Capítulo 19 #2
Entonces algo encaja y se me escapa el aliento. —¿Son Los Santos Rotos la misma gente a la que le comprasteis la cocaína? ¿El cargamento que escondisteis dentro de mi contenedor de Mateo Reyes?
Deja de pasear y apoya ambas manos en el respaldo de la silla frente a mí. Se le ponen los nudillos blancos.
—Ophelia, no se supone que debas saber eso.
Ignoro el hecho de que siga llamándome así. No se supone que deba saber mucho de lo que he aprendido últimamente. Ya soy un estorbo, así que ¿qué más da?
—Espera —digo frunciendo el ceño—. ¿Os vendieron las drogas que se transportaron en el mismo envío que los cuadros que ellos compraron?
Su voz es como el hielo. —Exactamente. Por eso los compraron, porque sabían que tú les avisarías de cuándo llegarían a Nueva York.
Lo miro horrorizada. —Yo no lo hice, pero Alberto pudo darles los detalles. Estaría en su derecho de hacerlo. Quiero decir, es su arte.
Se aparta de la silla con impulso. —Sabía que no podía fiarme de esa comadreja.
Coge su teléfono y envía un mensaje rápido, probablemente a su hermano. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No me gustaría estar en el pellejo de Alberto.
Una vez que termina, deja caer el teléfono y levanta la mirada hacia mí.
—Esperaron a que el contenedor cruzara el Atlántico y luego enviaron a un equipo para quitárnoslo de las manos en cuanto atracó.
Seis de mis hombres en bolsas para cadáveres.
Tres millones en mercancía volviendo a su propio almacén como si nunca hubiera salido.
—Pero ¿por qué? —Mi voz sale como un chillido—. Si os la vendieron ellos, ¿por qué robarla de nuevo? Ya les habéis pagado…
—Porque no quieren nuestro dinero. —Vuelve a pasear.
—¿No? —Me paso una mano por el pelo. Vale, ahora sí que estoy confundida.
—Quieren nuestra ruta de suministro. Al golpearnos en los muelles, estaban enviando un mensaje: los Marcelli no pueden proteger su mercancía al entrar en Nueva York.
—Se gira hacia mí—. Si haces que una familia parezca débil ante sus clientes, estos se van a otra parte.
Los distribuidores se van a otra parte. Toda la puñetera red se desangra.
Entonces la escoria que son ellos llega y se ofrece a hacerlo más barato, más limpio, más rápido, usando una bonita y pequeña galería del SoHo como su puerto de entrada privado.
Me quedo gélida. —¿Mi galería?
Él inclina la cabeza. —Tu galería.
—Oh, Dios. —Escondo la cara entre las manos. Esto se está volviendo más loco por momentos—. No puedo creerlo.
—Quieren echarte y usarla ellos mismos —continúa él, casi como si estuviera pensando en voz alta, recomponiendo las piezas—. Por eso fueron a tu apartamento.
Me quedo sin aliento. —¿Fueron ellos?
—Probablemente un sicario contratado por ellos.
—Creo que voy a vomitar. —Me pongo una mano sobre la boca.
Él me lanza una mirada de preocupación. —¿De verdad?
Asiento.
Se acerca al fregadero, me sirve un vaso de agua y lo pone frente a mí en la mesa. —Bebe esto.
Alargo la mano hacia el vaso; me tiembla tanto que apenas puedo sostenerlo.
—No puedo creer que no me diera cuenta. —Doy un sorbo desesperado. Ayuda a calmar la bilis que se me ha quedado en la garganta.
—Has dicho que detectaste varias transacciones durante el último año —continúa él, de pie frente a mí, al otro lado de la mesa—. Así que llevan haciendo esto algún tiempo.
Doy otro trago de agua.
—Algunas de esas eran de Malakov —le recuerdo, una vez que confío en poder hablar.
Él tamborilea los dedos sobre el respaldo de la silla.
—Sabían que sospecharíamos de los rusos.
Orlov también estaba comprando cuadros de Reyes.
Los Santos Rotos lo sabían. Planearon el golpe para que pareciera cosa de Malakov.
Querían que apuntáramos nuestras armas contra la Bratva mientras ellos se largaban con toda nuestra ruta.
Me recuesto en la silla y aprieto las manos sobre mi regazo. Es demasiado. No sé si puedo procesarlo. Cerrando los ojos, intento sin éxito contener las lágrimas.
He trabajado tan duro. Pienso en cada artista que he colgado, cada pared que he pintado, cada recibo que guardé en una caja de zapatos antes de poder permitirme un contable de verdad.
Ahora, unos hombres a los que ni siquiera he conocido lo han convertido en una especie de operación de tráfico de drogas.
