamó una vez, cuando le pregunté qué le había pasado a una de las familias criminales de Chicago. Literalmente habían implosionado y sus enemigos se habían aprovechado de su debilidad interna.
Y la debilidad no sería tolerada.
—¿Confía Malakov en ti? —dijo, volviéndose hacia Evelyn.
—¿Qué? —dijo Evelyn.
—Valentina, ¿a qué estás jugando? —ladré.
—¿Puede responder a la pregunta? —Mi madre me miró como si Evelyn fuera demasiado tonta para contestar.
—Sí, puedo responder a la pregunta —replicó Evelyn, con un tono cortante.
Valentina sonrió con suficiencia.
—La respuesta es que no lo sé. —Evelyn tomó aire—. Solo he hablado con él un puñado de veces, pero no tiene motivos para no confiar en mí.
—¿Has dicho que Orlov era un amigo?
Ella asintió. —Mantenemos correspondencia con regularidad, sí. Quedamos para tomar café. Viene a la galería cada par de semanas.
—¿De qué habláis? —preguntó.
Evelyn no intentó esquivar la pregunta. —Le doy el derecho de tanteo sobre obras en las que Sergei está interesado para su colección, para que pueda hacer sus ofertas pronto. Él agradece el aviso y yo a menudo consigo cerrar un trato gracias a eso. Funciona para ambos.
—Qué bien para vosotros —comentó Valentina con desdén.
Los ojos de Evelyn se endurecieron y vi cómo levantaba la barbilla. Ahí estaba, esa vena rebelde que no permitía que nadie le pasara por encima. Solo podía imaginar cómo se sentía al conocer lo del lavado de dinero, por no mencionar nuestra ruta de distribución de drogas.
Tenía muchos motivos para estar enfadada.
—Supongo que estas preguntas tienen un objetivo, ¿no? —preguntó Evelyn.
No podía creer su audacia. Era una suerte que no supiera lo despiadada que podía llegar a ser mi madre.
Aun así, era divertido ver a Valentina perder la compostura.
—Mi objetivo, Evelyn , es que utilices tu relación con Orlov para llegar a Malakov. —Recalcó el nombre de Evelyn y, aunque su rostro permaneció perfectamente impasible, había acero en su voz.
Por otra parte, Evelyn también tenía ese efecto sobre mí.
—¿Y qué pasa si no estoy de acuerdo? —preguntó Evelyn.
—No te lo aconsejaría.
Evelyn tragó saliva pero no se amilanó. —¿Significa esto que puedo volver a casa?
No me jodas. Ahora estaba negociando con mi madre.
—Eso depende —murmuró Valentina. Se me subieron las cejas. Me sorprendía aún más que mi madre le estuviera siguiendo el juego.
—¿De qué? —preguntó Evelyn.
—De lo útil que vayas a ser para nosotros.