Capítulo 26
La oscuridad interior
Evelyn
E ntré en la suite y me quedé mirando el lujoso interior. Parecía una habitación de hotel muy cara y sofisticada. Pero no era ostentosa ni vulgar, simplemente sobria y elegante.
Suelos de madera oscura se extendían bajo una suave iluminación empotrada, mientras que los ventanales de suelo a techo enmarcaban el resplandeciente perfil de Manhattan al fondo.
La noche ya había caído sobre la ciudad, pero aún brillaban cintas de luz ambarina a lo largo del horizonte, donde el sol acababa de hundirse tras los edificios.
Di un respingo cuando Dante entró detrás de mí y cerró la pesada puerta con un clic rotundo. Los sonidos amortiguados de Manhattan desaparecieron y nos quedamos en un silencio insonorizado.
Pasó por mi lado y se aclaró la garganta. —Te enseñaré el lugar.
Asentí y lo seguí mientras el vestíbulo de entrada se abría a una vasta zona de estar. Un sofá modular de color antracita estaba frente a una chimenea de mármol negro y, más allá, vislumbré una cocina minimalista, toda de acero, cristal ahumado y piedra pulida.
Todo estaba inmaculado. Ni una sola cosa fuera de su sitio. De hecho, costaba creer que alguien viviera allí de verdad. Parecía más un piso de muestra de altísima gama que un hogar.
Me estremecí y él frunció el ceño al instante. —Encenderé la calefacción. Ha estado vacío un tiempo. —Vacío porque había estado en la cabaña, conmigo.
Me adentré más, quedándome boquiabierta ante las increíbles obras de arte de las paredes. No eran láminas de diseño genéricas elegidas por algún decorador de interiores sobrevalorado que intentara dar un aire culto al apartamento de un multimillonario.
Había originales aquí. Auténticos originales.
Un lienzo de técnica mixta con mucha textura colgaba sobre la chimenea, todo capas de tonos carbón y pan de oro fracturado que captaba la luz cada vez que me movía.
Al otro lado de la habitación, un par de estudios de grafito minimalistas reposaban en marcos negros flotantes, tan delicados y precisos que reconocí inmediatamente al artista como europeo.
Cerca de las ventanas se alzaba una escultura de bronce brutalista montada sobre un plinto, toda ángulos agudos y tensión, el tipo de pieza que los coleccionistas fingen entender mientras la compran en secreto porque cuesta seis cifras.
Pero fue el cuadro cercano al comedor lo que me dejó paralizada.
Me quedé mirando el enorme óleo abstracto que dominaba la pared.
Violentas pinceladas de carmesí surcaban las capas negras y gris ceniza de debajo; la composición era caótica y agresiva, pero de algún modo perfectamente equilibrada.
Había movimiento en ella. Furia. Ego. Pura energía masculina.
Me recordó de forma inquietante al propio Dante. Hermoso a primera vista, pero brutal en el fondo.
Me acerqué más, estudiando la textura de la pintura y el trazo. Incluso el envejecimiento del lienzo parecía auténtico.
Girándome hacia él, susurré: —¿Es un Basquiat de verdad?
Dante lo miró desde el otro lado de la estancia. —Eso me han dicho.
Lo miré fijamente. Aquel cuadro valía más que la mayoría de los apartamentos de Manhattan.
—¿No lo has adquirido tú mismo?
Se encogió de hombros, aparentemente indiferente. —Me aconsejaron comprarlo en una subasta benéfica.
Negué con la cabeza, volviéndome hacia la obra. La belleza del arte parecía pasarle totalmente desapercibida y, como amante del arte, aquello me irritaba.
¿Para qué poseer obras como esta si no las apreciabas?
Por otra parte, sabía mejor que nadie que la gente colecciona arte por todo tipo de razones ajenas al amor por él. Prestigio. Inversiones. Ventajas fiscales.
Ah, y no olvidemos el blanqueo de capitales. Esa opción acababa de saltar al primer puesto de mi lista.
Aunque estaba bastante segura de que ese no era el caso aquí.
Quienquiera que hubiera comisariado esta colección tenía gusto.
Un gusto caro, por supuesto, pero también un gusto real.
Nada parecía aleatorio ni comprado puramente para impresionar a las visitas.
Había un toque personal. Cada pieza equilibraba textura con contraste, violencia con belleza, como si quien las eligió entendiera ambas cosas íntimamente.
Miré a Dante por encima del hombro de nuevo. —¿De verdad no te importa nada de esto?
Sus ojos oscuros se encontraron con los míos. —No he dicho eso.
Sentí una inesperada oleada de curiosidad. ¿Lo había subestimado? Dante rara vez revelaba nada, pero ahora que lo pensaba, nunca había fingido que el arte no significara nada.
Y luego estaba todo aquel asunto de Ophelia. Había sabido exactamente quién era la mujer del cuadro que colgaba sobre mi cama. Abrí la boca para hacer más preguntas, pero él me cortó con un brusco: —Te enseñaré tu habitación.
Sin mirar atrás, se adentró más en el apartamento.
Lo seguí por un pasillo corto que nacía de la zona de estar principal.
Había cuatro puertas en total, todas pintadas de blanco, lo que contrastaba con estilo con el antracita tenue de las paredes; los pomos de latón cepillado captaban la suave luz empotrada.