Con un sollozo, bajo la cabeza mientras las lágrimas calientes resbalan por mi cara.
Noto su mano antes de verla. Dos dedos bajo mi barbilla, levantándome el rostro.
—Mírame —me ordena.
Abro los ojos y pestañeo. Dante está agachado frente a mi silla a la altura de mis ojos.
La forma en que me mira hace que se me entrecorte la respiración.
Su expresión es calmada, controlada, pero sus ojos arden con una intensidad que me revuelve por dentro.
Odio a este hombre y, sin embargo, lo anhelo.
Lo desprecio, y sin embargo basta con que me mire de esa forma intensa suya para que me derrita.
Nunca he estado tan confundida… ni tan excitada.
—No van a conseguirla —dice en voz baja, pero sus palabras están forjadas en acero—. Ni la galería. Ni la ruta. —Recorre la línea de mi mandíbula con el dorso de su mano. Me estremezco, sorprendida por la delicadeza de su tacto—. Ni a ti.
Intento tragar saliva.
—Sobre todo, no a ti.
La punta de su pulgar recorre mi labio inferior. De la forma en que se prueba el filo de un cuchillo antes de usarlo.
—¿Me entiendes, Ophelia?
Asiento, porque no me salen las palabras.
—Dilo.
—Entiendo —grazno.
—Ahora estás bajo mi protección. Mientras ayudes a mi familia, te protegeremos. No voy a dejar que te pase nada.
No quiero pensar en lo que pasará después.
Este hombre y su familia me han utilizado. Han abusado de mi galería. Me han secuestrado y me retienen contra mi voluntad. Debería cruzarle esa cara tan atractiva de un bofetón. En cambio, su cháchara sobre protección, su posesividad, me da ganas de desmayarme.
Algo no va bien conmigo. Tiene que ser eso.
Es solo alivio, me digo a mí misma. Ha pasado tanto tiempo desde que tenía a alguien luchando por mí que no estoy pensando con racionalidad. Ahora, aquí está este hombre peligroso diciéndome que me guarda las espaldas.
No sé qué hacer al respecto.
—Vale —susurro, decidiendo que no tengo fuerzas para luchar contra ello.
Antes de que pueda tomar aliento, su boca cae sobre la mía y no tiene nada de tierna. Es el beso de un hombre que pone su nombre a algo. Reclamando lo suyo. Sus labios se aplastan contra los míos y, por un instante en el que el corazón se me dispara, no puedo respirar.
Entonces me obliga a abrir la boca, caliente y hambriento. Cuando no le dejo entrar lo suficientemente rápido, sus dientes atrapan mi labio inferior, presionando la carne blanda. Suelto un jadeo por el repentino picor, pero también por la oleada de calor que recorre mi cuerpo.
Deseo a este hombre con desesperación. Quiero que me reclame, que me haga suya. Sé que es una locura, pero se siente tan bien.
Su mano sube para acunar el lateral de mi cuello, con la palma ancha y los dedos extendidos a lo largo de mi mandíbula.
Es un gesto posesivo, y me encanta. Su pulgar descansa justo bajo la curva de mi oreja, donde está mi pulso.
Probablemente pueda sentirlo. Martillea con la fuerza suficiente como para salirse de mi garganta.
Me retiene ahí mientras me devora la boca. Largo y tendido. Hasta que siento que me pierdo en él. Mi mente se queda en blanco y todo mi mundo se estrecha hasta que solo es él. Emito un pequeño gemido en mi garganta mientras él me convierte en un manojo de nervios tembloroso.
Entonces se aparta, respirando con dificultad. Pasa un momento prolongado en el que se limita a mirarme con esa intensidad tormentosa. Luego apoya una mano en la mesa y se pone en pie con un impulso.
Estoy tan aturdida por el beso que no sé qué decir.
—Continuaremos tus clases de defensa personal mañana por la mañana —dice, dándome la espalda bruscamente y dirigiéndose a la puerta.
—¿Adónde vas? —le pregunto a gritos, recuperando el habla.
No se da la vuelta. —No te preocupes, aquí estás a salvo. Volveré más tarde.
Y luego se va.
Oigo cómo arranca el SUV y los neumáticos levantando grava mientras se aleja.
Me quedo sentada en silencio durante mucho tiempo, intentando dar sentido a mis emociones disparatadas.
A salvo, en una cabaña donde me tienen prisionera. Me acaba de dar el beso de mi vida un hombre al que odio. Él es mi enemigo y, sin embargo, ha jurado protegerme.
Me siento como si estuviera en un universo alternativo donde nada tiene sentido.