—Este es el dormitorio de invitados. —Se inclinó para girar el pomo y abrió la puerta. Una vez más, se echó a un lado para dejarme entrar.
Me detuve en seco, mirando a mi alrededor con asombro. La habitación era preciosa.
A diferencia del minimalismo masculino del resto del apartamento, este espacio era más suave y luminoso. Elegante más que abiertamente femenino, había sido decorado en tonos rosa empolvado, cremas cálidos y un gris pardo pálido.
Una cama grande y tapizada estaba contra la pared del fondo, bajo un cabecero de terciopelo curvado, con capas de mantas con textura y cojines de lino que parecían caros.
Unas cortinas de suelo a techo en un suave color champán enmarcaban las ventanas, mientras que un sillón de borreguito crema estaba colocado en un rincón junto a una lámpara de lectura dorada y una pila de libros de portadas brillantes.
Todo el conjunto resultaba relajante y lujoso.
Me volví hacia Dante. —¿De quién es esta habitación?
—Mi hermana se queda aquí a veces —respondió.
—¿La diseñó ella? —pregunté, pasando los dedos por el borde del tocador.
Él sonrió con sarcasmo, pero no con malicia. —Qué va. La decoró profesionalmente alguien a quien conoce mi madre.
Eso lo explicaba. Había toques femeninos evidentes por todas partes. Las cortinas de terciopelo, los detalles en oro cepillado, las texturas cuidadosamente superpuestas que suavizaban la estancia sin que pareciera excesivamente delicada.
—Quienquiera que sea, tiene un gusto exquisito.
Dante apoyó un hombro contra el marco de la puerta y me observó con esa misma intensidad ilegible que siempre me hacía sentir que veía mucho más de lo que dejaba traslucir.
—Me alegra que te guste.
Me dejó instalarme y regresó poco después con mi maleta y la bolsa de lona del SUV. No sabía quién las había subido, pero estaba claro que lo había hecho uno de sus subordinados.
También me entregó mi teléfono, ahora totalmente cargado.
—Llama a Chloe —dijo secamente—. Dile que mañana vas a la galería.
Se lo agradecí. La batería estaba agotada, pero él señaló el enchufe junto a la cama. —Ahí tienes un cargador.
Por supuesto que lo había.
—¿Qué pasa con el cártel? —Me mordí el labio—. Si ya han ido a mi apartamento...
—Probablemente no intenten nada en la galería, pero tendré seguridad armada dentro y fuera por si acaso. —Intenté imaginar a Kyle y Max mezclándose con la clientela refinada y artística y casi me eché a reír. No era como en la cabaña, donde podían estar abiertamente con rifles de asalto.
—Serán discretos —añadió, como si me leyera el pensamiento.
—Eso espero —murmuré.
—Una cosa más.
Me giré.
—Mañana por la noche hay una subasta benéfica en el Guggenheim. Vamos a ir.
Parpadeé, el nombre me resultaba familiar. —Cielos. Se suponía que yo tenía que asistir.
—Lo sé. Está en tu calendario.
Fruncí el ceño, a punto de preguntar cómo había visto el calendario de mi portátil, pero entonces lo comprendí.
Nico.
—Has dicho que vamos a ir. ¿Te refieres a juntos?
Él asintió con firmeza. —Será una buena forma de demostrar a todo el mundo que ahora estás bajo mi protección.
«Todo el mundo» significaba Sergei y su organización, supuse. Ignoré el extraño vuelco que aquello me dio en el estómago.
—Subastan un Varela exquisito —dije, recordando por qué quería ir—. Se llama Nocturne in Red .
—Malakov lo quiere —dijo Dante simplemente.
Lo miré fijamente. —¿Cómo lo sabes?
—Marco conoce a uno de los conservadores asistentes —respondió—. Y esto nos brinda una oportunidad.
Poco a poco, lo comprendí. —Quieres que los colombianos pujen más que él.
Él asintió con un gesto tenso.
—¿Pero cómo sabemos que van a estar allí? ¿O incluso si pujarán por el cuadro? —Me senté en el borde de la cama.
—Nos aseguraremos de que lo hagan. Uno de sus intermediarios habituales realizará pujas telefónicas a través de una empresa pantalla de Bogotá. Malakov creerá que el cártel está invadiendo su territorio.
Fruncí el ceño. Vale, lo del intermediario era un buen detalle, pero no era infalible.
—¿Y si rastrean al comprador? ¿Y si descubren que es un fraude o, peor aún, que está relacionado contigo?
—Encontrarán exactamente lo que esperan encontrar —replicó Dante—. Una empresa estructurada igual que las del cártel. Misma región. Mismo rastro documental. Lo bastante parecido para ser creíble.
Solté un suspiro tembloroso. Habían pensado en todo.
—¿Podéis organizar todo eso en menos de veinticuatro horas? —pregunté con voz trémula.
Su expresión no cambió. —Vincent es muy eficaz.
—Sí. Ya lo sé —dije con ironía.
No había perdonado a esa serpiente traicionera por haberme mentido.
Cenamos tranquilamente unos raviolis de trufa, lubina a la plancha y focaccia de romero que trajo un hombre al que Dante parecía conocer, llamado Federico. No tenía mucho apetito, pero olía bien y, después de los últimos días, sabía que necesitaba alimentarme.